Veneno en la sangre (T2) - La ciénaga de la muerte (1/8)

Los ojos de Garrick se llenaron inevitablemente de lágrimas cuando el halfling divisó las primeras viviendas del pueblo de Rivergreen. Habían transcurrido nueve largos días desde que tuviese que huir de aquellas ruinas en las Tierras Altas de Hanlecke, dejando atrás los cadáveres de Lira, Edric y Sigrid. No tardó demasiado en percatarse de que algo no iba bien: algunos de sus vecinos presentaban signos leves del sarpullido negruzco.


Según pudo saber, el herborista Ugo había sido el primero en presentar signos. Garrick se temió que esto se debiera a que el hombre había sido el encargado de examinar el cadáver del bandido que él y sus amigos habían llevado hasta Rivergreen. La culpa atenazó su corazón, aunque se mostró extrañado de no presentar síntomas él mismo.

La alcaldesa Bomatha tampoco pudo reprimir el llanto cuando supo de la muerte de tan queridos vecinos. Asimismo, escuchó con gran preocupación el relato de todo el viaje. Particularmente, pareció llamar su atención la descripción de aquellos viejos textos descubiertos en las estatuas que el sacerdote Edric pudo traducir como "Yzumath", "Encadenamiento" y "Diamante de Las Almas".

La alcaldesa le comunicó que pondrían todo aquello en conocimiento de Lord Orvyn, el hombre que se había enviado desde Stormcliff para hacer frente a los bandidos y que, lamentablemente habían llegado tarde para acompañar a Garrick y sus amigos a las Tierras Altas de Hanlecke. En aquellos momentos, Lord Orvyn y sus hombres patrullaban los bosques por si algún bandido aún se ocultaba en ellos.

Durante aquel día, Garrick pudo averiguar que sus vecinos estaban bastante intranquilos. La paranoia había cundido entre los habitantes de Rivergreen que recelaban constantemente de la posibilidad de que alguno de los vecinos estuviese infectado. Aquellos que presentaban signos evidentes del sarpullido eran evitados por los demás, e incluso se decía que la tensión había llegado a provocar algún incidente violento a pequeña escala.

El halfling visitó también a Ugo, el herborista. Encontró al hombre bastante deprimido, con unos brotes repentinos de ira que nunca habían sido normales en él y que a duras penas parecía capaz de controlar. Ugo le explicó que ya apenas dormía puesto que horribles pesadillas le atormentaban, unas en las que una presencia oscura le llamaba, exhortándole a servir a aquel abyecto ser que parecía hablarle con voz cavernosa desde el otro lado del velo de penumbras.

Poco después de llegar la noche, fue llamado a personarse de nuevo en la vivienda de la alcaldesa Bomatha, donde esta había alojado a Lord Orvyn. El caballero escuchó atentamente la historia de Garrick, compartiendo de inmediato la preocupación que tanto el halfling como la alcaldesa mostraban.

Orvyn les habló entonces de un hombre llamado Valmer. Según el caballero, el tal Valmer era un mago que había adquirido cierto renombre en Stormcliff aunque no por su poder, sino más bien por su erudición en cuanto a antiguas leyendas de la región de Vracone. Parecía el tipo indicado para decirles algo acerca de un viejo texto encontrado en la base de unas estatuas antiguas.

Así, Garrick decidió acompañar a Lord Orvyn y sus cinco hombres hasta el pueblo de Garlwood, donde habitaba el viejo Valmer desde que se marchara de Stormcliff, al parecer harto del bullicio propio de las grandes ciudades.

Partieron al alba, tomando el Camino del Norte para después desviarse al este, tal y como hiciese Garrick con sus amigos poco tiempo atrás. El corazón del halfling estaba lleno de congoja por la pérdida, como no se preocupó de ocultar durante varias conversaciones junto al fuego. Orvyn, que había perdido a varios compañeros en batalla a lo largo de los años, comprendía bien al halfling y trató de reconfortarlo como pudo.

