DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (3/7)

Tras la terrible experiencia que había supuesto su primera toma de contacto con Muro Cicatriz, donde los compañeros habían perdido a tres aliados en apenas dos jornadas: la demonio asyra, el mago Sial y la sacerdotisa Laori Vaus, el grupo se había teleportado de vuelta a Vado Llama para descansar.

El jefe Klar Abrasatierras se mostró encantado de recibirles y mostró gran interés en el relato que le hizo Maeva, si bien la muerte de Tekrakai le apesadumbró enormemente. El jefe les proporcionó algunas hierbas curativas que podrían quizá sustituir las pociones curativas que habían gastado los compañeros.

Aquella noche compartieron el fuego con los shoanti, agradeciendo la relajación que les suponía el hecho de no estar rodeados de hordas de no muertos que ansiaban la sangre viva. No obstante, en la mente de todos estaba también la certeza de que la noche pasaría y, al amanecer, debían regresar a Muro Cicatriz.

Tal y como habían acordado, Seldysa usó su magia al amanecer para transportarles de vuelta a las cocinas del castillo, donde por suerte no encontraron ninguna nueva amenaza aguardándoles.

Tras examinar la despensa, donde encontraron poco más que unas cuantas cajas de embalaje y barriles en bastante mal estado, tomaron un largo pasillo lleno de troneras a través de las cuales entraba el agua de la lluvia que parecía arreciar en el exterior.

Ese pasillo les llevó hasta una habitación de buen tamaño en la que diversas bolsas de red colgaban de las paredes, conteniendo botellas y frascos, plantas secas o animales disecados. Todo el lugar estaba lleno de un humo que hedía a humedad, proveniente de un brasero de hierro colocado en el centro de la estancia.

Los compañeros se pusieron rápidamente en guardia cuando oyeron un lastimero quejido llegando desde las penumbras de un extremo de la habitación. Acercándose con cuidado, descubrieron a una marchita anciana acurrucada en el suelo.

Una vez convencida de que el grupo no iba a matarla, la anciana dijo llamarse Alimae y haber sido raptada por un terrible dragón no muerto días atrás en el bosque. Después, el dracocadáver la había entregado a una bruja maligna que moraba en la parte superior del castillo. La anciana se ofreció a guiar a los compañeros hasta la bruja para que pudieran derrotarla.

Sin embargo, Maeva sospechó que la anciana les mentía, lo cual la llevó a desenvainar su acero a pesar de las protestas de sus compañeros. De pronto, la anciana mutó su forma hasta adoptar la de otra anciana, esta de tez grisácea y fea hasta lo nauseabundo. Su piel estaba cubierta de verrugas y llagas, mientras que sus ojos brillaban como ascuas. El grupo estaba ante una saga nocturna.

Aunque los compañeros se preparaban ya para el combate, la saga hizo gestos ostensibles de no querer pelear. La criatura les ofreció un trato: podía darles información valiosa sobre lo que ocurría en Muro Cicatriz a cambio de que hiciesen un trabajo para ella... un trabajo peligroso que consistía en entregarle los restos del dracocadáver que había mencionado anteriormente.

Como era obvio, aquel dragón no muerto jamás la había secuestrado, pero existía realmente dentro de los muros de aquel castillo. Cuando Thepeiros le preguntó si se trataba del cadáver no muerto de Kazavon, la saga se rió: el cadáver de Kazavon fue desmembrado por los seguidores de Mandraivus. El dracocadáver que moraba en Muro Cicatriz respondía al nombre de Belshallam, un dragón negro joven que había abrazado la no vida hacía apenas un par de siglos.

Tras debatir durante un breve lapso de tiempo, los compañeros decidieron aceptar el trato de la saga, quien dijo llamarse Malatrothe.

La saga les contó que el castillo de Muro Cicatriz estaba ahora bajo el dominio de un poderoso espíritu llamado Mithrodar, antiguo lugarteniente de Kazavon. Aunque el tal Mithrodar era el espíritu más poderoso del lugar, también era su prisionero: su poder estaba ligado a cuatro anclas espirituales y, mientras estas existiesen, él no podría ser derrotado.

