DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (2/7)
Tras haberse enfrentado al caudillo orco Ury Sietecalaveras y sus Guardianes de los Muertos, el grupo formado por la maga gnoma Seldysa, el elfo ladrón Thepeiros, la exploradora shoanti Maeva y el guerrero-ladrón Agujeros pasó la noche en el cuerpo de guardia de la barbacana de Muro Cicatriz en compañía de sus aliados de conveniencia: la sacerdotisa de Cyric, Laori Vaus, y el mago Sial.
A la luz de la mañana, el castillo de Muro Cicatriz resultaba tan aterrador como contaban las leyendas. Sus muros oscuros se alzaban desde un lecho de roca negra, hasta llegar a unos castigados tejados llenos de gárgolas y minaretes. Las torres estaban dotadas de almenas, al igual que los muros defensivos de la estructura.
Lo más inquietante, sin embargo, era la espesa niebla que se alzaba desde las oscuras aguas del lago que rodeaba la isla sobre la que se erguía el castillo. Esa bruma le otorgaba a todo Muro Cicatriz una apariencia pesadillesca. A los compañeros sólo les hizo falta adentrarse unos pocos pasos en la calzada elevada para verse envueltos en la niebla y percatarse de que esta lo sumía todo en una especie de tenue penumbra.
La calzada elevada cruzaba sobre las negras aguas que separaban la barbacana de la entrada al castillo Muro Cicatriz. El puente estaba lleno de adornos, aunque muchos de ellos estaban cubiertos de musgo, moho o líquenes. Unas columnas elevadas y arqueadas sostenían la amplia calzada, marcada cada una por un par de gárgolas que parecían contemplar el oscuro lago.
El grupo apenas había llegado a medio camino de la calzada cuando las puertas y los rastrillos de Muro Cicatriz se abrieron lentamente con un escalofriante quejido. Doce guardias, o lo que fueron guardias, salieron de aquellas puertas. Las esqueléticas figuras aún conservaban pedazos de carne y cabellos en los cuerpos que se adivinaban bajo sus pesadas armaduras de combate.
Tras la docena de tumularios, un amenazador jinete apareció a lomos de su corcel no muerto. La figura, cuyo rostro era también el de una calavera descarnada, lucía una ahora ennegrecida armadura de placas y empuñaba una lanza ornamentada de gran longitud.
El caballero no muerto se identificó como Lashton, guardián de las puertas de Muro Cicatriz, sirviente del gran Kazavon. Aunque Thepeiros intentó convencer al caballero de que Kazavon llevaba siglos muerto y su servidumbre carecía de sentido alguno, el no muerto hizo caso omiso de las palabras del elfo y ordenó a su guardia de tumularios cargar sobre los compañeros.
Aunque Agujeros y Maeva se afanaron por retener a los guardianes no muertos, su línea fue rebasada más o menos pronto. Thepeiros y Seldysa, muy acostumbrados a luchar juntos, conjugaron acero y magia con eficiencia para mantener el tipo, mientras que Laori y Sial pasaban algún apuro de más a pesar de sus grandes poderes mágicos.
Justo después de la carga de los tumularios, el caballero no muerto arrancó el galope sobre su esquelética montura, con la lanza en ristre. La lanza ennegrecida impactó de lleno en el pecho del mago Sial, dejándolo al borde de la muerte. Un segundo después, el tal Lashton señalaba a Laori y la sacerdotisa se esfumaba ante la aterrada mirada del resto de sus compañeros.
El grupo, que ya había derribado a la guardia de tumularios, cerró filas rápidamente en torno al caballero no muerto. Mientras tanto, Sial aprovechaba para beber una de sus pociones de curación y mejorar algo su maltrecho estado.
Tras intercambiar algunos golpes con Agujeros y Maeva, viéndose acosado por sus enemigos, Lashton desató una andanada de energía necrótica que se propagó desde su ser hacia todas direcciones, envolviendo a los compañeros.
Por desgracia para el mago Sial, esto resultó ser demasiado para su maltrecho organismo. El cadáver del hombre, consumido por la nigromancia de Lashton, se desplomó sin vida en el suelo de piedra que conformaba la calzada.
