Draconis Tempora: Korvosa (T2), siete días de aquí a la tumba (7/7)
Tras abandonar la Mansión Carowyn, los compañeros procedieron a entregar a Jolistina, la amante del nigromante Rolth, a la guardia de la ciudad. Cressida Kroft les informó de que la mujer sería puesta a disposición de las Doncellas Grises, quienes ahora gestionaban la seguridad de la ciudad. Por descontado, a aquella pérfida mujer no le aguardaba otro destino que la horca.
Tras una noche velando los
cadáveres de Gylip y Arien, Kaylee y Rostroajado hicieron acto de presencia en
el sencillo funeral que habría de despedir las almas de sus últimos compañeros
caídos. Con desasosiego, Kaylee recordó a todos aquellos amigos que habían
caído desde que recordaba haber comenzado a luchar por estabilizar aquella
maldita ciudad.
Y la culpable de todo era la
Reina Ileosa, eso lo tenía más que claro. Rostroajado no necesitaba mucho para
convencerse también de aquello y, aunque la mariscal Cressida no se atrevería a
reconocerlo, también albergaba sus sospechas.
De momento, con la Reina fuera de
su alcance, los dos compañeros solo podían aspirar a acercarse al Doctor
Davaulus, uno de aquellos extraños matasanos que la monarca había traído para
combatir el Velo de Sangre.
Cressida Kroft, consciente de que
sus amigos necesitarían refuerzos, les dijo dónde encontrar a un guerrero
minotauro llamado Jarnarak. Por lo visto, era un antiguo hermano de armas de la
propia Cressida; un tipo por el que ella respondería personalmente.
El minotauro solía alternar en un
burdel llamado “El Abrazo de la Moza”, un sitio lo suficientemente depravado
como para proporcionar desahogo a alguien de sus inusuales características.
No les costó demasiado dar con
Jarnarak, a quien encontraron compartiendo mesa, bebida y fulanas con un elfo dorado
llamado Anduil que tenía pinta de duelista o de ladrón refinado; no hubieran
sabido decirlo.
Tras ponerles al tanto de lo
acontecido últimamente y, sobre todo, tras mencionar el nombre de Cressida
Kroft, el minotauro decidió acompañarles a investigar a aquellos medicuchos tan
sospechosos. El tal Anduil se mostró algo más reticente, pero solo hasta que se
le habló de que la mariscal era una excelente pagadora.
Así, los compañeros abandonaron
el burdel y llevaron a sus dos nuevos amigos a sus alojamientos en “La Jarra de
Jeggare”.
Ya a la mañana siguiente, no les
costó demasiado averiguar que los médicos de la Reina habían ocupado el
Hospicio de la Doncella Bendita, nombre con el que se había rebautizado uno de
los antiguos almacenes de la familia Arkona.
En la entrada del Hospicio, donde
antes se hallaba la recepción de los almacenes, se encontraba sentada una mujer
de complexión robusta. Se llamaba Bhrunlida Torthus y decía ser la enfermera
jefe del Hospicio de la Doncella Bendita. Rostroajado se percató de que aquella
mujer escondía una espada corta bajo sus ropajes de enfermera.
Aunque en principio trató de
echar amablemente a los compañeros, finalmente cedió ante la zalamería del bien
parecido Anduil y consintió en intentar que el propio Doctor Davaulus les
recibiera.
Cuando la enfermera cruzó la
puerta que daba al interior del hospicio, una Doncella Gris entró en aquella
recepción para ocupar su puesto. Parecía que la Reina se había tomado en serio
la seguridad de aquel lugar.
Tras unos minutos, Bhrunlida
Torthus regresó para acompañar al grupo hasta el interior. Parecía que el
Doctor Davaulus había consentido en recibirles.
Al cruzar la puerta que separaba
la recepción del hospicio del ala de internamiento, el corazón de los
compañeros se encogió de súbito: en una amplia sala llena de catres, unos
sesenta enfermos agonizaban mientras cuatro médicos con sus características
máscaras de pico de cuervo iban de cama en cama.
