DT.VII: Korvosa (T6) - La Corona de Colmillos (4/6)
Tras enfrentar a la sacerdotisa, y antigua arbitradora, Zenobia en las escalinatas del recibidor principal, el grupo formado por el guerrero-ladrón Agujeros, el mago Exas, el bardo halfling Shardo y la paladina enana Fallthra ganó la primera planta del Castillo Korvosa en compañía del formidable guerrero shoanti Korjun Comeloquemata.
Las escalinatas morían en un recibidor amueblado con tapices, alfombras y un carísimo banco de caoba, Una mesa cerca del banco presentaba algunas bandejas con viandas y un decantador de cristal que parecía contener vino tinto. Viendo que aquellas bandejas de plata parecían bastante caras, Agujeros no pudo resistir la tentación de guardarse una en la mochila, a pesar de los reproches de Fallthra.
Los compañeros no sabían muy bien hacia dónde dirigirse, así que tomaron el primer pasillo que se les presentó. Este les condujo hasta una amplia cámara en cuyo centro había una gran piscina llena de agua humeante. Un gran espejo de plata ocupaba casi toda la pared suroccidental y numerosas columnatas de mármol cubiertas por enredaderas salpicaban la sala. Una enorme vidriera con el blasón de los Arasabasti, la familia de Ileosa, ocupaba la pared contraria al espejo.
El grupo se preparaba para abandonar los baños del castillo, volviendo al pasillo que les había llevado hasta allí cuando, de súbito, las figuras de media docena de asesinos de la Mantis Roja se hicieron visibles ante ellos blandiendo ya sus sables aserrados. Una de ellos, vestía ropajes que la distinguían, según supo de inmediato Agujeros por su pasado criminal, como comandante bajo el mando directo de la Ama de Sangre de Mediogalti. Sin duda se trataba de la tal Kayltanya, cuyo nombre se susurraba con temor en los bajos fondos de Korvosa.
El ataque de los asesinos sorprendió a los compañeros, los cuales se rehicieron a duras penas. Solo la combinación de las magias protectoras de Exas y Fallthra logró que ninguno sufriera daños en el primer envite.
Inmediatamente, alentados por las arengas de Shardo, los compañeros contraatacaron. Exas fulminaría a dos de los Mantis Rojas con un ataque de esquirlas de hielo mientras Fallthra golpeaba a otro más con su martillo de explosión sónica para arrojar su cadáver volando hasta la piscina. Shardo, el bardo halfling, ensartó a otro de los asesinos; el cual quedó consumido por la energía necrótica de su espada mágica. Korjun, el guerrero shoanti, fue derribado por una hábil zancadilla de la comandante de asesinos, aunque pudo rodar rápidamente para ponerse fuera del alcance de sus armas.
Agujeros, que acababa de atravesar el corazón de un asesino con Serithtial, no tuvo tiempo de reaccionar ante el ataque de Kayltanya, que le golpeó con uno de sus enormes sables aserrados. Al contactar con el cuerpo del guerrero-ladrón, el arma liberó una deflagración eléctrica que a punto estuvo de llevarse por delante a Agujeros, el cual quedó bastante malherido.
Por suerte para el guerrero-ladrón, Fallthra y Shardo se arrojaron raudos sobre la asesina para darla muerte a base de acero mágico. La comandante de la Mantis Roja se desplomó sin vida sobre el suelo de mármol, dejando un reguero de sangre que fluyó hasta la piscina.
Fallthra lamentó haber agotado sus recursos curativos al ver el lamentable estado de Agujeros. En ese momento, Exas se ofreció a teleportarse con el guerrero-ladrón hasta la propiedad de la familia Jalento para regresar después de dejar allí, a salvo, a su compañero.
Agujeros se negó en rotundo a aquello: su ciudad había sufrido mucho a manos de Ileosa y no estaba dispuesto a abandonar aquella empresa ahora que la rebelión iba a triunfar y los días de la maligna reina llegaban a su fin.
Así, los compañeros regresaron al pasillo que, esta vez sí, les llevó hasta los aposentos de la Reina.
Las paredes del dormitorio estaban paneladas con madera oscura y decoradas con bellos tapices y colgantes de seda. Una cama con dosel dominaba la parte noroeste, mientras que en el sureste había un escritorio y un sillón tapizado. Las ventanas de vidriera mostraban complejos esquemas de colores rojos, naranjas intensos y amarillos brillantes.
De pronto, sin mediar palabra, Korjun se volvió contra sus compañeros empuñando sus armas. Antes de que pudiesen reaccionar, había logrado herir tanto al bardo halfling como a Exas. El shoanti combatía como una auténtica bestia, amenazando seriamente la vida de los que, hasta ahora, habían sido sus compañeros.
