DT.VII: Korvosa (T6) - La Corona de Colmillos (2/6)
El mago Exas se materializó en el almacén de la familia Jalento acompañado de el guerrero-ladrón Agujeros. Allí, el propio Armin les aguardaba en compañía de Vencarlo Orsini y Trinia Sabor. Los tres ensombrecieron rápidamente al reparar en las ausencias de Naivara e Ivellius.
Con el alma aún encogida, los compañeros relataron la caída de sus amigos a manos del rakshasa Trifaccia y sus esbirros. Aquello era un contratiempo, pues los hermanos elfos eran dos aliados excepcionales que costaría demasiado reemplazar.
Mientras se Agujeros y Exas se reponían del combate, acordaron con Armin Jalento que debían dar aviso a Vencarlo para que el maestro de esgrima moviera sus hilos en las calles: había que poner en conocimiento de la población que los rebeldes poco habían tenido que ver con los tejemanejes del pérfido Trifaccia y sus secuaces.
Así, Armin se marchó del lugar para regresar al poco tiempo en compañía de Vencarlo y el soldado Grau. Tras escuchar con gesto serio la narración del encuentro entre los compañeros y Trifaccia, Vencarlo les aseguró que se pondría enseguida a restaurar el honor de los rebeldes: necesitaban ganar apoyos si querían prender la mecha de la rebelión.
En ese momento, se percataron de que algo ocurría afuera...
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Fallthra era una enana de las colinas que había encomendado su vida a servir a Tyr como paladina. En aquel momento, paladeaba una jarra de cerveza en la Taberna de Kazé mientras su acompañante, un halfling llamado Shardo, tocaba distraídamente unas notas con su flauta de plata.
El alboroto les sacó de sus pensamientos, casi justo al tiempo en que un ciudadano entraba casi a gatas en la taberna con el rostro desencajado por el terror. Desde la calle les llegaba con totalidad el caos de gritos anunciando que, en el exterior, estaba cundiendo el pánico.
Tras hacer saber al bardo que ella estaba “ya harta de esta maldita ciudad”, Fallthra empuñó aquel martillo plagado de runas que le servía como arma y se encaminó a la calle. Tras encogerse de hombros, el juglar la siguió sin dejar de tocar la flauta.
Cuando salieron al exterior, encontraron más o menos lo que esperaban encontrar: gente corriendo de aquí para allá totalmente aterrorizada. Como aquellos desgraciados parecían mirar al cielo, tanto la paladina como el bardo alzaron la vista.
El corazón se les detuvo por un instante.
En lo alto, sobrevolando la ciudad de Korvosa, un majestuoso dragón negro batía las alas con una Doncella Gris sobre su grupa. A parte de aquello, la criatura no hacía nada más; simplemente parecía estar buscando algo en las calles.
Fallthra sospechó de qué se trataba cuando vio aparecer aquellas cuatro figuras al otro lado de la calle. Uno de ellos era un mago humano, otro era un guerrero de aspecto patibulario enfundado en una armadura bastante arcaica, a estos les acompañaba el prestigioso maestro de esgrima Vencarlo Orsini y, por último, un cuarto hombre vistiendo la armadura de la Guardia de Korvosa.
El dragón negro también parecía haber visto al grupo, ya que inició de inmediato su descenso hasta la calle. Sin pensarlo demasiado, la paladina enana y el bardo se colocaron junto a Exas, Agujeros, Vencarlo y Grau; haciéndoles saber que combatirían a su lado.
Inexplicablemente, el dragón negro tomó tierra en lugar de atacarles desde el aire con su aliento de ácido. Aquello permitió a los compañeros cerciorarse de que la Doncella Gris a lomos del reptil no era otra que Sabina Merrin, la líder de las Doncellas Grises.
Agujeros se lanzó al ataque, siendo catapultado varios metros merced a un potente coletazo de la bestia. La magia combinada de Exas y Fallthra se entrelazó para mantener a salvo tanto a ellos dos como a Shardo, cuya cara translucía una genuina preocupación.
