Veneno en la sangre (T2) - La ciénaga de la muerte (8/8)
Los compañeros se habían internado en el antiquísimo templo de los antiguos moradores, donde lograron derrotar a Jec, la mano derecha del caudillo Verrak, que luchaba junto a sus feroces guerreros sauriales y a dos enormes cocodrilos amaestrados. Ahora, aunque fatigados por el combate y con Elatha sufriendo aún las secuelas del rayo necrótico con el que fue atacada por Jec, se encontraban en la cámara ceremonial del antiguo templo, a la espera de enfrentarse tanto con el propio Verrak como con un par de enemigas inesperadas
Garrick fue el primero en discernir la vaga sombra de una de las serpientes en la oscuridad, con unos doce metros de longitud y el cuerpo tan ancho como un torso humano. Rápidamente, el halfling apuntó su ballesta de mano hacia el enorme reptil y disparó. La serpiente siseó de dolor cuando el virote se alojó en su cuerpo.
Al tiempo que el enorme reptil surgía de las sombras para abalanzarse sobre Garrick, otra sierpe gemela emergía de la oscuridad en el lado opuesto, deslizándose a toda velocidad hacia Valmer. Por si fuese poco, con un rugido de furia, el caudillo Verrak, que había estado agazapado tras el pequeño altar de piedra, saltó sobre la pétrea superficie del mismo, desparramando las ofrendas que sobre él había, para saltar luego sobre Fendrel empuñando su lanza de sílex. El sacerdote pudo distinguir un amuleto colgando del cuello de Verrak, una joya adornada con plumas que emitía algún tipo de fulgor mortecino.
Mientras que Valmer pudo rodar a tiempo por el suelo para evitar se atrapado por la serpiente, Garrick no tuvo la misma suerte: el enorme reptil se enroscó a su cuerpo, apretándole hasta hacerle gritar de dolor. Fendrel, por su parte, logró agacharse justo a tiempo para no ser ensartado por la lanza de Verrak.
Sin tiempo que perder, Fendrel lanzó su conjuro de Santuario sobre Valmer, intentando que el mago se mantuviese a salvo todo el tiempo posible para poder emplear su magia. Mientras, Garrick sollozaba intentando liberarse sin éxito del abrazo de la serpiente que le había atrapado y que, ahora, reptaba hacia Elatha, arrastrándolo.
La guerrera, que había reaccionado muy tarde a todo lo ocurrido debido a su malestar general, retrocedió con un grito cuando fue mordida por la enorme serpiente. Elatha notaba como la herida palpitaba ligeramente por efecto del veneno. Al tiempo, la segunda serpiente, que ignoraba totalmente a Valmer por efecto del conjuro que le protegía, intentaba atrapar a Fendrel, aunque el sacerdote saltó a tiempo de evitar ser enroscado.
Mientras Verrak rugía furioso al errar un nuevo lanzazo sobre el propio Fendrel, Elatha trataba torpemente de ensartar a la serpiente que mantenía atrapado a Garrick. La guerrera estaba muy mareada y ya era toda una proeza que se mantuviese en pie dado su estado. Por suerte, el proyectil mágico conjurado por Valmer impactó de lleno en el cuerpo del reptil, arrojando sangre y pedazos de carne sobre la mujer, que sonrió al ver al animal tan malherido.
La maza de Fendrel golpeó a Verrak en el costado, aunque el saurial ni siquiera pareció sentir dolor; seguramente gracias al amuleto que pendía de su cuello. Casi a la vez, Garrick lograba escapar de la presa de la serpiente tras hundir sus pequeños dedos en la herida humeante que el proyectil de energía había abierto en la carne reptiliana. Como pudo, se alejó corriendo de aquel monstruo.
