DT.VII: Korvosa (T4) - Historia de unas cenizas (6/6)
Tras las últimas revelaciones surgidas de labios del Orador de la Verdad, Seldysa y Thepeiros se disponían a partir hacia la fortaleza de Muro Cicatriz para hacerse con la legendaria espada Serithtial, con la cual podrían quizá derrotar a Ileosa. Tekrakai y Maeva, las dos Doncellas de la Luna shoantis les acompañarían, ya que el hecho de que el alma de Kazavon estuviese en el tablero de juego era un motivo más que suficiente para que los Lyrune-Quah se uniesen a la batalla.
Antes de partir hacia Belkzen, la tierra de los orcos, Seldysa le sugirió a Thepeiros que hiciesen una breve visita a Korvosa. Los compañeros llevaban demasiado tiempo sin pasar por allí y quizá fuese conveniente conocer de primera mano las evoluciones de Ileosa.
Tekrakai y Maeva mostraron su desacuerdo por el hecho de hacer un viaje tan largo hasta Korvosa, lo cual les retrasaría a todos en la misión de hacerse con Serithtial. El hecho de que Seldysa les explicara que viajarían mágicamente y en un par de segundos, no pareció tranquilizar a las shoanti, que parecían bastante recelosas de aquella magia.
En un instante, Seldysa transportó a todo el grupo hasta el almacén de la familia Jalento que su amigo Armin les había cedido para ocultar su presencia en Korvosa siempre que lo necesitasen. Para su sorpresa, no encontraron el almacén desocupado: tres figuras se encontraban allí, charlando en la penumbra.
Tras el sobresalto inicial, en el que se desenvainaron los aceros, los compañeros pudieron comprobar con alivio que esas figuras correspondían al propio Armin Jalento, a la mariscal Cressida Kroft y a un tipo desconocido de aspecto orondo y desaliñado.
Cressida y Armin se alegraron mucho de ver a Seldysa y Thepeiros, aunque este alborozo fue seguido rápidamente por el pesar tras conocer la muerte de sus compañeros. Cressida se mostró particularmente afectada por el fallecimiento de la paladina Kaylee.
Después, Armin les presentó a aquel tipo gordo, un tal Boule. Al parecer, Boule era el maestro de la Cofradía de Ladrones de Korvosa. Aunque en el pasado él y Cressida Kroft habían sido lógicamente enemigos irreconciliables, ahora coincidían en que Ileosa debía desaparecer por el bien de todos.
Según les contó Boule, era conocedor de una entrada a las cámaras subterráneas del edificio Largoacre, cuartel general de las Doncellas Grises de Ileosa; un lugar donde ahora, además, se cobijaban los asesinos de la organización de las Mantis Rojas. Como guinda final, el ladrón también poseía una llave maestra capaz de abrir la mayoría de las puertas de la Bóveda de la Calavera, la zona del edificio que funcionaba como presidio de la ciudad.
Tanto Cressida como Boule coincidían en que la posibilidad de golpear con dureza a las Mantis Rojas o las Doncellas Grises era una gran oportunidad, sobre todo si conseguían descabezar a cualquiera de los grupos. Además, si se pudiese llevar a cabo el rescate de varios prisioneros retenidos en la Bóveda de la Calavera, se ganarían apoyos entre el pueblo en vistas a una futura rebelión. Cressida hizo hincapié en el rescate del comandante Marcus, líder de la ya parcialmente disuelta Compañía del Sable y responsable de un relativamente reciente intento de asesinato contra la Reina.
Cressida también reconoció sentir curiosidad por el hecho de que la arbitradora Zenobia Zenderholm, antes muy recelosa de la Reina, se había puesto en los últimos tiempos de parte de Ileosa; haciendo gala de un nivel de fanatismo impropio de ella. Sospechaba que la magistrada estaba siendo controlada mágicamente y, ya que actualmente residía en Largoacre, la mariscal pensaba que podría ser una captura valiosa para la causa.
Cuando los compañeros llegaron, Cressida, Boule y Armin discutían sobre cómo asaltar el edificio Largoacre. Si bien la cofradía había resultado bastante mermada por el Velo de Sangre, la guardia de la ciudad había sido diezmada y casi totalmente desarmada según se producía el apogeo de las Doncellas Grises. Por su parte, Armin Jalento apenas contaba con unos pocos partidarios sin apenas experiencia militar.
