La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (3/X)

Tres semanas habían pasado desde que Tisana apareciese flotando en el Canal de los Suspiros. La cosa parecía haber quedado ahí, sin consecuencias más allá de un ligero aumento de presencia por parte de la guardia del bailío en La Madriguera. Los reclutadores del ejército también se dignaron a visitar las mugrientas calles, en busca de incautos que quisieran alistarse en una inminente guerra con Salarcia en la frontera de poniente.



Malhadado empezó el día desayunando en Los Dejados, como cada mañana. Aquel día, Margarita, la posadera, parecía muy afectada. Según explicó, se debía a la actitud ausente e inusualmente taciturna de Grito, su marido. Cuando Malhadado habló con el posadero, le vio todavía muy afectado por la reciente muerte de su hijo pequeño. Grito le pidió a Malhadado que le dijese a Luna que el posadero quería hablar con ella. Malhadado le prometió que lo haría. Después, cogió su maltrecho atril y sus naipes, y se encaminó hacia la tienda de Picoafilado para trabajar en la entrada, como cada día. Su perro, pulgoso y tuerto, se sentó a su lado.


Picoafilado abrió la tienda como todas las mañanas. Un día que se anunciaba tranquilo, hasta que apareció en su local uno de los hombres de la Puta Coja. El tipo traía el material de contrabando que Picoafilado vendería en su tienda. Además, le trasladó el recado de que la propia jefa de la banda de contrabandistas quería hablar en persona con él.

Picoafilado prometió que iría por la tarde, poco después del mediodía.


Poco después de amanecer, Luna se despidió de Amaranto y caminó hasta la guarida de su banda. De camino, se encontró con Malhadado, quien le transmitió el mensaje de Grito. Luna prometió que pasaría después de encargarse de sus propios asuntos. Se despidieron y cada cual siguió su camino.

La entrevista de Luna con su jefe, Nadiegüelto, fue más preocupante de lo que ella esperaba. Al parecer, la banda de la Puta Coja estaba buscando a la gente que había raptado a su agente, Tisana. Según el mercenario que presenció el secuestro, se trataba de dos hombres y una mujer. La descripción del mercenario era vaga, pero el hombre juraba que, si viera a los secuestradores, los reconocería.

Luna aceptó el trabajo y, ya que no estaba demasiado dispuesta a entregarse a sí misma ni —en principio— a sus compinches, se encaminó a la tienda de Picoafilado para poner a sus amigos al corriente de lo que pasaba. Pero, de camino, decidió pasar por Los Dejados para hablar con Grito.

Durante una conversación en la trastienda, Grito le confesó que quería encontrar a los hombres que mataron a su hijo, Gritito. Le interesaba saber si Luna había podido ver a alguno de ellos con claridad, cosa que no había sido así. No obstante, Luna le prometió que le ayudaría a dar con esos hombres antes de despedirse de él.

Cuando se disponía a dirigirse hacia la tienda de Picoafilado, decidió pasar antes por El Velo Nocturno para ver a Tiarella.


Mientras Luna visitaba el burdel, Malhadado movía sus naipes a ritmo de vértigo para arrancar algunas monedas de manos de los necios que se detenían ante su atril. Su perro tuerto se limitaba a observar, tumbado en el suelo.

Qué difícil es encontrarte —dijo una voz femenina a su espalda—. Llevo días buscándote en el Barrio de los Sacos y, al final, he tenido que venir aquí.

Se trataba de Fortuna, vestida con las habituales ropas de criada que ocultaban el hecho de que, en realidad, era la hija de uno de los mercaderes del Barrio Alto. Malhadado y ella habían trabado amistad hacía algún tiempo. Ella le daba algunas monedas o comida de cuando en cuando, y Malhadado le enseñaba lugares pintorescos que saciaban su sed de aventuras. La muchacha acarició al perro pulgoso, que le lamió las manos. Luego, algo llamó la atención del chucho, que se marchó, trotando con aire despreocupado.

Como La Madriguera era un sitio peligroso, Malhadado decidió trasladar su atril al Barrio de los Sacos. Por desgracia, Fortuna y él no llegaron más allá de la Puerta de los Piojos.

