Draconis Tempora: Korvosa (T3), Huida del Viejo Korvosa (4/6)

Tras las dolorosas muertes de Thrainan y Anduil en el palacio del autoproclamado Emperador del Viejo Korvosa, tanto Kaylee como Jarnarak tenían bastante claro que necesitaban refuerzos si de verdad querían acometer el asalto al palacio de los Arkona para liberar a Vencarlo y Neolandus de las garras de aquella familia criminal.

Kaylee le sugirió a su compañero que fuesen a ver a Armin Jalento: el joven noble tenía contactos en la ciudad y, en caso de que no los tuviese en Viejo Korvosa, seguro que podía ponerles en contacto con alguno de los amigos de Vencarlo Orsini, que seguro estarían dispuestos a colaborar en su liberación.

Así, un par de horas más tarde, estaban reunidos con Armin Jalento en una maltrecha casa ubicada cerca de uno de aquellos puentes que las Doncellas Grises mantenían cerrados para evitar que nadie escapase de Viejo Korvosa.

Se trataba de la casa de Thepeiros, un elfo dorado que se había criado en las calles de Viejo Korvosa como granuja y que, años atrás, había sido redimido (más o menos) por Vencarlo. Por descontado, el elfo estuvo de acuerdo en ayudar a liberar a su buen amigo.

También se encontraba en la casa Seldysa, una gnoma bastante cubierta de mugre y ataviada con una raída túnica que más bien parecía un viejo saco de arpillera. La gnoma, una maga según aseguró Armin, había trabajado junto a Vencarlo en investigar las actividades de Ileosa. Seldysa, que parecía guardar un gran cariño al profesor de esgrima, no aceptaría una negativa a la hora de unirse al grupo.

Thepeiros abrió la última botella de vino que le quedaba en casa y todos brindaron, encomendándose a la labor de liberar a Vencarlo y al senescal Neolandus.

Tras discutirlo un buen rato, el grupo decidió que se aproximaría abiertamente al palacio de los Arkona, pidiendo audiencia con Bahor, el patriarca de la familia. Verían qué actitud mostraban los Arkona y averiguarían si se podía negociar con ellos.

En caso de que no se mostrasen razonables, estaban dispuestos a acabar con todos ellos e incendiar ese maldito palacio hasta los cimientos.




El palacio de los Arkona estaba situado en mitad de unos enormes terrenos despejados sobre los que correteaban pavos reales y otros animales exóticos ante la vigilancia de media docena de guardias fuertemente armados.

El palacio era un edificio enorme, con fachadas impresionantemente ornamentadas, pilares de oro, altas ventanas y numerosas esculturas de animales hechas en metales preciosos y rematadas con gemas. Desde donde estaban los compañeros, podía verse un bonito embarcadero que daba a uno de los canales de Viejo Korvosa. Un bote se mecía apaciblemente sobre el agua.

Los guardias, que no parecieron sorprenderse mucho al verles llegar, les condujeron de inmediato al interior del palacio, aunque les pidieron que dejaran sus armas en el recibidor antes de continuar hacia el interior de la casa.

A regañadientes, dejaron las armas allí; no sin que antes Seldysa se fijase en la ubicación del pequeño cuartito donde los criados depositaban los objetos.

Cuatro de los guardias les escoltaron hasta los baños del palacio, donde les esperaba Bahor Arkona. El jerarca de la familia se encontraba en una de las enormes bañeras que allí había. De inmediato, el anfitrión hizo que trajeran vino y viandas para sus invitados. Los cuatro guardias permanecieron en la estancia.

Mientras los criados surtían al grupo de frutas, vino y dulces, Bahor felicitó a Kaylee y Jarnarak por haber acabado con la vida del Emperador de Viejo Korvosa, lamentando profundamente las muertes de sus compañeros. Bahor parecía un tipo bien informado.

Además, el jerarca de los Arkona le regaló un anillo que aumentaba las capacidades defensivas en combate a Kaylee como muestra de gratitud por haber librado Viejo Korvosa de una escoria como el autoproclamado Emperador, lo que la paladina agradeció profundamente.

Algo impaciente por toda aquella cháchara, el minotauro Jarnarak decidió preguntarle directamente por Vencarlo y Neolandus.

Lejos de sorprenderse, Bahor Arkona esbozó una amplia sonrisa antes de contarles que, tanto Vencarlo como Neolandus, eran invitados de los Arkona. Ambos se encontraban alojados, para su protección, en el Laberinto Reanimado de los Arkona.

Cuando sus visitantes se miraron entre sí, confusos, Bahor les explicó que era un laberinto subterráneo que los Arkona solían utilizar para entrenar a sus hombres. Al parecer, se accedía a través de una entrada secreta ubicada en la base de una de las estatuas del jardín, un enorme elefante de oro macizo.

