La Rosa de Acero: Hijos de La Madriguera (4/X)
En plena noche, jadeando, con el corazón casi fuera del pecho, Picoafilado se plantó ante los dos matones que custodiaban la puerta de la casa de Nadiegüelto. Ambos tenían los ojos enrojecidos por fumar flor del desierto. Con la voz entrecortada, les dijo que tenía que hablar con su jefe, a pesar de la hora que era.
Nadiegüelto le recibió en ropa de cama. Sin perder el tiempo, Picoafilado le relató que unos hombres de la banda de Riofrío se habían llevado a Luna para interrogarla acerca de la operación en casa de Recuero. Le explicó también que Malhadado había seguido a Jaro y ahora les estaría esperando en Los Dejados para guiarlos. Todo esto debió de alarmar bastante al hampón, que de inmediato sacó a su propio hijo de la cama para que fuese a dar aviso a Amaranto. Después, le dijo a Picoafilado que le acompañase —a él y a sus dos hombres— a solucionar el tema.
Uno de aquellos hombres ató a Luna al respaldo de una vieja silla. Jaro estaba frente a ella. Se mostraba amable, asegurándole que no querría hacerle daño, pero que lo haría si no le daba otra opción.
Luna volvió a negar que trabajase para Nadiegüelto, a pesar de que Jaro sabía que era así. Otro de los hombres arrastró un maltrecho mueble hasta colocarlo junto a la silla de Luna. Jaro extendió un paño sobre él, repleto de tenazas, bisturís y otros objetos de aspecto bastante hostil.
Tomó unas tenazas y se acercó a Luna.
Volvió a preguntarle.
Ella volvió a negar.
Uno de los hombres la sujetó por detrás, tirando de su frente y apretándole la nariz para que abriese la boca. Ella intentó debatirse. No podía, las ligaduras eran fuertes.
La tenaza se cerró sobre uno de sus incisivos centrales superiores.
Un crujido.
Jaro tiró, arrancando el diente de raíz.
El dolor fue atroz. Luna lloraba. Gritaba. Sangraba.
Jaro volvió a preguntar.
Ella no contestó. Solo había sangre, lágrimas y rabia.
Jaro volvió a preparar la tenaza.
Entonces, unos nudillos repicaron sobre la puerta. Uno de los hombres abrió para dejar entrar a un desconocido. El tipo informó a Jaro de que el mendigo trilero les había seguido, encontrando la casa. Al parecer, ese mismo tipo había tratado de cazar a Malhadado, sin conseguirlo.
Jaro dejó las tenazas sobre el mueble y todos salieron afuera.
Picoafilado llegó a la puerta de Los Dejados junto a Nadiegüelto y sus dos hombres. Allí les esperaban Malhadado y su perro. Juntos, corrieron hacia la casa junto al canal donde Jaro y sus hombres tenían a Luna retenida.
Cuando llegaron, los cuatro les aguardaban en la puerta. Jaro y dos de ellos con las espadas desenvainadas; el cuarto —quien había perseguido a Malhadado hacía un rato—, empuñando un cuchillo. Picoafilado y Malhadado sacaron sus dagas; Nadiegüelto y sus hombres, las espadas. El perro pulgoso gruñía.
Nadiegüelto sugirió a Jaro que dejasen libre a Luna y que cada uno se fuera por su lado. No lo hizo con demasiada convicción, pues sabía que el otro no iba a aceptar. Unos y otros cruzaron alguna amenaza más, pero no quisieron postergar mucho lo inevitable.
Se abalanzaron unos sobre otros.
Mientras su perro ladraba y lanzaba dentelladas, Malhadado trató de escurrirse hacia la puerta, pero la hoja de un contrincante le trazó un terrible corte en la espalda. Entró tambaleándose en la casucha, donde encontró a una Luna que le observaba con los ojos muy abiertos.
Mientras, Picoafilado recibía un corte profundo, aunque apuñaló hasta la muerte a un enemigo. Entre Nadiegüelto y uno de sus hombres lograron acabar con uno más, aunque Jaro ensartó con su espada a uno de los matones del hampón.
