DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (10/11)
Después de haber tenido que huir del Castillo de Tuldrim para no perder la vida ante Kragor, Señor del Dragón Azul y sus fuerzas, los compañeros se cobijaron en su fortaleza voladora para recobrarse de sus heridas. Era el momento de meditar el siguiente paso, pues el Culto del Dragón se estaba replegando hacia el Pozo de los Dragones y aquello solo podía significar que el ritual del Advenimiento de Tiamat estaba cerca de llevarse a cabo.
A la mañana siguiente, Zenit recibiría un mensaje mental de la Hermandad Arcana convocándole a Luskan. Parecía que iba a tener que dedicar un tiempo a trabajar lejos de sus compañeros, de modo que a todos les preocupó lo referente al control de la fortaleza voladora, que solo el mago elfo sabía manejar.
Así, Zenit se teleportó hasta la ciudad de Aguaprofunda desde donde, tras una breve entrevista con Khelben Aursún, regresaría en compañía de una pequeña maga gnoma llamada Pyntle. Una vez que el mago hubo disipado las trampas mágicas dispuestas sobre el trono de la fortaleza y enseñado a Pyntle los rudimentos del control del orbe netherese, la gnoma pudo hacerse cargo del control del ingenio mágico.
Tras todo esto, Zenit se despidió de sus compañeros, prometiendo que pronto se habrían de reunir todos en el Pozo de los Dragones, para la decisiva batalla final contra el Culto del Dragón. Durante su estancia en Luskan, el mago elfo prometió también trabajar en algunos objetos mágicos que les podrían ayudar en su cometido cuando llegara ese día.
Antes de que partiese, Cinthork le entregó algunas misivas dirigidas a Hilan Grove, los Caballeros de Myth Drannor y a Járesk Málorn, el Gran Concejal del Valle de la Bruma. El minotauro solicitaba ayuda a estas personas para combatir al Culto en la batalla final. Zenit prometió a su amigo que haría llegar las cartas a su destino.
Ya sin Zenit, se produjo un pequeño cónclave entre Cinthork, Jesper y Sathelyn. En aquella reunión se acordó que Jesper y Sathelyn viajarían a bordo de la fortaleza voladora hacia Scornubel para contratar mano de obra que efectuase ciertas mejoras, entre ellas la instalación de balistas y catapultas, así como algunos tabiques-trampa.
Mientras, Cinthork partiría a caballo hacia el Bosque de las Brumas, donde pretendía desvelar al Rey Melandragh que su hijo Neronvain continuaba con vida, aunque omitiendo el hecho de que quizá pudiera haberse unido al Culto del Dragón, que era precisamente lo que el minotauro sospechaba. La intención era, claro, que los elfos apoyaran a las tropas de la alianza con su presencia en el Pozo de los dragones.
Además, Cinthork decidió entregar su silbato de estruendo a Jesper y su medallón de zancada a Sathelyn. El minotauro estaba convencido de que sus compañeros le sacarían mucho más provecho que él a aquellos objetos.
De esa forma, al alba del siguiente día, Pyntle utilizó uno de sus pergaminos de teleportación para transportar a Cinthork junto con su caballo desde lo alto de la fortaleza netherese hasta el rocoso suelo de las Montañas de Picogrís. Desde allí, el minotauro partió al galope hacia el oeste.
La fortaleza netherese partió entonces hacia el sur, manejada por la pizpireta Pyntle, quien se sentaba sobre un trono que había sido claramente diseñado para alguien más grande que ella. Los cielos parecían despejados de dragones, aunque los compañeros sospechaban que aquello tan solo se debía a que estos reptiles se estaban convocando sobre el Pozo de los Dragones.
Sin embargo, aquel viaje a bordo de la fortaleza voladora no iba a ser tan tranquilo, como ya se había temido Jesper. Corría la noche del sexto día de travesía aérea cuando, durante su patrulla nocturna por el patio interior de la fortaleza, Sathelyn escuchó ruido de madera astillándose... un ruido que parecía provenir del salón del trono.
Con más rapidez que sigilo, la guerrera corrió hacia la puerta que daba al pasillo que conducía hasta el salón. Lo que vio allí, le hizo dar un respingo: dos nycaloth, aquellos infernales con cabeza canina que ya les habían atacado en otra ocasión, ocupaban el pasillo.
Apenas la mujer había dado la voz de alarma, las criaturas se transportaron mágicamente junto a ella. Una de las descomunales hachas le produjo un feo corte en el brazo, aunque Sathelyn logró alcanzar su medallón de zancada para teletransportarse a otro punto del patio desde el que poder disparar su arco contra los dos monstruos.
Jesper y Pyntle, que en ese momento estaban equipándose en sus respectivos aposentos para correr en ayuda de Sathelyn, se sobresaltaron al sentir cómo la fortaleza se estaba moviendo. El Culto del Dragón tenía a un mago en el orbe y pretendía hacerse con el ingenio netherese.