Salieron del Valle y atravesaron las colinas, aunque esta vez, en lugar de continuar hacia las Tierras Altas de Hanlecke, se desviaron hacia el sur en un camino que les llevaría durante cuatro días más a través de las llanuras hasta llegar a Garlwood.

Cuando entraron en el pueblo, Garrick casi temió que el sarpullido negruzco hubiese hecho mella en él, o quizá que hubiese sido arrasado por los goblins. A penas se veía un alma en el pueblo y muchas de las casas estaban en un estado ruinoso. Luego, gracias a las explicaciones de Lord Orvyn, pudo saber que el lugar llevaba siendo gradualmente abandonado por sus habitantes desde hacía más o menos una década: la cercanía de goblins y bárbaros en las Tierras Altas de Hanlecke, cuyo extremo sur se encontraba a apenas dos días de marcha, dificultaban mucho que se pudiese prosperar en Garlwood.

Valmer les recibió amablemente en su casa. Era un tipo excéntrico con cierta tendencia a decir cosas inapropiadas, con unas habilidades sociales que sin duda se habían visto resentidas por el aislamiento. Por lo demás, era un hombre mayor aunque de aspecto saludable, delgado, con piel pálida y ojos de un violeta brillante que parecían destellar en la oscuridad.

Si Garrick y sus acompañantes buscaban tranquilidad en las palabras de Valmer, se habían equivocado por completo.

El mago les contó que Yzumath no era sino un extraño espécimen de dragón que había aparecido en la región de Vracone hacía más de un milenio. Nadie conocía su procedencia, pues era distinto a cualquier dragón visto antes por nadie. Los antiguos textos se referían a él como "dragón de oscuridad". Al parecer, Yzumath había logrado alzar en su día un temible ejército para subyugar la región.

Los últimos defensores de aquellas tierras fueron acorralados en la ciudad cuyas ruinas se encontraban ahora en una de las cimas de las Tierras Altas de Hanlecke, donde habían perecido los amigos de Garrick. Allí, mediante el Diamante de Las Almas, artefacto arcano que contenía una poderosa alma dentro, habían logrado encadenar a Yzumath.

Todo parecía indicar que aquellos torpes bandidos habían desencadenado accidentalmente al dragón y este había logrado escapar del lugar. El sarpullido negruzco, según Valmer, no sería sino la reminiscencia del aura corruptora de Yzumath, que sin duda impregnaba cada rincón de aquellas ruinas en las Tierras Altas.

Todos estuvieron de acuerdo en que era de esperar que la región de Vracone pronto estuviese en peligro, pues Yzumath estaría sin duda sediento de venganza tras más de un milenio de cautiverio. El dragón quizá necesitase algún tiempo para recuperar fuerzas, lo que podría dar una oportunidad a los habitantes de la región para actuar.

Por suerte, Valmer conocía el paradero del Diamante de Las Almas. Según explicó, los antiguos habitantes de Vracone lo habían depositado en un antiguo templo existente en una zona que, un siglo después, resultaría anegada por las marismas. El mago les mostró un viejo mapa que señalaba un punto en la Ciénaga de Tisthon.

Lord Orvyn decidió entonces que tres de sus cinco hombres regresasen a Stormcliff para informar de sus averiguaciones. Luego, decidió que buscaría el Diamante de Las Almas en la mismísima Ciénaga de Tisthon, un lugar al que la gente se refería normalmente como "La ciénaga de la muerte" y que estaba auténticamente infestado de feroces hombres lagarto y otras criaturas indeseables. Garrick dijo inmediatamente que acompañaría al caballero y, sorprendentemente, el propio Valmer decidió unirse a la expedición.

Sin embargo, el mago insistió en que no estaría de más buscar alguna ayuda para aquella empresa, individuos de habilidades contrastadas. Él mismo conocía a una guerrera bastante feroz que no vivía demasiado lejos de Garlwood. Por su parte, Lord Orvyn sabía de un sacerdote bastante aguerrido que moraba en la Abadía del Alba, que se encontraba de camino hacia la Ciénaga de Tisthon.

