DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (11/11)
El ritual del Advenimiento de Tiamat había dado comienzo en plena noche, echando por tierra los planes de Lady Laeral Manodeplata que pasaban por lanzar un ataque con las primeras luces del alba. Ahora, con la cima del volcán cubierta por una tempestad de nubes rojizas y relámpagos arcanos, quedaba más que claro que el tiempo se estaba agotando.
Los compañeros contemplaban como los ejércitos de la alianza se ponían en marcha a su alrededor. En el cielo, el medio centenar de dragones metálicos comandado por su amiga Fareye ya volaba también hacia el Pozo de los Dragones a fin de enfrentar a sus congéneres cromáticos.
Sin perder el tiempo, Zenit congregó a sus compañeros para efectuar un ritual que les otorgaría la apariencia de acólitos del Culto del Dragón. Luego, antes de que el mago les teleportase a la falda de la montaña, más allá la magia de conjuración era imposible, tomaron cada uno una poción de silueta difusa; la cual hacía oscilar y difuminarse el contorno del usuario, haciendo más difícil atacarle.
El conjuro de teleportación les dejó a menos de cien metros del acceso sureste del volcán, a la espalda de los ejércitos del Culto. Habían elegido aquel acceso debido a que Remallia Haventree y sus espías Arpistas les habían informado de que estaba custodiado por dos Almas de dragón a lomos de sus jóvenes monturas: un dragón blanco y otro rojo.
En cuanto los compañeros se hubieron hecho visibles, ambos jinetes de dragón se alertaron de que varias personas de silueta oscilante se aproximaran al acceso, en contra de todas las órdenes recibidas de boca de los Señores del Dragón.
De modo que atacaron.
Sathelyn y Drizzt corrieron de inmediato hacia el dragón rojo, mientras el elfo oscuro arrojaba una pequeña figurita de una pantera que, nada más tocar el suelo, se transformaba en una auténtica pantera que se unía a la carrera hacia aquel reptil carmesí que acababa de tocar suelo. El aliento flamígero del dragón golpeó a Sathelyn, Drizzt y Guenhwyvar, que así se llamaba la pantera.
Un instante después, el ejemplar blanco también se posaba a la derecha del grupo, castigando con su aliento de hielo a Cinthork, Jesper, Thorvald y Pyntle. Por desgracia, Drizzt también se encontraba en el radio de acción de este segundo aliento, por lo que el frío siguió al fuego, haciendo gritar de dolor al drow.
Cinthork no se lo pensó dos veces y, activando la capa de vuelo que Zenit le había fabricado, surcó el aire hasta plantarse ante el dragón blanco y su jinete. Mientras Sathelyn disparaba sus flechas contra el ejemplar rojo, al que Drizzt y Guenhwyvar ya acosaban cuerpo a cuerpo. El dragón lanzaba zarpazos y mordiscos, mientras que el jinete maniobraba su lanza para intentar acabar con sus adversarios.
El dragón blanco y su jinete gritaron de dolor casi al unísono cuando el paladín minotauro invocó el poder de Tyr, haciendo que un aura dorada le envolviese por completo: una energía celestial que laceraba el mismo alma de aquellos con un corazón malvado. El blanquecino reptil volvió sus fauces hacia Cinthork solo para encontrar el pesado martillo de guerra del minotauro golpeándole el rostro.
El dragón rojo comenzaba a retroceder, bastante herido. Su cuerpo se hallaba erizado de flechas y la sangre manaba allí donde las cimitarras de Drizzt o las zarpas de Guenhwyvar habían abierto la carne. El último rugido de furia de la bestia murió ahogado cuando el rayo de luz solar invocado por Jesper cercenó limpiamente la cabeza, separándola del cuerpo. Furioso, el Alma de dragón desmontó de la grupa de su bestia muerta mientras echaba mano de la espada.
En su solitaria lucha contra el dragón blanco y su jinetes, Cinthork se estaba imponiendo. El joven reptil se encontraba jadeando ya por el esfuerzo y, desde la grupa, el jinete parecía incapaz de alcanzar con su lanza al enorme minotauro. En estas estaban cuando, de súbito, una de las certeras flechas de Sathelyn surcó el aire para incrustarse en la cuenca ocular del dragón, haciendo que este se desplomase muerto. Tal y como había hecho su compañero, el Alma tomó su espada y se arrojó sobre el paladín mientras profería una retahíla de maldiciones.