Thepeiros y Seldysa se ofrecieron de inmediato a realizar el asalto. Si bien Tekrakai y Maeva se mostraron reacias en un primer momento, pues querían partir de inmediato a Muro Cicatriz, la perspectiva de asestar un duro golpe a Ileosa (y por tanto a Kazavon, ancestral enemigo de los shoanti) acabó por convencerlas.
Acordaron internarse en Largoacre la noche del día siguiente. Mientras tanto, Boule lograría reunir unas cuantas pociones de curación para los compañeros. Durante el resto del día siguiente, en espera de la caída del sol, el grupo incursor se dedicaría a descansar en el almacén de la familia Jalento.
Al caer la noche, siguiendo las indicaciones de Boule, se internaron en las cloacas. Un canal de unos tres metros de ancho y lleno de agua sucia hasta la altura de la cintura les condujo hasta la parte oriental de la ciudad. Tras casi una hora de penoso camino, salieron del agua para encontrar un túnel cerrado con un muro de barrotes. Tal y como les aseguró el maestro de la cofradía, la llave maestra abría la puerta metálica colocada entre los barrotes.
Los compañeros apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando las propias sombras tomaron ante ellos la forma de dos enormes perros de pelaje negro, tan grandes como caballos de tiro y los ojos rojos refulgiendo en la oscuridad.
Los mastines sombríos hirieron gravemente a Thepeiros y Maeva, que estaban en primera fila. Seldysa y Tekrakai, por su parte, salieron bastante mejor paradas gracias a la magia protectora desplegada por la maga gnoma. Uno de los terribles sabuesos murió con la garganta atravesada por los cuchillos de Maeva, mientras que el segundo sucumbió a un golpe de rayo arrojado por Seldysa.
Maeva, en un estado bastante crítico, se vio obligada a consumir sus dos pociones curativas. Como bien señaló Thepeiros, iban a echar mucho de menos los poderes curativos de Kaylee en aquella incursión.
Solventado este problema, accedieron a través del paso en los barrotes para llegar a una sala con fuerte olor a incienso. El humo flotaba en el ambiente, proveniente de unos inciensarios colgados en las paredes. Pero lo más sorprendente era la presencia de una barra de bar al fondo de la estancia.
Tras la barra, con una amplia sonrisa, un pequeño gnomo que se presentó como Mogmora les dio la bienvenida a su taberna. A espaldas del pequeño humanoide, una cortina dejaba intuir algún tipo de puerta trasera.
Sin fiarse ni un pelo, las shoanti desenvainaron sus cuchillos, lo que pareció aterrorizar al gnomo. Sin embargo, Seldysa, supo enseguida que aquel miedo no era genuino e intuyó que ese gnomo no era lo que parecía. Como dispuesto a darles la razón, el gnomo se transformó en un enorme lobo antropoide que salto la barra entre rugidos para abalanzarse sobre el grupo.
Aquel licántropo era rápido, más de lo que esperaban los compañeros. Trekrakai y Thepeiros recibieron algunas heridas y, finalmente, fue Seldysa quien envolvió a la criatura en energía necrótica hasta consumir toda su energía vital.
Thepeiros y Tekrakai bebieron una de sus pociones cada uno, mientras que Seldysa le cedió otra a Maeva, que era la que en peor estado se encontraba. Al grupo le quedaban tres pociones curativas y, aunque a Seldysa aún le quedaban reservas mágicas, cada combate las consumía un poco más.
Los compañeros salieron del falso bar por la puerta ubicada tras la barra, la cual conducía a un túnel de ladrillo con bastante humedad. Unos metros más adelante, una niebla amarilla y densa parecía bloquear el paso.
Con recelo, Thepeiros se acercó a examinar la niebla; temiendo que se tratase de algún tipo de ácido o veneno. Cuando se percató del carácter inocuo de aquel vapor, el grupo lo atravesó para llegar a una amplia caverna con el techo alto y abovedado.