La enorme sierpe, que pareció ignorar a Garrick, mordió de nuevo la carne de Elatha, que chilló mientras veía como su muslo comenzaba a sangrar profusamente. A la vez, el otro reptil hendía sus venenosos colmillos en el escudo de Fendrel, zarandeando peligrosamente al sacerdote. Verrak aprovechó el momento para atacar, logrando hendir la coraza de su enemigo para tocar carne. Inmediatamente, sin embargo, un proyectil arcano impactaba el pecho del caudillo, haciéndole rodar por el suelo entre gruñidos de dolor mientras Valmer sonreía satisfecho.
Fendrel no desaprovechó el momento, golpeando con saña su maza contra la espalda de un Verrak que apenas había terminado de levantarse. El saurial volvió a gritar de dolor mientras el miedo comenzaba a hacerse visible en su rostro. En ese momento, Garrick disparaba su ballesta contra la serpiente que, malherida, luchaba contra Elatha, pero el virote falló por muy poco, para frustración del halfling.
La enorme serpiente enroscó entonces su ensangrentado cuerpo en torno a Elatha, que intentaba deshacerse de la presa con todas sus fuerzas, sin conseguirlo. Para desesperación del grupo, la otra serpiente hendió sus colmillos en la clavícula de Fendrel, alzándolo del suelo. El enorme reptil sacudió el cuerpo del sacerdote unas cuantas veces antes de arrojarlo a un lado, inmóvil y desmadejado. Verrak aprovechó ese momento para aferrar su amuleto: una maraña de energía oscura rodeó su cuerpo antes de ser absorbida por su propio ser.
Elatha forcejeaba sin éxito para liberarse a la vez que Valmer lanzaba un nuevo proyectil de energía sobre Verrak. El gesto del mago, negando, le indicó a sus compañeros que ya no le quedaba más poder arcano que exprimir. Por suerte, un nuevo virote disparado por Garrick atravesaba el cráneo de la serpiente que mantenía atrapada a Elatha: el cuerpo flácido del reptil muerto liberó entonces a la mujer.
La serpiente que había matado a Fendrel reptó a toda velocidad hacia Valmer, aunque el mago logró arrojarse hacia atrás en el último momento, evitando sus colmillos. Verrak, libre de enemigos, corrió entonces hacia Elatha, lanza en ristre. La guerrera retrocedió, intentando mantener la compostura a duras penas, con su cuerpo amenazando desmoronarse.
Mientras Valmer blandía inofensivamente su bastón ante la serpiente que intentaba devorarle, Garrick disparaba un virote que producía un profundo corte en la cadera de Verrak. Sin embargo, el hombre lagarto parecía obcecado en su acoso a Elatha, que alzaba una temblorosa lanza intentando mantener la distancia entre ellos.
Valmer volvió a esquivar a la enorme serpiente, viendo como los venenosos colmillos chasqueaban al cerrarse a más o menos un palmo de su cara. El mago contestó al reptil con un bastonazo en el rostro, que no hizo sino enfurecer aún más al animal. Elatha, por su parte, lograba interponer su escudo en el último momento para detener un lanzazo que hubiese resultado letal de necesidad.
Un virote más, disparado por el halfling, se alojó en la espalda de Verrak, haciendo que el caudillo saurial se tambalease hacia delante a la vez que, en otro punto del combate, la enorme serpiente cerraba sus mandíbulas sobre el antebrazo de Valmer, haciendo añicos la armadura arcana que rodeaba al mago y llegando a arañar la piel.
Elatha lanzó un tímido ataque sobre el malherido Verrak, que el saurial esquivó a duras penas. Un nuevo virote del halfling pasó también demasiado cerca del cráneo del saurial. El caudillo contestó con furia, ensartando a una Elatha que le miró con los ojos abiertos de par en par antes de desplomarse sobre el suelo.
Un nuevo bastonazo de Valmer hizo envararse a la serpiente, que siseaba furiosa al mismo tiempo en que Garrick, con lágrimas en los ojos, disparaba una vez más: en esta ocasión, el virote se incrustaba en la sien de Verrak, haciéndole caer muerto junto al cuerpo de Elatha. Con cierto júbilo, Garrick pudo ver como la guerrera gemía inconsciente en ese momento: estaba viva aún.