En el otro flanco, el jinete del difunto dragón rojo hacía descender su espada larga para cortar el cuello de Guenhwyvar. En lugar de morir, la pantera regresó a su original forma de estatuilla. El cultista no había terminado de regocijarse por su triunfal golpe cuando la flecha de Sathelyn le atravesó el cuello. Murió con un agonizante gorgoteo.
El Alma de dragón que quedaba en pie retrocedía a trompicones ante el empuje de Cinthork que, finalmente, desarboló su guardia para aplastar la cabeza de aquel desgraciado con un golpe descendente de su pesado martillo.
Ahora, los compañeros tenían ante sí el acceso sureste al Pozo de los Dragones aparentemente expedito. Antes de que el grupo se internase en el volcán, Jesper invocaría el poder de Lathander para sanar las heridas de sus compañeros. Además, Zenit aprovecharía el último lugar en el que su magia de conjuración podía utilizarse para convocar a un demonio de la sombra y un rasto, los cuales les acompañarían en su incursión. También hizo surgir al méfit de fuego de su anillo.
Preparados para lo que pudiera aguardarles en el interior, los compañeros se internaron en el Pozo de los Dragones.
Nada más entrar en aquella descomunal galería excavada por la lava se toparon casi de bruces con un contingente formado por cinco Alas de dragón y un ejemplar joven de dragón rojo. También les llegaban voces y sonido de repiqueteo de armaduras desde un pasillo muy cercano a la entrada en la cual se encontraban. Antes de que nadie pudiese reaccionar, Cinthork ya volaba con su capa mágica hacia aquel pasillo del que provenían los ruidos.
Lo que el minotauro encontró fue una estancia de tamaño medio: un cuerpo de guardia donde cinco Alas más se preparaban para salir a interceptar a los intrusos. Con horror, aquellos cultistas a los que el aura dorada que envolvía a aquel minotauro de silueta borrosa les infligía un dolor atroz en el mismo espíritu, contemplaron como el paladín ingería ante ellos una poción y, un instante después, quedaba envuelto por un aura de puras llamas. Con una sonrisa cruel en el rostro, Cinthork se abalanzó sobre ellos con su martillo.
El resto de compañeros aún no había reaccionado cuando cuatro de los magos menores del Culto llegaron al pasillo. La magia, aunque no muy poderosa, bastó para disipar el aura difusa que envolvía a los compañeros. En cuanto tuvieron un blanco claro, los Almas dispararon sus ballestas.
Sathelyn y Drizzt se adelantaron y, a pesar de que recibieron algunos impactos de ballesta, devolvieron la lluvia de proyectiles con bastante efectividad, abatiendo a dos de los magos e hiriendo a otro par de Almas. Mientras, el demonio de la sombra cruzó volando el corredor para abalanzarse sobre otro de los magos a la vez que el pequeño méfit de fuego liberaba un chorro de llamas que hacía arder al mago restante, haciendo que este se desplomase muerto mientras su cuerpo era consumido por el fuego. El rasto, por otro lado, se internó levitando en el cuerpo de guardia y se unió a la pelea que Cinthork mantenía con los cinco guerreros que allí se encontraban.
El joven dragón rojo, seguramente aburrido de aquellos intrusos, se adelantó en el corredor para liberar su aliento de fuego. Todos los compañeros, a excepción de Cinthork, que se encontraba junto al rasto en el cuerpo de guardia, no tuvieron más opción que retroceder con un gesto de dolor mientras se ponían a salvo del fuego como buenamente podían.
El demonio de las sombras surgió de la penumbra para arrebatarle la vida al último mago cultista, al tiempo que Drizzt derribaba a un Alma con su arco. Sathelyn abatía a dos más justo cuando Zenit y Pyntle lanzaban sendas andanadas de fuego para hacer retroceder a otro que había sido previamente herido por la ballesta de Thorvald. Otro Alma retrocedió cuando el rayo solar de Jesper le hirió en el hombro.
Mientras, en el cuerpo de guardia, Cinthork ya había acabado con dos adversarios cuando el rasto de Zenit se unió a la pelea. El aura sacra del paladín hostigaba a los cultistas, al tiempo que las llamas que le rodeaban les producía terribles quemaduras.
Los dos últimos Alas del pasillo cayeron ante las flechas de Sathelyn y Drizzt casi a la vez que el dragón volvía a avanzar, mostrando sus fauces humeantes. Esta vez, Pyntle logró reaccionar a tiempo, aunque su muro de fuerza dejó fuera a Sathelyn. La arquera apenas pudo cobijarse para no recibir el enorme chorro de llamas vomitado por el reptil rojizo.