Dentro de la casucha, cuando Malhadado se disponía a liberar a Luna, un cuchillo le apuñaló por la espalda. El tipo que le había perseguido estaba tras él, blandiendo su hoja. Malhadado retrocedió, acorralado contra la pared.
Pero su enemigo no había contado con Luna.
La ladrona había logrado deshacerse de sus ligaduras y, desde atrás, apuñaló el lateral del cuello del hombre, que se desplomó como un fardo.
Jaro, el último de los suyos en pie, retrocedía malherido hacia el canal. Picoafilado acortó distancias con una zancada y le apuñaló en el pecho. Un borbotón de sangre surgió de su boca.
—Esto es por mi tienda —le espetó el mercader, antes de arrojarlo al Canal de los Suspiros.
Con Luna liberada, arrojaron el resto de cuerpos al canal, antes de dirigirse a la casa de Nadiegüelto. Entre Picoafilado y Luna cargaron con Malhadado, que apenas podía caminar. Una vez allí, el hampón hizo venir a un sanador que atendió a todos los que lo necesitaron. Incluso le ofreció a Malhadado pasar la noche en su casa, lo que este aceptó. Luna dijo que se quedaría a velarlo.
Amaranto llegó poco después, interesándose por el estado de Luna. Aunque no pudo reprimir una mueca involuntaria de asco al ver el incisivo que le faltaba a su novia, se apresuró a tratar de confortarla con un abrazo bastante rígido.
Mientras se atendía a Malhadado, Picoafilado sondeó a Nadiegüelto para saber si este estaría dispuesto a desvalijar la tienda de Mirlo. Nadiegüelto dijo que aceptaría a cambio de cuatro bolsas, que Picoafilado podría pagar en un mes y medio, en el último día del mes de Las Flores.
Picoafilado le pidió un tiempo para pensar el trato, lo que Nadiegüelto aceptó sin mayores problemas. Tras esto, el mercader regresó a su casa.
* * *
A la mañana siguiente, Malhadado renqueó hasta la banda de Lobo en busca de Coralino para proponerle la jugarreta a Mirlo que había planeado. Sin embargo, no lo encontró allí. Le dijeron que había ido al puerto junto con Almendro. Tras dejar recado para que Coralino fuera a verle a Los Dejados, fue a la posada, dispuesto a descansar.
Mientras tanto, Luna había ido por su cuenta a Los Dejados, donde había encontrado a Grito bastante alterado. El posadero le contó que había descubierto que Coralino y Almendro eran los responsables de la muerte de su hijo. Se disponía a matarlos a ambos. A pesar de las advertencias de Luna acerca de lo peligroso que era aquello, el hombre no atendía a razones. Cuando Luna vio entrar a Malhadado en Los Dejados, le interceptó rápidamente para contarle lo que ocurría.
Maldiciendo por lo complicado de la situación, Malhadado le pidió a Luna que fuese a ver a los hombres de Lobo por si Coralino estuviese allí y que, de cualquier forma, se asegurase de que el tipo no se presentaba en Los Dejados. Él, por su parte, iría a buscarlo al puerto.
A unas calles de allí, Picoafilado se sorprendía al ver a uno de los hombres de la banda de Lobo vigilando su establecimiento. Por si fuera poco, acababa de entrar en el local uno de los hombres de la Puta Coja, el cual se interesaba por saber cuándo el mercader podría recibir más mercancía de contrabando. Como buenamente pudo, Picoafilado se lo quitó de encima con una mezcla de excusas y embustes que avasallaron la mente del hombre, quien acabó marchándose con los hombros encogidos.
Malhadado, en un estado bastante lamentable, se arrastró como pudo hasta el puerto. Allí trató de encontrar a Coralino, que debería estar cerrando algún trato o supervisando una descarga. Sin embargo, le fue imposible localizar al hombre en el bullicio del puerto.
A quien sí vio, muy a su pesar, fue a aquel mercenario que había acompañado a Tisana la noche que Malhadado y sus compañeros la secuestraron. Pudo ver el reconocimiento en los ojos del hombre que, de inmediato, se perdió entre la multitud. Aquello era un problema. Malhadado lo sabía. Por eso dio media vuelta y renqueó todo lo deprisa que pudo de vuelta a La Madriguera. Ya en la posada, le pidió a Margarita que le diese una habitación distinta a la que hasta entonces había ocupado.