Pero la alegría del halfling duró poco, pues el agudo grito de Valmer le hizo girar la cabeza solo para ver al mago desplomarse en el suelo con el cuello totalmente ensangrentado debido al mordisco de la serpiente. El enorme reptil siseó de dolor cuando el virote disparado desde las sombras se le clavó en el cuerpo.
La enorme serpiente reptó deprisa hacia el único oponente que quedaba en pie, errando por muy poco el mordisco. El halfling, disparó de nuevo mientras corría para alejarse, fallando con estrépito. Tras perseguir un rato al halfling, la serpiente fue consciente de que jamás atraparía a un ser tan rápido como él, de modo que decidió comenzar a alimentarse.
Con horror, Garrick contempló cómo el enorme reptil comenzaba a devorar el cuerpo de Valmer. Sollozando como un niño, el halfling corrió entonces hacia el cuerpo inconsciente de Elatha para verter su poción de curación en los labios de la guerrera. Cuando la mujer hubo abierto los ojos, la ayudó a levantarse y juntos huyeron de aquella cámara.
Salieron a toda prisa del templo para cobijarse en una de las ruinosas viviendas cercanas a este, donde pudieron descansar unas horas. Elatha ya se sentía mejor, y el efecto del rayo necrótico sobre ella parecía haber remitido.
Los dos compañeros discutieron: Elatha se negaba a marcharse de allí, no quería que las muertes de Fendrel y Valmer fueran en vano y quería hacerse con el Diamante de Las Almas, que debía encontrarse en aquella cámara. Por su parte, Garrick ya había tenido suficiente e imploraba a la guerrera que se marchasen de allí, aprovechando que aún seguían vivos.
Finalmente, la mujer se salió con la suya y ambos regresaron a la cámara donde, horas antes, habían enfrentado a Verrak y sus serpientes.
Entraron en la estancia con sigilo, en completo silencio. La enorme serpiente parecía dormitar en el medio de la sala. No estaban ninguno de los cuerpos, ni siquiera el del propio Verrak. Tan solo la otra serpiente no había sido devorada por su compañera; aunque quizá solo era cuestión de tiempo.
Cuando el enorme reptil abrió los ojos al sentir la vibración del suelo, Elatha ya estaba demasiado cerca con su lanza. La serpiente se retorció al sentir cómo la lanza de la guerrera se le clavaba en la carne. Las fauces del animal se proyectaron hacia la mujer, aunque nunca llegarían a su objetivo, porque el virote que Garrick disparó desde la oscuridad atravesaría el cráneo para acabar de una vez por todas con la descomunal serpiente.
Tras abrazarse en silencio durante unos minutos, llorando ambos, los compañeros se dispusieron a buscar por la estancia. Encontraron un rincón donde Verrak guardaba su codiciado tesoro: había gemas y oro, armas y armaduras que probablemente pertenecían a los distintos grupos de cazatesoros que los sauriales habían asesinado en aquel pantano.
Fue Elatha quien encontró el diamante: un cristal del tamaño de un puño, resplandeciendo con una luz blanca de gran pureza. En ese momento, mientras la mujer sujetaba el cristal, la figura del celestial Uldim se materializó en la estancia, con gesto suplicante.
La guerrera miró entonces a Garrick, que asintió con una ligera sonrisa. Sonriendo con cierta pesadumbre, la mujer colocó el diamante en el suelo. Luego, tras suspirar un par de veces, lo destrozó con un golpe de su lanza.
Una suave luz llenó la estancia por completo, bañándolos con su calidez. Pudieron escuchar con claridad la voz de Uldim resonando en sus mentes.
"Nunca podré agradeceros lo suficiente lo que habéis hecho pero sabed que, en el momento de la verdad, los servidores de la luz lucharán a vuestro lado.
Tras esto, la luz se desvaneció, dejando a Elatha y Garrick en la penumbra.