Rápidamente, Exas decidió emplear su magia sobre el guerrero de las Tierras Cenicientas. El mago tenía bastante claro que Korjun estaba siendo controlado mentalmente. Tal y como sospechaba, el poder arcano logró ayudar al shoanti a recobrar el control de sí mismo.
Una macabra risotada se escuchó en el dormitorio al tiempo que la abyecta figura se hacía visible junto al escritorio. Se trataba de una especie de obeso torso humano, sin brazos y con una enorme cola de serpiente en su parte inferior. El ser tenía tres cabezas de aspecto cadavérico que miraban con desprecio a los compañeros. Fallthra informó al grupo de que se enfrentaban a un sermignatto: un poderoso demonio con capacidad para el control mental y el cambio planar.
Korjun, sintiéndose ultrajado por la criatura, se abalanzó sobre ella, pero fue atrapado casi de inmediato por la serpentina cola, que se enroscó en su cuello. Según las vértebras del shoanti crujían con un espeluznante sonido, el semignatto se proyectó hacia delante para morder con una de sus cadavéricas fauces a Shardo. El halfling retrocedió ahuyando de dolor mientras la sangre fluía a borbotones de la herida abierta en su brazo.
Cuando Exas se disponía a fulminar al demonio con su magia, el ser desapareció transportándose a otro plano. En ese momento, el cuerpo sin vida de Korjun Comeloquemata se desplomó en el suelo como un saco de patatas.
El semignatto reapareció por sorpresa tras Exas, mordiendo con dos de sus cabezas la espalda del mago, que cayó hacia delante bastante malherido. Por suerte para él, Agujeros y Fallthra reaccionaron muy rápido: mientras el guerrero-ladrón hendía a Serithtial en el torso de la criatura, Fallthra reducía a pulpa dos de sus cabezas con un solo golpe del martillo; la onda sónica esparció pedazos de cerebro demoníaco por toda la estancia.
Cuando por fin el sermignatto se desplomó sin vida, los compañeros se permitieron un momento para respirar aliviados.
Los compañeros hicieron balance: tanto Agujeros como Shardo se apenas podían mantenerse en pie, Exas estaba herido de bastante gravedad y solo Fallthra parecía encontrarse relativamente indemne aunque, a aquellas alturas, tenía bastantes problemas para sintonizar con el dios Tyr.
Escucharon los gritos producidos por la turba de la rebelión al tomar la primera planta. Con sonrisas en el rostro, salieron todos al pasillo. Los rebeldes estaban arrasando a lo que quedaba de las Doncellas Grises y los Mantis Rojas. A aquellas alturas, era una obviedad que Castillo Korvosa había caído: Ileosa estaba acabada.
En ese momento, Fallthra se percató de que un hombre bastante orondo y que vestía túnica negra se escurría por uno de los pasillos, huyendo de la turba. Se trataba de Togomor, el senescal de Korvosa y mago personal de Ileosa. Aquel despreciable hombre con el que la Reina había sustituido al senescal Neolandus.
A pesar de su lamentable estado, los compañeros decidieron perseguir al mago. Según pudieron advertir, se dirigía hacia las almenas. Todo parecía indicar que su intención era la de dar un pequeño rodeo para evitar a la turba rebelde y llegar hasta la Torre Gris, los alojamientos habituales del senescal de Castillo Korvosa.
Togomor no estaba en demasiada buena forma, con lo que a los compañeros no les costó demasiado trabajo darle alcance a pesar de la gravedad de las heridas tanto de Agujeros como de Shardo. Cuando el gordinflón, ya sobre las almenas, tuvo claro que no podría escapar de sus perseguidores, comenzó a gritar pidiendo ayuda a un tal Mavrokeras. Los aventureros se miraron entre sí, confusos, sin saber a quién se refería ese tipo.
Unos instantes después una de las puertas que daba al interior del castillo se abrió de par en par, dejando salir a las almenas a un anciano con ropajes de sirviente, lo que hizo suspirar de alivio a Togomor. Los compañeros sonrieron sin comprender muy bien, al menos hasta que el tal Mavrokeras se transformó en un humanoide de tres metros con el cuerpo cubierto de escamas rojas y enormes alas membranosas. Tenía cuernos alargados y de sus colmillos brotaba un légamo espeso y verde. El demonio del abismo balanceaba aquella cola terminada en una afiladísima púa de un modo amenazador.
Mientras el demonio cortaba el paso, Togomor comenzó a correr hacia la Torre Gris, de modo que los compañeros supusieron que allí disponía de algún medio para escapar. Si querían encontrar a Ileosa, puede que el mago de la Reina fuese imprescindible: debían actuar rápido.
