Draconis Tempora: Korvosa, al borde de la anarquía (1/6)

 Korvosa era una ciudad grande, inmensa. Tanto era así que en aquella urbe gobernada con mano de hierro por el temido rey Eodred Arabasti II, dos personas podían llevar años viviendo y no conocerse entre sí.

Sin embargo, si uno había llevado una vida difícil y desdichada, probablemente conocería a Gaedren Lamm; un miserable que intentó ser alguien en el hampa de Korvosa tiempo atrás. El anciano, subsistía ahora en su vejez a base de secuestrar huérfanos a los que obligaba a cometer delitos menores para financiar los gastos del anciano ladrón.

Riff, el bardo, era un halfling que se crió años atrás entre esos pequeños ladronzuelos. Tras cometer algún error de más, Gaedren le había torturado y dejado por muerto en un montón de basura. Aquel día, tras su función en la taberna “El Venado Triste”, Riff encontraría una nota entre las monedas que el público había dejado en su gorra.

Tige, por su parte, era un humano y sacerdote del dios Illmater: patrón de los oprimidos, la resistencia y los mártires. La esposa de Tige, Erinna, que defendía también aquella fe tan peligrosa en un lugar como aquella ciudad, había muerto un par de años atrás a manos de uno de los sicarios de Gaedren. Aquel día, tras acabar su oficio en un pequeño templo improvisado de los suburbios, el sacerdote encontró una nota sobre el altar.

Banáin era un herrero enano que durante años sirvió en la guardia de Korvosa. Pero eso había sido casi diez años atrás, antes de que su amigo Kranin se volviese adicto a una de aquellas peligrosas drogas que Gaedren vendía. La droga se llamaba “Beso de Ninfa”, algo que nunca olvidará Banáin, ya que esa droga fue la que le arrebató a su gran amigo; muerto por sobredosis. Aquel día, mientras el enano hacía un alto para secarse el sudor del rostro, alguien debió entrar en su forja, pues al volver la vista sobre el yunque encontró una nota posada sobre el metal.

Gilmarie era una semielfa de cabellos azulados y tez pálida, descendiente de una alta elfa y un aventurero humano; o eso le gustaba decir ya que nunca había conocido a sus padres. Fue una de los niños ladrones de Gaedren, quien había abusado numerosas veces de ella. Continuó en esa vida de abusos y latrocinio forzado hasta que un mago la sorprendió robando en su casa. Sharidon, que así se llamaba el mago, no la denunció. Al contrario, la adoptó como a una hija y le enseño el arte de la magia. Aquel día, al despertar, Gilmarie encontró una nota sobre su almohada.

Ninguna de estas personas se conocía, pero todos y cada uno habían recibido la misma nota:

“Sé lo que Gaedren te hizo. También me ha agraviado a mí. Sé donde vive pero no puedo atacarle. Ven a mi casa en el 3 de la Calle Lanceta al anochecer. Habrá allí otros como tú. Gaedren debe enfrentarse a su destino y se tiene que hacer justicia.”

El primero en llegar fue Tige, encontrando una estancia vacía en cuya mesa había comida y bebida. También había una nota que le invitaba a esperar a que todos los invitados llegasen. Riff, el bardo halfling llegó después; seguido de Banáin el enano. Un poco más tarde llegaría Gilmarie, la semielfa.

Entonces apareció una atractiva mujer varisiana que decía llamarse Zellara. Al parecer, Gaedren había asesinado a su hijo. La mujer afirmaba que había puesto el asunto en manos de la guardia, pero esta había demostrado ser una institución corrupta que parecía esforzarse en no dar con el anciano ladrón: esto no sorprendió para nada a Banáin.

Gilmarie se mostró incisiva con Zellara, sospechando de que esa mujer hubiese podido dar con todos ellos, cuando ellos mismos ni siquiera se conocían entre sí. “Sé escuchar la música de la ciudad” fue su única respuesta.

Zellara sabía que Gaedren se ocultaba en una vieja pesquería al norte de allí, donde entrenaba a huérfanos secuestrados para emplearlos como ladrones; algo que les resultaba dolorosamente familiar a Riff y Gilmarie.

Zellara no tenía aptitudes de combate, pero había oído hablar en las calles de todos los presentes, tanto como había oído hablar de lo que Gaedren les había hecho: les estaba poniendo la venganza en bandeja.

Pero debían darse prisa o Gaedren se movería de allí para ocultarse en otro de los muchos tinglados que mantenía activos por toda la ciudad de Korvosa.

Tras hablar entre sí y acordar que acabarían con la miserable vida de Gaedren, Gilmarie, Banáin, Tige y Riff se marcharon de la casa de Zellara, prometiendo a la mujer que su hijo también sería justamente vengado.

Aquella misma noche, mientras los demás dormían, Riff se dedicó a rondar las tabernas para obtener algo de información. Al parecer, la pesquería era un lugar donde los pescadores vendían aquellos peces en tan mal estado que no encontraban comprador. Allí, los niños esclavos de Gaedren trituraban toda esa bazofia para crear cebo o fertilizante que luego el anciano ladrón vendía por un suculento precio.