Uno de los guardias que había allí reconoció a Malhadado de haberlo visto trabajar en el puerto. Cuando los guardias comenzaron a insultarle, Fortuna se interpuso. La bofetada del guardia acabó con la muchacha en el suelo, con el labio partido. Aunque Malhadado trató de insinuar que Fortuna no era una chica de La Madriguera, sino alguien de mayor posición, lo único que consiguió fue que ambos fueran detenidos y trasladados a los cuarteles de la guardia, en el Barrio de Talleres.


Luna llegó al burdel. Aunque no había mucha gente en El Velo Nocturno a aquellas horas, cerca del mediodía, Tiarella estaba ocupada; así que le tocó esperar. Cuando estuvo liberada, Luna habló con ella tanto sobre el encargo de Nadiegüelto como sobre los problemas de Grito. La prostituta le dijo que podía tratar de sonsacar a alguno de los chicos de la Puta Coja que frecuentaban el local para tratar de dar con el mercenario que les había visto raptar a Tisana. Respecto al asunto de Grito, ella no sabía nada, pero le dijo que los hombres de la banda de Lobo que habían buscado a Luna en el burdel eran Coralino y Almendro, de modo que cabía la posibilidad de que hubiesen sido ellos.

Tras prometerle a su amiga que le conseguiría un perfume de calidad en alguno de sus trabajos, se despidió de ella para encaminarse a la tienda de Picoafilado.


Pero Picoafilado ya no estaba allí. El mercader había dejado a Romero a cargo de la tienda y había ido a entrevistarse con la Puta Coja. Aquella mujer, llamada realmente Lira, de unos cincuenta años y con demasiadas cicatrices, le quería pedir un favor. La reciente muerte de Tisana, así como el encarcelamiento —a través de una trampa— de su otro agente, Modrego, no le parecían una coincidencia. Según le explicó la mujer, había recibido buenas referencias del propio Modrego sobre Picoafilado, así que Lira le pidió que se encargase de encontrar al responsable de estar haciendo que su banda se tambalease. Por descontado, prometió a Picoafilado que sería generosamente recompensado por ello.

Así, Picoafilado decidió pasar por los cuarteles de la guardia para hablar con Modrego, que continuaba allí retenido.


Y precisamente allí acababa de llegar Malhadado. Tras separarlo de Fortuna, le arrojaron a una sucia celda en la que había cuatro o cinco famélicos ocupantes más. Malhadado trató de explicar a los guardias que Fortuna era la hija de un hombre acaudalado, y que podían estar metiéndose en un problema con su detención.

Aunque, inicialmente, los guardias reaccionaron con burlas, uno de ellos pareció pensárselo. El tipo dejó a su otro compañero al cargo y se marchó hacia algún punto de los cuarteles.

Justo a continuación, Malhadado vio a Picoafilado en el corredor de celdas. Le llamó, pero el mercader le hizo un gesto discreto, indicándole que aguardase.


Picoafilado fue conducido por uno de los guardias hacia otra celda, que Modrego compartía con otros siete hombres. El hedor a orín y heces era insoportable. Con paso renqueante, Modrego se acercó hacia los barrotes.

Durante un buen rato, ambos conversaron acerca de la trampa que se le había tendido al agente de la Puta Coja. Picoafilado trató de dirigir las sospechas del hombre hacia un complot urdido por Mirlo, ese mercader enemistado con el propio Picoafilado. Modrego aceptó la versión, al menos de palabra, porque no parecía haber quedado demasiado convencido.

Tras despedirse de Modrego, Picoafilado se acercó a la celda de Malhadado, donde este le contó lo que les había sucedido a él y a Fortuna. El mercader subió entonces al cuerpo de guardia para indagar acerca del estado de la detención de su amigo y la mujer que lo acompañaba. Un guardia bastante circunspecto le informó de que los reos serían puestos en libertad a la mayor brevedad.

Satisfecho, Picoafilado se dirigió de vuelta a su tienda, que también era su casa.



Tras no encontrar a Picoafilado en su tienda, Luna preguntó por Malhadado a las gentes de La Madriguera. Un par de ellos le habían visto dirigirse hacia la Puerta de los Piojos con una mujer. Otros vieron cómo los hombres del bailío les detenían.

Luna ya pensaba en dirigirse a la prisión cuando se percató de que un hombre la seguía. Cuando le confrontó, el tipo le dijo que no podía darle explicaciones en mitad de la calle, instándola a entrar en un callejón cercano. Ella aceptó.

