DT.VII: Korvosa (T4) - Historia de unas cenizas (5/6)
Los compañeros continuaban su peligroso periplo a través de las Tierras Cenicientas de camino hacia la Casa de la Luna, donde esperaban encontrar al Orador de la Verdad. Según las palabras de Klar Abrasatierras, el jefe Skarl-Quah, ese anciano de la tribu Lyrune-Quah era uno de los guardianes del conocimiento shoanti y era conocedor de la perdida historia del dragón Kazavon.
Se encontraban a apenas una jornada de camino de la Casa de la Luna cuando una aterradora visión hizo que sus corazones se helasen: una enorme criatura surgió de las arenas en la distancia, solo para sumergirse de nuevo como si de una enorme ballena que nadase en la tierra se tratara.
El enorme gusano púrpura surgió del suelo a medio centenar de metros de los compañeros, volviendo a sumergirse para reaparecer al flanco y volver a hendir la tierra. El tamaño de aquella sabandija no dejaba lugar a dudas: se trataba de Fauces de Ceniza, el legendario gusano de las Tierras Cenicientas; una criatura que había arrasado cientos de asentamientos shoanti durante su larga vida y había causado el terror entre viajeros de las llanuras durante generaciones.
Sin muchas más opciones ante lo que se les venía encima, todos se aprestaron para el combate. Tenían el corazón en un puño, pues eran conscientes de que se enfrentaban a un enemigo legendario que no daría ninguna facilidad.
Cuando la tierra explotó delante del grupo, dejando surgir a la colosal sabandija, los amigos ya se habían desplegado para el combate.
Seldysa hizo aparecer varios duplicados ilusorios de sí misma, lo que le garantizaba cierta libertad de acción para desplegar su magia sobre Fauces de Ceniza mientras Kaylee y Jarnarak se acercaban peligrosamente al descomunal gusano y Thepeiros se afanaba en buscar la retaguardia del monstruo con los virotes de su ballesta.
La lucha se complicaba rápidamente, con la paladina y el minotauro recibiendo un castigo descomunal por parte de su enemigo. Por su parte, Thepeiros también se llevaba un buen revolcón por parte de la criatura. Fauces de Ceniza a punto estuvo de rematar al elfo con su aguijón, pero un campo de fuerza convocado por Seldysa le salvó la vida a su compañero.
Kaylee se vio obligada a agotar su vínculo con Lathander para sanar tanto sus propias heridas como las de Jarnarak, ya que la situación de ambos se estaba tornando crítica. Pero no había mucho más tiempo que perder, la batalla continuaba y el monstruo había acabado con todas las réplicas ilusorias de Seldysa, que había estado hostigando a Fauces de Ceniza a base de golpes de rayo para alejarlo de sus compañeros.
El colosal gusano púrpura parecía realmente incansable. Ni el acero ni la magia parecían hacerle desfallecer. Nuevamente, fue el poder arcano de la maga gnoma el que salvo la vida de paladina y minotauro interponiendo una barrera de magia entre ellos y las fauces de el inmenso monstruo. Por desgracia, también las energías de Seldysa estaban comenzando a flaquear para entonces.
Con un movimiento casi espasmódico, Fauces de Ceniza atrapó a Jarnarak en su poderosa mandíbula y tras zarandearlo un par de veces, lo arrojó a un lado con el cuerpo destrozado. La sorprendente fortaleza del minotauro le permitió ponerse en pie solo para ser atravesado por el venenoso aguijón del gusano un segundo después; algo que su vigoroso organismo ya no pudo soportar.
Con lágrimas en los ojos, Kaylee se abalanzó, alabarda en ristre, contra Fauces de Ceniza. Su arma penetró profundamente en la carne del gusano, que chilló con furia al recibir la mortal herida. Sin embargo, con su último estertor, el monstruo hendió su aguijón en el pecho de la paladina.
Monstruo y mujer se desplomaron al mismo tiempo, expirando ambos.
Seldysa se desplomó de rodillas, con los ojos anegados en lágrimas mientras Thepeiros trataba de consolarla. La gnoma acunaba el cadáver de Kaylee mientras lanzaba al aire un alarido de desesperación.
Enterraron los cuerpos en aquella llanura, y les hubiese gustado decir algo más allá de las pocas palabras que fueron capaces de dedicar a sus amigos caídos. Después de haberlas pronunciado, los dos supervivientes aún se mantuvieron casi una hora en silencio junto a las tumbas de la paladina y el minotauro.
Thepeiros y Seldysa continuaron su camino en silencio durante el resto de la jornada. Sus corazones estaban destrozados por la pérdida de sus amigos. Pasaron la noche al abrigo de unas rocas y, con el alba, reanudaron su camino.
Antes de medio día, pudieron detectar a cuatro figuras que se acercaban caminando por la llanura. Se trataba de cuatro mujeres con atavíos guerreros propios de los shoanti. Sin duda se trataba de guerreras Lyrune-Quah.
Los dos compañeros aguardaron en calma la llegada de las mujeres.