Malatrothe les contó que el propio dracocadáver Belshallam era una de estas anclas, al igual que un caballero de la muerte llamado Castothrane y un baatezu llamado Nihil. Por lo visto desconocía la identidad de la cuarta ancla espiritual. Igualmente, la saga solo conocía realmente el camino hasta la guarida del dracocadáver, cuya alma siempre había codiciado.

Malatrothe les entregó una habichuela desecada, la cual debían pisar una vez el dracocadáver hubiese sido destruido. Eso invocaría a la saga, quien se personaría en el lugar para hacerse cargo del alma del dragón. Sellado el trato, los compañeros marcharon siguiendo las indicaciones de aquella criatura.

Salieron a un amplio patio recorrido por una brisa fría que proyectaba la lluvia contra sus rostros. En el centro del patio, un pozo amplio y con pretil de piedra estaba rodeado de vegetación. Al norte, unas escaleras subían hasta una puerta de doble hoja que parecía dar acceso a la torre del homenaje.

No llegaron ni siquiera a posar sus pies sobre el primer peldaño, ya que un haz de luz azulada surgió del interior de la torre atravesando las puertas y haciéndolas añicos. Del interior de la estructura apareció un grotesco dragón negro, no de gran tamaño; algo mayor que un carro. La criatura tenía la putrefacta carne colgando de unos huesos que eran visibles en muchas partes de su cadavérico cuerpo.

Aquella visión llenó de pavor el corazón de los compañeros, que se aprestaron para lo que se prometía un combate atroz.

El dracocadáver, a pesar de no ser un ejemplar muy grande, era terrorífico en batalla. Un golpe de su cola arrojó a Maeva por los aires, mientras Thepeiros y Agujeros buscaban la decrépita panza del monstruo. La magia de Seldysa apenas protegió a la maga gnoma del aliento necrótico de la bestia.

Agujeros aulló de dolor bajo las garras del monstruo no muerto, mientras Thepeiros se encaramaba a la espalda de Belshallam para apuñalarlo. Seldysa golpeó con un ataque sónico el costado de la criatura, haciendo que se tambalease.

Tras sacudirse a Thepeiros de encima, el dracocadáver exhaló su aliento sobre él, dejándole bastante malherido. Por suerte, la criatura también había recibido bastante daño por parte de los compañeros. Cuando Maeva saltó sobre la grupa del monstruo para hendir en ella sus cuchillos, Seldysa lo vapuleaba con un golpe de rayo. El dragón no muerto rugió furioso justo antes de que Agujeros se escurriera bajo su cuerpo y hendiese su espada en el corazón exánime de la criatura.

La energía necrótica que sostenía al dracocadáver colapsó, haciendo que el monstruo se desmoronase en una montaña de huesos y carne putrefacta que atrapó debajo al pobre Agujeros. Con mucho trabajo, sus amigos lograron sacarle de aquella deleznable prisión en algunos minutos.

Tal y como habían prometido, Thepeiros arrojó al suelo la habichuela que les había entregado Malatrothe y la pisó. La saga apareció casi de inmediato, mostrándose realmente complacida por la eficiencia de los compañeros.

Lentamente, la saga hizo algunos gestos y un resplandor tenue brotó de los restos del dracocadáver para ser absorbidos por Malatrothe. Luego, tras despedirse de los compañeros y dar su trato por zanjado, la saga nocturna desapareció de la vista.

El grupo se tomó algunos minutos para hacer uso de las hierbas curativas shoanti. Luego, casi totalmente repuestos, decidieron proseguir con la exploración de Muro Cicatriz.

Ascendieron por las escaleras hasta la torre, donde más de cien mil monedas se amontonaban en lo que fue la guarida de Belshallam. Tras tomar algo de aquel botín, los compañeros enfilaron un pasillo que les llevaba hasta lo que parecía ser el ala de invitados del castillo.