Era casi de noche cuando Luna llegó a casa, dispuesta a descansar por fin. Pero Amaranto tenía otros planes. Él y un par de compañeros tenían previsto entrar a un almacén del puerto. Allí había una caja de caudales que Amaranto podía abrir. El problema era la puerta de la calle, con una cerradura grande y pesada, aparatosa de abrir. Habiendo vigilancia en el puerto, Amaranto no quería demorarse forzando una cerradura en la calle, así que había pensado que Luna se colase por el tejado y abriera la puerta desde dentro.
Luna trató de explicarle a su novio que estaba muy cansada después de lo ocurrido la noche anterior, que no se encontraba bien. Pero entonces él aludió al amor entre ambos, a la confianza que tenía en ella, a lo que la necesitaba.
Y ella cedió. Como siempre.
Así que ambos marcharon hacia los muelles en plena noche, acompañados por un par de hombres de la banda de Nadiegüelto. Era una noche sin luna, ideal para lo que se traían entre manos.
Fue entonces cuando, a la altura de la Puerta de los Piojos, presenciaron una trifulca en la oscuridad. En una calle aledaña, dos figuras forcejearon durante unos latidos. Luego, una se desplomó. La que quedaba en pie se perdió a paso vivo en la penumbra. Aunque Amaranto trató de disuadirla, Luna corrió hacia allí.
En el suelo no encontró uno, sino dos cuerpos. Uno era el de Almendro, de la banda de Lobo. El otro era el de Grito.
Luna dejó escapar una exhalación larga antes de regresar con Amaranto y los otros. Tenían trabajo.
El puerto no resultó un desafío: llegaron hasta las cercanías del almacén sin ser vistos y Luna se encaramó al tejado como un gato callejero. Una vez abierta la puerta desde dentro, Amaranto abrió la pesada caja de caudales como si fuera de juguete. El chico, sonriendo, le arrojó una bolsa de monedas a Luna en agradecimiento.
Con el ánimo sombrío y la bolsa llena, Luna regresaría una campanada más tarde a La Madriguera, acompañada por Amaranto y los otros. Sin embargo, no iría a casa. En lugar de eso, fue a Los Dejados para informar de la muerte de Grito tanto a la desconsolada Margarita como a Malhadado.
* * *
A la mañana siguiente, Luna acompañó a Malhadado hasta la guarida de Lobo. Allí Malhadado le propuso a Coralino participar en una jugarreta a Mirlo: alguien de la banda de Lobo se acercaría al local del mercader para fingir estar haciendo tratos con él, de un modo lo suficientemente convincente como para ser detectado por la gente de la Puta Coja, que vigilaba el local. La Puta Coja acabaría con Mirlo, eliminando uno de sus propios activos; lo cual beneficiaría a la banda de Lobo.
Coralino no parecía muy convencido, pero prometió que le trasladaría el plan a su jefe para que diese el visto bueno, e informaría a Malhadado al día siguiente.
Tras dejar a Malhadado de vuelta en Los Dejados, Luna se pasó por la tienda de Pico para darle la mala nueva sobre Grito. Algo pareció romperse dentro de Picoafilado, quizá la culpa por no haberse ocupado de su amigo en momentos tan difíciles. El mercader, afectado, acompañó a la ladrona al entierro del posadero.
Fue una ceremonia sencilla, con la viuda y algunos vecinos, además de ellos dos. El sacerdote de Enaoz dijo algunas palabras genéricas y el cuerpo fue entregado a la tierra.
Pasado el mediodía, Malhadado descansaba en su habitación de Los Dejados cuando unos nudillos llamaron a la puerta. Se trataba de Coralino que, al parecer, había podido hablar antes de lo previsto con Lobo. Según le explicó a Malhadado, su jefe había desechado el plan para jugársela a Mirlo, soltando un montón de improperios y gritando cosas sobre «no hacer tratos con putos mendigos apestosos».
Malhadado no pudo sino encogerse de hombros y despedirse de Coralino, que se marchó a encargarse, sin duda, de sus propios asuntos.