Cuando el sacerdote de Lathander y la maga gnoma salieron al patio de armas, lo que encontraron fue a una Sathelyn que intentaba mantener a distancia a aquellos dos enormes infernales mientras les disparaba con su arco mágico.
Uno de los nycaloths se teleportó entonces junto a Pyntle, intentando demediar a una maga gnoma que, entre gritos de terror, lograba escurrirse en el último momento entre las piernas del demonio para ponerse a salvo. El monstruo se proponía intentarlo de nuevo, pero el arco de Sathelyn no perdonó, y la flecha entró por la cuenca ocular del nycaloth, arrebatándole la vida.
El monstruo que aún quedaba en el patio corría hacia ellos empuñando su enorme hacha cuando Jesper alzó su mano para invocar el poder de Lathander. Una pequeña tormenta de energía divina se arremolinó en torno al sacerdote y el torbellino místico arrasó sin piedad a la criatura borrándola de la existencia.
Sin tiempo que perder, los defensores de la fortaleza corrieron de nuevo en dirección al salón del trono pero, una vez más, el pasillo que conducía aquel lugar estaba ocupado: otro nycaloth les aguardaba allí, sopesando su gran hacha mientras les contemplaba con mirada turbia.
El monstruo se teletransportó hasta la puerta, obligando a Sathelyn a usar de nuevo su medallón mágico para retroceder. La flecha de la guerrera impactaría a continuación en el pecho del nycaloth, que aulló de dolor mientras una gruesa capa de escarcha mágica se formaba en torno a la herida.
La criatura se disponía a perseguir a Sathelyn cuando se percató de que un sacerdote de Lathander se encontraba a apenas un par de metros de él, parcialmente oculto tras una de las hojas de madera de la puerta e intentando pasar desapercibido. El nycaloth blandió su enorme hacha con furia pero, cada vez, Jesper logró esquivar las arremetidas.
El sacerdote no le dio más oportunidades a aquel monstruo: alzando su mano al cielo, volvió a convocar el poder de su Dios para que una nueva tormenta divina borrase de la existencia al último nycaloth.
Sin tiempo que perder, los tres compañeros corrieron hacia el salón del trono, con Sathelyn en cabeza. Apenas estaban llegando, cuando una violenta sacudida les obligó a esforzarse por mantener el equilibrio. Por suerte, todos los compañeros lograron permanecer en pie ante la sacudida.
Cuando Sathelyn se asomó al salón del trono, lo que vio fue a un Ataviado de Púrpura poniéndose en pie: el mago del Culto sí parecía haber perdido el equilibrio con el vaivén de la fortaleza. Tras jurar la victoria de Tiamat con bastante euforia, el hechicero se desvaneció, teleportándose a quién sabía dónde.
Alertada por Sathelyn de lo que ocurría, Pyntle usó otro de sus pergaminos para transportarse mágicamente hasta el trono de la fortaleza, desde donde intentó recobrar el control a través del orbe. Sin embargo, lo que la gnoma encontró fue un orbe que había adquirido un tono grisáceo, como si la energía arcana lo hubiera abandonado.
Pyntle sabía que la magia del ingenio no podía haber sido atajada definitivamente, pero la fortaleza caía sin control y debían ponerse a salvo. Con el bastión ya a punto de colisionar con el suelo, la maga suspiró aliviada al ver a Jesper aparecer por la puerta del salón junto a Sathelyn. Usando su penúltimo pergamino de teleportación, Pyntle se trasladó hasta una de las calles de Aguaprofunda junto con sus dos compañeros.
La fortaleza netherese impactaría apenas un segundo después sobre las Colinas de la Serpiente, explotando en una lluvia de fragmentos pétreos que salpicaría varios centenares de metros al rededor del lugar de la colisión.
Los compañeros acababan de perder un poderoso recurso contra el Culto, aunque era cierto que sus enemigos tampoco podrían utilizarlo en su contra.
Mientras todo aquello ocurría, Cinthork continuaba su viaje a caballo hacia la corte del Rey Melandragh. Dejó atrás las Montañas de Picogrís para internarse en el Bosque de las Brumas a través del territorio fata. Hadas y sátiros le observaron desde la espesura, pero ninguno osó molestar en su camino a aquel valeroso aventurero que, no hacía demasiado, había derribado a un dragón azul en los cielos sobre aquel bosque, uno de aquellos que habían expulsado al Culto del Dragón del territorio de la ninfa Clavellina.
Así, su camino resultó confortable durante más de veinte días hasta que, encontrándose a casi un día de camino de su destino, dos enormes trolls surgieron de la espesura con la clara intención de que les sirviese de merienda.
