DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (3/9)

Tras la infructuosa búsqueda del dragón Escamalunar a petición del jefe tribal M'Bert, los compañeros se despidieron de la tribu de los lor-tai para proseguir su camino hacia el pueblo de Belleria, donde debían encontrar a un tal Abworth: el experto en dragones que quizá pudiese arrojar algo de luz sobre lo que estaba ocurriendo con los dragones.


Antes de caer la noche, el grupo formado por el sacerdote humano Estrellanegra, la guerrera elfa Iryl, el guerrero-mago elfo Grendalas y la exploradora humana Shalindra se toparía con un maltrecho carromato tirado por un único caballo. Dos enanas de las colinas lo conducían mientras una docena de niños se apiñaban en la parte de atrás mientras una tercera enana los vigilaba. El aspecto de todos era lamentable, de un enorme pesar y agotamiento.

Cuando los compañeros se interesaron por el bienestar de aquel grupo, una de las enanas les contó que provenían de un poblado enano llamado Trigado. Según otra de las enanas, el grupo había estado fuera, visitando la feria agrícola de un pueblo cercano durante todo el día. Al regresar, habían encontrado Trigado reducido a un montón de ruinas humeantes. Todos sus familiares y amigos habían muerto allí: eran los únicos supervivientes.

Estrellanegra, sin embargo, se percató de que aquellas enanas le estaban ocultando algo. Gracias a sus dotes de persuasión, el sacerdote pudo averiguar que las mujeres creían saber quién era el responsable de la destrucción de Trigado: un par de dragones plateados.

Ante la sorpresa de Estrellanegra por el hecho de que dos dragones benignos hubiesen hecho algo así, las enanas acabaron confesando que habían recibido la información gracias a un testigo de lo acontecido en Trigado. La descripción no dejaba mucho lugar a dudas: un grotesco tipo de dos metros y medio de altura, con hombros anchos y cuerpo musculoso. Llevaba ropas de campesino y la cabeza estaba entrecruzada por terribles cicatrices.

Los compañeros tuvieron clarísimo que se trataba de Khardra, el hombre que conocieron en Hermosos Prados y que sostenía, a grandes rasgos, que todos los dragones eran una lacra que debía desaparecer de la faz de Krynn.

Iryl ofreció a las enanas que les acompañasen a Belleria, donde el grupo les ayudaría a recibir auxilio por parte de las autoridades o algún templo local. Las enanas, muy agradecidas, accedieron a acompañarles.

Durante el camino, Estrellanegra compartió con sus compañeros el recelo que le producía la figura de aquel Khardra, un tipo al que debían vigilar ya que, según el sacerdote de Paladine, albergaba algún oscuro secreto en su interior.

El grupo hizo noche a la entrada del Valle de los Pinos Azules, rodeado por varias colinas de sólido granito. En la distancia, entre los pinos que daban nombre al valle, podía verse un alto edificio de piedra.

Aquella noche, mientras Grendalas y Shalindra montaban guardia, pudieron detectar las siluetas de cuatro dragones cruzando la luna. Estaban demasiado lejos como para verlos con detalle, pero los conocimientos de la exploradora le permitieron saber que se trataba de dragones de bronce a partir de la forma de sus siluetas.

A la mañana siguiente, los centinelas no tuvieron necesidad alguna de despertar a sus compañeros, ya que un estruendo se encargó de ello. Todo el campamento dirigió sus ojos hacia la colina al norte de Bellería.

Lo que vieron allí les dejó sin aliento.

Una enorme plataforma de madera con doce largos brazos del mismo material que brotaban de ella se asentaba en la pétrea cima de la colina. Rodeando el artefacto había montones de piedras y algunas tiendas de campaña. Alrededor de la aberrante máquina, varios gnomos se encargaban de ajustar engranajes o cargar piedras de un modo bastante caótico.

De cuando en cuando, el descomunal ingenio arrojaba enormes piedras sobre el pueblo. No costaba mucho averiguar que el presunto objetivo parecía ser el alto edificio de piedra en el centro de Bellería.

Dado que, al menos en principio, los gnomos solían ser criaturas amistosas, el grupo decidió acercarse a aquella colina para averiguar lo que estaba ocurriendo. El carromato de las enanas aguardaría en el camino.