La líder de aquel grupo, una tal Tekrakai, les explicó que eran Doncellas de la Luna; guardia de honor tradicional y casta protectora de los Lyrune-Quah. Aunque al principio la actitud de las shoanti fue bastante hostil, la situación cambió radicalmente cuando Seldysa mostró la Marca de los Guardianes de los Siervos.
Así, Tekrakai consintió en guiar a los forasteros hasta el Orador de la Verdad, para que tratasen sus asuntos.
Para sorpresa de Seldysa y Thepeiros, las Doncellas de la Luna no les guiaron hasta el antiguo templo de Selune, sino que les llevaron a un campamento situado a tres o cuatro kilómetros de ese lugar. Cuando Seldysa se interesó por el hecho de que el Orador de la Verdad hubiese abandonado el templo que era su morada, Tekrakai contestó con un “hemos tenido problemas” que no quiso desarrollar.
La líder de las Doncellas de la Luna les llevó hasta una tienda algo más grande que las demás. Allí aguardaba Akram, el Orador de la Verdad; un anciano shoanti que se mostró realmente impresionado cuando Seldysa le mostró la Marca de los Guardianes de los Siervos.
El Orador de la Verdad admitió conocer la historia de Kazavon y dijo poseer información que ayudaría a los compañeros en su misión. Sin embargo, les expresó que lamentaba tener que pedirles algo a cambio: algo acorde con las impresionantes capacidades de unas personas capaces de hacerse con la Marca de los Guardianes de los Siervos.
Según les explicó Akram, una pareja de behires se había instalado en el templo de Selune, obligando al propio Orador de la Verdad a escapar para salvar la vida. Al parecer, Tekrakai había intentado recuperar el lugar junto a una docena de Doncellas de la Luna, pero los monstruos habían acabado con casi todo el contingente, escapando la propia Tekrakai de forma casi milagrosa.
El Orador de la Verdad se comprometió a contar a Seldysa y Thepeiros todo lo que sabía acerca de Kazavon si estos ayudaban a Tekrakai a recuperar el templo de Selune, dando muerte ala vil pareja de behires.
Los compañeros accedieron al trato, de modo que acordaron intentar el asalto al templo a la mañana siguiente. En el empeño les acompañarían Tekrakai y otra de las Doncellas de la Luna, una tal Maeva; que parecía una exploradora bastante competente.
A la mañana siguiente, se pusieron en camino hacia el promontorio sobre el que se erigía el templo; no sin que antes Thepeiros mostrase su escepticismo por el hecho de que las shoanti fuesen a aquella misión simplemente armadas con media docena de cuchillos cada una.
“Lo que no solucionan seis cuchillos, no lo solucionan cien flechas” fue la respuesta que, entre desafiantes carcajadas le dedicó Tekrakai.
El templo de Selune era una construcción grande y circular de mármol ahora no tan blanco. Las enormes puertas habían sido derribadas y, en torno al edificio, podían verse cascotes que parecían provenir del techo; seguramente arrancado en parte por uno de los behires.
La avanzadilla se acercó en silencio, intentando no alertar a aquellos monstruos que, sin embargo, se percataron de la presencia de intrusos cuando estos ya casi habían llegado al edificio.
Uno de los behires salió por el techo del templo: una especie de gigantesca serpiente de color azul con seis pares de musculosas patas terminadas en garras. La segunda criatura rugió desde dentro del templo, justo antes de vomitar un grueso rayo eléctrico desde el interior del edificio hacia el lugar donde se encontraban los compañeros.
El aliento de rayo pilló por sorpresa a los compañeros, que aullaron de dolor al ser golpeados por la corriente eléctrica. Por suerte, Seldysa reaccionó a tiempo de bloquear el aliento del behir del techo con una barrera mágica.
Mientras Thepeiros y Seldysa permanecían al pie del promontorio con la intención de encargarse del behir que ahora saltaba desde el techo del templo, Tekrakai y Maeva entraban corriendo en el interior del templo para enfrentarse a la otra criatura.
El elfo disparó su ballesta contra el monstruo que se abalanzaba sobre él y sobre la maga gnoma. Mientras la criatura rugía de dolor al incrustársele los virotes, Seldysa empleaba la magia del fuego para envolver a la criatura, que murió entre chillidos agónicos.
Al mismo tiempo, Tekrakai y Maeva rodaban por el suelo del templo para evitar el aliento eléctrico de la otra criatura. Un instante después, hacían volar sus cuchillos para acribillar el cuerpo del behir. La bestia se defendió con ferocidad, llevando a las shoanti casi al borde de la muerte. Sin embargo, en el último momento, Maeva trepó al lomo del monstruo para hendir sus cuchillos mientras Tekrakai se escurría bajo él rajándole la panza.
Los cuatro compañeros se reunieron en la puerta del templo. Con gesto grave, Tekrakai asintió en silencio, reconociendo la valía de aquellos extranjeros.
