La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (4/5)
Probablemente el capitán Bianco Filago ya había perdido toda esperanza de hallar con vida a Sinibaldo Da Fonte después de dos días. El hombre de armas al servicio del príncipe Giovanni Da Fonte suponía que, a aquellas alturas, el cuerpo del desafortunado joven debía reposar en el fondo de algún sucio canal del Quartiere di Fuliggine con una piedra atada a los pies y siendo devorado por los peces.
El capitán le dedicó un escueto rezo a Padre Hogar en agradecimiento cuando uno de sus hombres se personó ante él con la noticia de la aparición de Sinibaldo, aunque en realidad sospechaba que, si algún dios había tenido que mediar en aquello, probablemente se tratase de uno de los caprichos del Niño Sipe.
Al parecer, Sinibaldo había aparecido en mitad de la calle, cerca del Strada Nord. Iba en camisón y aullaba incoherencias, como si se encontrase totalmente enajenado. Los mayordomos de la familia Balintelli le habían reconocido y, con la mayor discreción, le habían cobijado en el ala de servicio de su mansión.
Sin tiempo que perder, el capitán Bianco Filago cabalgó hasta el lugar.
Sinibaldo, con el rostro totalmente desencajado aún por el horror, se alegró de ver aparecer a Bianco, arrojándose a sus brazos sin importarle el decoro. El muchacho continuaba en camisón y tenía los pies magullados de correr descalzo por el empedrado.
El capitán entregó una bolsa de plata a los mayordomos de los Balintelli. Aquellos sirvientes sabían que Bianco andaba buscando a Sinibaldo, por lo que le habían hecho llamar de inmediato. Además, anticipando la recompensa por su buen hacer, habían mantenido la discreción a tal punto de ni siquiera informar a sus señores del hallazgo del vástago del príncipe Giovanni Da Fonte.
Sinibaldo y Bianco subieron al austero coche de caballos cubierto que aguardaba frente a la puerta de servicio. Una vez en el interior, Sinibaldo rompió a llorar. Entre sollozos, le contó al capitán aquella terrible historia de cómo Francesca Calandri había salido del dormitorio que ambos habían compartido para introducirse por un oscuro pasadizo.
Convulsionándose a causa del llanto, prosiguió narrando cómo la había seguido hasta aquella estancia en la cual la mujer había acabado por alumbrar a ese vástago aberrante y cómo, cuando él mismo había pretendido acabar con ese insulto a la naturaleza fruto de su propia simiente, un abyecto demonio había aparecido.
En silencio, con gesto serio, el capitán Bianco Filago escuchó sin interrumpir la totalidad de la historia relatada por el alterado Sinibaldo Da Fonte.
Tras colocarle la mano en el hombro al joven, en un intento de proporcionar consuelo, Bianco le aseguró al joven que creía lo que acababa de relatarle. No en vano, hacía tiempo que el capitán había oído rumores acerca de las oscuras artes practicadas por la dama Francesca Calandri. Sin embargo, siempre había pensado que no se trataba más que de rumores maliciosos esparcidos por lenguas viperinas.
Sinibaldo tenía muy claro el curso de acción: tanto Francesca Calandri como aquel abyecto ser nacido de la magia oscura debían morir. Ni su alma ni la reputación de la familia Da Fonte podían permitir que ninguno de los dos continuasen su existencia.
Allí, en el interior de la cabina de aquel coche de caballos, el capitán Bianco Filago le juró al heredero de los Da Fonte que podría contar con su ayuda.
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El príncipe Giovanni Da Fonte garabateaba con su pluma sobre un pergamino, sentado a la mesa de su lujoso escritorio en la mansión que su familia poseía desde hacía más de un centenar de años en Via Smeraldo. Se trataba de una misiva al Rey Taddeo III, hablándole sobre las malas artes desplegadas por Francesca Calandri quien, mediante la brujería, estaba influenciando a su hijo Sinibaldo para alejarle de la senda de los dioses.
