Draconis Tempora: Los Reinos, Cuentos de los Valles (9/12)

Dieciséis largos días habían transcurrido desde que las fuerzas drow atacasen el pueblo del Valle de la Sombra. En todo ese tiempo, los drow no habían dado señales de vida aparte de la constante actividad que parecían mantener en la suboscuridad.

Según los prisioneros drow a los que habían interrogado los hombres de Mourngrym, esa actividad podría deberse a los preparativos para un intento de tomar la Torre Retorcida que, si se fiaban de lo sonsacado a esos elfos oscuros, habría de producirse en unos quince o veinte días a los sumo.

A parte de esto, también aquellos bandidos que, como ya sabían a esas alturas, pertenecían al peligroso Culto del Dragón, parecían haber remitido en su actividad. Algunos decían que la inequívoca presencia drow en los bosques los había ahuyentado, mientras que otros lo atribuían al enorme dispositivo militar que se había desplegado en el Valle de la Sombra.


Y es que el Valle había recibido refuerzos en esos dieciséis días desde que los drow atacasen el pueblo.

A parte de los doscientos milicianos que en ese momento ya entrenaban en la Torre Retorcida bajo la supervisión de Gunthor y la guerrera Icehyill, cien soldados de la fuerza mercenaria de Los Penachos Rojos habían llegado de Lejanascolinas enviados por Britha, aquella sacerdotisa de Lathander que pertenecía a Los Arpistas y a la que el grupo entonces formado solamente por Cinthork, Jesper y Zenit había ayudado.

Cien Jinetes del Valle de la Bruma habían acudido también al auxilio de Mourngrym y sus aliados, bajo el mando de Rancent, aquel soldado al que los compañeros también ayudaron a salvar a varios aldeanos del Valle de la Bruma de las garras de dos gigantes gemelos.

También habían llegado al Valle cincuenta guerreros de la orden del Mazo Ecuánime de Tyr, comandados por el sacerdote Marek. Los sagrados luchadores estaban ansiosos por pagar su deuda con el grupo, ya que los compañeros les habían ayudado a combatir a una agresiva tribu de hombres lagarto acaudillados por una naga en el Estanque de Yeven.

Por último, Hilan Grove y Gilew habían regresado de Alcázar Zhentil con una fuerza mercenaria de doscientos hombres. Guerreros de aspecto patibulario y carácter difícil, pero todos con ansias de batalla y evidentemente tipos duros.

En todo este tiempo, los compañeros habían ocupado su tiempo en diversas tareas.

Cinthork, el paladín minotauro, había colaborado en la reconstrucción del pueblo, así como había echado una mano en el adiestramiento de los milicianos. Jesper, el sacerdote elfo, había ocupado su tiempo en fabricar algunas pociones y pergaminos. Sathelyn, la guerrera humana, había ocupado su tiempo en trabajar como escolta de diversas caravanas. Zenit, el mago elfo, se había sumido en sus estudios para elaborar unos cuantos pergaminos.

Dieciséis días después del ataque al pueblo, como decíamos, Lord Mourngrym convocó a los comandantes de las distintas fuerzas que habían llegado al Valle. También hizo llamar a los compañeros, ya que a esas alturas estaban considerados auténticos héroes en el Valle.

En aquella reunión, los compañeros se percataron sin mucha dificultad de la tensión existente entre Lord Mourngrym y el mercenario Hilan Grove. Además, eran conscientes de que esa tensión se trasladaba a las tropas, ya que se habían producido varios altercados menores entre los mercenarios de Grove y los guardias de la Torre. De momento, no había llegado la sangre al río, pero podía ser cuestión de tiempo.

Los compañeros escucharon en silencio la disposición táctica que Gunthor había ideado para la defensa de la Torre. A todos les pareció bien, salvo el punto en el que el pueblo parecía haber sido dado por perdido, ya que Cinthork insistió varias veces en que debería dejarse una fuerza destacada allí. Finalmente, el minotauro se rindió ante la intransigencia de Mourngrym, que quería a todos los hombres en la Torre cuando se produjese la batalla.