Mientras se acercaban a la colina, ya lejos de los oídos de las enanas, Shalindra y Grendalas compartieron con sus compañeros el avistamiento nocturno de dragones. El grupo se mostraba cada vez más preocupado respecto a lo que estaba sucediendo.

Cuando los compañeros se acercaron a la colina, fueron rápidamente rodeados por los gnomos. Las pequeñas criaturas parloteaban frenéticamente mientras hacían aspavientos con los brazos. Les contaron algo acerca de que habían construido un modelo de dragón mecánico para el tal Abworth, quien prometió pagarles generosamente. Al parecer, los gnomos habían hecho el trabajo, pero nunca recibieron el pago. Ahora, no pensaban cesar hasta derribar el instituto del moroso en cuestión.

Con mucho trabajo, Estrellanegra finalmente logró persuadir a los gnomos de que cesaran su ataque contra Belleria. A cambio, el sacerdote se encargaría de que Abworth les pagase lo acordado. Los gnomos, confiando en el símbolo de Paladine que lucía el sacerdote, aceptaron el trato aplazando durante una semana su bombardeo. Sin embargo, advirtieron que regresarían si en ese plazo no se veían satisfechas sus demandas.

Tras este peculiar encuentro, los compañeros volvieron a reunirse con las enanas en el camino y prosiguieron hasta llegar a Belleria. Se trataba de un pueblo pequeño alojado justo en el centro del valle. Aparte del imponente edificio de piedra en su zona central, había unas pocas casas y comercios, la mayoría abandonados. Las calles, cómo no, estaban sembradas de aquellas grandes piedras arrojadas por el ingenio gnómico.

Los compañeros preguntaron a algunas personas del pueblo por Abworth. Como era de esperar, los lugareños soltaban una lluvia de improperios e incluso escupían al suelo al escuchar ese nombre, ya que consideraban al erudito el responsable de la lluvia de piedras que llevaba una semana castigando el pueblo.

El instituto, aquel enorme edificio de piedra, parecía estar bastante vacío a la vista de que los compañeros estuvieron largo rato llamando a la puerta. Finalmente, una joven y su compañero abrieron la puerta. Dijeron llamarse Irin y Rimsey, los ayudantes de Abworth.

Cuando el grupo anunció que estaban buscando al erudito, los ayudantes parecieron aliviados. Rápidamente, pidieron a los compañeros que les siguiesen a los largo de un corredor que desembocaba en una enorme habitación que solo contenía una enorme cabeza de dragón de piedra en una esquina.

Del interior de la boca abierta escapaban sonidos de engranajes, silbidos y otros estruendos mecánicos. Irin les explicó que la cabeza era la entrada a un modelo de dragón excavado directamente en el granito de una colina, un proyecto destinado a estudiar la anatomía de los dragones.

Por lo visto, el modelo no llegó a terminarse nunca debido a un “desacuerdo con unos gnomos muy poco razonables”. Unos días atrás, explicó Rimsey, el propio Abworth se había internado en el modelo a fin de terminarlo por sí mismo. Una hora después de esto, habían comenzado los sonidos mecánicos y el erudito no había vuelto a salir.

Los ayudantes estaban convencidos de que Abworth estaba atrapado dentro del modelo, pero les aterraba la idea de introducirse en aquel infernal engendro hecho por gnomos locos. Ambos rogaron a los compañeros que rescatasen a su maestro.

En vista de que, si querían hablar con Abworth, tendrían que llegar primero hasta él, los compañeros decidieron internarse en el modelo en su busca. No parecía una idea formidable, pero era lo necesario en aquella tesitura.

Una vez entraron por la boca del pétreo dragón, con Shalindra abriendo la expedición seguida de Iryl, Grendalas y Estrellanegra, se toparon con una tubería totalmente lisa que apenas tenía el tamaño justo para arrastrarse por ella. Pronto se dieron cuenta de que las secciones estaban separadas por unas gruesas escotillas de acero que solo podrían abrirse en un sentido entrada, por lo que rápidamente intuyeron el motivo por el cual Abworth había quedado atrapado.