Cinthork voló con su capa hacia el pasillo, dejando atrás únicamente a un último Ala que se batía, ya exhausto, contra aquel terrorífico rasto que parecía empeñado en devorarle. Pocos segundos después de que el minotauro comenzase a volar por el pasillo principal, el monstruo ya había dado muerte al cultista.
El joven dragón rojo, solo y ante tantos enemigos, optó por retirarse hacia el final del pasillo, donde los compañeros intuían que se encontraba el cráter. Desde allí, ya fuera de la vista de sus enemigos, el dragón comenzó a rugir.
Jesper aprovecharía aquel momento de tregua para reunir a sus compañeros en torno a sí. Una vez más, el restablecedor poder de Lathander baño al grupo como una cálida caricia que cerraba las heridas y reconfortaba el espíritu.
Ya restablecidos, se dirigieron al cráter.
Los primeros en llegar fueron Cinthork y Sathelyn, acompañados por Drizzt, el demonio de la sombra y el méfit. Allí pudieron encontrar que el fondo del cráter se había utilizado para construir tres pequeñas edificaciones de piedra. Además, en el suelo podían verse dos grandes trampillas, una a cada extremo de la pequeña explanada que era ahora el fondo del cráter. También, por supuesto, tenían compañía.
Además del dragón que se había retirado del túnel, un segundo dragón rojo había tomado tierra en el fondo del cráter. Se trataba de un ejemplar algo mayor, y no era otro que Puglandeor, la montura habitual del Señor del Dragón Rojo; ahora sin jinete ya que Severin se encontraría oficiando el ritual.
Cinthork se lanzó a volar hacia el ejemplar menor, mientras que el demonio de la sombra y el méfit lo hacían hacia Puglandeor, que ya estaba siendo hostigado por las certeras flechas de Sathelyn. Mientras, Drizzt iniciaba la carrera para ayudar al paladín minotauro, acompañado por el rasto, que acababa de llegar al lugar.
El dragón rojo expulsó su aliento flamígero sobre Cinthork, que era inmune a este gracias a la poción flamígera que había consumido. Casi a la vez, Puglandeor trituraba al méfit entre sus zarpas antes de exhalar un chorro de llamas hacia Sathelyn. La guerrera se encogió de dolor cuando las llamas la envolvieron.
Sathelyn no había tenido tiempo aún de recobrarse cuando una grieta se abrió a sus pies, dejando escapar una nube de vapor tóxico que la hizo toser descontroladamente. Sin embargo, la guerrera pudo rehacerse para volver a disparar su arco contra el enorme reptil.
Fue entonces cuando Jesper, Zenit Thorvald y Pyntle llegaron al cráter en apoyo de sus compañeros. Zenit, adoptando la invisibilidad que le proporcionaba su capa, avanzó junto a Pyntle y Thorvald e busca de la protección que pudieran brindar las pequeñas edificaciones de piedra mientras Jesper corría en ayuda de Cinthork y Drizzt.
Una grieta se abrió entonces en el camino de Jesper, vomitando un chorro de magma que el sacerdote lograría esquivar por muy poco. Aún resoplaba el clérigo cuando cuatro magos llegaron al cráter, desplegando su magia para disipar el efecto de la poción de silueta borrosa que aún permanecía activo sobre el minotauro. Un segundo conjuro disipó el aura de llamas.
Cinthork, lejos de contrariarse demasiado, descargó un potente golpe de martillo sobre la sien del joven dragón rojo, escuchando con satisfacción como el cuello de la bestia se quebraba como una ramita seca antes de que el reptil se derrumbase muerto.
El paladín se arrojó entonces hacia aquellos magos que acababan de entrometerse, dos de los cuales murieron consumidos por su aura sacra casi de inmediato. Uno más de los hechiceros murió cuando el rasto se abalanzó sobre él para desgarrarle el cuello con sus mandíbulas. El último caería bajo el arco de Drizzt un latido más tarde.
Mientras esto sucedía, Puglandeor batía sus alas para desplazarse en dirección a Pyntle con un vuelo rasante. El dragón no lo sabía, pero el invisible Zenit estaba también en su trayectoria. La aterrada maga gnoma solo podía contemplar como aquel enorme ser se dirigía hacia ella de forma inevitable.
Por suerte para ella, Cinthork también voló, él para interceptar a Puglandeor. Un momento después, también Drizzt y el demonio de la sombra se unían al enfrentamiento contra el dragón rojo.
El dragón se defendió a garras y dientes, logrando mantener a raya tanto al Drizzt como al demonio de la sombra, pero no logró impedir que Cinthork se acercase a su costado. El minotauro golpeó a la bestia con tal fuerza que su martillo mágico atravesó las escamas para hundirse en la carne. El sonido de las costillas al quebrarse, aún así, resultó menos escalofriante que el de los órganos internos del dragón al reventar.