Apenas habían entrado en el callejón, el hombre trató de agarrarla del cuello al tiempo que echaba mano a la daga. Luna le empujó hacia atrás, evitando que su atacante hiciera presa. Con los dientes apretados, el tipo alzó su hoja frente a ella. Luna no se lo pensó: echó a correr con un latigazo del cuerpo, tan brusco que el hombre jamás tuvo opción de alcanzarla antes de que hubiese ganado la calle.

Mientras Luna se alejaba, pudo ver la oscura promesa en los ojos de aquel tipo, que devolvía su arma a la funda, muy despacio.



Las burlas del guardia que custodiaba a Malhadado cesaron con el regreso de su compañero. Visiblemente tenso, el recién llegado puso al reo en libertad. Malhadado se envalentonó un poco por este hecho, aunque el guardia le dejó claro que no era una buena idea seguir por ese camino. Asimismo, el guardia le instó a que, tanto Malhadado como Fortuna, se olvidasen de todo ese asunto. Que lo dejaran correr, por el bien de todos.

Preocupado, Malhadado subió hasta el cuerpo de guardia, donde ya esperaba Fortuna. Cuando alargó la mano para consolar a la muchacha, esta retrocedió con una expresión de terror en su rostro. Aunque Malhadado le preguntó varias veces por su estado, la joven se negó a hablar al respecto, pidiéndole una y otra vez que la llevase a casa.

De camino al Barrio Alto, Malhadado insistió. Fortuna solo pudo llorar como respuesta.

De modo que continuaron camino en silencio. Una vez Malhadado vio que la muchacha entraba en su casa, emprendió el camino de regreso hacia La Madriguera.



Era un camino que había emprendido Picoafilado un par de campanadas antes. Por desgracia, una muy mala noticia le aguardaba en casa: su tienda había sido completamente desvalijada. Según pudo observar, la cerradura había sido forzada con elegancia, sin dejar marcas. Tampoco había rastros o posibles evidencias en la tienda. Era un trabajo profesional.

Preocupado, fue a ver a Romero, quien le aseguró que la tienda estaba en perfecto estado cuando él la dejó a la hora del cierre.

Frustrado por lo ocurrido, Picoafilado se encaminó, por segunda vez en el día, hacia los cuarteles de la guardia para poner una denuncia que, todo sea dicho, los hombres del bailío no se tomaron con demasiada seriedad. Regresando de nuevo a casa, se topó con Malhadado, quien regresaba del Barrio Alto. Hicieron juntos el camino de vuelta.

Se encontraron con Luna aguardándoles en la puerta de la tienda.

Dentro, Luna y Picoafilado intercambiaron información, con Malhadado escuchando atentamente. La situación era complicada: la banda de la Puta Coja les estaba buscando por el secuestro y muerte de Tisana; el mercenario —único testigo— estaba suelto y podía reconocerles. Había que atar, o cortar, los cabos sueltos.

Decidieron que, mientras Tiarella encontraba al mercenario, Picoafilado se encargaría de intentar llevar todas las sospechas hacia Mirlo.

Luna también, en privado, le contó a Malhadado lo que ocurría con Grito y su afán por ajusticiar a los asesinos de su hijo. También le dijo que era probable que esos asesinos fuesen Coralino y Almendro. Malhadado no estaba dispuesto a colaborar en la muerte de Coralino y, de hecho, le sugirió a Luna que tratasen de alejar de él las pesquisas de Grito. Ya tenían problemas con la gente de la Puta Coja, no necesitaban enemistarse a la vez con la banda de Lobo. Ella se mostró de acuerdo.

Picoafilado quedó durmiendo en su casa, mientras Luna se dirigió a la de Amaranto. Por su parte, Malhadado regresó a Los Dejados. Allí, Margarita le dijo que un hombre les estaba esperando.

El tipo, bien vestido y con tendencia a divagar, dijo llamarse Jaro. Estaba sumamente interesado en la partida que Serrín había organizado con Recuero, a través de Malhadado. O más bien en cómo alguien había filtrado la intención de robar el libro de cuentas de casa de Recuero, por lo que la banda de Nadiegüelto se había anticipado a la operación.

Además, Jaro sospechaba de Malhadado, dado que conocía su relación con Luna, quien trabajaba para Nadiegüelto. Malhadado lo negó de forma taxativa, llegando a convencer a Jaro. Aun así, el tipo le pidió que hablase con Luna y consiguiese el nombre del responsable de la filtración. Malhadado prometió que lo haría, emplazando a Jaro a reunirse con él en la tienda de Picoafilado en la noche del día siguiente.