Fue entonces cuando la magia de Seldysa, en forma de haz de fuego, golpeó al caballero para desmontarlo. Ya en el suelo, Maeva le acometió con sus cuchillos mientras Thepeiros y Agujeros buscaban su espalda. El caballero se debatió como pudo, pero acabó cayendo cuando la exploradora shoanti apuñaló su rostro con el par de cuchillos que empuñaba.
Laori Vaus apareció casi al instante, con gesto aterrorizado. Según les contó la sacerdotisa, había permanecido aquel tiempo desterrada en el Plano de las Sombras debido a la voluntad del caballero. Cuando se percató de que Sial se hallaba muerto, pareció más contrariada que realmente afectada, lo que llamó bastante la atención de Seldysa.
Tras recomponerse un poco y hacer uso de alguna de sus pociones de curación, los compañeros decidieron adentrarse por fin en Muro Cicatriz.
Filas de troneras recorrían las largas paredes del pasillo de entrada. El extremo más lejano estaba bloqueado por una pesada puerta protegida por un rastrillo de hierro, ahora izado. A lo largo de todo el pasillo podían verse docenas de esqueletos de orcos, muchos de ellos aferrándose todavía a sus armas ya oxidadas por el paso del tiempo.
Cruzaron las puertas para entrar en una gran cámara repleta de cadáveres yaciendo por todas partes, cadáveres de humanos y orcos. Los cuerpos, brutalmente mutilados estaban literalmente amontonados, muchos con sus armas trabadas en los cuerpos de los otros. Aunque las manchas de sangre del lugar parecían extremadamente antiguas, el hedor a muerte dominaba la estancia.
Apenas los compañeros hubieron dado unos pasos, Laori les gritó para alertarles mientras señalaba a uno de los montones de cadáveres. De súbito, el montón se agitó antes de proyectarse sobre Agujeros y Maeva, que marchaban en vanguardia. Aquella criatura era alguna especie de cieno que se componía de puros cadáveres en estado de semidescomposición.
La criatura emitió un ensordecedor y escalofriante quejido, que hizo encogerse a los compañeros. Laori empleó la magia necrótica para golpear al monstruo, que no pareció resultar demasiado afectado. Sin embargo, el ataque mágico si tuvo la facultad de enfurecer al ser, que golpeó a la sacerdotisa con uno de sus seudópodos.
Maeva y Agujeros intentaban mantener la distancia, arrojando sus cuchillos la exploradora y empleando la ballesta ligera el guerrero. Thepeiros, por su parte, también empleaba la ballesta para hostigar a la criatura mientras Seldysa la golpeaba con rayos eléctricos.
Finalmente, el monstruoso ser acabó sucumbiendo a los ataques combinados del grupo. Con un siniestro alarido, la criatura se deshizo en un gorgoteo pestilente.
Tras unos segundos de calma, Laori les explicó que ese tipo de seres recibían la denominación de “orgía de cadáveres” y eran un tipo de abominación que surgía en lugares donde la energía necrótica se había concentrado en cantidades extremas.
Los compañeros se tomaron unos momentos antes de proseguir su camino. Apenas habían dado unos pocos pasos dentro de Muro Cicatriz y ya eran totalmente conscientes de que cada metro allí podía suponer un desafío que costase la vida.
Prosiguieron por el pasillo que encontraron en el extremo oriental de la cámara. Casi al final del mismo, se toparon con una gran puerta de doble hoja que se hallaba atrancada. Seldysa, empleó sus poderes de adivinación para cerciorarse de que no había amenazas al otro lado y, posteriormente, se transportó allí para retirar el enorme cerrojo de la puerta, no sin esfuerzo.
Tras la puerta, encontraron otro tramo de pasillo de cuyas paredes colgaban raídos tapices. Varios huesos humanos y orcos se esparcían por el suelo, entre armas y armaduras rotas e inservibles. Al fondo del pasillo, en una habitación bastante amplia, solo un esqueleto parecía permanecer intacto, con su armadura de placas totalmente cubierta de polvo.