Cogieron todo el oro y las gemas que pudieron de aquel lugar. Además, Garrick abrió el vientre de la enorme serpiente donde, asqueado, pudo encontrar los cuerpos aún sin digerir de Fendrel, Valmer y Verrak. El halfling tomó el amuleto del saurial, así como la poción de curación que Valmer nunca pudo llegar a usar. Por su parte, Elatha encontró en el suelo de la sala el escudo de Fendrel. Tras meditarlo un poco, desechó su viejo escudo tribal y se pertrechó con aquella reliquia de otros tiempos.
Los dos compañeros salieron llevaron los cuerpos de sus amigos hasta el jardín central del templo, donde transportaron también el cadáver de Lord Orvyn. No lograron encontrar suficiente madera seca para erigir una pira, de modo que tuvieron que conformarse con enterrar a sus compañeros en aquel triste y abandonado lugar.
Se marcharon de la ciudad con la pesadumbre en sus corazones: habían perdido demasiado y se les antojaba que habían ganado demasiado poco. Confiando en que el celestial Uldim cumpliese su palabra, Garrick y Elatha, comenzaron a atravesar de nuevo el pantano, esta vez para continuar al suroeste.
La intención era llegar al Puente de los Lamentos, donde el Antiguo Camino moría en la Ciénaga de Tisthon. Tomándolo podrían llegar a la Carretera del Sur y, transitándola en dirección oeste, esta les llevaría hasta Stormcliff, donde tratarían de informar al alguacil de lo que había ocurrido.
Atravesaron el pantano a lo largo de dos extenuantes jornadas, por suerte sin sufrir ningún contratiempo. Más o menos a media mañana del tercer día, pudieron divisar el Puente de los Lamentos en el limite mismo de la ciénaga. Sin embargo, había algo que no esperaban allí: una delgada columna de humo se elevaba desde una zona cercana al puente, probablemente una hoguera.
Se acercaron con precaución, encontrando a un hombre de aspecto bastante desaliñado que parecía haber establecido su campamento en aquel lugar. El tipo, que se presentó como Lorren, presentaba el sarpullido negruzco en su piel, por lo que la guerrera y el halfling mantuvieron las distancias.
El hombre les contó que habitó en los arrabales de Stormcliff durante gran parte de su vida, lo que despertó muchos recuerdos en Garrick. El halfling no reconocía a aquel tipo, pero sabía perfectamente la dura vida que habría llevado en un barrio tan duro como aquel.
Lorren les dijo que poco después de haber contraído el sarpullido, comenzó a tener horribles sueños sobre un gran mal que acechaba desde la oscuridad, una presencia que le susurraba temibles secretos que, sin embargo, olvidaba con cada despertar. Poco después, empezó a reaccionar con furia desmedida ante cualquier contrariedad... incluso había estado a punto de matar a golpes a su propia familia.
Asustado por aquello que les estaba consumiendo, decidió marcharse de la ciudad para mantener a los suyos a salvo de sí mismo. Le había parecido que, en un lugar tan apartado e inhóspito como aquel puente junto a la Ciénaga de Tisthon, no encontraría a nadie a quien pudiese hacer daño. Por aquel mismo motivo, invitó a los compañeros a marcharse lo antes posible de su lado.
Mientras se despedían de Lorren, este les contó que el sarpullido negruzco se estaba extendiendo por Stormcliff poco a poco, y cada vez parecía haber más casos. Les rogó que tuvieran cuidado. Él, por su parte, permanecería en aquel puente mientras pudiera seguir soportando sus pesadillas. Luego... pensaba que probablemente se quitaría la vida.
Con el corazón encogido, los compañeros continuaron su viaje por el Antiguo Camino. Avanzaron a buen ritmo durante otro par de días hasta llegar a un espeso bosque. En un par de jornadas más, llegarían a la Carretera del Sur.
Sobre la hojarasca, Elatha encontró varias huellas recientes, como de una docena de personas y un par de carretas. Los compañeros decidieron seguir el rastro hasta llegar a un claro, donde encontraron a un grupo de personas en una situación bastante precaria.