Algunos fragmentos de tapices rasgados colgaban de los muros y en una de las paredes, podía leerse un mensaje escrito en sangre “Cuidado con Ukwar”, de nuevo escrito en la lengua de los orcos; como señaló Agujeros.

Llegaron a una habitación que tenía la particularidad de poseer un tramo de escaleras ascendentes en su centro.

Caminaban hacia las escaleras cuando dos grotescas figuras se materializaron ante ellos: se trataba de los espectros de dos personas medio deformes que lucían atavíos de bufón. Entre enloquecidas carcajadas y muecas, las figuras translúcidas se abalanzaron sobre los compañeros.

El frío tacto de los espectros arrancó varias muecas de dolor entre los miembros del grupo, aunque acabaron relativamente deprisa con los no muertos. La magia de Seldysa hizo auténticos estragos que mudaron las carcajadas de los seres en gritos agónicos de terror.

Los cuatro ascendieron por las escaleras hasta llegar a un pasillo. Una de las puertas dispuestas a lo largo del mismo daba a una habitación que en su día debió ser extremadamente elegante. Ahora, los muebles desvencijados estaban cubiertos de moho. Mirando por la ventana de la habitación, se encontraba una enorme guerrera orca en estado de no muerte, ataviada con ropas de caudillo.

La orco se giró hacia el grupo y rugio “Mi nombre es Ukwar... y os uniréis a mí en la muerte” justo antes de correr hacia ellos empuñando su gran hacha de dos manos.

La magia de Seldysa no parecía causar todo el daño que debiera sobre la criatura que se afanaba por decapitar a una Maeva que se mantenía ágilmente fuera del alcance de su hacha. Agujeros fue derribado de una patada en el pecho y Thepeiros recibió un feo corte en la pierna.

Justo cuando Ukwar pisaba el pecho de Agujeros y se disponía a descargar el fatal hachazo, dos cuchillos arrojados por Maeva se clavaron en el pecho de la orca a la vez que Thepeiros le clavaba sus dos espadas cortas en la espalda. La no muerta se desestabilizó, cayendo a un lado.

Antes de que pudiera rehacerse, Seldysa hizo estallar el fuego a su alrededor, consumiéndola por completo entre ensordecedores alaridos de pura furia provenientes de aquella garganta no muerta.

Prosiguieron por el pasillo al cabo de un rato, hasta encontrar unas escaleras descendentes. Dichas escaleras les condujeron hasta una habitación en cuyo centro había un gran estanque de agua sucia con algas legamosas en el borde.

Cuando Agujeros y Maeva entraron en la habitación, el agua hedionda explotó dejando surgir las espectrales figuras de siete humanoides. Tenían el aspecto de haber sido huéspedes que hubiesen muerto ahogados tiempo atrás en aquellos baños.

Las heladoras garras de los espectros causaron auténticos estragos tanto en Agujeros como en Thepeiros, mientras que Maeva logró mantener la distancia con los no muertos gracias a sus cuchillos arrojadizos. Por desgracia, la magia de Seldysa había quedado demasiado debilitada tras el combate con el dracocadáver, y resultó insuficiente para evitar que dos de las criaturas la aferrasen, haciendo que la gnoma se desplomase con un quejido y quedase en el suelo, exánime.

Trabajosamente, e impulsados por la urgencia, Agujeros, Thepeiros y Maeva lograron finiquitar a los espectros. El elfo corrió rápidamente junto a Seldysa, constatando que aún seguía con vida. Por desgracia, no les quedaban hierbas curativas y, sin la gnoma, no podían teleportarse de vuelta a Vado Llama.

La única opción, según constataron, era buscar un lugar seguro entre aquellos muros donde poder pasar la noche y rezarle a los dioses porque Seldysa lograra recuperarse lo suficiente como para hacerles regresar al poblado shoanti, donde podrían recuperarse.