Se despidieron y Malhadado pudo subir a su habitación.

Había sido un día muy largo.


* * *


Nada más amanecer al día siguiente, Picoafilado fue a visitar a la Puta Coja. Allí trató de convencerla de la implicación de Mirlo en un complot con la banda de Lobo para destruir su organización. Para la mujer, aquello no parecía tener demasiado sentido: Mirlo era uno de sus socios más lucrativos y nadie había detectado que tuviese tratos con la banda de Lobo. No obstante, prometió vigilarlo.

Picoafilado siguió presionando por ahí, argumentando que, durante su conversación con Modrego en los cuarteles de la guardia, el reo había estado de acuerdo en que Mirlo estaría detrás de todo. Intrigada por esto, Lira le dijo que enviaría a uno de sus hombres a hablar con el propio Modrego.

Además, el mercader señaló el hecho de que habían desvalijado su tienda. Lo atribuyó a una represalia de Mirlo por haberse acercado demasiado a su conspiración. Pero la Puta Coja ya había perdido el interés por la conversación y le dijo que se retirase.

Habiendo conseguido mucho menos de lo que esperaba, Picoafilado se despidió para regresar a su tienda desvalijada, donde se encontraría a Romero limpiando.



Luna pasó la mañana con Amaranto, observando cómo el joven practicaba con sus ganzúas sobre un par de nuevos modelos de cerraduras. Ella le habló de su agobio por la situación que estaba atravesando.

Amaranto se apartó de sus cachivaches por un momento para abrazarla y besarla. Le prometió que todo saldría bien, como siempre; que ella encontraría la manera de arreglar las cosas. Y así se quedaron un rato más, entre besos y abrazos.

Después, Luna se dirigió a ver a Nadiegüelto. Le explicó a su jefe que alguien había desvalijado la tienda de Picoafilado: un trabajo profesional. Nadiegüelto negó que su banda estuviera detrás e imaginó que se trataría de la banda de Riofrío, seguramente por encargo.

Luna se marchó hacia la tienda de Picoafilado para trasladarle esta información al mercader. Allí se personó también Malhadado, quien puso a sus compañeros al tanto de su reunión con el tal Jaro la noche anterior. Luna prometió que trataría de averiguar para quién trabajaba ese hombre.



Con la información proporcionada por Luna, que señalaba a la banda de Riofrío como probable perpetradora del robo a su tienda, Picoafilado dedicó la mañana a preguntar a algunos conocidos cómo podía reunirse con el mismo líder de esa banda. Para el mediodía ya se encontraba reunido con Riofrío, un tipo raquítico de modales bastante amables.

El plan de Picoafilado pasaba por contratar a la banda para que averiguase quién había ordenado el ataque a su negocio, especificando que no le importaba tanto quién lo hubiese perpetrado. El mercader estaba casi seguro de que la autoría material había corrido a cargo de la banda del propio Riofrío.

El líder de la banda pactó un precio con Picoafilado. Era una cifra alta y el mercader no disponía de suficiente liquidez, así que acordaron un pago en dos plazos. Quedando de acuerdo en que alguno de los miembros de la banda pasaría a cobrar al día siguiente, se despidieron.



Mientras Malhadado empleaba la mañana en colocar su atril frente a la tienda de Picoafilado, con su perro mugriento observando atentamente, Luna se pasó a visitar a Tiarella. Tuvo que despertarla de la cama, pero mereció la pena. La prostituta había encontrado dos cosas: una enfermedad venérea y al mercenario que Luna buscaba.

Pasaron de puntillas sobre el primer asunto y se centraron en el segundo. No había podido averiguar el nombre del tipo pero, al parecer, solía frecuentar La Flor Blanca. Eso si no había partido ya hacia el frente de batalla. Viendo que Luna no sabía muy bien cómo abordar a ese hombre en un lugar tan concurrido, Tiarella le hizo una oferta: a cambio de una bolsa, ella sacaría al mercenario del local usando sus encantos y, una vez fuera, Luna y sus amigos se encargarían. Solo tendrían que vigilar La Flor Blanca y señalarle a la prostituta su objetivo.