Cargando las cabezas de los dos behires, regresaron juntos al campamento Lyrune-Quah, donde fueron recibidos con gran algarabía por los habitantes de aquel asentamiento improvisado. El Orador de la Verdad se mostró tan impresionado como complacido por aquella hazaña y fiel a su promesa, invitó a Thepeiros y Seldysa a compartir con él la cena aquella noche. En su tienda, les contaría todo lo que sabía acerca de Kazavon.
Llegada la noche, el elfo y la maga gnoma compartieron la cena con el Orador de la Verdad. En aquella tienda, también Tekrakai, Maeva y otras Doncellas de la Luna compartían el antílope asado en un ambiente de camaradería.
Después de la cena, con una pipa de hierba shoanti pasando de mano en mano, el Orador de la Verdad comenzó a relatar todo lo que sabía sobre Kazavon, el antiguo dragón azul.
Según les contó, centenares de años atrás, un hombre llamado Mandraivus reunió un pequeño grupo de héroes para luchar contra un temible dragón azul llamado Kazavon. Al parecer, una de los antepasados del Orador de la Verdad estaba entre ese grupo de elegidos. La antepasado, una chamanesa llamada Amarund, estuvo lejos de los Lyrune-Quah durante meses.
Cuando volvió, la mujer sufría terribles pesadillas por la experiencia vivida en su lucha al lado de Mandraivus. No contó mucho acerca de lo ocurrido, pero dijo que Kazavon había sido derrotado y que la fortaleza llamada Muro Cicatriz en Belkzen se hallaba ahora en manos de Mandraivus.
Aunque Kazavon había sido derrotado, su voluntad de vivir era tan grande que hasta los miembros cercenados de su cuerpo seguían agitándose. Aunque Mandraivus intentó destruir el cuerpo, algunas partes del esqueleto del dragón se mostraron resistentes incluso a la magia más poderosa y destructiva.
Así, Mandraivus encargó a los siete héroes supervivientes que se hiciesen cargo de las diferentes reliquias óseas del cuerpo de Kazavon y se las llevasen lejos del Muro Cicatriz. Ninguno de los héroes debía comunicar dónde iba al resto, ni siquiera a Mandraivus, a fin de que el paradero de las reliquias continuase oculto por siempre.
Amarund relató esa historia a los Lyrune-Quah y reveló que la reliquia que se le encargó eran los colmillos del dragón, a los que llamó Dientes de Medianoche. Ella y sus chamanes ocultaron los colmillos en la antigua pirámide a orillas de la Bahía del Conquistador.
Lamentablemente, cuando Cheliax invadió las tierras shoanti, las tribus fueron expulsadas y la ciudad de Korvosa erigida sobre las ruinas de la antigua pirámide, albergando en su interior los Dientes de Medianoche.
El Orador de la Verdad les contó también que el alma de Kazavon era como un veneno. Sin duda, ese veneno había arraigado en la ya de por sí cruel alma de la reina Ileosa. Ahora, reina y dragón coexistían en el interior del mismo cuerpo, dotando a la reina de un poder inimaginable.
Seldysa agradeció enormemente sus palabras al anciano, pero le hizo ver que aún necesitaban conocer el modo de derrotar a Ileosa. Tras dedicar una sonrisa a la maga gnoma, el Orador de la Verdad recitó un antiguo cantar shoanti, para perplejidad de Seldysa y Thepeiros, que no conocían aquella lengua.
Tras unos segundos de desconcertante pausa, el anciano lo recitó en común:
Destino de acero: Serithtial
Su jaula durante años sostenida. Cuatro esclavizados
en el perdido Muro Cicatriz;
Muertos vivientes para mantenerla encadenada.
Primero un espíritu, su sed la roja guerra
Aún se alza en su antiguo puesto;
Un segundo enemigo, alma infernal
Espera arriba en la fría torre.
En la mugre de la perrera, el tercero aguarda
el momento
De desatar su asesino aliento.
Y sobre una piedra, entre cenizas y huesos,
Los sueños de muerte finales.
Espíritus gastados y agotados por la batalla
Aherrojados en su condenación,
El encadenado aguanta mientras el último envejece
Y trae la salvación.
Mientras la esperanza perdura entre cadenas
Cuando la jaula de piedra de la espada se resquebraja,
Amiga con el temor y muerte de los muertos,
Claves para humillar a Kazavon.
Seldysa y Thepeiros se miraron entre sí. Les había quedado bastante claro lo que debían hacer para derrotar a la reina Ileosa: necesitaban la espada Serithtial para poder vencerla, y esa espada se encontraba en Muro Cicatriz.
Entonces, el Orador de la Verdad les dijo que no estarían solos en ese empeño. Kazavon era un enemigo ancestral del pueblo shoanti y, si su alma ahora estaba entrelazada con la de Ileosa, los Lyrune-Quah se unirían a la batalla.
Antes de que el anciano pudiera decir más, Tekrakai y Maeva se ofrecieron voluntarias para acompañar a la maga gnoma y al elfo. Con una sonrisa a medio camino entre el orgullo y el pesar, el Orador de la Verdad asintió.
No había mucho más que hablar. En un par de días, el grupo partiría hacia Belkzen... la tierra de los orcos.

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