Tras hacer noche en la casa de Valmer, Garrick y el propio mago tomaron camino al norte acompañados de Lord Orvyn y los dos soldados que habían quedado con él. Al final de la jornada estuvieron en la falda de una enorme montaña, en el extremo sur de las Tierras Altas de Hanlecke. Establecieron turnos de guardia e hicieron noche allí.

A la mañana siguiente tomaron un estrecho sendero montañoso que estaba cubierto por una densa niebla. Por suerte, Garrick supo orientarse y evitó que el grupo diese demasiadas vueltas. Más o menos a medio día, llegaron a una pequeña vivienda hecha de adobe. Una mujer alta y de prominente musculatura les recibió con una mirada cargada de hostilidad.

La piel negra de la mujer estaba surcada por cicatrices de combate y llevaba el cabello azabache recogido en numerosas trenzas adornadas con cuentas de hueso. Aquella mujer era una bárbara a todas luces, detalle que Valmer había obviado y que a Lord Orvyn le puso bastante nervioso. Elatha, que así se llamaba, saludó al mago con cierta frialdad; aunque les invitó a todos a pasar a su vivienda.

Según traslució de la conversación, Valmer y la mujer se habían conocido tiempo atrás, cuando el mago investigaba las viejas historias acerca de Yzumath. Elatha había pertenecido a una tribu nómada de las Tierras Altas de Hanlecke, la cual se había asentado algún tiempo en las antiguas ruinas. Poco después, la tribu comenzó a ser diezmada por una extraña plaga que marcaba la piel con un sarpullido negro, convirtiendo después a las personas en bestias dementes.

Elatha había tenido la suerte de no resultar infectada, quizá por que huyó a tiempo. Desde entonces, la mujer había pasado años buscando y cazando a aquellos infectados que vagaban por las Tierras Altas y cuyas mentes ya habían sido devoradas por el sarpullido. Les contó que, a lo largo de los años, numerosos cazatesoros, algunos otros clanes bárbaros y, últimamente, goblins había caído presas del sarpullido.

La mujer escuchó atentamente la historia de Garrick, sin embargo se negó a acompañar al grupo. Según razonó, si la presencia maligna que había habitado las ruinas había sido liberada y, con toda probabilidad, había abandonado las Tierras Altas de Hanlecke, todo aquello ya no era asunto suyo.

Los compañeros salieron de la choza. Valmer estaba abatido y Lord Orvyn no dejaba de maldecir al pueblo bárbaro y la pérdida de tiempo que había supuesto viajar hasta aquella cumbre. Sin embargo, Garrick no estaba para nada dispuesto a dejar las cosas así.

El halfling volvió a entrar en la choza para gran sorpresa de Elatha. Garrick habló a la mujer sobre sus amigos caídos, obligando a que ella recordase también a todos los familiares y amigos que había perdido a causa de aquel mal, Yzumath, que habitaba las ruinas. El pequeño ladrón habló de la necesidad de vengar aquellas pérdidas, como también era necesario proteger al resto de habitantes de la región de Vracone.

Si Yzumath era aquel poderoso dragón de naturaleza desconocida que aseguraba Valmer, quizá nadie estuviese seguro en ningún sitio.

Tras unos segundos de incómodo silencio, Elatha comenzó a hacer su petate sin pronunciar palabra alguna. Se enfundó en su armadura de cuero tachonado y agarró tanto su escudo como la lanza emplumada típica de su pueblo.

-Llévame a ese sucio pantano, halfling. -dijo.

El grupo descendió de aquellas cumbres y viajó de vuelta a Garlwood, donde hicieron noche en la casa de Valmer. Luego, caminaron dos días más hacia el suroeste para cruzar el Río Esmeraldino con sus aguas turquesa llegándoles a la cintura. Durante aquel viaje, Elatha apenas cruzaba palabra alguna con sus compañeros, demostrando que aquello de las relaciones humanas no era lo suyo. Además, la tensión entre Lord Orvyn, sus soldados y aquella bárbara era más que evidente: décadas de conflictos entre las tierras civilizadas y las tribus de las Tierras Altas habían dejado su huella en forma de recelos y desconfianza.