No había primer piso en sí sobre
sus cabezas. En su lugar, varias pasarelas de madera cruzaban sobre la sala
mientras dos de las Doncellas Grises patrullaban sobre ellas, ballesta en mano.
Entraron por un pequeño pasillo
hasta llegar al despacho del Doctor Davaulus, donde les esperaba este junto a
tres de los médicos de la Reina. El doctor les dijo estar muy ocupado
combatiendo la epidemia y no tener demasiado tiempo para ellos.
Tras unos breves intentos
infructuosos de Kaylee por extraerle información de forma discreta, finalmente
Rostroajado le gritó a la cara que sabían de sus tratos con el nigromante Rolth
y su implicación en el Velo de Sangre.
Lejos de negarlo, Davaulus les
explicó que las enfermedades estaban hechas para purgar lo indeseable de la
sociedad, que después del Velo de Sangre, Korvosa renacería mejor y más fuerte.
Sin tiempo a mucho más, los tres
médicos de la Reina desenvainaron sus cuchillos largos y se abalanzaron sobre
los compañeros mientras que Davaulus conjuraba para hacerse invisible ante la
sorpresa del grupo.
Los tres médicos no tardaron
apenas en un suspiro en caer bajo las armas de los compañeros, que afianzaron
posiciones de inmediato para recibir a los otros cuatro médicos que se
acercaban por el pasillo seguidos de cuatro de las Doncellas Grises.
El grupo se mostró tremendamente
eficiente a la hora de aniquilar a los nuevos enemigos, a pesar de que Kaylee y
Anduil recibieran algunas heridas. Mención especial habría que hacer sobre el
elfo, quien se reveló como mago a la par que guerrero, cegando a dos de sus
adversarios con un conjuro.
Rápidamente, Kaylee, Rostroajado
y Jarnarak se pusieron a registrar el Hospicio de la Doncella Bendita en busca
de Davaulus mientras que Anduil examinaba el despacho del Doctor.
La paladina y Rostroajado
encontraron una sala donde, claramente, se experimentaba con ciudadanos que
habían contraído el Velo de Sangre. Esos experimentos incluían horribles
mutilaciones.
Por su parte, el elfo encontró
varias notas del Doctor sobre algunos ciudadanos que eran naturalmente inmunes
al Velo de Sangre, así como documentos sobre la creación de vacunas a partir de
la sangre de estos ciudadanos. También encontró algunas pociones de curación
que les serían muy útiles.
Por su parte, Jarnarak encontró
un pasadizo descendente oculto tras una puerta secreta que alguien no había
cerrado bien, seguramente a causa de las prisas. Intuía que el Doctor Davaulus
había bajado por ahí.
Durante un par de minutos,
debatieron acerca de si debían sacar a los enfermos de aquel hospicio y
llevarlos a algún templo donde estuviesen a salvo. Finalmente, fue Kaylee quien
tomó la decisión: aquel doctor era responsable de mucho de lo que estaba
ocurriendo en Korvosa y, sin duda, era demasiado importante como para dejarle
escapar.
Así, el grupo bajó por el
pasadizo en pos del fugitivo.
Anduil utilizó la magia para que
sus compañeros pudiesen ver en la oscuridad del túnel que transitaron durante
un buen rato hasta llegar a una enorme sala circular.
La estancia estaba decorada con
murales de esqueletos que bailaban con guadañas cobre campos llenos de muertos.
Dos Doncellas Grises estaban en la sala esperándoles, frente a una enorme
puerta de doble hoja, y les recibieron con una lluvia de virotes. No fueron
rivales para ellos.
Por suerte para los compañeros,
Rostroajado se percató de unas runas existentes en el marco de la puerta. Según
Anduil, se trataba de una trampa mágica que desataría una nube venenosa.