El grupo decidió aguardar todo el día siguiente para intentar una incursión a la pesquería durante la siguiente noche. Las nubes ocultarían la luna y eso favorecería el sigilo.

Riff decidió forzar la cerradura de la entrada principal mientras Banáin le acompañaba empuñando su hacha de guerra. En una puerta lateral del edificio, Gilmarie empleaba sus viejas ganzúas para acceder con la escolta del sacerdote Tige.

Cuando el halfling abrió la puerta principal, lo hizo solo para ver como un enorme mastín se abalanzaba sobre él. El enorme perro casi le arranca un brazo de cuajo. Banáin se interpuso para descargar su hacha sobre el animal, que si bien acabó cayendo, también hirió al enano.

Por su parte, Gilmarie y Tige accedieron a una especie de despacho. Allí encontraron poco más que documentación contable. Sin embargo, desconfiando de una primera impresión, la semielfa realizó una búsqueda exhaustiva que reveló una trampilla oculta que parecía dar a un nivel inferior. Fue entonces cuando oyeron los ladridos y las maldiciones arrojadas al aire.

Como era de esperar, tanto barullo no solo había alertado a Tige y Gilmarie. De una puerta adyacente al recibidor principal surgieron tres figuras: un enorme orco, un humano con aspecto de mago y un gnomo bastante sucio armado con dos cuchillos. Todos habían oído hablar de ellos: eran Risitas (el ogro), Yargin (el mago) y Patas de Garfio (el gnomo); los matones de Gaedren.

Riff lanzó un proyectil mágico en pleno rostro de Risitas, al tiempo que esquivaba los mandobles del orco a pesar de las heridas que arrastraba a causa del ataque del perro. A la vez, Banáin descargaba su hacha en el hombro del mago; aunque no podía evitar que Patas de Garfio le apuñalase por la espalda. Riff y Banáin estaban bastante heridos a aquellas alturas.

En ese momento, como una bendición, Tige y Gilmarie surgieron del despacho anexo para unirse a la refriega. Yargin, el mago, aprovechó el caos de la batalla para huir hacia el despacho.

El grupo se impuso a base de acero y hechicería, aunque no estaban ni mucho menos tan enteros como esperaban. Gilmarie había recibido heridas, aunque su estado no era demasiado preocupante. Sin embargo, Banáin, Tige y Riff se encontraban bastante heridos. En el suelo yacían los cadáveres de Risitas y Patas de Garfio.

Tige invocó los poderes de su dios para sanarlos a todos lo mejor que pudo.

Esta vez, Tige y Riff decidieron inspeccionar la parte superior del edificio al tiempo que Banáin y Gilmarie se encaminaban a la trampilla del despacho, por la cual evidentemente había escapado Yargin.

Mientras el sacerdote y el bardo encontraban a los niños esclavos de Gaedren y les liberaban, Banáin y Gilmarie fueron emboscados por Yargin y el propio Gaedren Lamm en una construcción inferior de la pesquería. Además, el anciano ladrón había traído consigo a su temible cocodrilo amaestrado, Tragatripas.

Mientras Banáin decapitaba al cocodrilo con su hacha, fue apuñalado por la espalda por el viejo Gaedren. Al mismo tiempo, la hechicería de Yargin causaba estragos sobre Gilmarie; dejándola al borde de la muerte.

Oyendo el estruendo del combate, Riff y Tige decidieron correr hasta la trampilla del despacho para socorrer a sus compañeros.

Lamentablemente, bardo y sacerdote tardarían aún en llegar y la situación se complicaba para sus compañeros. El cuchillo de Gaedren rebanó el cuello de Banáin, que nunca llegaría a ver cumplida su venganza. Al menos, Gilmarie logró volver las tornas de su combate mágico contra Yargin, arrasando al mago con su hechicería.

Gaedren, a pesar de su edad, era un enemigo temible: Riff y Tige llegaron a la planta inferior justo para ver como Gilmarie se desplomaba sin vida sobre el sucio suelo de tablones. Con sus últimas fuerzas, Tige invocó el poder de su dios para arrebatar a la semielfa de las garras de la muerte.

Por desgracia, Gaedren aprovechó el momento para hundir su daga en la espalda del sacerdote, dándole muerte. Riff se abalanzó sobre el viejo ladrón, poniéndole en jaque con su espada corta para que fuese la propia Gilmarie quien recordase otros tiempos, apuñalando por la espalda a aquel que tantos agravios le hizo en el pasado para darle muerte.

Juntos, los que fuesen antaño dos de los niños esclavos de Gaedren, quedaron contemplando el cuerpo exánime del que fuese un día dueño de sus vidas.

Los compañeros revisaron el cubil del ya difunto Gaedren, encontrando algunas cosas de valor. Entre ellas, destacaban especialmente dos: una daga cuya hoja tenía la extraña forma de una llave y un ostentoso broche circular que representaba a un dragón y un diablo enzarzados en combate.

Riff había visto aquel broche una vez, durante una actuación en la que varios bardos de la ciudad participaron dentro del palacio con motivo de la celebración de un lujoso banquete.

Aquel broche pertenecía a la propia Ileosa, la mujer desposada con el rey Eodred… la Reina.

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