Dado que la Calandri era una dama de alta cuna, Giovanni le rogaba al monarca su intervención directa. Si todo salía como el príncipe Da Fonte esperaba, la guardia del Rey acabaría con la familia Calandri al completo y el patrimonio de esta quedaría repartido a partes iguales entre la Corona y la casa Da Fonte.
Esa malnacida de Francesca se arrepentiría de haber intentado mancillar el buen nombre de los Da Fonte y, por su puesto, Giovanni daba gracias al dios Sides por haber permitido que su amada Sandra le hubiera hecho ver el peligro que aquella bruja representaba. Si su oscura sangre se hubiese unido a la de la familia Da Fonte, quizá hubiera sido el principio del fin de el orgulloso linaje.
Dos días habían pasado desde que Giovanni Da Fonte aplastase la cabeza de Liliana, la doncella de confianza de su esposa, en aquel bosque que rodeaba el Palacio Uguccione. El mismo día en que aquello ocurrió, su esposa Pellegrina le había mostrado su preocupación por la ausencia de la doncella.
Giovanni no era ningún estúpido y sabía perfectamente que la presencia de Liliana aquel día en el Palacio Uguccione se debía al encargo de su esposa para que le espiase. No obstante, había decidido disimular y dar orden al capitán Bianco Filago para que encontrase a la doncella.
Una vez había aparecido su hijo Sinibaldo, el hombre de armas de la familia Da Fonte podía encargarse de aquello sin problemas. Su hijo, por cierto, había aparecido en buen estado. Según palabras del propio Sinibaldo, su última juerga le había llevado a un pueblo de las afueras, razón por la que no habían logrado encontrarlo hasta que reapareció en la ciudad. Aunque su humor parecía haberse ensombrecido desde su regreso, el joven había acabado, al parecer, con sus correrías nocturnas.
No había mal que por bien no viniese...
Las puertas del despacho se abrieron bruscamente, dejando entrar a Pellegrina con el gesto congestionado por la furia. Su esposa cerró la puerta tras de sí para, un instante después, señalar al príncipe con su dedo índice.
En ese momento, le acusó de haber asesinado a Liliana. Según le contó, el capitán Bianco Filago había hallado el cadáver de la doncella en la morgue de la ciudad; entre los cuerpos sin reclamar de vagabundos y fumadores de opio. Según le habían contado allí al capitán, el cadáver de la joven había sido encontrado por unos cazadores en el bosque cercano al Palacio Uguccione, propiedad de la familia Da Fonte. La muchacha tenía el cráneo destrozado y su caballo descansaba en las inmediaciones.
Obviamente, Giovanni intentó disimular. El hombre negó toda participación y conocimiento sobre aquello, aunque sugirió (quizá demasiado convenientemente) que podía tratarse de una caída del caballo.
Pellegrina, colérica, interrogó a su esposo por el motivo que había podido llevar a Liliana al Palacio Uguccione. Ante el encogimiento de hombros de Giovanni, le espetó sin reparos que la doncella había recibido orden de seguirle y averiguar qué se traía entre manos debido a su extraño comportamiento.
La mujer explicó entre sollozos que, en un principio, había temido que la familia se encontrase amenazada de algún modo y su marido hubiese tratado de ocultárselo. Ahora, sin embargo, sospechaba que Giovanni tenía algo mucho más insultante que ocultar.
El Palacio Uguccione había sido utilizado por más de un Da Fonte para sus aventuras extramatrimoniales, era como una especie de tradición familiar. Pellegrina parecía enloquecida, no parando de preguntar, entre gritos y sollozos, por la identidad de la fulana con la que Giovanni estaba mancillando su honor.
Aunque ella se resistió, el príncipe tomó entre sus brazos a su esposa. Le juró que no había ninguna otra mujer a la que amase y que él no había tenido nada que ver en la muerte de Liliana. Con una brusca sacudida, la mujer se liberó del abrazo antes de abofetear con fuerza a su marido.
Tras dedicarle una acerada mirada que sólo mostraba desprecio, Pellegrina Da Fonte abandonó el despacho a grandes zancadas, dejando solo a Giovanni.
