DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (1/7)
Cuatro largos días habían transcurrido desde la incursión de los compañeros en la Bóveda de la Calavera. Durante aquella fatídica misión, habían perdido a la guerrera Tekrakai y a punto habían estado también de entregar a la maga gnoma Seldysa a las garras de la muerte. El ladrón elfo Thepeiros y la exploradora shoanti Maeva habían regresado maltrechos a aquella propiedad de la familia Jalento que les servía las veces de guarida.
Allí, tanto Armin Jalento como Boule y Cressida Kroft escucharon descorazonados el relato del fracaso del grupo a la hora de liberar a los prisioneros de la Bóveda de la Calavera, así como en especial al comandante Marcus.
Tal y como sospechó enseguida la mariscal Kroft, las Doncellas Grises habían abandonado el edificio Largoacre, habiendo dejado de considerarlo un lugar seguro. Antes de trasladarse a su nueva base de operaciones, el Castillo Korvosa, habían ejecutado públicamente al comandante Marcus, lo que asestaba un duro golpe a las esperanzas de una posible rebelión futura a corto plazo.
Como nota positiva, según los informadores de Cressida Kroft, el culto de asesinos de la Mantis Roja, ahora descabezado en Korvosa, había abandonado la ciudad; lo que dejaba a la reina Ileosa sin una potente herramienta que usar contra la disidencia.
Tras el fracaso en el asalto a la Bóveda de la Calavera, Seldysa, Thepeiros y Maeva tenían sus esperanzas puestas en el castillo Muro Cicatriz y el hallazgo de la espada Serithtial. Como el grupo se hallaba mermado tras la muerte de Tekrakai, el maestro Boule había insistido en incorporar al mismo a uno de los hombres de la cofradía de Korvosa: un tal Agujeros, guerrero y ladrón de gran habilidad.
Aunque, en principio, Cressida se había mostrado contraria a la incorporación del criminal a la misión, finalmente Seldysa y Thepeiros lograron convencerla de la necesidad de aceptar la ayuda de la cofradía para poder llevar a buen término su empresa.
Sin embargo, no sería la única ayuda con la que iban a contar los compañeros.
Poco después del medio día, recibieron una nota de manos de un joven mensajero. Era una nota de Laori Vaus, aquella elfa plateada que servía como sacerdotisa de Cyric de la que Kaylee había hablado a Seldysa y que la difunta paladina había conocido durante su incursión al Viejo Korvosa en busca de Vencarlo. La nota les emplazaba a una cita en el templo de Cyric. La nota, que rezaba “Todos queremos lo mismo. Necesitamos hablar”, se antojaba bastante interesante.
A pesar de los recelos de Maeva, el grupo, reforzado ahora con el tal Agujeros, decidió acudir a la cita en el templo del Dios de las Mentiras. La cita se produjo entrada la noche, en el interior del templo. El hecho de que nadie obligase a los compañeros a entregar las armas, les hizo abandonar gran parte de su inquietud.
En un amplio despacho les aguardaba la propia Laori, acompañada de un hombre de mediana edad con largo cabello plateado que vestía una túnica negra de mago. Junto a ellos, un demonio baatezu, una erinye, aguardaba en actitud relajada.
Laori, procedió a presentarse, al tiempo que daba su pésame a Seldysa y Thepeiros por las muertes de Kaylee y Jarnarak; a quienes había conocido en Viejo Korvosa. Inmediatamente después, pasó a presentar al mago, un tal Sial y a la demonio, Asyra.
En ese momento, Agujeros pudo percatarse sin demasiados problemas de que la relación entre el mago y la sacerdotisa no era todo lo cordial que podría esperarse.
Inmediatamente, el mago Sial pasó a acaparar la conversación. Según le explicó a los compañeros, tanto él mismo como Laori representaban a la iglesia de Cyric. Decía sentirse muy impresionado por las referencias que Laori había dado de los compañeros y se disculpó por el hecho de haber espiado mágicamente sus movimientos durante los últimos tiempos.
Sial les ofreció la ayuda tanto de él, como de Laori y Asyra para explorar Muro Cicatriz a cambio de que la Iglesia de Cyric se hiciese cargo de la Corona de Colmillos una vez Ileosa hubiese sido derrocada. El mago les explicó que esos colmillos pertenecían originalmente a su credo, ya que Kazavon fue un dragón al servicio de Cyric en su día, aunque luego enloqueciera y se convirtiese en un problema incluso para la misma Iglesia.
Inicialmente, los compañeros se mostraron bastante reacios a aquel acuerdo, que dejaba la Corona de Colmillo en manos del maligno credo de Cyric. Después, tras una larga negociación, lograron que Sial aceptase llevar la Corona de Colmillos lejos de Korvosa y sus intereses. A los compañeros no se les escapaba que la ayuda de aquellos tres activos podría significar la diferencia entre vivir o morir en Muro Cicatriz.