Una mujer semielfa llamada Mira, que les recibió apuntándoles con su arco largo, guiaba a un grupo de campesinos de aspecto cansado y con los rostros desencajados por el sufrimiento y el miedo. Algunos de ellos, detectaron Elatha y Garrick, estaban infectados por el sarpullido negruzco.
Mira, que parecía una exploradora bastante competente, les contó que provenían del pueblo de Rimewind, al norte de donde se encontraban. Según sus palabras, el pueblo había sido atacado en plena noche por una horda de muertos vivientes. Ella misma había guiado a los supervivientes durante ocho días a través de las montañas para escapar, ya que el camino hacia la Carretera del Norte había sido tomado por los no muertos. Ahora, trataba de poner a su gente a salvo tras los muros de Stormcliff.
Elatha le ofreció a Mira la posibilidad de que Garrick y ella, que también se dirigían a Stormcliff, escoltasen al grupo. La exploradora era totalmente consciente de que aquella ayuda les vendría bien, así que aceptó la oferta.
Así, el nutrido grupo emprendió su avance a la mañana siguiente, marchando durante todo un día hasta llegar a la Carretera del Sur. Allí, en el cruce mismo entre esta vía y el Antiguo Camino, encontraron a dos personas intentando reparar la dañada rueda de su carreta. Se trataba de un hombre anciano y su joven hija. Tras la desconfianza inicial, el hombre les permitió que les ayudasen a reparar la rueda.
El hombre, que dijo llamarse Darian, era un mercader de Stormcliff que viajaba con su hija Ula de regreso a casa. Venían de Trono de Kantirm, donde parecía que los enanos estaban teniendo problemas con los gigantes tras bastantes años de tensa paz. Viendo cómo se ponían las cosas, Darian había resuelto volver tras los seguros muros de Stormcliff.
Mira se fijó en que Ula presentaba los síntomas del sarpullido negruzco. Darian, compungido, les dijo que su hija había contraído la enfermedad en Trono de Kantirm, donde también algunos enanos estaban comenzando a dar muestras de este mal. También les dijo que, desde que el sarpullido marcaba su piel, Ula se había vuelto más hostil pese a que siempre había sido una joven de gran dulzura.
Aquella noche, conversando junto al fuego, Darian le contó a Garrick que se había cruzado dos días atrás con un comerciante que hacía el camino opuesto. Dicho comerciante le había dicho que la guardia de Stormcliff estaba confiscando bienes de muchos habitantes sin dar ningún tipo de explicación. Aquello le sonaba al halfling al tipo de paso que un gobernante daría para comenzar a preparar la financiación de una guerra.
A la mañana siguiente, el grupo volvió a ponerse en camino. Durante el transcurso del día, Elatha fue testigo de cómo Ula tenían un par de reacciones bastante exageradas con un par de los refugiados de Mira. La exploradora también se percató de ello, aunque Garrick logró convencerla de que no complicase más las cosas iniciando un altercado con la muchacha.
Un viaje de otras dos jornadas les llevó a los pies de la Torre del Susurro, una vieja edificación militar que recibía su nombre debido al inquietante sonido que el viento producía en su interior al filtrarse por las troneras. Aquella construcción llevaba décadas abandonada, sin embargo, encontraron a un pequeño contingente de soldados ocupando el lugar.
El capitán de los soldados, un tal Kellen, les advirtió que no se acercasen demasiado debido al sarpullido que presentaban muchos de los integrantes del grupo. Desde una distancia prudencial, el oficial escuchó las historias de los compañeros, con especial interés hacia lo contado por Mira.
Kellen les contó que su contingente y él mismo habían sido destinados de nuevo a la Torre del Susurro a fin de mantenerse vigilantes frente a la inusual actividad de no muertos en la región. Desde varias poblaciones estaban llegando numerosas historias acerca de cadáveres que se alzaban de sus tumbas y atacaban a los aldeanos.
