Veneno en la sangre (T4) - El Lamento del Hierro (2/X)
Los compañeros no habían iniciado nada bien su andadura en las montañas del Espinazo de Hierro: tras enfrentarse tanto a tres yetis como a dos gigantes, todos infectados por el sarpullido, Elatha y Mira habían comenzado a mostrar los primeros síntomas de esa terrible dolencia. Por si fuese poco, habían encontrado las puertas de Trono de Kantirm, la ciudad de los enanos, cerradas a cal y canto. La posterior discusión entre Ingoff y el general enano Baldrik se había acabado acalorando tanto, que ahora los compañeros estaban siendo apuntados por una decena de ballesteros enanos.
Con el rostro desencajado y, evidentemente compungido, Gorin no pudo sino contemplar cómo sus nuevos amigos eran llevados por sus congéneres.
Así, a punta de ballesta, los compañeros fueron desarmados e introducidos en la ciudad a través de las colosales puertas de piedra reforzada con mithril. Trono de Kantirm había sido directamente esculpida en la montaña, con grandes estatuas de antiguos reyes enanos en el amplio recibidor tras las puertas, capaz de acoger a un regimiento entero. Un agradable resplandor dorado, el de los espejos reflejando antorchas y braseros, iluminaba los inmensos corredores labrados con el esmero milenario de generaciones de enanos. Una brisa fría y húmeda llegaba desde alguna parte.
Era evidente que los enanos estaban en estado de guerra, pues vieron soldados fuertemente armados por todas partes mientras eran conducidos por el general Baldrik hacia algún lugar en el interior del complejo. Pasaron sobre un puente de piedra que les llevó por encima de un cristalino río subterráneo junto al que se intuían algunas forjas humeantes.
Tras despojarles de sus armaduras y colocar unos gruesos grilletes a Ingoff y Lyrendë, los evidentes lanzadores de conjuros, los soldados enanos les empujaron de muy malos modos al interior de una celda tallada en la piedra donde Baldrik aseguró que a aquellos indeseables se les iban a bajar los humos.
Tras apenas un par de horas, ya se sentían bastante incómodos bajo el frío intenso que hacía en aquella celda que, por cierto, compartían con un enano llamado Lodric que había intentado desertar. El reo les contó que era muy probable que se les enviase a trabajar a las minas después de un breve juicio: quizá un par de años de trabajo bastasen para compensar el insulto a un general enano. Uno de los cuatro carceleros que les custodiaban, un viejo enano con una cicatriz en el ojo, entre carcajadas, les aseguró que el general Baldrik no olvidaba un insulto así como así.
Vista la situación, los compañeros se agruparon en una esquina de la celda, alejándose del desertor enano tanto como les fue posible en aquel reducido espacio. Se hallaban planeando algún modo de salir de su cautiverio cuando, poco a poco, los inequívocos sonidos propios de un combate parecieron empezar a llegar desde los pasillos que daban al cuarto de las celdas.
El carcelero se asomó brevemente al pasillo, donde uno de los soldados que pasaba le comunicó que los gigantes estaban atacando Trono de Kantirm. Sin pensarlo dos veces, tres de los carceleros aprestaron sus armas y echaron a correr tras los soldados, dejando a los compañeros custodiados tan solo por el anciano guardia de la cicatriz.
El viejo enano no paraba de negar con la cabeza y repetir que aquello era imposible, que los gigantes no tenían manera de entrar en la ciudad.
Rápidamente, Ingoff se agarró a los barrotes de la celda y le pidió al carcelero que los liberase. Intentó explicarle que podrían ser de gran ayuda para defender la ciudad y que, en ese momento, liberarles haría más bien que mal. El paladín hizo énfasis en que el grupo no había sido arrestado por atacar a los enanos, sino por un desencuentro verbal con el general Baldrik.
Aunque pareció dudar, el carcelero se negó a liberarlos y, un poco después, uno de los carceleros que se había marchado regresó. El hombre estaba lívido, explicando entre balbuceos que los gigantes habían logrado acceder por la galería este y, en aquel momento, el general Baldrik trataba de contenerlos en una de las puertas interiores.