Jandarak, haciendo uso de su descomunal fuerza, arrojó el cadáver de una de las
Doncellas contra las puertas, haciendo que el gas venenoso se disparase sin
afectarles.
Tras abrir las puertas,
encontraron una sala llena de cajas de madera. Rostroajado abrió algunas de
ellas, sin encontrar nada dentro. Así, continuaron su camino por un angosto
pasillo que se prolongaba a continuación de aquella estancia.
El pasillo les condujo a una
amplia cámara lleva de armarios y bancos de madera. De una esquina, colgaban
varios de aquellos trajes de máscara picuda que solían emplear los médicos de
la Reina. Tras un rápido registro, no hallaron nada que pudiera ayudarles.
Aprovechando ese momento de
calma, Kaylee empleó sus poderes curativos para sanar tanto las heridas de
Anduil como las suyas propias.
Un nuevo pasillo les llevo a otra
cámara, ésta decorada con un mural donde se representaba una especie de orgía
celebrada por muertos vivientes. Sin previo aviso, de entre los rincones
anegados de oscuridad, surgieron ocho no muertos: cuatro necrófagos y cuatro
necrarios.
Fue un combate exigente en el que
Rostroajado y Jarnarak sufrieron heridas, especialmente el shoanti; que se vio
rodeado por tres adversarios y seguramente acabó por deberle la vida a la magia
de Anduil.
Finalizado el combate, Kaylee
extinguió lo que le quedaba de poder curativo para recomponer medianamente al
explorador.
Con cautela, continuaron su
periplo por aquellas instalaciones que Kaylee acabó por reconocer como un
templo a Loviatar. Pronto, llegaron a una nueva cámara.
Se trataba de una especie de sala
de operaciones con ocho camas de madera cuya superficie lucía un macabro tinte
rosáceo a causa de la sangre que, obviamente, se había vertido sobre ellas.
Allí encontraron a un par de prisioneros dentro de una jaula metálica.
Tras liberarlos, los ciudadanos
les hablaron de un nigromante calvo y maligno (seguramente Rolth) y de una
mujer muy bella que parecía sacerdotisa. Según contaron, ellos dos eran quienes
daban órdenes a los médicos que trabajaban allí abajo.
Los compañeros dieron
indicaciones a los reos para que escapasen de allí y que, si estaba en su mano,
alertasen a los clérigos de Lathander de lo que allí ocurría. El objetivo era
que los sacerdotes pudieran poner a salvo a los enfermos del hospicio.
Una vez los prisioneros se
hubieron marchado, el grupo siguió adelante.
La macabra sala de operaciones
daba a un pasillo lleno de celdas. En su interior había más ciudadanos. Según
les liberaban, no paraban de escuchar frases acerca de la bella sacerdotisa y
el malvado nigromante.
Rebasado el pasillo de las
celdas, con todos aquellos prisioneros huyendo hacia la libertad, los
compañeros accedieron a una habitación alargada, llena de catres e iluminada
por unas terribles lámparas: velas ardiendo dentro de auténticos cráneos
humanos.
Un pequeño pasillo parecía
comunicar esta estancia con una más grande, en la que se escuchaba ruido de
conversaciones en voz queda y un desagradable burbujeo.
Un rápido vistazo de Rostroajado,
que se acercó reptando hasta la puerta, permitió al shoanti ver una enorme
habitación rectangular en cuyo centro tres descomunales calderos cocían una
especie de flema blancuzca. En el techo había un mosaico de una mujer demacrada
bailando sobre cuerpos enfermos y cadáveres mientras blandía un flagelo.
Además, doce hombres armados con
aspecto de sectarios de algún tipo y cinco médicos de la reina se hallaban allí
apostados junto al Doctor Davaulus y otro hombre que, por fuerza, debía ser el
nigromante Rolth.
Rostroajado retrocedió y puso al
corriente a sus compañeros.
Kaylee reconoció a la mujer del
mosaico como la diosa Loviatar, del dolor y la enfermedad. Por su parte, Anduil
sugirió que lo que se cocinaba en esos calderos podría ser directamente el Velo
de Sangre, con lo que estarían contaminando la ciudad aquellos indeseables.