Agujeros intentó rebasar al demonio del abismo que, sin embargo, le ensartó con la púa de su cola, haciendo que el guerrero-ladrón se desplomara sobre el suelo empedrado. Fallthra golpeó varias veces al monstruo, haciéndole retroceder con la explosión sónica de su martillo. La hoja necrótica de Shardo mordería la pierna de Mavrokeras, aunque el demonio contraatacaría mordiendo el cuello del halfing.
Mientras el bardo se desplomaba convulsionando a causa del veneno, Exas convocaba al relámpago para que impactase en pleno pecho del demonio, que se tambaleó hacia el muro de fuego que acababa de convocar la paladina enana haciendo uso de su armadura mágica. La criatura rugió de dolor solo un instante antes de que Exas usase la propia fuerza de la gravedad para licuara Mavrokeras contra el suelo, derrumbando un pedazo de muralla al mismo tiempo bajo el empuje de su poder arcano.
Sin perder un solo segundo, Exas y Fallthra comprobaron el estado de sus compañeros: por suerte, tanto Agujeros como Shardo continuaban aún con vida. A aquellas alturas, Fallthra revestía heridas de bastante gravedad al tiempo que el mago apenas se mantenía en pie, tambaleándose a cada paso.
A pesar de esto, los dos convinieron que no podían dejar escapar a Togomor, así que Exas les teleportó mágicamente hasta la puerta de la Torre Gris, que ahora se encontraba a su vista.
Irrumpieron en la torre justo cuando Togomor se disponía a introducirse en un circulo de teletransporte que había pintado en el suelo con tiza blanca. Rápidamente, Exas desplegó su magia para dejar inutilizado aquel portal, impidiendo la huida de Togomor.
En circunstancias normales, el mago de Ileosa no hubiese sido rival para ellos dos, sin embargo se encontraban bastante heridos y ambos eran conscientes de que todo podía complicarse en muy poco tiempo.
Exas lanzó un haz de fuego sobre Togomor que, reaccionando deprisa, lo bloqueó con un escudo mágico para luego contraatacar con un rayo eléctrico que alzó a su contrincante del suelo para arrojarlo contra la pared de la torre. Exas se deslizó inerte por la pared de piedra hasta quedar tendido e inmóvil en el suelo.
Fallthra se arrojó entonces sobre Tógomor, quien logró herirla con una explosión de fuego tan solo un momento antes de que la paladina enana utilizase su martillo sónico para triturar las piernas del Mago Real, que quedó tendido en el suelo sollozando, mientras suplicaba por su vida.
Los grupos rebeldes no tardaron en llegar a las almenas y tomar posesión completa del Castillo de Korvosa. Sin perder un minuto, Togomor fue atado y amordazado para evitar que emplease sus artes mágicas. Mientras Agujeros y Shardo eran atendidos por un par de clérigos de Lathander, Fallthra se encargaba de comprobar, con alivio, que también el mago Exas continuaba con vida.
Sin embargo, algo más vino a preocupar a Fallthra: los rebeldes no habían encontrado ni rastro de la Reina Ileosa en todo el edificio. Sospechando que la soberana no se hubiese limitado a huir, sino que tramase algún tipo de contraataque, la paladina enana ordenó que le retiraran la mordaza a Togomor, ya que necesitaba que el senescal caído hablase.
El mago confesó que la Reina se había marchado nada más iniciarse la rebelión en las calles de Korvosa. Según dijo Togomor, se había dirigido a las Ciénagas Espesas ya que Ileosa esperaba llevar a cabo allí algún tipo de plan relacionado con obtener la inmortalidad. Aunque la paladina amedrentó a Togomor, le quedó claro que el mago no conocía con exactitud en qué consistían los planes de la Reina.
Según sabía Togomor, en aquellas ciénagas se encontraba un monumento thassiloniano conocido como la Reina Hundida que servía a la Señora de las Runas Sorshen como símbolo de su duradero poder. Allí se encontraba algo conocido como el Estanque del Amanecer Perpetuo, aunque el Mago Real no sabía muy bien de qué se trataba.
Al parecer, Ileosa había descubierto el lugar merced a sus pactos con las criaturas demoníacas. De algún modo, los planes de la Reina para lograr la inmortalidad también incluían la resurrección del Rey Dragón Kazavon para, juntos, dominar toda la existencia.
Togomor no tenía ni idea de cómo Ileosa planeaba lograr todo aquello, pero sabía que todo iba a ocurrir en el próximo amanecer.
Fallthra apretó los dientes: apenas les quedaban dos horas para que anocheciese. Si querían llegar hasta Ileosa antes de que saliese el sol, deberían darse prisa. Sin perder más tiempo, solicitó que los sacerdotes de Lathander se apresurasen a sanar a sus compañeros.
Había demasiado en juego.

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