Mientras todo esto ocurría, Lyrendë había encontrado un pequeño huesecillo en el suelo de la celda, era largo y delgado, pero parecía lo suficientemente resistente. Con disimulo, se lo tendió a Mira. Tras asentir en silencio, la exploradora se acercó lentamente a la puerta de la celda e introdujo el pequeño hueso en la cerradura. Tras hurgar unos segundos, escuchó con satisfacción el chasquido del cerrojo interno al liberarse.
Por desgracia, los dos carceleros también lo habían escuchado. Ambos se abalanzaron rápidamente hacia la celda, aunque no tan rápido como Elatha e Ingoff, que embistieron las rejas a la vez con sus hombros. La puerta enrejada golpeó con fuerza a ambos enanos en pleno rostro, haciendo que los dos cayesen de espaldas al suelo, con las narices sangrando y claramente aturdidos.
Cuando Elatha cogió al viejo de la cicatriz por la pechera y le zarandeó para preguntarle donde estaban sus armas y armaduras, este le contestó entre sollozos que se las habrían llevado a las fraguas, seguramente para fundirlas y fabricar más armas para los enanos. La guerrera maldecía cuando Ingoff intervino: el tiempo apremiaba y tenían que intervenir, aquello era una batalla, así que ya encontrarían algo que sirviese por el camino.
Tras liberar a Ingoff y Lyrendë de los grilletes con la llave que los carceleros llevaban al cinto, Elatha y el Paladín tomaron las hachas de mano de ambos. Luego, sin tiempo que perder, tomaron el corredor por el que habían llegado allí unas horas antes y comenzaron a correr por los pasillos en dirección a los sonidos de combate guiados por Mira.
La exploradora se movía por aquellos túneles con una precisión espectacular, llevando a sus compañeros de un pasadizo a otro para evitar a las escuadras enanas que se movían hacia el combate. Después de todo, no querían tener que combatir con los enanos si no era estrictamente necesario. De todos modos, convinieron que si esto sucedía, se limitarían a reducirlos.
Pronto llegaron a una galería mucho más amplia, donde enanos y gigantes mantenían una lucha encarnizada. Aquellos gigantes eran diferentes a los del puente, ataviados con armaduras de metal y empuñando descomunales hachas y espadas. Los virotes volaban mientras las hachas enanas cortaban la carne de los gigantes, quienes respondían enviando enanos en pedazos por los aires con cada devastador golpe de sus enormes armas.
Mira y Lyrendë tomaron un par de ballestas abandonadas en el campo de batalla, la semielfa también recogió un par de hachas de mano. Luego, se internaron en el caos del combate esperando que aquellos enanos no les tomasen por enemigos.
No habían siquiera llegado a trabar armas con ningún oponente cuando se toparon con Gorin. El enano, ensangrentado, se desplomó en los brazos de Ingoff mientras señalaba hacia el fondo de la galería con mano temblorosa. Algo de sangre manó de sus labios cuando logró articular palabra.
—El general Baldrik ha caído —susurró—. Junto a las puertas...
Ingoff empeló el poder de su dios para sanar a Gorin, que le miró con ojos esperanzados. Luego, el enano les condujo a través del combate hacia las enormes puertas de piedra y mithrill que cerraban el acceso desde la galería este hacia el resto de la ciudad enana de Trono de Kantirm. De camino, Lyrendë activo su armadura de energía arcana.
Allí encontraron al general Baldrik derrumbado contra uno de los muros que flanqueaban la puerta, visiblemente malherido. Ante él, cinco soldados enanos intentaban heroicamente proteger a su caído general ante el acoso de cuatro descomunales gigantes embutidos en armaduras de escamas y armados con gigantescas hachas y espadas.
Lyrendë trató de convocar una tormenta de llamas en torno a dos de los gigantes, pero los nervios la traicionaron y notó como el hechizo se desvanecía de su mente. Mira avanzó rápidamente hacia el pie de los siete peldaños que ascendían hasta la puerta, tratando de ganar alcance para la ballesta enana que había recogido al tiempo que uno de los soldados enanos era partido en dos por el hacha de un gigante.
Elatha e Ingoff corrieron escalera arriba, pero su aproximación fue detectada por uno de los gigantes que, dejando su arma en el suelo, alzó una roca del tamaño de una carreta para arrojarla hacia los oponentes que se acercaban. La roca se estrelló un par de pasos por delante de ellos, destrozando varios escalones y arrojándoles una lluvia de fragmentos pétreos. Los dos compañeros apretaron los dientes al recibir varios cortes.