Con Seldysa inconsciente y cargada al hombro de Agujeros, los compañeros tomaron un nuevo pasillo que les conduciría hasta algún tipo de recibidor, ubicado en la intersección entre un pasillo y una gran puerta de caoba de doble hoja. Viendo que era un lugar fácilmente defendible, decidieron pasar allí la noche.

Mientras se recostaban a descansar, todos pudieron notar como la cabeza se les llenaba de terribles ideas, ideas que se alternaban entre lo suicida y otras que les empujaban a querer acabar con las vidas de sus compañeros de formas horribles.

No tardaron en ser conscientes de que en aquella habitación ocurría algo funesto, algo a lo que por pura suerte sus mentes habían logrado resistir. Con gran disgusto, levantaron el improvisado campamento y enfilaron otro de los pasillos de Muro Cicatriz en mitad de la noche.

A aquellas horas, el macabro aspecto del castillo se veía magnificado, así como el volumen de los lamentos que recorrían sus pasillos. La angustia crecía en el pecho de los compañeros, que comenzaban a agobiarse. Seldysa, aún inconsciente, continuaba sobre el hombro de Agujeros.

Pronto desembocaron en un descomunal salón de baile construido en forma de flor, con un alto techo abovedado dotado de paneles de vidrio rosado que proporcionaban una hermosa panorámica del cielo sobre Muro Cicatriz. Una plataforma se hallaba a un lado, sin duda para que en tiempos se ubicase allí algún tipo de orquesta. El lugar se encontraba en un escalofriante buen estado, como si se hallase listo para su uso.

Los compañeros no se fiaban demasiado, pero el pasillo terminaba ahí y querían inspeccionar el salón en busca de una salida ya que, de no encontrarla, se verían obligados a desandar el camino o, pero aún, pernoctar en los pasillos del castillo.

Agujeros procedió a depositar cuidadosamente el cuerpo inconsciente de Seldysa en el pasillo, antes de penetrar en el salón junto a Maeva y Thepeiros. Caminaron unos pasos hacia el interior sin que nada ocurriese.

Hasta que llegaron al centro del salón...

Fue entonces cuando el techo pareció estallar en un pandemonium de lamentos. Cuando los compañeros alzaron la vista, encontraron una maraña fantasmagórica de almas descendiendo sobre ellos. Decenas de espectros que parecían fundidos unos con otros en una forma de pesadilla que se les abalanzaba desde las alturas.

Thepeiros notó como las espectrales manos le agarraban, intentando arrebatarle el alma. El elfo sabía que, sin la magia de Seldysa, estaban perdidos ante aquella aparición, así que se esforzó por ganar la puerta del salón. Con el rabillo del ojo, pudo ver como Maeva se afanaba en arrastrar el cuerpo inerme de Agujeros fuera de la habitación.

Por suerte para ellos, la temible aparición no les siguió al exterior del salón, por lo que Thepeiros y Maeva suspiraron aliviados. Un alivio que no duró demasiado cuando su vista se posó en los cuerpos inconscientes de Seldysa y Agujeros.

Con sus dos amigos fuera de combate, Thepeiros casi agonizando y Maeva bastante herida y cansada, la situación se estaba complicando muchísimo. Los compañeros comenzaron a dudar seriamente de que lograsen llegar con vida a la salida del sol.

Como pudo, Maeva cargó el cuerpo de Agujeros, mientras que Thepeiros se hacía cargo de Seldysa. Se tambalearon por los pasillos del castillo sin un rumbo demasiado definido, acosados por los lamentos de los espíritus y rezando por no encontrar a ningún enemigo que, a estas alturas, les exterminaría sin demasiados problemas.

Finalmente, exhaustos, no tuvieron más remedio que dejarse caer en una de las pequeñas alcobas desocupadas que había por todo el castillo. Maeva y Thepeiros se turnarían las guardias de las apenas cuatro horas que faltaban para la salida del sol, aunque ambos sabían que sus compañeros iban a necesitar algún tiempo más para poder ser de alguna ayuda.

Debían resistir.

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