Esbozaron un pequeño plan de
acción consistente en que Rostroajado intentaría hacer estragos con su arco
sobre los sectarios y los médicos mientras que Kaylee, Jarnarak y Anduil
intentarían darlo todo para acabar con Davaulus y Rolth. Luego, tras exhortarse
a la victoria, irrumpieron en la estancia entre alaridos de guerra.
El plan salió a la perfección, con
el explorador shoanti abatiendo enemigos con su arco como un auténtico ángel de
la muerte mientras sus compañeros se abalanzaban sobre Davaulus y Rolth. Fue
Kaylee quien acabó por tumbar al médico, amputándole las piernas con su
alabarda. Por su parte, Jarnarak demedió con su enorme hacha al nigromante
Rolth.
El maltrecho Davaulus les confesó
que, como sospechaba Anduil, aquellos calderos contenían el Velo de Sangre.
Entre agónicas risas, les invitó a que se marchasen: les dijo que no lograrían
vencer ni a Arminkos, ni mucho menos a Andaisin.
El nombre de Andaisin, la
sacerdotisa de Loviatar que parecía estar detrás del diseño del Velo de Sangre,
hizo que los compañeros se mirasen entre sí. Cuando le preguntaron a Davaulus
por el tal Arminkos, ya era tarde… había muerto desangrado.
Con los nervios a flor de piel,
el grupo continuó su avance por aquel impío templo. Tras pasar por un par de
almacenes, escucharon voces provenientes de una estancia que parecía
encontrarse al fondo de un pasillo anexo al principal.
Cuando se asomaron, encontraron a
un muchacho atado a una cama de madera. Por la descripción que les diese su
hermana, Kaylee adivinó que se trataba de Ruan, el bardo que había sido
entregado por Jolistina a Rolth en la Mansión Carowyn.
Junto a la cama se hallaba un
sujeto alto y demacrado que se presentó como Arminkos. Kaylee supo enseguida
que se trataba de un vampiro, un auténtico vampiro de estirpe.
Al parecer, Arminkos no tenía
mucha intención de pelear. Según les dijo, había sido enviado por su Sire, un
tal Taric, como ayuda para la secta de Loviatar. Sin embargo, no sentía deseos
de derramar su sangre por aquella diosa que ni le iba ni le venía. Les ofreció,
además, entregarles al muchacho a cambio de un justo pago.
Sin dudarlo, Kaylee le entregó su
brazalete de oro; aquel que había mandado hacer para poder llevar encima muchas
de las ganancias que había obtenido en aquellos últimos tiempos de aventura.
La paladina pensó que no era muy
inteligente enfrentarse en ese momento a todo un vampiro de estirpe, no con
varios de los recursos mágicos del grupo agotados y, sobre todo, a la espera de
encontrarse aún con Andaisin.
Tras sonreír con satisfacción, el
vampiro se marchó por el pasillo.
Ruan, tras agradecerles que le
liberasen, se ofreció a acompañar al grupo. Deseaba vengarse de aquella maldita
secta. Anduil le cedió una de sus pociones de curación y Rostroajado le tendió
una de sus espadas.
Estaban listos para continuar.
No tardaron mucho en surcar otro
largo pasillo para llegar a una estancia más, también de inmenso tamaño. En el
centro, varios cilindros gigantescos contenían en su interior un demonio
abishai cada uno, en aparente estado de letargo. Al parecer, la secta empleaba
la sangre de los demonios para crear la cepa del Velo de Sangre. Junto a los
cilindros, diez médicos de la Reina parecían trabajar despreocupadamente.
Sin duda, el sonido de los
combates no había llegado hasta allí.
El grupo cayó sobre los médicos
con increíble sigilo. Aunque uno de los matasanos intentó correr hacia un
cilindro para romperlo y liberar al abishai, la flecha certera de Rostroajado
se hundió en su nuca, haciendo que el desafortunado se desplomase de bruces.