Lyrendë invocó la lilenda de su anillo, haciendo aparecer a aquella especie de elfa alada con cuerpo de serpiente. La arcana criatura desenvainó la espada de su cintura y se preparó para combatir a la vez que la saeta disparada por la ballesta de Mira se incrustaba en el pecho de un gigante. Elatha e Ingoff acometieron a ese monstruo, que sin embargo logró mantenerlos a raya con un par de poderosos golpes que les hicieron tambalear.
Otro de los gigantes llegó en ayuda de su congénere, presionando a Ingoff, pero el paladín fue capaz de mantener razonablemente el tipo. Un tercer monstruo, arrojó una enorme roca que impactó cerca de Mira, hiriéndola con las lascas que salieron proyectadas al tiempo que otro de los soldados enanos era destripado por el último gigante.
La lilenda voló hasta el único gigante que, de momento, se batía con los tres valerosos enanos que sufrían por defender a su general. La criatura alada le propinó un pequeño tajo en el brazo al coloso que, según se volvía, recibió el impacto de un rayo eléctrico invocado por Lyrendë. Un momento más tarde, una saeta disparada por Gorin se le clavaba en la cadera.
Mira colocó otra saeta en el pecho del único gigante herido hasta el momento. Entre dientes, maldijo al ver como otro de los monstruos descendía los escalones en su dirección. A la vez, Elatha asestaba un hachazo en el muslo del gigante, mientras que Ingoff volaba por los aires al recibir el impacto de la enorme hacha contra su escudo. El último de los gigantes arrojó una enorme roca hacia donde estaban Lyrendë y Gorin: la lluvia de fragmentos les hizo sangrar por alguna que otra herida leve.
Pero Lyrendë estaba centrada en el gigante que acosaba a los enanos. Un nuevo relámpago de la elfa crepitó alrededor del cuerpo del gigante que, además, retrocedió un par de pasos cuando el virote de Gorin se le alojó en el ojo izquierdo. Un momento después, la lilenda usaba su afilada espada para degollarle. Por desgracia, el último aspaviento del monstruo hizo que su enorme espada partiese en dos a la arcana criatura, disolviéndola en una nube de vapor dorado al mismo tiempo en que otra lluvia de fragmentos de roca llovía sobre Lyrendë y Gorin, dejando muy malherido al enano.
Mira recibió con un disparo en la cara al gigante que se acercaba, quien se llevó la mano al virote hendido en su mejilla con expresión dolorida. A la vez, Elatha se impulsaba en la rodilla del monstruo al que Ingoff y ella combatían para saltar y destrozarle el rostro de un hachazo. La enorme mole cayó de espaldas, sin vida. El paladín aprovechó el momento para invocar el poder de Oteyar y poder curar así algunas de sus heridas.
Lyrendë intentó cegar al gigante que acometía a Mira con su magia, aunque el monstruo no pareció verse afectado. Por si fuese poco, otra enorme roca fue arrojada por el gigante que aún quedaba junto a las puertas. Esta vez cayó demasiado cerca, y fue el cuerpo de Gorin quien paró la mayoría de los fragmentos. Aún así, herida, la elfa vio como el cuerpo del enano, acribillado por los fragmentos, se desplomaba sin vida.
Otro virote de Mira se clavó en el gigante, ahora en su vientre, aunque el monstruo la envió a rodar por las escaleras de una patada. Ingoff llegó en su ayuda, mientras Elatha y los tres soldados enanos cercaban al gigante que estaba junto a las puertas.
A la segunda oportunidad, el conjuro de Lyrendë pareció surtir efecto. El confuso gigante que acosaba a Mira comenzó a dar golpes erráticos al aire, claramente sin poder ver nada. La semielfa sonreía al incrustar otro proyectil en el pecho de su oponente cuando uno de aquellos golpes caóticos la impactó de lleno, arrojándola bastante malherida al pie de las escaleras.
Mientras, en la zona superior, Elatha y los enanos hacían retroceder a un gigante a puro hachazo, Ingoff se acercaba al monstruo que acababa de herir a Mira. Desde un par de escalones de distancia, el paladín saltó a la espalda del gigante, hendiendo su hacha en la nuca del mismo y haciendo que se desplomase de bruces sobre la escalera.