Así, a la mañana siguiente, los compañeros partieron hacia su destino acompañados de Sial, Laori y la erinye Asyra. Como gesto de buena voluntad, Laori había proporcionado pociones curativas a todos los miembros de la comitiva.
Seldysa empleó su poder arcano para teleportar al grupo hasta las afueras de Vado Llama. Desde allí, el camino a través de las Tierras Cenicientas hasta Belkzen fue relativamente breve, apenas cuatro días, y sin incidencias hasta las tierras de los orcos.
El castillo Muro Cicatriz se erguía en el extremo oriental de las Montañas Kodar, en la parte más septentrional del Bastión de Belkzen. Lo que fuera una cadena volcánica antaño, ahora se hallaba totalmente inactiva.
Viajaron sin sufrir ningún percance por territorio orco hasta llegar, ya bien entrada la tarde, al cráter de un volcán que se hallaba inundado, formando un enorme lago en cuyo centro podía encontrarse la isla sobre la que se alzaba el castillo.
Muro Cicatriz era una imponente construcción llena de torres y fortificaciones. Enormes buitres negros volaban sobre el castillo, pero sin atreverse a posarse jamás. Una calzada elevada conectaba el castillo con una pequeña península en el extremo meridional del lago, donde aún resistía una barbacana que amenazaba con caerse a pedazos.
El grupo se acercó despreocupadamente hacia la barbacana, ya que según les dijo Laori, los muertos vivientes nunca abandonaban el castillo a través de la calzada elevada, pues su maldición les ataba a la fortaleza. Del mismo modo, Thepeiros aseguraba haber oído que los orcos procuraban no acercarse a aquel lugar maldito, así que no tenían de qué preocuparse... o eso creían.
Pronto pudieron escuchar las voces de alarma gritadas en orco, poco tiempo antes de poder ver como al menos cuatro orcos tomaban posiciones en los parapetos, uno de ellos con adornos que le significaban como alguna especie de líder. Además, otro guerrero se posicionaba en la torre de la barbacana, con una flecha preparada en su arco. Por último, Thepeiros pudo advertir que otro par de orcos se asomaban a las troneras de la planta baja.
Agujeros, que hablaba la lengua de aquellas criaturas, se acercó a parlamentar con el líder de los orcos. El guerrero, que dijo llamarse Ury Sietecalaveras, le contó que eran los Guardianes de los Muertos, una especie de contingente sagrado de los orcos que tenía la misión de que nadie se internase en Muro Cicatriz, pues esto podría desatar una terrible maldición sobre las tierras de Belkzen.
Dado que Agujeros no logró convencer a los orcos de que les permitiesen el acceso, los compañeros se dispusieron a tomar la barbacana. Además, según señaló Sial, sería un buen lugar para pasar la noche y prepararse para la incursión a Muro Cicatriz con la mañana del día siguiente ya entrada.
Todos se mostraron de acuerdo en este punto.
Según se acercaron a la barbacana, pudieron percatarse de que aquellos Guardianes de los Muertos no eran orcos ordinarios: la certera lluvia de flechas que les recibió resultó ser prueba más que de sobra. La magia de Seldysa y Sial hizo estragos a través de las troneras de la planta baja, mientras la erinye Asyra se posaba sobre los parapetos para enfrentarse a los cuatro orcos que allí se encontraban.
Las flechas impactaron sobre la demonio, al tiempo que Ury Sietecalaveras se arrojaba sobre ella blandiendo su gran hacha de batalla. La cabeza de la erinye no tardó en caer desde los parapetos para acabar rodando sobre el suelo ante el grito de rabia de Sial.
Thepeiros y Agujeros abatieron a dos de los orcos del parapeto con sus ballestas, mientras que Seldysa carbonizaba a otro con un golpe de rayo. Durante este tiempo, Maeva trepó hasta la torre, esquivando como pudo las flechas del orco que allí se atrincheraba. Cuando la exploradora llegó arriba, descargó furiosamente sus cuchillos hasta acabar con el humanoide.
Ury Sietecalaveras, el caudillo de los Guardianes de los Muertos, saltó desde el parapeto para aterrizar junto a Sial, al que infligió una seria herida con su hacha. Solo las capacidades arcanas del mago le salvaron de morir a manos de aquel temible guerrero orco.
Invocando el poder de su dios, Laori logró aturdir a Ury, quien sufrió de lleno un ataque sónico por parte de Seldysa justo antes de que Thepeiros y Agujeros le atacasen por la espalda, hendiendo sus filos en él y provocándole la muerte.
Una vez hecho el silencio tras la batalla, los compañeros se prepararon para instalarse en aquella barbacana y pasar la noche. Al alba, se adentrarían en el temible castillo de Muro Cicatriz.

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