Con un gemido lastimero, Puglandeor se desplomó muerto.
Con el terreno aparentemente despejado, Zenit se acercó a examinar una de las trampillas: parecía recia y pesada, pero no logró detectar trampa alguna. Sin embargo, el mago elfo no acababa de fiarse. Pyntle y Drizzt también se acercaron a la trampilla, junto con el demonio de la sombra.
Jesper también se acercó, decidiendo que utilizaría su “Brazalete del buen ladrón” para abrir mágicamente la trampilla. Por desgracia, Zenit no había detectado el glifo oculto, ya que una potente onda sónica les hizo zumbar los oídos hasta levantarles un potente dolor de cabeza que incluso provocó que les sangrasen los oídos.
La trampilla daba paso a un pasaje subterráneo, probablemente el acceso al Templo de Tiamat. A través del pasadizo les llegaba un cántico ritual que parecía estar llegando a su clímax.
Bajaron al pasadizo, donde Cinthork decidió adelantarse al grupo mientras que Jesper invocaba de nuevo el poder de Lathander para devolver algo de entereza tanto a sus compañeros como a sí mismo. Además, tanto el sacerdote como Zenit consumieron una de las pociones que los sacerdotes de Mystra le habían dado al mago elfo y que restablecían las energías mágicas.
Cinthork recorrió a toda prisa el pasadizo, seguido del demonio de la sombra y el rasto. Poco después llegaría a una puerta de madera que apenas resistió un segundo ante la fuerte embestida del minotauro.
El templo de la Diosa Dragón era un espacio diáfano enorme. Tres Ataviados de Púrpura, entre los cuales se encontraba la maga elfa a la que se habían enfrentado en el Castillo de Tuldrim, se desplegaban en triángulo en torno a Severin, quien se mantiene en el centro, sobre un símbolo arcano de y protegido por un muro de fuerza mágica, canalizando sus energías. Portaba la Máscara de la Reina Dragón, aunque le faltaba la porción correspondiente a la Máscara del Dragón Blanco, arrebatada por los compañeros a Varram “El Blanco”.
El calor en el templo era insoportable debido al lecho magmático latente bajo sus pies. En cada una de las esquinas había un altar de sacrificio ensangrentado y al lado una fosa por la que, seguramente, se habían arrojado los cadáveres de varios sacrificados al lecho magmático latente bajo el templo.
Rápidamente, el demonio de la sombra se abalanzó sobre uno de los magos mientras que Cinthork disparaba una de las andanadas sónicas de su martillo contra la Ataviada elfa, golpeándola y logrando que perdiese la concentración en el ritual. La segunda andanada del martillo, dirigida contra el mago que luchaba contra el demonio, falló ya que la criatura de sombras dificultó demasiado el blanco para el paladín.
La sonrisa de Severin hacía presagiar que el ritual estaba a solo segundos de completarse. En ese momento, Sathelyn irrumpió en el templo tras una vertiginosa carrera desde el pasillo. A la velocidad del rayo, disparó dos flechas en sucesión: una hirió al mago que luchaba contra el demonio para resquebrajar su concentración, la segunda atravesaría mortalmente el cuello de la maga elfa.
El ritual había sido detenido. Habían ganado un tiempo valioso.
Con el resto de compañeros ya a las puertas del templo subterráneo, Severin dejó caer el muro de fuerza que le rodeaba con un rictus de furia en el rostro. Su máscara refulgió un instante, disipando al demonio de sombra que hostigaba a su acólito. Luego, desató una tormenta de rayos sobre el grupo, una a la que se sumaron los dos Ataviados de Púrpura que aún continuaban con vida.
El daño fue atroz, con la electricidad sacudiendo los cuerpos de todos compañeros a excepción de Thorvald, que se salvó solo porque se había retrasado demasiado en su avance. Con el cuerpo aún dolorido por la descarga, Cinthork se lanzó volando a por Severin mientras Sathelyn disparaba su arco contra el mago más cercano.
La Máscara de la Reina Dragón resplandeció sobre el rostro de Severin, disipando al rasto que entraba en el templo. Un momento después, el draconiano rostro de la máscara arrojaba un torrente de relámpagos sobre el minotauro que acababa de posarse frente al líder del Culto del Dragón. Cinthork no pudo sino retroceder con la carne ampollándose bajo el crepitar de la electricidad.