La Abadía del Alba era un edificio en bastante mal estado que se encontraba en el límite del Bosque Muerto, una enorme extensión de terreno que estaba poblada principalmente por árboles secos y retorcidos, malas hierbas y pozos de lodo. Si se continuaba caminando hacia el oeste a través de este deprimente lugar durante un par de días, se llegaba a la Ciénaga de Tisthon.

Apenas una docena de sacerdotes, casi todos de bastante edad, habitaban la abadía. Fendrel, sin embargo, era un hombre de mediana edad con cabello gris oscuro que le caía en mechones desordenados sobre sus hombros. Sus rostro estaba marcado por algunas arrugas y su semblante parecía perpetuamente preocupado. Saludó con efusividad a Lord Orvyn y con corrección a todos los demás, aunque no logró ocultar del todo la sorpresa que le producía la presencia de Elatha.

Durante la austera cena a la que les invitaron los monjes, Elatha y Garrick supieron que aquella abadía había pertenecido a la Orden del Alba Eterna, un grupo de sacerdotes dedicado a combatir las amenazas provenientes de otros mundos. Quince años atrás, la abadía había sido atacada por un poderoso demonio como represalia por las actividades de la orden. Fendrel había sido uno de los pocos supervivientes de aquel combate en el cual el Sumo Sacerdote se había inmolado para lograr contener al ente agresor.

El sacerdote se mostró más que dispuesto a unirse al grupo. La perspectiva de combatir a un mal de aquella naturaleza llamaba directamente a lo más profundo de su fe. Fendrel estaba seguro de que Yzumath era una criatura venida directamente del Plano Negativo, y coincidía con Valmer en que el sarpullido negruzco no era para nada una enfermedad, sino la huella de la presencia corruptora del propio dragón.

Durante la sobremesa también se habló del futuro periplo a través de la Ciénaga de Tisthon y los peligros que allí aguardaban. En ese punto, Fendrel les contó que, según algunos cazatesoros que se habían internado en la ciénaga, los hombres lagarto eran acaudillados por un feroz guerrero llamado Verrak, quien a su vez tenía a un campeón como mano (o garra) derecha, un tal Jec.

Pasaron la noche entre los gruesos y decrépitos muros de la Abadía del Alba para partir con los primeros rayos de sol. Por delante les aguardaba un camino de dos días a través del Bosque Muerto hasta llegar a la Ciénaga de Tisthon.

A pesar de estar compuesto por aquella multitud de árboles secos y retorcidos, el Bosque muerto era un lugar húmedo. Una neblina baja cubría las malas hierbas que lo alfombraban surgiendo de un suelo a ratos fangoso. El suelo parecía respirar, como un moribundo exhalando sus últimos alientos.

El avance ambos días resultó bastante deprimente. El enfermizo paisaje afectaba el ánimo de los compañeros, haciendo que ninguno tuviera demasiadas ganas de hablar. Ni siquiera Valmer se comportó de forma demasiado excéntrica.

Así llegó la última noche que les quedaba por pasar antes de abandonar el Bosque Muerto para internarse en la Ciénaga de Tisthon. Los compañeros dormían junto al fuego mientras uno de los soldados de Lord Orvyn montaba guardia. Sin embargo, un leve crujido despertó a Fendrel.

El sacerdote miró al soldado con gesto interrogante, obteniendo solo un gesto de confusión por parte de el hombre: no parecía haber oído nada. Fendrel miró hacia la oscuridad, más allá del área tenuemente iluminada por el fuego. Fue entonces cuando pudo ver aquella maraña de gruesas enredaderas reptando a toda velocidad hacia ellos. Sin tiempo que perder, el sacerdote dio la voz de alarma mientras aprestaba sus armas.

Valmer fue el primero en reaccionar, convocando una arcana armadura de energía en torno a sí mismo nada más ponerse en pie. Para sorpresa de todos, dos enredaderas asesinas más surgieron de las sombras además de la detectada por Fendrel. Los soldados de Lord Orvyn las interceptaron rápidamente, bloqueando el avance de estas hacia el grupo.