Dos repisas de tres metros de altura dominaban la sala desde la pared noroccidental, mientras que hacia el este, la caverna descendía hacia un pozo de agua oscura. Hacia el sureste se extendía un ancho túnel cortado abruptamente por un foso sobre el cual alguien había colocado unos tablones a modo de puente.
Justo cuando se acercaban al improvisado puente, dos criaturas descendieron desde las repisas: con la apariencia de bellísimas mujeres elfas de cuya espalda brotaban alas blancas, las erinyes se abalanzaron sobre ellos empuñando cada una dos espadas largas. A la vez, uno de los asesinos de la Mantis Roja surgía del túnel más allá del puente de tablones empuñando una ballesta ligera.
Como pronto comprendió Seldysa, la niebla amarillenta que habían atravesado anteriormente se trataba de algún tipo de trampa de disipación mágica, por lo que de momento no podría contar con sus poderes arcanos. Sin la magia de la maga gnoma, el grupo quedaba bastante comprometido.
Rápidamente, Seldysa corrió a buscar cobertura mientras que Maeva protegía su retirada. Al tiempo, Thepeiros disparaba su ballesta contra la otra erinye, haciéndola tocar suelo solo para que Tekrakai se abalanzara sobre la demonio y la apuñalase con sus cuchillos. Mientras todo eso sucedía, el Mantis Roja disparaba su ballesta desde el otro lado del puente, aunque por fortuna sin hacer blanco en ninguno de los compañeros.
Maeva caía ensartada por uno de los filos de la erinye con la que combatía justo un instante antes de que Thepeiros sorprendiese por la espalda a la baatezu para degollarla. A la vista de aquel imprevisto giro de los acontecimientos, el asesino de la Mantis Roja decidió dar media vuelta y huir, aunque una serie de cuchillos certeramente arrojados por Tekrakai acabaron con su vida antes de que pudiera internarse en el túnel.
Para inmensa alegría de Tekrakai, Maeva se puso trabajosamente en pie: aquella vez, la shoanti le había ganado el pulso a la muerte. Sin demora, tanto su amiga como Thepeiros cedieron a la exploradora sus últimas pociones de curación. Después, los compañeros decidieron esperar un rato en aquel lugar para comprobar si Seldysa recuperaba sus capacidades mágicas.
Tal y como esperaba la gnoma, su poder regresó al cabo de una media hora. Entonces, la maga propuso al grupo la posibilidad de teleportarles de vuelta al almacén de Armin Jalento: quizá toda aquella misión se estaba complicando demasiado.
Si bien las dos shoanti se mostraron de acuerdo en regresar, Thepeiros no estaba conforme. Según el ladrón elfo, aquella incrusión que habían realizado pondría en alerta tanto a las Doncellas Grises como a las Mantis Rojas, por lo que si regresaban en ese momento, no dispondrían de una nueva oportunidad de asestarle un golpe como ese a la reina Ileosa.
Los argumentos de Thepeiros parecieron convencer a sus compañeros, que decidieron continuar con la incursión a pesar de que ya solo les quedaba una poción de curación en manos de Seldysa y de que todos habían recibido heridas de cierta consideración.
Así, enfilaron el ancho túnel existente más allá de aquel improvisado puente de tablones.
No tardaron demasiado en llegar a una enorme caverna de techo arqueado que recordaba vagamente a la forma de una catedral. Al fondo, varios bancos de madera se encontraban dispuestos frente a un altar en el que se erguía la estatua de una imponente mantis roja. En la estancia, un par de asesinos de la Mantis Roja se mostraron realmente sorprendidos de verles.
Casi al tiempo que daban la voz de alarma, los Mantis Rojas desenvainaron sus hojas y se arrojaron contra los compañeros.
Uno de los asesinos caía en plena carrera, abatido por los cuchillos arrojadizos de Tekrakai y Maeva justo a la vez que, del fondo de la estancia, surgía una mujer empuñando dos espadas largas. Tras ella, dos terroríficas mantis gigantes corrían también hacia los intrusos.