El último de los cuatro gigantes reía a carcajadas tras demediar a un enano con su hacha cuando, de pronto, un atroz sonido convocado por Lyrendë le hizo sangrar los oídos. Cuando el monstruo se giró hacia la hechicera, Mira ya disparaba su ballesta desde el pie de las escaleras. El virote entró por el ojo del coloso para alojarse en el cerebro. El enorme corpachón se desplomó sin vida.
Alzando la vista hacia el campo de batalla que era aquella galería, los compañeros pudieron contemplar como los gigantes iniciaban la retirada. Los enanos habían logrado repeler el ataque a la galería este y, de momento, Trono de Kantirm estaba a salvo.
Ingoff empleó sus poderes curativos para sanar tanto a Baldrik como a Lyrendë y Mira. En ello estaban cuando un enano ataviado con una impresionante armadura se acercó a ellos, rodeado por una escolta de cinco guerreros bien armados. Sobre el caso de guerra, una corona ornamental emitía fulgores dorados al reflejar la luz de los braseros.
Estaban ante el rey Thorgrim.
Los compañeros fueron conducidos, en un viaje mucho menos tenso que el anterior, a través de diversas galerías. En su camino pudieron ver enormes bóvedas donde centenares de viviendas se habían excavado en la roca. Los civiles se apiñaban allí, con miradas entre temerosas y desconfiadas hacia aquellos extranjeros.
Llegaron por fin a una amplia estancia presidida por un trono de oro y joyas sobre el que Thorgrim tomó asiento. A ambos lados del soberano se posicionaron tanto Baldrik como otros tres generales enanos, dos hombres y una mujer: Baerrak, Malmand y, la mujer, Anleen.
Tras hacerlo, el rey de los enanos observó a los compañeros con aire pensativo, mesándose la barba. Preguntó en voz alta qué debía hacer un rey con un grupo de forasteros que insultaban a sus generales en tiempos de guerra.
Baldrik carraspeó entonces. El general admitió que, si bien los modales de aquellos forasteros eran lamentables, en especial los del paladín humano, no era menos cierto que el concurso del grupo había sido determinante en la defensa de la galería este. Además, señaló el preocupante hecho de que alguien había abierto las puertas que comunicaban la galería con el exterior, las había abierto desde dentro. Aquello significaba que había un traidor en Trono de Kantirm.
Según continuó relatando Baldrik, se había encontrado a los centinelas de la puerta, hombres a su cargo, muertos por disparos de ballesta. Si no se encontraba pronto al responsable, aseguró el enano, pronto podrían tener que enfrentarse a una situación similar.
Los otros tres generales se pusieron bastante tensos, comenzando a discutir airadamente sobre la mejor forma de encontrar al posible traidor. Thorgrim les silenció con un grito, haciendo que tan curtidos guerreros quedasen mirando al suelo como niños pequeños.
Tras rezongar algo para sí, el rey de los enanos se dirigió al grupo. Les dio las gracias por la ayuda prestada, así como la bienvenida a Trono de Kantirm. Aunque escuchó con atención la solicitud de alianza militar que el rey Amodius le hacía a través de los labios de Ingoff, lamentó no poder responder a ella, pues la situación en sus dominios era crítica.
Elatha le preguntó a Thorgrim si, en caso de que los compañeros les ayudasen a derrotar a los gigantes, los enanos se unirían a la lucha para defender Vracone. El rey asintió divertido, aunque les confesó que creía que intentaban morder más de lo que sus fauces abarcaban.
Los enanos les devolvieron sus armas y demás pertrechos, asignándoles además un pequeño barracón en la zona de cuarteles, donde quedarían bajo la supervisión de Baldrik. El enano seguía tratándoles de un modo bastante seco, aunque para nada desagradable, como fuese en su primer encuentro.
Aquella noche, los compañeros acudieron a las exequias que se llevaron a cabo en honor de los caídos. Los cuerpos fueron arrojados a una insondable fosa en el corazón de la misma montaña, mientras algunos sacerdotes rezaban salmos por sus almas.
Luego, todos se fueron a dormir, aunque uno de ellos tardó mucho más en hacerlo. Con preocupación, despojada de sus ropas, Elatha contemplaba el negruzco sarpullido que, si uno se fijaba, era visible sobre su piel.
Juraría que había avanzado.

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