Tranquilo, Cinthork invocó el poder de Tyr, haciendo que un aura de resplandor dorado le envolviese. Cuando los monstruos se abalanzaron sobre él a garras y dientes, lo primero que pudieron sentir fue el dolor de una energía sagrada que les abrasaba la piel.
Con pericia, el minotauro cabalgaba a través del bosque, obligando a los trolls a perseguirle. Cada vez que uno de ellos se acercaba suficiente, el martillo de guerra de Cinthork descendía implacable para golpear, arrancando gemidos de dolor del monstruo en cuestión. Además, el aura sacra del paladín dañaba sin cesar a ambas criaturas, dejando sin efecto sus capacidades regeneradoras.
Finalmente, tras varios intercambios de golpes en los que Cinthork ni siquiera recibió un arañazo, la cabeza de uno de los trolls reventaba bajo el peso del martillo del paladín. La segunda criatura debió decidir que aquel almuerzo ya se había atragantado bastante, así que emprendió la huida hacia la espesura; no sin antes proferir algunos insultos en su gutural lengua hacia el minotauro.
Después de aquello, el paladín continuó su camino por el bosque sin mayores incidentes. Al día siguiente, le saldría al paso una patrulla elfa de exploración. Los elfos le reconocieron al instante, conduciéndole ante el príncipe Alagarthas.
El príncipe elfo se mostró confundido ante Cinthork, ya que en su último encuentro, el minotauro le había dado instrucciones de ocultar el hecho de que Neronvain, el hijo menor de Melandragh, siguiese con vida hasta que esto pudiera ser confirmado. No obstante, el heredero del Bosque de las Brumas, accedió en facilitar una audiencia ante el Rey para el paladín.
Ante el Rey Melandragh, Cinthork expresó sus más que fundadas sospechas de que Neronvain continuaba con vida. Ante esto, solicitaba la ayuda de los elfos del Bosque de las Brumas en la batalla que habría de producirse en unos día en el Pozo de los Dragones.
Para desgracia del minotauro, el Rey no creyó nada de lo que le dijo el paladín... o quizá no quiso creerlo. Entre llantos y amenazas, el soberano de los elfos le expulsó del salón del trono. Aunque Cinthork estaba desesperado por hacer entrar en razón a Melandragh, el príncipe Alagarthas le sacó de allí antes de que la ira de su padre fuese a más.
Los siguientes trece días, Cinthork los pasaría bajo la hospitalidad de los elfos del Bosque de las Brumas, más concretamente del príncipe Alagarthas, quien puso un notable esfuerzo a la hora de que su padre no se cruzase en ningún momento con el minotauro.
Pasado ese tiempo, Zenit contactó mentalmente con el paladín para que este le indicase su ubicación. El mago elfo se teletransportaría al Bosque de las Brumas para reunirse con su amigo. Para sorpresa de Cinthork, Thorvald estaba junto a Zenit. Al parecer, el guerrero había pasado bastante tiempo en el Bosque del Colmillo hasta aparecer cerca de Elturel, desde donde pudo viajar a Puerta de Baldur, un lugar conocido por Zenit donde el mago luego pudo recogerle.
Después, los tres viajarían mágicamente hasta Aguaprofunda, donde Lady Laeral había dispuesto los portales mágicos que llevaban a las tropas hasta el lugar de la batalla.
Según supieron los compañeros, tanto Jesper como Sathelyn ya habían cruzado aquellos portales hacía horas, de modo que se encontraban ya en las cercanías del Pozo de los Dragones.
Cuando atravesaron el portal, se encontraron a unos dos kilómetros del volcán en el que el Culto del Dragón había erigido su base. Una humeante cumbre que estaba rodeada por un ejército de humanos, demonios, gigantes... y dragones, al menos un centenar de jóvenes dragones cromáticos.
Por suerte, las tropas desplegadas allí por la alianza también eran temibles: al descomunal ejército de Aguaprofunda se le unían las fuerzas de Luskan, mil guerreros enanos de Mithrill Hall bajo el mando del Rey Bruennor, todas las compañías mercenarias de Puerta de Baldur, multitud de exploradores y magos Arpistas, paladines y sacerdotes de Tyr traídos por la Orden del Guantelete, ents y jinetes de grifos del Enclave Esmeralda, cien magos de la Hermandad Arcana y héroes de toda la Costa de la Espada... y también dragones, porque Fareye había cumplido su palabra y había llegado junto a medio centenar de dragones metálicos para combatir en la decisiva batalla.
El grupo al completo no tardó en reunirse. Cinthork, Jesper, Sathelyn, Zenit y Thorvald se pusieron al día de todo lo acontecido.