Mientras tanto, Picoafilado y Luna regresaban del cementerio, con el alma ensombrecida tras despedir a su amigo Grito. Pasando junto al establecimiento de un sanador al que el mercader frecuentaba, vieron salir del mismo a un par de hombres de la Puta Coja. No parecían heridos.
Extrañado, Picoafilado se acercó al local.
Según les dijo el sanador, los hombres estaban buscando a quien atendiera a un tipo ataviado con ropas bastante maltrechas y de un aspecto sospechosamente parecido al de Malhadado. Al parecer, los tipos ahora se dirigían precisamente hacia el local del sanador que atendiera a los compañeros hacía un par de noches en casa de Nadiegüelto.
Mientras Luna regresaba a Los Dejados, Picoafilado decidió acercarse allí. El local parecía cerrado, aunque, al acercarse, escuchó quejidos y ruido de golpes. También escuchó cómo el sanador confesaba haber tratado en casa de Nadiegüelto a dos hombres y una mujer con pelo color caramelo. El hombre que coincidía con quien buscaba la Puta Coja era un antiguo mendigo que se alojaba en Los Dejados, aunque el sanador no sabía su nombre. A veces ponía su atril frente a la tienda de un mercader, a unas calles de allí.
La puerta se abrió mientras Picoafilado curioseaba, poniendo la oreja en los póstigos cerrados. Era uno de los hombres del interior, que le preguntó de malos modos qué hacía ahí. Picoafilado mintió, diciendo que quería ver al sanador, y se marchó de buen grado cuando el tipo le echó de allí.
Un par de latidos más tarde, cuando seguramente el tipo advirtió que había algo raro, Picoafilado ya corría entre las calles de La Madriguera. Escuchó gritos tras él, bastante lejos. No tardó en dejarlos atrás.
Poco después, se reuniría en Los Dejados con Luna y Malhadado para ponerles al tanto de la situación: los buscaban, especialmente a Malhadado. Pero puede que no les costase acabar llegando hasta Picoafilado o Luna. Tenían que esconderse.
Fueron hasta El Velo Nocturno, donde Tiarella aceptó esconder a Luna, pero dijo no poder hacerse cargo de sus compañeros. Además, el propietario del local reconoció a Malhadado y su pasado en la mendicidad: le echó a gritos de allí diciendo que no quería mendigos sarnosos en su local. Como el hombre elevaba mucho la voz y comenzaba a llamar la atención, Malhadado se apresuró a marcharse, dejando allí a Luna y a Picoafilado, que se había hecho pasar por un simple cliente.
Después de pasar un par de campanadas dejándose acariciar por las prostitutas del Velo Nocturno y pagando tragos a un precio prohibitivo, Pico se marchó hacia casa de Romero, esperando que su amigo pudiera esconderle.
Romero, que por supuesto le acogió en su casa, tenía varios moretones y un labio partido. Según le dijo, los hombres de Mirlo habían visitado la tienda buscando al propio Picoafilado y, al no encontrarlo, lo habían pagado con él.
Cuando Romero se derrumbó llorando, diciendo que había que solucionar aquello, Picoafilado trató de tranquilizarlo, prometiendo que lo arreglaría todo.
Entrada bien la tarde, Malhadado llegó como pudo hasta el Barrio Alto. Allí contactó con uno de los criados que deambulaban por la calle para que llevase recado en persona a la señorita Fortuna, de la casa que él señaló.
El criado lo hizo por unas monedas y, al rato, le trasladó a Malhadado que le esperaban en la puerta trasera de la casa. Cuando llegó allí, Fortuna le esperaba. La muchacha seguía con el rostro algo desencajado y los ojos enrojecidos de haber llorado.
Cuando Malhadado le contó que estaba en peligro y necesitaba esconderse, la muchacha le dijo que le haría pasar por el familiar de una de las cocineras. De todos modos, le advirtió que no podría esconderle durante más de dos o tres días sin que su padre sospechara.
Al menos, cuando cayó el sol y Nidhám se alzó en el cielo nocturno, los tres compañeros pudieron echarse a dormir sabiéndose a salvo.
Pero tendrían que empezar a pensar qué hacer con todo lo que estaba pasando.

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