Al grupo no le atraía la idea de
dejar a aquellos monstruos extraplanares allí, a su espalda. Sin embargo, en
aquel momento no tenían modo alguno de desterrarlos. De este modo, decidieron
confiar en el letargo al que los había inducido la secta y continuar su camino.
Al fondo de aquella sala de los
cilindros se encontraba una suntuosa puerta de madera negra adornada con
zafiros. Tras buscar trampas en ella sin hallar ninguna, los compañeros la
cruzaron.
Lo hicieron para entrar en una
inmensa estancia, la más grande de aquel templo, en cuyo extremo opuesto se
sentaba una bella mujer en un trono de ónice, bajo la enorme cúpula que se
encontraba a casi doce metros de altura.
Andaisin les maldijo por haberse
entrometido en sus planes. Del mismo modo, les advirtió que Loviatar nunca
permitiría que la derrotasen, que aquel sería el horrible fin del grupo.
La sacerotisa les castigó con sus
temibles poderes mágicos mientras que los compañeros empleaban sus armas con la
mayor destreza posible, auxiliados por una magia de Anduil que, a todas luces,
no era rival para la de la sacerdotisa.
Sin embargo, aunque Kaylee y
Rostroajado acabaron algo maltrechos, finalmente consiguieron dar muerte a
Ansaisin.
O eso creían…
Porque, tal como había advertido
aquella malvada mujer, la diosa Loviatar no podía dejar aquello así.
El cadáver de Andaisin se
convulsionó, justo antes de alzarse por los aires y deformarse grotescamente
para dar lugar a un ser aberrante: una figura antripoide con el cuerpo lleno de
tumores rezumantes de pus y cuyo brazo izquierdo había mutado en un enorme
látigo de siete colas que parecía impregnado en algún tipo de icor venenoso.
Con los dientes apretados, los
compañeros volvieron a arrojarse sobre la sacerdotisa… o lo que los dioses
quisiesen que fuera ahora.
Aunque Anduil mantuvo la integridad,
principalmente porque se esmeró en guardar la debida distancia con aquel
monstruo, tanto Kaylee como Jandarak salieron bastante mal parados.
Rostroajado, el valeroso explorador shoanti, acabó desangrado merced a las
terribles heridas emponzoñadas que le causó aquel látigo del avatar maligno.
Kaylee, entre lágrimas, gritó de
dolor mientras acunaba el cadáver de su más querido amigo.
Después de aquello, el regreso a
través de aquel impío templo, ya vacío, se produjo en silencio. Los compañeros
estaban demasiado cansados, demasiado tristes…
Regresaron a la superficie con
las notas del Doctor Davaulus, que permitirían a los médicos y curanderos de
toda la ciudad fabricar una vacuna contra el Velo de Sangre. Era probable que
la enfermedad terminase en no demasiados días.
Oficialmente, una vez erradicada
la epidemia, la Reina Ileosa declararía que el Doctor Davaulus no había sido
sino un traidor aliado con la secta de Loviatar. Alguien que había traicionado
su confianza, actuando a sus espaldas contra Korvosa y sus gentes.
Casi a continuación, la presencia
de las Doncellas Grises se hizo mucho más evidente en la calle, disolviendo los
grupos de personas que parecían conversar… entrando en las tabernas para que se
hiciese rápidamente el silencio.
Aún así, ni Ileosa ni sus
Doncellas Grises pudieron evitar que la gente comenzase a murmurar acerca de la
implicación de la Reina en la expansión del Velo de Sangre.
Aproximadamente una semana
después de los sucesos del templo, con cada miembro del grupo ya dedicado a sus
asuntos y en sus respectivas viviendas, la paladina Kaylee recibió una misiva
en su casa.
La carta, con el lacre de la
mariscal Cressida Kroft, rezaba lo siguiente:
“Necesito veros a todos. AHORA”
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