Los compañeros entraron en la habitación para examinar el esqueleto. Laori les aseguró que se trataba del cuerpo del propio Mandraivus, el paladín que acabase con la vida del legendario Kazavon. Apenas la sacerdotisa hubo pronunciado estas palabras, el silencio de Muro Cicatriz pareció hacerse añicos en una cacofonía de armas entrechocando, alaridos de batalla y quejidos de muerte.
Aquel sonido infernal causó terribles estragos en las mentes de Agujeros, Maeva y Laori, si bien Thepeiros y Seldysa parecieron aguantar el tipo con bastante entereza. Sin embargo, aquel no era ni mucho menos el único peligro que les aguardaba en aquella sala.
Una forma humeante de gran altura se alzó de los huesos de Mandraivus. La forma adoptó la apariencia de un humanoide sombrío y musculoso hecho de niebla oscura. Dos ojos amarillos refulgían en las cuencas de su rostro cadavérico.
Antes de que los compañeros pudiesen reaccionar, el fantasma de Mandraivus mutó para adoptar una forma tan horrenda durante unos instantes que a punto estuvo de quebrar las mentes de Maeva y Seldysa. Aunque Agujeros y Thepeiros lograron sobreponerse al daño psíquico proyectado por el no muerto, Laori estuvo a punto de sucumbir.
Seldysa reaccionó rápido, convocando a un deva astral. El aasimón se materializó en la estancia, con su piel dorada y sus enormes alas plateadas desafiando el mal de aquel lugar. El fantasma de Mandraivus rugió encolerizado.
Si bien la criatura celestial castigó con dureza al fantasma, éste aún conservaba la astucia que tuvo en vida. Mandraivus logró entrar en el cuerpo de la maga gnoma, quebrando su voluntad. Al hacerlo, el vínculo de Seldysa con el deva se quebró, devolviendo al aasimón a su plano de origen.
Con gran esfuerzo, entre Maeva y Thepeiros lograron reducir a Seldysa, con lo que el fantasma volvió a abandonar su cuerpo. Laori aprovechó entonces para golpear al no muerto con las energías del Eje de Ley. Un segundo después, Seldysa, que ya se hallaba medianamente repuesta, desató una oleada de fuego mágico que barrió por completo de la no existencia al que un día fuese Mandraivus.
Los compañeros consumieron sus últimas pociones de curación, sobre todo Laori; que se encontraba en un estado realmente crítico. Después, todos se dedicaron a examinar el esqueleto del difunto paladín.
Laori se mostró auténticamente confusa. Ella esperaba que la espada Serithtial se encontrase junto al cuerpo de Mandraivus. Sin duda, algo ajeno a sus conocimientos estaba ocurriendo en Muro Cicatriz. Como era lógico, el grupo convino que era necesario continuar con la exploración del castillo hasta dar con la legendaria espada.
Agujeros se percató pronto de que la armadura de placas de Mandraivus le iba como un guante, así que se la arrebató al cadáver una vez Seldysa le aseguró que no estaba maldita. De hecho, la armadura tenía la propiedad de destruir a algunos muertos vivientes con solo su presencia... algo que les iba a venir muy bien en aquel lugar, sin duda.
Salieron de aquella habitación para internarse en lo que parecía algún tipo de pasillo de defensa. Cadáveres humanos yacían ataviados con sus cotas de malla entre restos de arcos rotos y carcajs deteriorados.
El pasillo les condujo a una fría habitación en la que se podían ver los restos de algunos antiguos catres, sin duda la camareta de los guardias. La estancia estaba provista de troneras que dominaban el lago exterior, dejando pasar el frío y la humedad. El cadáver de lo que presumían una caudilla orca yacía boca abajo junto a una de las paredes en la que, hacía muchísimo tiempo, parecía haber escrito un mensaje con su propia sangre justo antes de morir: “Cuidado con Ukwar”, como pudo leer Agujeros en el idioma de los orcos.
Junto a la camareta encontraron el despacho del comandante de la guardia, un lugar lleno de muebles desvencijados en el que Thepeiros encontró un peine de oro que quizá valiese un par de cientos de monedas. Avanzando un poco más por un estrecho pasillo pudieron encontrar otro pequeño cuarto, este con un catre mohoso colocado junto a un escritorio en cuyo cajón Agujeros encontró una poción de curación que se guardó en la mochila.
