DT.VII: Korvosa (T4) - Historia de unas cenizas (4/6)
Los compañeros continuaban su camino hacia el sureste, en dirección a Vado Llama. Esperaban que los Skarl-Quah les proporcionasen la información que necesitaban acerca de la extraña corona de la Reina Ileosa y su vinculación con el dragón cuyos restos reposaban bajo el Castillo de Korvosa.
La paladina humana Kaylee, el guerrero minotauro Jarnarak, el elfo ladrón Thepeiros y la maga gnoma Seldysa atravesaban las Tierras Cenicientas rumbo a aquel poblado shoanti, pensando de cuando en cuando en aquella bestia legendaria llamada Fauces de Ceniza, el descomunal gusano púrpura del que les había hablado Milhuesos.
Iban sumidos en estos pensamientos cuando, de súbito, cuatro enormes figuras surgieron tras una colina.
Se trataba de cuatro escorpiones gigantes que hacían chasquear sus pinzas de modo amenazados mientras erguían sus descomunales aguijones. Las gigantescas sabandijas se movían rápidamente, comenzando a rodear al grupo.
Kaylee y Jarnarak intentaron contener a los monstruos mientras Thepeiros empleaba su ballesta con destreza y Seldysa desataba su magia sobre los escorpiones en forma de rayos, fuego y energía necrótica que consumía la propia vida.
Aunque el grupo terminaría por imponerse, aquellos bichos resultaron ser bastante más duros de lo esperado. Los cuatro amigos resultaron heridos, siendo Jarnarak y Seldysa los que se llevaron la peor parte aunque la vida de ninguno de ellos llegó a peligrar. Acababa de comenzar aquel día y Kaylee ya se había visto obligada a emplear sus poderes curativos para auxiliar a sus compañeros.
Tras haberse recompuesto un poco, continuaron su camino por aquellas tierras. Hicieron noche en la llanura, estableciendo turnos de guardia por si algún peligro, como Fauces de Ceniza, acechase en la noche. Afortunadamente, no tuvieron que hacer frente a inconveniente alguno y pudieron ponerse en marcha aquella misma mañana sin mayores incidentes.
Fue casi al medio día cuando se toparon con una patrulla de Skarl-Quah, jinetes cabalgafuegos. Si bien los shoanti no se mostraron abiertamente hostiles, mantenían las manos inquietantemente cerca de sus armas.
Todo cambió en el momento en que Seldysa alzó la palma de su mano dejando ver la Marca de los Guardianes de los Siervos. Con lo ojos abiertos de par en par, los cabalgafuegos se miraron entre sí con notable asombro. Tras haber intercambiado algunas palabras en shoanti, los jinetes consintieron en escoltar a aquellos extranjeros hasta el poblado de Vado Llama.
El poblado de Vado Llama se encontraba en un lugar estratégicamente propicio para la defensa, como bien señaló Kaylee: había sido ubicado en el centro de un campo de piedras punzantes al extremo de un risco de unos treinta metros.
Diecinueve grandes tiendas de piel, dos de ellas enormes y un corral para los caballos servían para albergar a la cincuentena de shoanti que allí habitaban bajo el mando del jefe Klar Abrasatierras, ante quien le condujeron de inmediato.
Junto al anciano jefe, los compañeros encontraron a Korjun Comeloquemata, el Skarl-Quah al que habían conocido en el campamento de los Skoan-Quah. Korjun se mostró contento de reencontrarse con el grupo, en especial con Jarnarak el minotauro.
Cuando Seldysa mostró la Marca de los Guardianes de los Siervos, el campamento se llenó de murmullos de asombro. Klar Abrasatierras mostró su enorme respeto por aquellos héroes que habían conseguido La Marca y les invitó a compartir el fuego aquella noche: allí podrían hablar de lo que había traído al grupo hasta Vado Llama.
Aquella noche, los Skarl-Quah pusieron a disposición de los invitados sus mejores viandas. Los compañeros compartieron comida y bebida con aquellos shoanti, sentados ante el gran fuego y escuchando los cantos tribales de sus anfitriones.
Kaylee le contó a Klar Abrasatierras todo lo referente a los nuevos poderes de la reina Ileosa y aquella corona de colmillos que ahora portaba. También le dijo que todo parecía estar relacionado con aquel dragón que había sido sepultado bajo el Castillo de Korvosa en tiempos inmemoriales.