El príncipe apretó los puños.
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Sandra Albizzi se relajaba en su bañera mientras el vapor que emanaba del agua caliente se elevaba hasta el techo del cuarto de baño. En su mano, una copa de tinto de Cierassa amenazaba con volcarse y teñir de carmesí la espuma blanca que ocultaba la desnudez de la mujer.
Sandra estaba feliz: tenía motivos. Sabía a ciencia cierta que sus palabras sobre Francesca habían calado hondo en Giovanni y, conociendo como conocía a aquel hombre, sabía que solo era cuestión de tiempo que su antigua amiga dejase de ser un incordio. Es más, lo propio del príncipe sería que acabase por arrasar con toda la familia Calandri hasta que no quedasen más que cenizas.
Por fin, esa puta pagaría por interponerse entre ella y la familia Da Fonte; por acabar con sus esperanzas de desposarse con Sinibaldo.
Sonrió pensando en lo irónico de las cosas: hasta aquella misma mañana sus planes pasaban por eliminar de escena a Francesca y ser ella quien se desposara con Sinibaldo, vinculándose a la familia Da Fonte. Para Giovanni era un acuerdo relativamente bueno, ya que su familia iba a quedar en duda tras su compromiso con los Calandri, pasase lo que pasase con aquella familia.
Sin embargo, la breve nota que había recibido de Giovanni aquella misma mañana “Cancelamos nuestro encuentro. Mi esposa sospecha”, hizo surgir un nuevo plan en la mente de Sandra Albizzi. Su matrimonio con Sinibaldo había pasado a convertirse en una idea desechada.
Unos nudillos golpearon la puerta del baño. Con voz dulce, Dominica Vestri pidió permiso para entrar. Tras consentir, Sandra salió de la bañera para que su doncella pudiera envolverla en una toalla.
Mientras Dominica la secaba, Sandra la interrogó sobre si tenía relación con doncellas de otras casas; en especial con las doncellas de la casa Da Fonte. La muchacha asintió, apuntando a su vez el pesar que anegaba las almas del servicio en aquella casa tras la desafortunada muerte de Liliana, la doncella de confianza de la princesa Pellegrina.
Tras un poco más de conversación, Sandra averiguó que Dominica tenía una buena relación con Alba Silvrinno, una de las jóvenes que servía en la mansión de los Da Fonte. Era todo lo que necesitaba saber al respecto.
Cogiendo las manos de Dominica entre las suyas propias, Sandra le propuso un acuerdo arriesgado: la doncella convencería a su amiga Alba de que vertiera una ponzoña en la bebida de la princesa Pellegrina. Ante el sobresalto de su doncella, Sandra le explicó que, con la esposa de Giovanni muerta, ella podría desposarse con el príncipe y ocupar el lugar de Pellegrina.
Como doncella de confianza de Sandra, Dominica estaba al corriente de la aventura de su ama con el príncipe, así que escuchó con atención. Según le prometía la dama Albizzi, tanto ella como su amiga Alba recibirían una recompensa tan sustanciosa que no necesitarían volver a trabajar; el oro de los Da Fonte se ocuparía de eso.
Sandra mintió, jurando que el propio príncipe Da Fonte estaba al corriente de aquello y se ocuparía de entorpecer cualquier posible investigación sobre la muerte de su esposa. Si el hombre no se había encargado personalmente de quitar a su mujer del medio había sido simplemente por algún tipo de flaqueza sentimental.
Dominica accedió a ayudar a su ama sin dudarlo: la recompensa en juego era demasiado jugosa.
Sandra despidió a su doncella cuando esta hubo terminado de vestirla. Mientras se cepillaba el cabello, sonreía contemplando en el espejo la imagen de la próxima princesa Da Fonte. Por descontado, no pensaba correr riesgos y su plan pasaba por que los cadáveres tanto de Dominica como de su amiga Alba acabaran descomponiéndose en el fondo de algún canal.
Pero eso era algo de lo que ocuparse más adelante.