A pesar de que el sacerdote había visto venir a la criatura, esta estaba demasiado cerca. Los zarcillos de la criatura aprisionaron a Fendrel en un momento, impidiendo que se moviese. La coraza del clérigo comenzó incluso a crujir ante la presión de los zarcillos.

La espada de Lord Orvyn seccionó de un solo golpe varias enredaderas de una de las marañas, haciendo que el monstruo se retorciese durante unos instantes. El soldado junto a él empleó también su propio acero para hacer retroceder a la criatura con un par de tajos.

Mientras, Garrick disparaba su ballesta para alojar el virote en la maraña que combatía con el otro hombre de Lord Orvyn. Elatha, corrió a su vez hasta la enredadera asesina que había capturado a Fendrel, hendiendo su lanza en ella con cuidado de no dañar a su compañero. El sacerdote se estremecía en el interior de la planta, con evidentes signos de estar asfixiándose.

Valmer efectuó uno de sus sortilegios, pero su proyectil de energía erró por poco, no consiguiendo acertar a la planta que mantenía el combate singular con uno de los soldados. De hecho, la maraña vegetal lanzó un golpe con uno de sus zarcillos que partió el cuello de su oponente.

Mientras Lord Orvyn acababa con una de las plantas hendiéndole su espada, el soldado que hasta entonces había luchado a su lado corría a enfrentar al monstruo que acababa de matar a su compañero. El acero del soldado cercenó unos cuantos zarcillos con la acometida.

Fendrel continuaba prisionero de la enredadera que lo había capturado, sin lograr liberarse. Elatha intentaba acabar con el monstruo, pero su lanza tropezaba una y otra vez con gruesos zarcillos que interceptaban los golpes. Garrick por su parte, fallaba el disparo contra la planta que combatía con el soldado de Lord Orvyn.

Valmer, que había extinguido su poder arcano, decidió probar suerte con la honda. El mago lanzó un grito de júbilo cuando el proyectil de piedra impactó con fuerza contra la parte blanda de la masa vegetal que tenía atrapado a Fendrel. Justo al tiempo, la otra enredadera aferraba al soldado de Lord Orvyn por la cintura y, tras alzarlo, lo golpeaba contra el suelo destrozándole el cráneo.

Los zarcillos de la masa vegetal rasgaron la armadura de cuero de Elatha, obligando a retroceder a la guerrera. En ese momento, Lord Orvyn llegaba para enfrentarse con la otra enredadera, aquella que había matado a sus dos hombres. Por desgracia, los golpes del caballero fueron eludidos por el monstruo.

Dando gracias a Sanvir, su dios, Fendrel logró desprenderse de la presa de la enredadera. Como pudo, el sacerdote reptó para alejarse de la criatura. Ese momento fue aprovechado por Elatha, que hendió su lanza sin piedad en el monstruo para arrebatarle la vida. La planta se estremeció un par de segundos antes de quedar completamente inmóvil.

Aprovechando que la última enredadera estaba inmersa en un intenso combate con Lord Orvyn, Garrick se escurrió a la espalda del monstruo y, desde allí, disparó su ballesta hacia el núcleo bulboso de la criatura, que se desplomó instantáneamente al recibir el virote.

Los compañeros permanecieron en silencio unos minutos, intentando recomponerse. Después, llevaron los cadáveres de los dos soldados de Lord Orvyn junto al fuego y los custodiaron hasta que se hubo hecho de día.

Con los primeros rayos de sol, Elatha y el propio Orvyn recogieron algo de leña medianamente seca para erigir las piras. Luego, tras una breve plegaria de Fendrel, encendieron las piras de los soldados. Aguardaron más de dos horas a que los cuerpos se hubiesen consumido antes de continuar su camino.

Poco a poco, los árboles comenzaban a estar más espaciados unos de otros al tiempo que el suelo se mostraba cada vez más fangoso. Con paso lento, ascendieron una suave colina tras la que pudieron divisar por fin la inmensa y amenazante Ciénaga de Tisthon, con sus espesos bancos de niebla sobre un suelo inundado por aguas turbias y pestilentes.

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