Lamentablemente, Bahor les explicó que se encontraba tremendamente ocupado, así que no podría acompañar al grupo a buscar a Vencarlo y Neolandus; invitándoles a que ellos mismos se dirigieran allí. Según les dijo, el Laberinto Reanimado no era realmente tan complicado.

El grupo montó en cólera, pensando que Bahor les estaba faltando al respeto, tomando el pelo o ambas cosas; de modo que le exigieron la entrega inmediata de Vencarlo y Neolandus. Viendo que la situación se tensaba enormemente, los cuatro guardias se llevaron las manos a la empuñadura.

En ese momento, Seldysa empleó un conjuro de puerta dimensional para transportarse junto con Thepeiros hasta el hall del palacio a la vez que Kaylee y Jarnarak, desarmados, se abalanzaban sobre los guardias.

Kaylee forcejeó con uno de los hombres, cayendo dentro de la enorme piscina, mientras que el minotauro corneaba a otro guardia matándolo en el acto. Al tiempo, la maga gnoma y el elfo entraban en el cuartito del hall para hacerse con las armas que los guardias les habían retirado y correr con todo el equipo hacia los baños. La bola de fuego invocada por Seldysa bastó para acabar con los tres guardias que intentaron perseguirles.

Mientras tanto, ante el estupor de Kaylee y Jarnarak, Bahor Arkona se transformaba en un hibrido antropoide a medio camino entre un hombre y un tigre: el jerarca de los Arkona era en realidad un rakshasa. Sendas espadas largas se materializaron mágicamente en las manos de la infernal criatura.

Para cuando Seldysa y Thepeiros hubieron llegado a los baños, los cuatro guardias habían muerto, pero la paladina había resultado herida por el rakshasa. Rápidamente, Thepeiros arrojó las armas a los compañeros para que, entre los cuatro, enfrentasen a Bahor en su nueva forma.

El combate les vino de cara y lograron acabar con el rakshasa, aunque Kaylee acabó bastante herida, siendo necesario que recurriese a sus poderes de curación para restablecerse medianamente.

Sin mucho esfuerzo, acabaron con media docena más de guardias de camino al jardín. Allí pudieron ver la gran estatua del elefante y, como no tenían nada mejor que aquellas palabras del ya difunto Bahor para guiarse, decidieron acercarse a echar un vistazo.

El sobresalto fue mayúsculo cuando, de súbito, la enorme estatua cobró vida y comenzó a correr directamente hacia ellos con evidente intención de embestirles. Casi a la vez, el agua de un estanque cercano se encrespó, liberando a un enorme elemental de agua que les cercó desde retaguardia.

Los males del grupo no habían terminado, ya que desde un flanco se acercaban a toda carrera dos rakshasas más, hembras, armadas con espadas largas.

El combate fue brutal, con los compañeros sudando más de lo esperado para lograr abatir a aquel descomunal gólem con aspecto animal, mientras trataban de que el elemental no les atrapase en su acuoso interior y evitaban las hojas de las rakshasas.

Jarnarak, que casi muere ahogado en el interior del elemental, y Thepeiros, embestido brutalmente por el constructo paquidermo, se llevaron la peor parte de lejos. Aún con todo, finalmente lograron acabar con sus enemigos.

En vista de que no parecía existir más oposición en el palacio, el grupo decidió descansar un rato para tomar aliento junto a la base de lo que fue esa estatua viviente en forma de elefante. Poco después. Thepeiros descubriría que, tal y como les había dicho Bahor, existía una entrada secreta allí que parecía descender hacia el subsuelo.

Con sumo cuidado, decidieron descender por las escaleras hacia lo que parecía un extraño complejo de cuevas subterráneas escavadas directamente en la roca viva.

El grupo avanzó cautelosamente, con Kaylee y Jarnarak a la cabeza, seguidos a unos pocos metros por Thepeiros y Seldysa.

Sus atacantes surgieron de las sombras, pillándolos totalmente desprevenidos.

Se trataba de una rakshasa más, acompañada de cuatro criaturas con cuerpo de león y torso de hermosas mujeres: se trataba de lamias armadas con espadas y jabalinas que, inmediatamente, arrojaron sobre el grupo.

A pesar de haber comenzado el combate de un modo tan desfavorable, los compañeros consiguieron rehacerse, imponiéndose a la adversidad para lograr acabar con la totalidad de sus contrincantes.

Aunque Kaylee solo tenía algunas heridas menores, el resto de sus compañeros no se encontraban demasiado bien. Aquel lugar, de todos modos, no parecía lo suficientemente seguro como para descansar; así que decidieron seguir adelante.

Unos metros más adelante, donde el túnel parecía finalizar abruptamente, Thepeiros encontró una puerta secreta que parecía dar acceso a una nueva sección de túneles, estos con suelo, paredes y techo adoquinados cuidadosamente: acababan de llegar al Laberinto Reanimado.

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