Afortunadamente, Grendalas disponía de la magia adecuada para solventar ese problema, si es que se les presentaba a ellos. No obstante, Estrellanegra, que cerraba la comitiva, se encargaba de asegurar que ninguna de las escotillas quedase cerrada tras el paso del grupo.

Pronto llegaron a una extraña cámara llena de tubos en las paredes y con dos enormes hélices en el techo. Un desagradable sonido de chapoteo resonaba en la cámara. Un par de pequeñas compuertas cerca del techo reverberaban especialmente. Los compañeros no quisieron saber qué era lo que barbotaba tras aquellas compuertas y prosiguieron con su camino.

Prosiguieron un trecho por otra de aquellas tuberías hasta llegar a una nueva escotilla. Al abrirla, un ensordecedor martilleo inundó todo el lugar. En la siguiente sala, cuatro descomunales pistones de hierro descendían alternativamente desde el techo hasta golpear el suelo, simulando el poderoso pulso de un dragón.

Atravesar aquella cámara, con el consiguiente peligro de ser aplastado parecía el único modo de continuar adelante. Así, los compañeros apretaron los dientes y se prepararon para enfrentarse a ese desafío de locura gnómica.

Grendalas fue el primero en cruzar, ya que su magia le permitía teleportarse a la distancia suficiente como para aparecer al otro lado de los pistones. Shalindra sería la siguiente en intentarlo y, por desgracia, no calculó suficientemente bien la secuencia de los pistones, llevándose un tremendo golpe en la espalda al rebasar el último de los obstáculos.

Iryl y Estrellanegra hicieron gala de una gran habilidad y ambos lograron cruzar la zona sin ser alcanzados por el artilugio. Ya al otro lado de la estancia, el sacerdote de Paladine emplearía la magia divina para sanar la herida que había recibido Shalindra.

Volvieron a arrastrarse hasta una nueva tubería que, otra vez, moría en una escotilla cerrada. Shalindra abrió la escotilla solo para encontrarse de bruces contra un chorro de fuego que se dirigía hacia ella, surgiendo de un tubo de hierro en el otro extremo de la habitación. Las llamas la hicieron aullar de dolor, al tiempo que retrocedía para cerrar nuevamente la escotilla.

Una vez Estrellanegra hubo desplegado sus poderes curativos nuevamente sobre la exploradora, entre todos llegaron a la conclusión de que aquella cámara debía de ser la particular versión que los gnomos tenían acerca del funcionamiento del aliento de un dragón.

Igualmente, pensaron que el único modo de superar aquella estancia pasaba sin duda por algún elemento existente en el interior de la misma. Así, uno de ellos debía entrar en la cámara e intentar solucionar el entuerto.

Iryl se ofreció a hacerlo, ya que se consideraba la más resistente físicamente del grupo.

Nada más que Shalindra hubo abierto una vez más la escotilla, Iryl entró a toda prisa, dando una voltereta en el suelo para evitar el chorro de llamas, que impactó contra aquella escotilla que ya cerraba su compañera. Inmediatamente, la guerrera elfa localizó una válvula justo al lado del tubo de hierro que vomitaba el chorro ardiente.

Iryl corrió hacia la válvula con la esperanza de llegar a ella antes de que las llamas la alcanzasen. Lamentablemente, no fue así. La guerrera elfa tuvo que retroceder unos pasos mientras el fuego socarraba su carne.

Apretando los dientes mientras las llamas volvían a envolverla en su segunda intentona, la elfa logró llegar hasta la válvula para girarla y hacer que las llamas se extinguiesen. De inmediato, sus compañeros irrumpieron en la estancia a toda carrera.

Estrellanegra empleó sus últimas energías en recurrir a Paladine para que sanase con su poder a Iryl, quien estaba bastante malherida. El estado de la guerrera elfa mejoro bastante, aunque seguía bastante maltrecha después de aquella aterradora experiencia con el chorro de fuego.

Como anteriormente, una escotilla les conduciría a otro segmento de tubería. Dicho segmento, a su vez, les llevó hasta una nueva cámara cuyo suelo , paredes y techo estaban cubiertos por grandes sacos de pieles cosidas. Los sacos se hinchaban rítmicamente en una simulación de la respiración de un dragón.