Cuando salieron de aquel cuartucho, los oídos de elfo de Thepeiros captaron un susurro al fondo del pasillo oriental. Con absoluto sigilo, el grupo se movió hasta el final del pasillo para asomarse a la estancia de la que provenía aquella voz.
Se trataba de una habitación vacía a excepción de un maltrecho catre sobre el que se sentaba un esquelético caballero enfundado en su armadura de placas. El no muerto parecía pedir perdón una y otra vez a su amo Kazavon por no haber logrado retener a los humanos que habían asaltado el castillo. Justo cuando los compañeros se asomaban a la estancia, volvió su vista hacia ellos y gritó “Esta vez no te fallaré, amo” antes de desenvainar su enorme espadón y correr hacia la puerta.
Con un gesto de la mano, el caballero hizo desaparecer a Seldysa, transportándola al Plano de las Sombras, en el que la maga gnoma quedó atrapada y sin posibilidad de intervenir en el combate. Se trataba de un yermo tenebroso y oscuro, en el que algo horrible parecía morar más allá de la penmunbra.
Laori empleó nuevamente las energías del Eje de Ley como arma, al tiempo que Maeva arrojaba sus cuchillos sobre el no muerto. Una vez más, Thepeiros y Agujeros lograron ganar la espalda del enemigo para acuchillarle sin piedad con sus aceros. Con un grito furioso, el caballero se desplomó sobre el suelo a la vez que su armadura se hacía añicos como si fuese de cristal.
Seldysa apareció nada más el caballero hubo sido destruido. La gnoma tenía el rostro desencajado por el terror tras haber pasado apenas un par de minutos en el Plano de la Sombra, un lugar que no le apetecía para nada volver a visitar.
Los compañeros examinaron unas pocas estancias más sin encontrar nada significativo hasta que, finalmente, dieron con una especie de pequeña biblioteca. Allí, Seldysa encontró algunos libros que podrían atesorar conocimientos valiosos, así como un diario escrito por una tal Aerilaya, la maga al servicio de Kazavon.
En su diario, la maga hablaba largo y tendido sobre el odio por los orcos que compartía con Kazavon, al que definía como “un lunático realmente apuesto”. Sabiendo que Kazavon era en realidad un dragón, los compañeros supusieron que solía adoptar forma humana cuando habitaba Muro Cicatriz.
Abandonaron la zona que parecía destinada a los alojamientos de tropa y, tras cruzar los restos de lo que pareciera un comedor para la guardia, llegaron a las antiguas cocinas del castillo.
Las paredes y techos estaban cubiertos de hollín, sobre todo cerca de los tres enormes hornos de la pared oeste. Las parrillas de hierro de los hornos, así como sus pozos de ceniza parecían repletos de huesos ennegrecidos. Extrañamente, los hornos parecían irradiar un ligero calor, a pesar de que daban la sensación no haber sido utilizados en siglos.
Todo el cuidado que puso Thepeiros al acercarse a los hornos fue en vano: en cuanto se hallaba a unos pocos pasos de las parrillas, una potente deflagración llenó de fuego toda la estancia. Aunque la mayoría del grupo logró arrojarse al suelo a tiempo de sufrir tan solo unas quemaduras de diversa consideración, Laori se llevó el fogonazo de lleno, quedando tendida en el suelo entre gemidos de dolor.
Cuando el resplandor del fogonazo se hubo extinguido, los compañeros pudieron contemplar las amenazadoras formas de siete esqueletos incandescentes que, envueltos en llamas, cargaban sobre ellos empuñando espadas al rojo vivo.
Una de las sombras de fuego ensartó a Laori antes siquiera de que la sacerdotisa lograse actuar. Por suerte, el grupo se rehízo lo suficientemente rápido como para doblegar a los siete monstruos y reducirlos a poco más que montones humeantes de huesos.
Todos estaban bastante heridos, aunque quizá Agujeros se encontrase algo más entero que el resto. Durante unos minutos, dudaron de si debían teleportarse de vuelta a Vado Llama para descansar. Finalmente, decidieron que aquella era la mejor idea.
Con un destello de poder arcano, Seldysa les teletransportó a todos hasta el campamento shoanti.

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