Luna le dijo a Tiarella que se pensaría el plan y, cuando lo hiciese, le daría una respuesta. Antes de despedirse, Luna le preguntó a su amiga por Jaro. La prostituta no tuvo problemas para señalarlo inmediatamente como a uno de los hombres de la banda de Riofrío.



Cuando Picoafilado hubo vuelto a su tienda, encontró allí tanto a Malhadado como a Luna. El mercader puso a sus compañeros al tanto de su reunión con Riofrío, mientras que Luna les habló acerca del hallazgo de Tiarella y su plan para el mercenario. La ladrona también les confirmó que Jaro trabajaba para Riofrío.

A todos les pareció un paso lógico acabar con el cabo suelto que suponía aquel mercenario. Del mismo modo, decidieron tratar de inculpar a Mirlo —a ojos de la Puta Coja— de haber orquestado la conspiración para perjudicar a la banda.

Pero todo aquello debería esperar al día siguiente. De momento, tendrían que ver el modo de envenenar a Jaro contra Mirlo esa misma noche. Se emplazaron a la reunión concertada tras la puesta de sol en aquella misma tienda, de modo que Malhadado se marchó a la posada y Luna a su casa.

Pero para Picoafilado el día estaba muy lejos de acabar todavía.

Primero recibió la visita de su infame enemigo, Mirlo. Este, aparte de burlarse de que hubiesen robado la tienda, le recordó la deuda —de seis bolsas— que Picoafilado aún mantenía con él. Tras unas cuantas amenazas muy poco veladas y prácticamente reconocer que él había sido el responsable de lo acaecido, el mercader se marchó.

Después llegó Margarita. La posadera estaba muy preocupada. Grito no había ido a dormir y tampoco se había presentado a trabajar por la mañana. La mujer sospechaba que continuaba con sus indagaciones sobre la banda de Lobo y podía haberse metido en algún lío. Picoafilado trató de tranquilizarla con más palabras vacías que otra cosa, lo que consiguió a medias.



Y así llegó la noche.

Malhadado y Picoafilado esperaron en la tienda a que llegase Jaro; Luna se ocultó en la parte de arriba. El tipo se presentó acompañado de un par de hombres; los tres llevaban espadas. Como la vez anterior, Jaro comenzó a divagar hasta que Malhadado le cortó.

Después, el trilero le contó que Luna no sabía nada acerca de la operación en casa de Recuero, lo que no pareció convencer a Jaro: no dudaba de que la mujer le había contado eso a Malhadado, pero quería hablar en persona con ella.

Picoafilado trató entonces de desviar la conversación hacia Mirlo y su intervención en el asunto, lo que no le cuadraba tampoco demasiado a Jaro, que desechó esa línea. Además, aprovechó la coyuntura para informar al mercader de que su patrón, Riofrío, había desestimado su oferta de negocio.

Tras exhortar a los compañeros a que le organizasen una reunión en persona con Luna, Jaro se marchó. Al poco, Luna bajó del piso superior.

Los compañeros eran conscientes de lo crítico de la situación. Tenían que hacer algo o todo aquello se los iba a tragar.

Picoafilado insistió en hacer que todo recayese sobre Mirlo, lo que a los demás les pareció bien. Malhadado sugirió hablar con Lobo para proponerle que fingiese tratos con Mirlo y así poder inculparle ante la Puta Coja.

Hablado todo esto, se emplazaron a verse en Los Dejados para la noche del día siguiente.


* * *


Malhadado había madrugado. Lo hizo para desplazarse al Barrio Alto. Allí, trató de visitar a Fortuna, aunque acabó chocando con el mayordomo de la familia. Ante los requerimientos de Malhadado, el sirviente entró a buscar a la joven dama, aunque regresó diciendo que la señorita decía no conocer de nada al visitante. Aunque Malhadado trató de interesarse entonces por el estado de la muchacha, solo consiguió que el mayordomo le echase de allí.

Cuando se iba, pudo ver a Fortuna en una de las ventanas. La joven le preguntaba, gestualmente, si estaba loco por haber ido a verla allí.


Por su parte, Picoafilado aprovechó el cierre forzoso de su tienda para ir a ver a la Puta Coja.

Para su desagradable sorpresa, se cruzó con Mirlo saliendo del despacho de la delincuente. Mirlo sonrió con amplitud, dedicándole algún halago a Picoafilado, que este contestó con una sonrisa cargada de la misma falsedad.