Del mismo modo, el oficial les advirtió que las personas infectadas por el sarpullido negruzco no podrían cruzar las puertas de Stormcliff. Las autoridades habían dispuesto un campamento improvisado fuera de los muros para que los sacerdotes pudiesen atender a los que presentaban síntomas. Hasta el momento, las dotes curativas de los clérigos no parecían resultar demasiado efectivas.
Además, les relataron los soldados, el sarpullido parecía aumentar la agresividad en las personas, al tiempo que llenaba sus sueños de pesadillas y amargaba su humor. Las trifulcas en el campamento extramuros se habían vuelto cada vez más frecuentes, aunque los infectados nunca peleaban entre ellos, sino contra los que aún estaban sanos.
Así, el grupo acampó aquella noche cerca de la torre, emprendiendo el camino con las primeras luces del alba. Garrick estaba nervioso por su regreso a Stormcliff: la cofradía de ladrones de la ciudad seguiría queriendo su sangre después de tantos años, sin duda.
Casi a media tarde llegaron a las puertas de la ciudad de Stormcliff. Las altas murallas de piedra rodeaban la enorme urbe que Garrick conocía tan bien, pues se había criado tras sus muros. Tal y como habían dicho los soldados, un campamento de cuarentena se había construido en la llanura. En mitad del campamento, ondeaba la blanca bandera del dios Oteyar.
Multitud de personas se encontraban retenidas en las puertas, mientras la guardia inspeccionaba meticulosamente a cada viajero en busca de síntomas del sarpullido negruzco. Los infectados, eran rápidamente conducidos por los guardias hasta el campamento de cuarentena, la mayoría de las veces mediante la amenaza de sus lanzas.
Mira protestó cuando la guardia comenzó a llevarse a sus vecinos, siendo apoyada de inmediato por Elatha, quien adoptó una pose amenazante que hizo dudar a los soldados. Ula, la hija del mercader, se arrojó entonces sobre un soldado en un ataque de furia, arrancándole la mejilla de un mordisco. Antes de que nadie pudiese reaccionar, otro guardia hendió su lanza en el costado de la muchacha, quien cayó muerta.
Los soldados ni siquiera ayudaron a su compañero a levantarse, sino que le apuntaron con sus lanzas. Con lágrimas en los ojos y gesto de resignación, el hombre dejó sus armas en el suelo y comenzó a caminar por propia voluntad hacia el campamento de cuarentena.
En ese momento, un hombre alto y fornido se personó en el lugar. Llevaba una imponente armadura dorada con el símbolo de Oteyar en ella. Dijo llamarse Ingoff y era, a todas luces, un paladín de aquella deidad. Los guardias inclinaron la cabeza levemente y le hicieron sitio.
El paladín escuchó las historias de los recién llegados y lamentó tener que proceder con los infectados de tal modo pero, explicó, aquello era por la seguridad de todos. Al parecer, conocía personalmente a Lord Orvyn, y lamentó profundamente la noticia de su muerte. Del mismo modo, su gesto se agravó al conocer toda la historia sobre Yzumath y el Diamante de Las Almas que Elatha y Garrick habían destruido.
Aquello era importante, confesó, una historia que quizá el rey Amodius debería conocer en persona. De ese modo, indicó a los soldados que dejasen que el halfling y la guerrera le acompañasen al interior de la ciudad. Elatha le pidió a Mira que les acompañase.
Aunque la exploradora se mostró reticente al principio, no pudo sino reconocer que no podía hacer nada más por sus vecinos: los sanos ingresarían a la ciudad mientras que los infectados irían al campamento; no había más. Finalmente, Mira entró en la ciudad con Elatha y Garrick.
De camino a palacio, el halfling se fijó en la actividad que reinaba dentro de los muros de Stormcliff: había soldados por todas partes, entrando y saliendo de las viviendas de los ciudadanos. Parecía que cada objeto de valor era sacado a la calle y depositado en un montón junto con otros enseres valiosos.
Cuando Garrick se animó a preguntarle a Ingoff si es que Vracone se estaba preparando para una guerra, la respuesta del paladín le dejó completamente helado:
“Ya estamos en guerra”

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