Los dos acólitos de Severin intentaron desatar una nueva cadena de relámpagos sobre los compañeros de la puerta, pero esta vez, entre Jesper y Zenit lograron atajar la magia de sus contrincantes. Por desgracia para ellos, Severin fue quien hizo crepitar los rayos sobre ellos. Un instante después, los cuerpos humeantes de Jesper, Zenit, Pyntle y Drizzt se desplomaban sobre el suelo de piedra. Thorvald, aunque había resultado terriblemente herido, era el único en pie junto a la entrada.
Olvidándose de Severin, Cinthork voló con su capa hasta la entrada. Arrodillándose junto al cuerpo de Jesper, colocó su mano sobre el pecho del sacerdote. El poder de Tyr fluyó a través del minotauro para insuflar algunas fuerzas en su amigo.
Una certera flecha disparada por Sathelyn atravesó el ojo de otro de los magos: el ritual ya no sería posible aquel día. Severin, furioso y libre de la presión de Cinthork, usó su magia para subyugar mentalmente a Sathelyn. Con los ojos en blanco, la guerrera se volvió hacia la puerta del templo.
La sucesión de flechas disparadas contra Cinthork por parte de Sathelyn acabó irremediablemente impactando contra la superficie del escudo atrapaflechas que portaba el minotauro. Ante el poco éxito de su ataque, la guerrera desenvainó en su trance para arrojarse a espada contra su compañero.
Viendo que Jesper comenzaba a ponerse en pie, Cinthork eludió a la controlada Sathelyn para volar de nuevo hacia Severin. El sacerdote de Lathander, aunque aún débil, se las arregló para implorar una vez más a Lathander para que curase algunas de sus heridas, así como las de Zenit, que también continuaba aún con vida.
Apenas se hubo posado frente a Severin, Cinthork le propinó un poderoso golpe con su martillo. El archimago del Culto trastabilló hacia atrás, perdiendo la concentración sobre el hechizo que subyugaba a Sathelyn. La guerrera recuperó la consciencia justo cuando estaba a punto de atravesar el ojo de Zenit con una de sus flechas. En lugar de eso, se giró rápidamente para disparar su arco hacia el fondo de la sala.
La flecha pasó entre Severin y Cinthork, volando con un silbido y surcando el espacio hasta incrustarse en pleno rostro del último de los Ataviados de Púrpura. El archimago se desplomó de espaldas, sin vida.
Jesper invocó en ese momento un rayo solar que Severin trató de contrarrestar, pero la magia de Zenit apoyó a la del sacerdote y, finalmente, el haz de luz concentrada socarró el hombro del líder del Culto. Apenas dio dos pasos hacia atrás, una andanada de puro frío convocada por el mago elfo envolvió por completo al Amo de Dragones.
Cuando la gélida bruma se hubo disipado, Cinthork vio frente a él a Severin con el cuerpo totalmente cubierto de escarcha. El aura sacra del paladín envolvió al mago, que extendió hacia el minotauro una mano cuyos dedos se fragmentaron como cristales, cayendo en pedazos sobre el suelo. El último grito mudo de Severin se interrumpió cuando el cráneo del Amo de Dragones se partió en vertical un instante antes de que todo su ser se desmoronase en cientos de pequeños fragmentos congelados.
El Culto del Dragón había sido derrotado, el Advenimiento de Tiamat había sido impedido.
Los compañeros abandonarían el impío templo más tarde, después de que Jesper utilizase su vínculo con Lathander para resucitar a Drizzt y Pyntle. En el mismo cráter en el que el grupo hubiese combatido minutos antes contra un par de dragones rojos, se encontrarían con Fareye. Allí, la dragona plateada les contaría que las tropas de la Alianza habían llegado a estar perdidas pero, inexplicablemente, los dragones malignos se habían retirado cuando las nubes rojas sobre el volcán se disiparon. Entonces, el pánico había corrido entre el ejército enemigo y las tropas del Culto del Dragón se habían dispersado.
Numerosas habían sido las bajas en aquella batalla, como las de Khelben o el Rey Bruennor, que habían perdido la vida luchando contra las huestes del Culto de Dragón. Los cadáveres de todos ellos habían resultado destruidos, dejándolos más allá de cualquier posibilidad de resurrección.
Pero Faerún se encontraba ahora a salvo.
Al menos, de momento.
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Cinthork puto amo
ResponderEliminarGran final de campaña,a la altura del resto de partidas, gracias master.
Gracias a vosotros por sufrirme. 🤣
EliminarCinthork está sobrevalorado jajaja
ResponderEliminarJesper y Lathander son los verdaderos amos
Jajaja ya llegó el lobby de Lathander!!
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