Cuando entró al despacho de Lira, Picoafilado volvió a la carga con su estrategia de inculpar a Mirlo, pero la Puta Coja le cortó en seco. Al parecer, uno de sus hombres, Lechón, había hablado con Modrego. El reo pensaba que Picoafilado ocultaba algo, que realmente no sabía quién estaba tras la conspiración, pero había aprovechado la situación para tratar de perjudicar a Mirlo.

Lira se mostró comprensiva en este punto, pero le garantizó que su banda no iba a ser el instrumento para dirimir las rencillas entre ambos mercaderes. Cuando Picoafilado comenzó a explicar que Mirlo había desvalijado su tienda porque él estaba cerca de demostrar que estaba conspirando contra la Puta Coja, la mujer no quiso seguir hablando del tema y despidió al mercader.

Aquel era un camino que acababa de cerrarse.



Mientras sus compañeros andaban en esas lides, Luna se acercó a Los Dejados. Allí encontró a una aún desconsolada Margarita que, sin embargo, estaba más tranquila porque Grito había regresado por la mañana. Luna se acercó a hablar con el posadero, que limpiaba jarras tras el mostrador con un paño algo mugriento.

El hombre seguía obsesionado con los hombres que mataron a su pequeño y la necesidad de hacer justicia. Aunque Luna trató de advertirle de que su conducta —haciendo preguntas peligrosas por La Madriguera— era imprudente, Grito no parecía atender a razones.

Luna se despidió del hombre y de Margarita, marchándose a casa de Amaranto.



Aquella tarde, Malhadado trató de encontrarse con Coralino. Fue a buscarlo a la guarida de Lobo, pero le dijeron que no se encontraba ahí. Picoafilado, por su parte, pasó la tarde en su tienda, limpiando los muebles vacíos en compañía de Romero. Luna estuvo con Amaranto, quien seguía enfrascado en sus cerraduras.

Por la noche, se vieron en Los Dejados.

Mientras se informaban unos a otros de lo acontecido durante el día, Jaro irrumpió en la posada, acompañado de los dos hombres con los que había ido la noche anterior a la tienda. Esta vez, el tipo no parecía muy dispuesto a divagar.

Fue al grano.

Le preguntó a Luna quién había filtrado a su banda la información sobre el golpe en casa de Recuero. Luna negó pertenecer a ninguna banda, lo que enfureció visiblemente a Jaro, ya que sabía perfectamente de la pertenencia de Luna a la banda de Nadiegüelto.

Aunque Malhadado y Picoafilado trataron de templar la situación, Jaro ordenó a Luna que le acompañase fuera. Cuando la ladrona se negó, las espadas se desenvainaron.

Los tres hombres arrastraron fuera a Luna ante la mirada impotente de sus dos compañeros.

Ya fuera, uno de ellos usó una tira de cuero para atar las manos de la mujer a la espalda, antes de cubrirle la cabeza con un saco de arpillera. La cogieron de los brazos y la llevaron, caminando de puntillas, hacia cualquier lugar.

Por suerte, sus compañeros reaccionaron deprisa: mientras Picoafilado corría hacia la casa de Nadiegüelto para avisar del secuestro de uno de los integrantes de su banda, Malhadado seguía a Jaro y sus hombres según se adentraban en La Madriguera. A los pocos latidos, su fiel perro tuerto trotaba a su lado.

Siguió a los hombres hasta una casucha desvencijada junto al canal. Estaba comenzando a acercarse cuando vio a alguien oculto en la penumbra. No esperó a ver más: se dio la vuelta y echó a correr. Su perro también corrió, adelantándole hasta perderse en la oscuridad.

Notó el impacto de un cuerpo en la espalda y rodó por el suelo junto a su perseguidor. Oyó el ruido de un cuchillo desenvainándose. Malhadado pateó y se quitó al hombre de encima. Se puso en pie de un salto y echó a correr.

El tipo le volvió a alcanzar, sujetándole por la camisa. Forcejearon; Malhadado sujetó la muñeca del arma para evitar que le apuñalasen. Se zafó con agilidad y volvió a correr.

Corría con toda su alma.

Oyó los ladridos de su perro tras él, junto con las maldiciones de su perseguidor.

Pero siguió corriendo.

No pensaba dejar de correr.


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