El asesino que quedaba en pie recibió los cuchillos de Tekrakai en el tórax, mientras que Maeva saltaba sobre la grupa de una de las mantis gigantes para apuñalarla hasta la muerte. Si bien Seldysa logró derribar al otro gigantesco insecto con un rayo eléctrico, no pudo hacerlo antes de que las afiladas patas de la criatura causasen una grave herida en el pecho de Thepeiros, derribándolo. El semielfo se desplomó inerte sobre el suelo de piedra.
La mujer de las dos espadas, a todas luces alguna especie de líder de la Mantis Roja, quizá esa tal Cinabrio de la que les había hablado el Escoria en las Tierras Cenicientas, luchaba como un auténtico terror. Tekrakai cayó atravesada por sus espadas casi al iniciarse el combate. Maeva, llevada por la furia, acuchilló una y otra vez a la asesina antes de que esta fuese alzada del suelo por la magia de Seldysa y posteriormente estampada contra la pared, donde su cráneo explotó como un melón maduro.
Si bien fue un consuelo descubrir que Thepeiros, aunque inconsciente, continuaba con vida; las lágrimas recorrieron las mejillas de Maeva al cerciorarse de que su gran amiga de la infancia Tekrakai estaba más allá de la vida. Seldysa le dio la última poción a Thepeiros, permitiendo que el elfo volviese a la consciencia.
Una vez más, la gnoma sugirió la posibilidad de regresar. Esta vez, Maeva se mostró mucho más intransigente que Thepeiros. La exploradora no podía permitir que la muerte de su amiga hubiese sido en vano. Así, decidieron continuar.
Al acercarse al altar, descubrieron un pasillo que se extendía hacia el norte. Al fondo del mismo se adivinaba la luz de las antorchas. Con cautela, los compañeros se internaron en ese pasillo en dirección a la luz.
Continuaron su camino hasta llegar a un enorme santuario en el que seis enormes pilares de piedra sostenían el techo. Las paredes estaban decoradas con escenas de gigantescas mantis rojas despedazando poblaciones enteras de inocentes. En el oeste de la estancia, la gran estatua de una mantis roja se erguía y, frente a ella, una figura parecía rezar.
La figura tenía el aspecto de una atractiva mujer humana dotada de cuatro brazos, mientras que su parte inferior era la de una gran serpiente verde. Enseguida, Seldysa la identificó como un tanar'ri marilith, otro demonio.
Con suma calma, la tanar'ri se presentó como Koriantu. Dijo que era la líder de la célula de la Mantis Roja en Korvosa. Se mostró sorprendida de que los compañeros hubiesen logrado llegar hasta allí y de que hubiesen derrotado a Cinabrio, su mano derecha.
Sin embargo, les explicó, a pesar de reconocer su valía, iba a tener que matarles. No consentiría de ningún modo que llegasen a la Bóveda de la Calavera y, además, siempre disfrutaba de una buena carnicería.
Maeva ya había escuchado suficiente, así que arrojó sus cuchillos hacia aquella demonio, que los desvió en el mismo movimiento en que desenvainaba sus cuatro espadas largas.
Koriantu se arrojó rápidamente sobre Seldysa, haciendo caer a la maga gnoma en un suspiro. Ciego de rabia, Thepeiros ensartó sus dos espadas cortas en la espalda de la tanar'ri. Maeva arrojó algunos cuchillos que, esta vez, si dieron en el blanco. Finalmente, mientras la demonio arrinconaba a la exploradora, el ladrón elfo aprovechó un nuevo descuido de Koriantu para hendirle su cuchillo en la nuca.
Thepeiros y Maeva comprobaron que Seldysa seguía con vida justo antes de mirarse entre sí. Ambos se estaban desangrando por sus terribles heridas y no aguantarían ni un combate más. Con Seldysa inconsciente y sin pociones de curación, no tenían demasiadas opciones.
Pragmático, el elfo hizo un análisis de la situación: habían descabezado a la Mantis Roja en Korvosa, eso ya era algo; aunque hubiese sido al precio de la vida de Tekrakai. Lamentablemente, la posibilidad de liberar a los prisioneros de la Bóveda de la Calavera o al propio comandante Marcus, se antojaba imposible.
Tras maldecir un par de veces, Maeva se echó al hombro el pequeño cuerpo de Seldysa y emprendió junto a Thepeiros el camino de regreso a las cloacas.
Sentían que habían fracasado.

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