DT8: Los Reinos (T2) - Reos del Mal Menor (5/8)
Las primeras luces del alba derramaban su calidez sobre la grisácea corteza del viejo roble. Cuando Cinthork y Zenit llegaron allí, Elminster ya les aguardaba. El archimago estaba acompañado por la legendaria compañía aventureras de Los Caballeros de Myth Drannor, además de por un explorador que respondía al nombre de Ren de la Hoja. También se encontraban allí Alias y su inseparable compañero saurial, Cebodedragón.
Poco después llegaría Jesper, acompañado de la sacerdotisa de Lathander Britha y su inseparable compañero Álakir. Con ellos venía también un enano de las colinas que lucía en su armadura el símbolo sagrado de Tyr. Para sorpresa de Cinthork, no se trataba de otro que Simón Rompepiedras, aquel enano que a punto estuvo de echar por tierra sus planes de fuga en la fortaleza subterránea de los drow tiempo atrás debido a su fragilidad de espíritu.
Lo que en aquellos subterráneos ocurrió y, sobre todo la heroica actuación de Cinthork, parecían haber moldeado el alma de aquel pusilánime enano para convertirla en la de un ferviente paladín del Dios de la Justicia.
Lamentablemente, Sathelyn no se uniría esta vez a la aventura, ya que se encontraba patrullando los bosques en compañía de los exploradores de Shind, intentando asegurar las lindes ante la amenaza goblinoide.
Tras intercambiar saludos y algunas palabras de aliento, Elminster le hizo entrega a Zenit de un pergamino con el que poder invocar un portal de regreso desde Los Nueve Infiernos. Después, se intercambiaron más palabras de ánimo antes de que llegasen las despedidas.
A un gesto del archimago más famoso de Los Reinos, la realidad se rasgo para dar lugar a un portal que mostraba el interior de una cenicienta caverna. Cinthork, Doust, Alias y Simón entraron en primer lugar a fin de enfrentar cualquier posible amenaza y asegurar la zona.
Tras comprobar que la caverna era segura, Cinthork se asomó al exterior para descubrir un erial de llanuras quemadas y cascotes, donde apenas unas pocas colinas y montañas lejanas rompían la monotonía. A lo lejos, podía verse una inmensa ciudad que destellaba reflejando aquella crepuscular luz de un cielo sin astros, una ciudad construida siguiendo el patrón de la rueda de un carro: La Ciudadela de Bronce.
Una vez el resto del grupo hubo cruzado: Jesper, Zenit, Britha, Álakir, Cebodedragón, Jesshail e Islif, el portal se cerró con un siseo arcano.
Decidieron que un pequeño contingente formado por Cinthork, Jesper, Zenit y Alias se acercaría a La Ciudadela de Bronce a indagar sobre el paradero de Rarzizian. Zenit les cubriría con una ilusión que les haría pasar por demonios abishai, a fin de levantar las menos sospechas posibles.
Antes de partir, Zenit dibujaría un círculo de teletransporte en el suelo de la caverna. Sería de utilidad si necesitaban al resto del grupo.
Así, iniciaron el camino que les separaba de La Ciudadela, a una media jornada por delante. Durante aquel breve viaje, pudieron observar en la lejanía lo que se antojaba un extraño fenómeno atmosférico propio del plano: seguido de un estruendo, la tierra se agrietaba haciendo brotar el maga mientras un área extensa parecía ser barrida por una abundante lluvia de cascotes incendiarios que caían desde ese cielo anodino.
No tardaron en llegar hasta aquella urbe construida en bronce vivo. Allí, los edificios parecían ser una grotesca imitación de las construcciones humanas, aunque deformadas de un modo abyecto. No se veían establecimientos, solo una serie de recintos de aparente uso público en los que baatezu de todas clases parecían reunirse para negociar o conspirar.