Una vez Gunthor hubo terminado su exposición, el enano pidió sugerencias para mejorar la defensa.

Los compañeros sugirieron la construcción de una empalizada en torno a la torre, un foso en torno a la empalizada y un cordón de maleza empapada en aceite incendiario en torno a ese mismo foso, además de unas cuantas trampas de estacas en la ladera de la loma sobre la que se encontraba la Torre.

Además, idearon un sistema de muros de mampostería tras los cuales se almacenaría fuego de alquimista para intentar sellar el túnel que comunicaba las catacumbas de la Torre con la suboscuridad. En todo caso, si no se lograba convertirlo en un acceso infranqueable, sí se ralentizaría el avance drow allí. Los compañeros incluso sufragaron la compra del fuego de alquimista para colaborar con la defensa de la Torre.

Tras la reunión, Lord Mourngrym pidió a los compañeros que se quedaran. Cuando todos los demás se hubieron marchado, el señor del Valle y Gunthor les hicieron entrega de varios pergaminos y pociones que los sacerdotes del templo de Tymora les habían querido hacer llegar en agradecimiento por haber salvado su templo durante el ataque al pueblo.

Tras abandonar el salón del trono, cada uno de los compañeros se dirigió a sus quehaceres.

Cinthork se unió a Hilan Grove en la supervisión de la construcción de las defensas, mientras que Sathelyn auxiliaba a Icehyill y Gunthor en el adiestramiento de las milicias. Zenit decidió fabricar algún objeto mágico que les fuese de utilidad.

Jesper, que también había decidido ocupar su tiempo en la elaboración de pociones de curación, conoció aquel día a Rewel Tronada, un sacerdote de Lathander que acababa de llegar al Valle. Rewel se interesó de inmediato por las labores de asistencia espiritual que Jesper estaba llevando a cabo entre los lugareños, mostrándose realmente decepcionado cuando se dio cuenta de que no solo Jesper había desatendido estas labores, sino que además le había intentado engañar al respecto.

Un par de días después, mientras Sathelyn entrenaba a los aldeanos en el uso del arco, pudo percatarse de que una anciana hablaba con Gunthor, el enano. Pudo darse cuenta de que la mujer lloraba y parecía evidentemente desesperada.

Sin pensarlo dos veces, Sathelyn se acercó a hablar con la mujer.

La mujer, llamada Jane, le dijo que su hija Marget había sido secuestrada. Al parecer, la muchacha volvía desde el pueblo hacia la Torre, donde trabajaba, con tres compañeras cuando unos desconocidos las asaltaron.

Gunthor, apesadumbrado, confesó que no podía utilizar un dispositivo de soldados para buscar a la chica, no con la amenaza drow tan presente.

Ante esto, Sathelyn le prometió a la mujer que encontraría a su hija.

La guerrera fue a hablar con sus compañeros, exponiéndoles la situación y pidiendo que la acompañasen. Sin embargo, todos parecían estar ocupados en asuntos de gran importancia y decidieron que debían priorizarlos al desafortunado rapto de aquella chica.

Inmediatamente, la guerrera fue a las cocinas de la Torre para hablar con las otras sirvientas que se hallaban presentes en el momento del rapto. Las muchachas, muy asustadas aún, le contaron que sus asaltantes eran humanos. También le dieron señas del lugar exacto en el que se había producido el rapto.

Además, Sathelyn pudo averiguar que la chica no tenía ningún parentesco importante que pudiera constituir un motivo para el rapto. También se enteró de que se le había asignado la limpieza del área de la biblioteca.

Tras solicitarle a Gunthor que le prestase a cinco hombres, a lo que el enano accedió, Sathelyn se dirigió al punto del camino en el que aquellos hombres habían secuestrado a Marget.

Sathelyn examinó a conciencia el lugar por el que, según la versión de las sirvientas, aquellos hombres se habían llevado a Marget. Allí pudo encontrar un pedazo del vestido de Marget, así como un rastro de pisadas que se internaba en el bosque.