Luego, Zenit les puso al día sobre algunas averiguaciones que la Hermandad Arcana había hecho respecto a las llamadas Tablas del Destino. Además de todo lo que ya sabían, se había descubierto que el acertijo que custodiaba las tablas no era sino una secuencia mágica de cinco partes, todas ellas necesarias para poder entrar en el santuario. Según lo que había podido averiguar la Hermandad Arcana, las partes de la secuencia estaban en los planos materiales de otros mundos, en universos paralelos. Hasta ahora, han logrado traducir lo siguiente: Una en la sangre del vigilante, una en el corazón de la negrura, una en el trono de la luz más pura, una entre la rosa y el espino, una en la corona del muerto.
Había mucho más texto por descifrar desde la lengua netherese, pero el mago elfo dejó claro que aquello era algo que debían tratar en otro momento, ya que lo que ahora les interesaba era impedir el ritual de Advenimiento de Tiamat.
Respecto al ritual, Zenit sabía que el ritual de advenimiento se llevaría a cabo en un templo subterráneo erigido a Tiamat cerca del lecho latente del volcán. Para llevarlo a cabo eran necesarios tres Ataviados de Púrpura además del Amo de Dragones, Severin.
El rito además requería una gran cantidad de tesoro, numerosas vidas humanas y la totalidad o parcialidad de la Máscara de la Reina Dragón, que era la conjunción de todas las Máscaras del Dragón. Ya que el número de sacrificios humanos era insuficiente gracias a los compañeros y la Máscara de la Reina Dragón no había podido ser completada por el Culto, era de esperar que, si Tiamat entrase al Plano Material, lo haría considerablemente debilitada. Aún así, era una diosa, y sería difícilmente derrotada, si es que derrotarla era posible.
Durante el ritual, al menos dos de los tres Ataviados de Púrpura deberían mantener la concentración para que el ritual no se reiniciase. El Amo de Dragones debería permanecer en un círculo ritual, ya que si lo abandonara, el ritual se reiniciaría también.
Por si fuese poco, la montaña estaba protegida, haciendo imposible la magia de conjuración y adivinación en su interior, a riesgo de que además, el conjurador sufriese daño psíquico. Las criaturas previamente conjuradas en el exterior sí podrían, hasta donde sabía Zenit, acceder normalmente a la montaña.
Los compañeros aún sopesaban esta información cuando fueron convocados por Khelben Aursún a la tienda de mando. Allí, Lady Laeral se disponía a exponer el plan de batalla a los más importantes de entre sus aliados. El ataque sobre el Pozo de los Dragones se produciría al alba del siguiente día.
Khelben aprovechó un pequeño receso para informar a Cinthork del resultado de sus peticiones de ayuda. Su amigo Hilan Grove había muerto durante la fratricida guerra interna de los Zhentarim, al parecer asesinado por una tal Wynna. Por otro lado, los Caballeros de Myth Drannor se encontraban en mitad de una expedición a las ruinas de Myth Drannor junto con Alias y Ren de la Hoja, enfocados en acabar con Tyranthraxus. Por último, el Valle de la Bruma no disponía de medios para llegar a la batalla y ni siquiera de recursos que pudieran aportar peso alguno en la batalla.
Con un Cinthork apesadumbrado, los compañeros escucharon las instrucciones de Lady Laeral. Cuando la mandataria hubo acabado, Zenit la informó de que la intención del grupo era intentar una incursión en solitario dentro del volcán. La mujer se mostró escéptica ante las posibilidades de éxito de aquello, pero consintió.
Además, inesperadamente, alguien se unió al grupo para aquella misión aparentemente suicida: el afamado aventurero Drizzt Do'Urden .
Una vez Lady Laeral hubo disuelto el cónclave, los compañeros se dirigieron junto a Drizzt a una de las tiendas de logística, donde Zenit invocó un área antimagia para que no pudieran ser espiados. Allí, tras juramentarse para la misión, decidieron que acometerían el Pozo de los Dragones por la entrada sureste, que no estaba protegida por ninguno de los Señores del Dragón.
Durante las siguientes dos horas, Cinthork trató de encontrar a Quinnorin entre las fuerzas del Enclave Esmeralda. Lamentablemente, el elfo decidió no acompañarlos esta vez. También encontró a su viejo amigo Simón, que estaba deseoso de entrar en combate, luchando en primera línea junto a la Orden del Guantelete.
Zenit también se reunió con Khelben, quien dijo no poder prescindir de ninguno de sus archimagos para el combate. Sin embargo, la maga gnoma Pyntle sí decidió unirse a la peligrosa incursión.
Todos se disponían a ir a dormir cuando, súbitamente, los cuernos de batalla comenzaron a sonar.
Al volver la vista hacia el Pozo de los Dragones, los compañeros contemplaron aterrados cómo unas enormes nubes rojizas se arremolinaban en torno a la cima del volcán. Las tropas de la Alianza corrían a ocupar sus posiciones para una batalla que comenzaría antes de lo esperado, en plena noche.
Porque el ritual del Advenimiento de Tiamat había comenzado.
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