En el centro de la ciudad se erigía una alta torre construida del mismo modo. A los compañeros les pareció un lugar idóneo en el cual empezar su búsqueda. Según se acercaban a la imponente construcción, se percatarían de que el número de abishais se reducía notablemente en las cercanías, mientras que la presencia de amnizus, cornugones y erinyes parecía incrementarse.
Los compañeros se introdujeron entonces en uno de aquellos espacios privados donde los demonios solían mantener reuniones discretas y, tras cerrar las puertas, aguardaron a que Zenit modificara la ilusión que les cubría para hacerles pasar, esta vez, por cuatro erinyes.
Tras explorar la edificación, tanto recorriendo los lugares de acceso libre como empleando la magia adivinatoria de Jesper para descubrir un área de prisiones en la cúspide de la torre, decidieron dirigirse al aburrido encargado de lo que parecía una biblioteca infernal: un amnizu que les observaba con algo de desconfianza.
No sacaron demasiado de él, más allá de averiguar que Rarzizian tenía bastantes enemigos entre los propios baatezu, quizá por su propensión a adular constantemente a los demonios más poderosos para ganarse sus favores.
Sabiendo esto, los compañeros descendieron a la planta baja de la torre, donde una amplia sala diáfana servía como lugar informal de debate a varios grupos de demonios. Allí, fingiendo conversar entre ellos decidieron dejar caer el nombre de Rarzizian en voz ligeramente alta, esperando que esto llamara la atención de alguno de los presentes.
Quizá lo hizo, aunque no como esperaban los compañeros. Empezaron pronto a ser el destino de demasiadas miradas suspicaces, de modo que decidieron retirarse discretamente del lugar debido al temor de ser descubiertos por aquel centenar de baatezus.
Sin embargo, como aún confiaban en su plan, repitieron aquella farsa a unas manzanas de la torre. Esta vez, llamaron la atención de un abishai que se acercó con sumo interés hasta ellos.
La conversación con aquel abishai les confirmaría la fama de aduladora de los poderosos que había cosechado Rarzizian, así como el hecho de que había perjudicado a numerosos congéneres en su escalada hacia el favor de Tyranthraxus. También supieron que ningún baatezu tomaba venganza contra ella debido al miedo a posibles represalias por parte del archidemonio, si este alguna vez se liberaba de su prisión en Myth Drannor.
Además, el abishai les habló de una erinye llamada Nestlias, la señora de la fortaleza reptante de Zodahk. Esa baatezu podría saber dónde encontrar a Rarzizian. A Jesper no le costó demasiado percibir por el tono del demonio que entre la tal Nestlias y Rarzizian debía haber cuentas pendientes.
Siguiendo las indicaciones de aquel baatezu, abandonaron la Ciudadela de Bronce. Zenit se encargó de dejar algún círculo de teletransporte por el camino, convenientemente oculto entre algunos cascotes. Mientras dibujaba las intrincadas runas, pudieron volver a contemplar en la lejanía una de aquellas aterradoras lluvias de cascotes incendiarios que arrasaba una amplia extensión de la cenicienta llanura.
Tras caminar dos jornadas enteras, se toparon con la aterradora fortaleza reptante de Zodahk: una construcción de piedra rojiza que se alzaba sobre un centenar de lo que parecían las patas multiarticulares de un colosal ciempiés. Varios abishai sobrevolaban el bastión a modo de centinelas.
Adoptando nuevamente la apariencia de cuatro erinyes gracias a la ilusión de Zenit, los compañeros se aproximaron a la fortaleza. Uno de los abishai descendió ante ellos para interrogarles acerca del motivo de su presencia.
Los compañeros no dudaron en pedir audiencia con Nestlias, aludiendo a que venían para tratar un asunto referente a Rarzizian. Esta estratagema les garantizó un casi inmediato recibimiento por la señora de la fortaleza.
El interior de la fortaleza de Zodahk era impresionante: más de una docena de abishai se movían en el sitio entre mecanismos de defensa que hacían presagiar lo suicida de cualquier intento por parte de un invasor de acometer la plaza.