Para alivio de los compañeros, esta estancia no presentó ningún peligro, y pudieron cruzarla para tomar un nuevo segmento de tubería. La siguiente escotilla les llevó a una zona del dragón que parecía haber quedado incompleta, en construcción. Poleas, palancas y engranajes formaban un caos indescriptible. En el otro lado de la estancia, podía verse una nueva escotilla.

Cuando se movían en mitad de ese caos mecánico, intentando llegar al otro lado, una explosión de vapor les envolvió. A excepción de Estrellanegra, que en ese momento disfrutaba por casualidad de la cobertura de una enorme rueda dentada, los demás compañeros recibieron de lleno tanto el vapor ardiente como la lluvia de pequeños pedazos de metal arrojados por la explosión.

Cuando ganaron el lado opuesto de la estancia, tanto el sacerdote como Grendalas mostraron una honda preocupación por el estado de Iryl, que era bastante preocupante. Dado que Estrellanegra había esquilmado ya sus capacidades curativas, estuvieron de acuerdo en que la elfa aguardase allí el regreso del grupo.

Así, Shalindra, Grendalas y Estrellanegra prosiguieron adentrándose, en ese orden, hacia el interior del dragón. El siguiente tramo de tubería les llevaría hasta una amplia cámara circular con dos escotillas situadas a unos tres metros del suelo. Apenas habían dado unos pasos en el lugar, la escotilla a su espalda se cerró automáticamente casi a la vez que el círculo que conformaban las paredes comenzaba a estrecharse lentamente hacia el centro.

Por si fuese poco, una de las escotillas elevadas se abrió para dejar caer un torrente de líquido burbujeante. Los compañeros corrieron hacia la escotilla restante para que Grendalas pudiera emplear su magia antes de que aquel estómago gnómico les digiriese.

Con la escotilla abierta, los compañeros necesitaban saltar y encaramarse a la apertura. Mientras que Shalindra lo logró sin problemas, tanto Grendalas como Estrellanegra resbalaron en su primer intento, siendo alcanzados por aquel líquido que, como dolorosamente comprobaron, era ácido.

Ya a salvo en el siguiente trecho de tubería, resultó necesario que Estrellanegra quedase atrás, como anteriormente Iryl. El sacerdote estaba en un estado de peligro real y sus compañeros se negaban a arriesgar su vida.

Así, solo Shalindra y Grendalas continuaron adelante.

La tubería desde lo que los gnomos consideraban su particular versión de un estómago, les llevó hasta una estancia alargada y sinuosa. Shalindra supuso que estaban en el intestino y puso en alerta a su compañero: después de todo, por allí se eliminaban los residuos.

No tardaron en descubrir lo que los gnomos habían designado como encargado de tal función: un enorme cubo de gelatina transparente reptaba hacia ellos en casi absoluto silencio. Por suerte, los agudos sentidos de Shalindra lo detectaron a tiempo.

Las flechas de la exploradora llovieron sobre el monstruo junto con la magia de fuego de Grendalas. Poco después, la criatura yacía disuelta en un charco de légamo. Cautelosamente, el guerrero-mago y Shalindra revisaron la estancia en busca de más amenazas. Al comprobar que estaba libre de más peligros, continuaron por el siguiente tramo de tuberías.

La escotilla en la que moría aquel pasadizo resonaba con los golpes y los apagados gritos de alguien al otro lado. Al abrir la compuerta, encontraron a un anciano en estado de deshidratación que se presentó como Abworth. Al parecer, la escotilla se había cerrado accidentalmente tras su paso, dejándole atrapado en el “cerebro” del dragón. Mientras el erudito intentaba encontrar una palanca que abriese la escotilla, accionó de modo erróneo una que ponía en funcionamiento el dragón.

Con una sonrisa, los compañeros comprobaron que, según la creencia gnómica, el cerebro de los dragones estaba en la cola. Con la ayuda de Abworth, manipularon las palancas de ese cerebro mecánico hasta dar con la que desactivaba los mecanismos.

Ahora, era tiempo de regresar al exterior de aquel ingenio infernal y sanar las heridas. Después, tenían muchas cosas que hablar con el viejo y erudito Abworth.

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