Sin embargo, poniéndose trabajosamente en pie, Agujeros advirtió que algo raro estaba ocurriendo: parecía que Sabina Merrin contenía a su montura, girándola para dificultar sus ataques cuerpo a cuerpo y, sobre todo, para impedir que descargase su aliento de ácido sobre los compañeros.
Sus sospechas se confirmaron, sin duda coincidiendo con las del dragón que, con un rugido de furia, descabalgó a su jinete. Tras rodar hábilmente por el suelo, Sabina les gritó a los compañeros que estaba de su lado, que buscaba la derrota de Ileosa.
Aunque Agujeros, Exas, Fallthra y Shardo no estaban muy dispuestos a creerla, tanto Vencarlo como Grau intercedieron por Sabina, colocándose a sus flancos y asegurando que confiaban en ella. Ante este acto de fe tan inequívoco de sus aliados, los otros cuatro compañeros decidieron que el problema más acuciante era el dragón negro que en ese mismo momento se hallaba ante ellos.
La boca del enorme reptil se abrió para dejar escapar un torrente de ácido. Exas y Fallthra lograron desplegar su magia para evitar lo más crudo del daño tanto sobre ellos, como sobre Agujeros y Shardo. Lamentablemente, Grau y el maestro Vencarlo fueron arrasados por el légamo corrosivo. Sabina resistió el ataque, aunque estaba demasiado malherida.
La paladina enana Fallthra ganó el flanco del dragón, propinándole un fuerte martillazo en las costillas. Inmediatamente, una poderosa onda sónica se desató haciendo que el reptil se tambalease. Justo a continuación, Exas empleó la fuerza gravitatoria para arrojar el muro de una casa cercana contra el cuerpo del reptil.
La bestia rugió de dolor, al tiempo que batía las alas con fuerza para alzar el vuelo. La corriente resultante derribó tanto a Agujeros y Shardo como a Sabina, haciendo que los tres rodaran por el suelo mientras el dragón negro se elevaba.
Un vuelo rasante del monstruo hirió nuevamente a Agujeros, que ya se encontraba en un estado muy crítico. Mientras el guerrero-ladrón consumía varias de sus pociones curativas, Shardo tocó con fuerza su flauta, haciendo que del instrumento musical brotase un enorme rayo eléctrico que golpeó el rostro del dragón. Exas también usó el rayo para golpear a la criatura, a la vez que la armadura mágica de Fallthra erigía un muro de fuego para evitar una nueva rasante del enemigo.
Totalmente encolerizado, el enorme dragón negro acabó por arrojarse contra el muro de fuego con intención de atravesarlo. Cuando, cubierto de terribles quemaduras, logró atravesar la cortina de llamas, se encontró frente a frente con Agujeros empuñando la mítica espada Serithtial.
La hoja mágica hendió el corazón del reptil, haciendo que este abriese los ojos de par en par un instante antes de caer muerto sobre el empedrado. El maltrecho guerrero-ladrón aguardó aún unos segundos antes de retirar la espada del cuerpo exánime del dragón.
En aquel momento, todas las miradas se volvieron hacia Sabina Merrin.
Sin dudarlo, la líder de las Doncellas Grises arrojó las armas al suelo y comunicó que se daba por prisionera. Además, instó a los compañeros a que la interrogasen en cualquier otro lugar, ya que aquellas calles no serían nada seguras dentro de poco tiempo.
Así, tras vendar los ojos de su prisionera y amordazarla, los compañeros la llevaron hasta el almacén de la familia Jalento. Allí, tanto Armin Jalento como Trinia Sabor se mostraron realmente desolados por la muerte de Vencarlo Orsini.
En aquel almacén, retiraron la venda que cubría los ojos de la comandante, asegurándola que seguía viva únicamente por respeto la la última voluntad del difunto Vencarlo Orsini. Del mismo modo, le advirtieron que su vida podía depender de lo que les contara a continuación.