Nestlias, una erinye de alas blancas y con el bello cuerpo de una mujer elfa, les recibió en su trono. Para desgracia del grupo, fue capaz de ver a través de la ilusión que les protegía. Rápidamente, Zenit manipuló su anillo para percibir la reacción de la baatezu: curiosidad... de momento.
Tuvieron suerte, sin embargo, de que el odio entre Nestlias y Rarzizian llevara enconado centurias. La erinye se mostró dispuesta a desvelar al grupo la localización de su objetivo a cambio de algo: la cabeza de la propia Rarzizian como trofeo. Ella reconoció no querer cobrársela directamente por temor a posibles represalias futuras de Tyranthraxus.
Sin embargo, aquello no era todo. Tras explorar mágicamente la mente de Zenit, la erinye sonreiría maliciosamente. Hasta que se le trajera su trofeo, se quedaría con un rehén: uno de los caballeros de Myth Drannor que les acompañaban. Si Nestlias no conseguía la cabeza de Rarzizian, otro trofeo igual de preciado adornaría sus muros.
Compungidos, los compañeros le pidieron tiempo a la erinye para reflexionar. De ese modo, abandonaron la fortaleza con la promesa por parte de Nestlias de que aguardaría su regreso durante una jornada.
Tras dibujar un nuevo círculo de teletransporte entre unas afiladas rocas, Zenit condujo al grupo de vuelta a la caverna donde aguardaban el resto de sus compañeros.
La intención inicial de que Islif fuese el rehén de Rarzizian chocó de bruces con la oposición de su esposo, Doust. Por su parte, la propia Islif tampoco estaba dispuesta a que su consorte se quedase en prenda. De tal modo, fue finalmente Jesshail quien se ofreció como rehén de la baatezu.
En compañía de la hechicera, el grupo formado por Cinthork, Zenit, Jesper y Alias regresaría a la fortaleza reptante de Zodhak para cerrar el trato. Tras dar a los compañeros la ubicación exacta de la torre de Rarzizian, Nestlias hizo que unas cadenas mágicas se materializasen para aprisionar a Jesshail. Si en tres jornadas el grupo no regresaba con la cabeza de Rarzizian, la erinye se cobraría la cabeza de la propia Jesshail como trofeo.
Así, con el corazón encogido, los compañeros comenzaron a caminar de nuevo por la cenicienta planicie en dirección a la torre de Rarzizian.
Finalizando aquella jornada, cuando se hallaban acampados, la tierra tembló con estrépito y numerosos cascotes en llamas comenzaron a llover del cielo. Alias no cayó por poco en una grieta que se abrió a sus pies, y fue el propio Cinthork el que tuvo que cargarla al hombro mientras todos corrían a arracimarse junto a Zenit. Rápidamente, el mago invocaría una cúpula mágica que les puso a todos a salvo de la letal lluvia de meteoros.
Al día siguiente, ubicada en una ciclópea grieta magmática, encontraron la torre de Rarzizian. Se trataba de una descomunal roca cónica cuya puta pendía suspendida a unos pocos metros del río de lava. Numerosas troneras salpicaban la estructura, a la vez que decenas de tuberías metálicas surgían de la torre para hundirse en el magma.
Jesper recurrió al poder de su dios para proyectar su visión en el interior, donde encontró a otro abishai sentado frente a una especie de enorme puerta metálica redonda rodeada por runas. Vio también una escalera en cuyas paredes estaban esculpidos decenas de grotescos rostros demoníacos de cuyas bocas abiertas surgían extremos de tuberías. Finalmente, en la parte inferior de la torre, pudo ver a una amnizu enfrascada en cálculos imposibles que garabateaba sobre un libro mientras, al fondo, podía verse un atril de piedra con runas talladas en su superficie.
Habían encontrado a Rarzizian.

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