Aquella misma tarde, la doncella haría por coincidir en el mercado con su amiga Alba Silvrinno y, sin demasiada dificultad, la convencería para verter en la copa de Pellegrinna Da Fonte un pequeño frasco de Raíz nocturna.
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Francesca se encontraba de pie en mitad de aquella estancia cavernosa iluminada por las velas. A unos pocos pasos de ella, completamente desnudo, un niño de unos diez años permanecía sentado en el suelo, contemplándola desde sus ojos castaños. Cualquiera que hubiese conocido al joven Sinibaldo Da Fonte a esa misma edad no hubiese podido distinguirle de aquel chico.
Junto a Francesca, el demonio Treldux se mantenía erguido con su cuerpo híbrido, a medio camino entre humano e insecto. El repugnante légamo que cubría su exoesqueleto amarillento hedía a ácido. Chasqueando sus mandíbulas de insecto, el ondergal pareció reírse de la mujer.
La meta de Francesca Calandri estaba más cerca y más lejos que nunca. Su matrimonio con Sinibaldo Da Fonte se había vuelto más que improbable después de lo que el joven había contemplado en aquella misma casa unos días atrás. Ese matrimonio no solo permitía a Francesca ascender en el estatus nobiliario, sino que podía llegar a emparentar su linaje con el de la Familia Real en un futuro.
Sinibaldo no había roto el compromiso formalmente, de hecho, ni siquiera daba señales de vida. Parecía haberse recluido en el domicilio familiar y no había respondido a ninguna de las misivas de su prometida, quien pretendía verse con él.
Además, Treldux había informado de que había varios hombres vigilando la residencia Calandri. Si Francesca hacía caso del demonio, y este nunca le había mentido, se trataba de hombres al servicio del capitán Bianco Filago, el hombre de armas a cargo de la seguridad de la familia Da Fonte.
Todo aquello era bastante preocupante... y peligroso.
Como cada vez que se enfrentaba a una adversidad que era incapaz de manejar, Francesca había recurrido al demonio ondergal con el que se hallaba vinculada en busca de auxilio. Necesitaba que su matrimonio con Sinibaldo tuviera a cualquier precio.
Obviamente, Treldux había llegado a su rescate con un nuevo acuerdo; quizá el más escalofriante que había propuesto hasta aquel entonces. El demonio ondergal ofrecía a aquel vástago aberrante, el muchacho que parecía tener diez años cuando apenas contaba con días de vida.
Treldux propuso que el muchacho, que tendría la edad apropiada en un par de días más, suplantara al propio Sinibaldo. Francesca se desposaría con él y juntos, madre e hijo, alumbrarían la progenie que en un futuro regiría los destinos de Duvaccia.
Aunque aquel matrimonio incestuoso que proponía el demonio parecía demasiado incluso para Francesca, la mujer era consciente de que significaba la única forma posible de que acabase emparentada con los Da Fonte.
Segun le aseguraba el ondergal, el muchacho dejaría de crecer alcanzada la edad de Sinibaldo y, por medio del demonio, obtendría los conocimientos y recuerdos necesarios para suplantar al hijo del príncipe Giovanni.
Todos tendrían lo que querían: Francesca su matrimonio y Treldux un peón demoníaco sentado en un futuro sobre el trono de Duvaccia.
Finalmente, la mujer accedió al trato con el demonio. Sin embargo, tenía un favor más que pedirle.
Su antigua amiga, Sandra Albizzi, había estado sin duda confabulando contra ella, como bien sabía el propio ondergal. Francesca quería que Sandra muriese, que lo hiciese de una forma horrible.
Riendo, Treldux le dijo a la mujer que era él quien decidía cuando y a qué precio se cerraban los tratos entre ambos. Por desgracia para Francesca Calandri, el ondergal ya había recibido todo lo que necesitaba de sus tratos con la mujer; al menos por el momento.
El demonio se desmaterializó dejando a Francesca en aquella estancia cavernos junto a su abyecto hijo. El niño miró a la mujer con una sonrisa maléfica y susurró unas palabras que la helaron la sangre.
“Esposa mía”

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