Tras asentir con la cabeza, la comandante de las Doncellas Grises, Sabina Merrin, comenzó a hablar.
Sabina reconoció que siempre le había sido fiel a Ileosa tras la muerte del rey Eodred, cuando la monarca fue coronada. No obstante, la Reina y ella habían sido amantes en secreto durante mucho tiempo después de su matrimonio de conveniencia con el difunto soberano.
Sin embargo, todo cambiaría cuando la nueva reina intentó hacer ejecutar a Trinia Sabor por el asesinato de Eodred; algo que Sabina sabía que no era cierto.
Luego, cuando la Reina creó a las Doncellas Grises, Sabina se sintió honrada por ser nombrada su comandante, pero llegó a discutir con Ileosa por el uso de este nuevo cuerpo militar para reprimir brutalmente a la población. No obstante, la comandante Merrin había visto lo suficiente como para saber que oponerse a la Reina era firmar una sentencia de muerte.
Así, Sabina había intentado amortiguar la brutalidad de las intervenciones de las Doncellas Grises en la medida de sus posibilidades desde su posición de mando.
Pero todo iba a peor en Korvosa: la inoculación del Velo de Sangre en la ciudad, los acuerdos de Ileosa con varios demonios baatezu para obtener más poder, el nombramiento del pérfido Togomor como nuevo senescal, las decenas de asesinatos de nobles a sangre fría y la esclavización por parte de Ileosa de Zarmangarof, aquel dragón negro con el que habían luchado.
Con lágrimas en los ojos, la mujer confesó creer que Ileosa nunca la había amado, no a ella ni a nadie, a nadie salvo a sí misma; claro. Desesperada, Sabina había asistido impotente a los incesantes actos de brutalidad de la Reina, sin poder hacer otra cosa que intentar templar la sed de sangre de Ileosa desde su cercanía a ella.
Cuando a Sabina le llegó la noticia de que se había atacado Largoacre, tuvo claro que existía una fuerza rebelde en la ciudad. Hacía unas horas, cuando supo que aquella fuerza era lo bastante contundente como para haber acabado con Trifaccia, la mujer había pensado que quizá fueran la única oportunidad para redimirla y salvar a la ciudad de Korvosa.
Así, Sabina Merrin había partido a lomos de Zarmangarof en busca de aquellos rebeldes con la esperanza de que la ayudasen a acabar con el dragón negro y, del mismo modo, a arrebatar Korvosa de las garras de aquella mujer a la que un día había amado.
Aunque tanto Agujeros como Exas y Fallthra desconfiaban abiertamente de las palabras de Sabina y se mostraban más partidarios de ejecutarla allí mismo para que pagase por sus crímenes, Shardo les aseguró que aquella mujer no estaba mintiendo.
Del mismo modo, el bardo hizo ver a sus compañeros la ventaja que les podía proporcionar el hecho de contar con una persona conocedora de las defensas del Castillo Korvosa como era Sabina Merrin. Finalmente, los compañeros decidieron confiar en la palabra de la comandante de las Doncellas Grises.
En ese momento, la propia Sabina les indicó que la noticia de su traición a Ileosa no tardaría en llegarle a la Reina, ya que muchos ciudadanos habían sido testigos de cómo la comandante se enfrentaba en las calles al dragón negro, luchando codo con codo con aquellos rebeldes.
Armin Jalento tomó entonces la palabra para asegurar que los rebeldes estaban preparados: él mismo había logrado reclutar a bastantes adeptos, mientras que la mariscal Cressida Kroft le había asegurado que la Guardia de Korvosa les apoyaría. Además, Korjun Comeloquemata y los shoantis de la ciudad también estaban preparados para entrar en acción en cuanto se les requiriese.
Entonces, el guerrero-ladrón Agujeros desenvainó lentamente a Serithtial y la alzó para mostrarla a todos los presentes en aquella estancia.
Había llegado la hora de la rebelión.

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