El jefe Klar admitió conocer aquella leyenda. Según los Skarl-Quah, un anciano llamado Mandraivus había reunido a un grupo de héroes para luchar contra un terrible dragón azul llamado Kazavon. Al parecer, el dragón poseía una fortaleza llamada Muro de la Cicatriz que, tras la muerte del dragón, había quedado en manos de Mandraivus.
Por desgracia, aquella historia era casi un tabú para los shoanti y no sabía mucho más. Sin embargo, Klar Abrasatierras les habló de un anciano sabio que vivía en la Casa de la Luna, un antiguo templo a la diosa Selune. Aquel anciano, de la tribu Lyrune-Quah era conocido como Orador de la Verdad, y era uno de los guardianes del saber shoanti.
Según el jefe Klar, este anciano conocería todos los detalles acerca de la historia del dragón Kazavon y, sin duda, podría ayudar a los compañeros a hacerse con alguna información útil que les permitiese derrotar a la reina Ileosa.
Para asegurarse de que el Orador de la Verdad les ayudase, además de la Marca de los Guardianes de los Siervos que lucía Seldysa, Klar Abrasatierras les entregó una especie de amuleto que les serviría de carta de presentación.
Tras agradecer al jefe su ayuda, los compañeros acordaron partir a la mañana siguiente hacia el noroeste, con intención de llegar a la Casa de la Luna en unos cuatro días.
Con las primeras luces del alba, los compañeros se pusieron en camino, internándose de nuevo en las Tierras Cenicientas. Si bien los dos primeros días de su periplo transcurrieron sin más incidentes que el merodeo de una pequeña manada de chacales que fue ahuyentada por la magia de Seldysa, al tercer día les aguardaba una desagradable sorpresa.
Todo ocurrió en las primeras horas de la noche, cuando Thepeiros y Jarnarak montaban guardia. Por suerte, los excelentes sentidos del elfo plateado le permitieron detectar a los intrusos antes de que fuera demasiado tarde para reaccionar.
Desde varios puntos, un extraño grupo se acercaba al campamento con intenciones claramente hostiles. El tipo que parecía estar al mando era un humano con aspecto de cazador que iba acompañado por un enorme puma gris. Junto a ellos, cuatro asesinos de la Mantis Roja hacían evidente la mano de Ileosa tras este ataque. Por último, el rugido de tres grandes gárgolas de ceniza les llegaría desde el aire.
En unos pocos segundos, un infernal combate se desató en el centro del campamento.
Los atacantes, para su desgracia, no tardaron en comprender que aquel grupo era mucho más peligroso de lo que parecía. Mientras los Mantis Rojas caían bajo los aceros de Kaylee y Jarnarak, Thepeiros derribaba a las gárgolas con certeros disparos de su ballesta. La magia de Seldysa, por su parte, consumió al puma en una explosión de fuego al tiempo que dejaba bastante malherido a su cazador.
El hombre intentó huir, pero nuevamente la magia de la maga gnoma fluyó para controlar su mente y sumirlo en un estado de docilidad.
Bajo el influjo de la magia, el cazador dijo haber sido contratado por una tal Cinabrio para que guiase a los Mantis Rojas a través de las Tierras Cenicientas en pos del grupo. Al parecer, los asesinos habían llegado a aquellas tierras con una importante suma en piedras preciosas que habían utilizado para comprar la lealtad de aquellas gárgolas de ceniza.
Aunque Jarnarak parecía empeñarse en ejecutar allí mismo a ese malnacido, Kaylee se lo impidió. La paladina decidió mostrar clemencia con ese tipo que se autonombraba como El Escoria. Aún así, la mujer le advirtió que si volvían a encontrarse en un combate, la próxima vez no habría piedad para él.
Despojado de sus armas, El Escoria emprendió su camino cabizbajo hacia el sur, rezándole sin duda a algún dios para que le permitiese llegar con vida a cualquier lugar poblado.
Los compañeros encaminarían sus pasos hacia el noroeste, a la Casa de la Luna, donde esperaban poder encontrar por fin la información que les permitiese derrotar a la Reina Ileosa.

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