Seguir aquel rastro fue complicado, ya que esos hombres parecían saber por dónde pisar. Sathelyn y los soldados perdieron el rastro varias veces, lo que les hizo deambular algunos días por el bosque.

Mientras tanto, en la Torre, Cinthork comenzó a inquietarse por la ausencia de Sathelyn, así que fue a hablar con Gunthor. El enano accedió a enviar a uno de los monteros de Mourngrym al bosque, a fin de obtener noticias de la guerrera y los soldados que la acompañaban.

Finalmente, Sathelyn llegaría al final de aquel rastro: una granja aparentemente abandonada, impregnada por el hedor a muerte de unas ovejas que habían sido abandonadas dentro del redil hasta morir de inanición.

Sin embargo, la granja solo estaba aparentemente abandonada, ya que de la vivienda surgían las voces de varios hombres riendo, así como los desesperados gritos de una mujer.

Sin pensarlo dos veces, Sathelyn y los soldados se encaminaron hacia la vivienda en formación cerrada con la esperanza de sorprender a aquellos hombres. Uno de los soldados, sin embargo, tropezaría al intentar rebasar la cerca del redil produciendo un estruendo metálico al caer de bruces con su armadura.

Las voces de la casa cesaron de inmediato, al menos las de los hombres; ya que la mujer continuaba sollozando en el interior.

Desgraciadamente, por si esto fuera poco, Sathelyn y sus compañeros activaron en su avance un glifo mágico que detonó en una letal explosión de frío glaciar. Sathelyn apretó los dientes mientras resistía a duras penas aquella mortal oleada que se llevó la vida de cuatro de sus acompañantes.

Casi al mismo tiempo, las ventanas de la casa se abrieron para dejar ver a cinco arqueros que descargaron sus flechas sobre Sathelyn y el soldado que quedaba con vida. La guerrera pudo advertir que, dos de ellos, eran arqueros expertos.

Pero aún faltaba lo peor…

Un mago hizo su aparición también y, desde la ventana, arrojó una bola de fuego sobre Sathelyn. La guerrera retrocedió entonces, mientras las llamas la envolvían haciéndola aullar de dolor.

Rápidamente, Sathelyn y el soldado se parapetaron tras los putrefactos cadáveres de las ovejas para guarecerse de la lluvia de flechas mientras intentaban la retirada.

Cuando sus enemigos les dieron un pequeño respiro, ambos corrieron hacia el bosque, rezando a los dioses por que aquellos hombres no les persiguiesen. Cuando hubieron puesto la suficiente distancia, ambos se derrumbaron, exhaustos.

Sathelyn y el soldado regresaron a la Torre Retorcida, donde la guerrera puso a sus compañeros al corriente de su hallazgo. Conscientes de que allí había algo más que el simple secuestro de una muchacha para usarla como diversión por parte de unos malhechores, los compañeros decidieron volver a esa granja en grupo.

Antes de partir, Cinthork medió con Hilan Grove para que le consiguiera un guardaespaldas de fiar a Zenit. Este le presentó a un tal Zork, un aguerrido y callado mercenario que estaba dispuesto a convertirse en la sombra del mago.

Así, el grupo partió hacia la granja junto con su nueva adhesión.

Lamentablemente, cuando llegaron allí solo pudieron encontrar un montículo de tierra removida donde aquellos hombres habían enterrado el cuerpo de Marget de un modo bastante deficiente. La muchacha había sido degollada y mostraba signos de que se había abusado de ella repetidas veces.

También encontraron un rastro que se internaba en el bosque, sin duda dejado por aquellos hombres que Sathelyn había encontrado en la granja.

Tras enterrar dignamente su cuerpo, ya que Sathelyn consideró que no debían devolvérselo a la madre en ese estado, los compañeros tenían que tomar una decisión: regresar a la Torre o seguir aquel rastro.

Lamentándose por no haber acompañado a Sathelyn la primera vez, todos los compañeros estuvieron de acuerdo en dejar la decisión en manos de la guerrera.

Ella lo tenía muy claro: había que seguir a aquellos hombres. Había que vengar a Marget.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)