Strigoi (Parte II): El último tren a Berlín

El último expreso del invierno traqueteaba sobre los raíles mientras cruzaba los Alpes austríacos en la ruta Estambul-Berlín de la Bavarian Ludwig Railway. Las ventanas del tren, empañadas por el frío, dejaban entrever las sombras de los árboles mientras el hielo crujía bajo las ruedas como si el suelo se quejase ante la intrusión del hierro. Un pasajero observaba su reloj de bolsillo en el vagón restaurante, a solo unos asientos de distancia de Lázarus, emitiendo un tic-tac que parecía sonar más fuerte de lo normal. No mucho más lejos, una mujer acariciaba un pequeño relicario mientras sollozaba ligeramente.

Lázarus Whiteford era un acaudalado norteamericano cuya afición era la de viajar por el mundo disfrutando del deporte de la caza. En aquellos momentos, se dirigía a Alemania. El americano había oído de labios de un conocido que la Selva Negra era un excelente lugar para la caza del lobo, y Lázarus esperaba conseguir allí algún buen ejemplar cuya cabeza adornase el salón de su casa.

Las luces del vagón restaurante parpadearon mientras los comensales masticaban en un silencio casi ritual. El atardecer reflejaba su luz en la nieve, tiñendo el paisaje con el color de la sangre mientras los afilados picos de las montañas surgían de entre las nubes, casi amenazantes.

Matheo Boltzman miró sobre el hombro de Anallena Bahr y, a algunos asientos de distancia, vio a un niño dibujando sobre la escarcha de la ventana, mientras canturreaba algún tipo de canción que trataba sobre demonios que devoran a los niños malos.

Matheo era un médico austriaco de bastante renombre que viajaba junto a Anallena, su enfermera asistente, hacia Berlín. Allí aguardaba un paciente en un delicado estado de salud, esperando ser intervenido por el afamado cirujano.

Inesperadamente, el vagón sufrió una brusca sacudida. Los pasajeros intentaron aferrarse a donde pudieron, aunque muchos salieron despedidos, golpeándose contra los bancos o las paredes. El propio Lázarus se golpeó la cabeza con la pared del vagón, aunque el asunto no fue más allá de un pequeño corte en la frente. Por su parte, tanto Matheo como Anallena consiguieron aferrarse a sus asientos a tiempo para no sufrir ningún percance.

El tren parecía haberse detenido bruscamente. Un rápido vistazo a través de la ventana del vagón restaurante le bastó a Lázarus para comprobar que la locomotora había descarrilado.


Pasado el estupor inicial, los pasajeros comenzaron a recomponerse. Al menos cuatro de los viajeros habían sufrido heridas, uno de ellos de gravedad. Rápidamente, Matheo y Anallena trataron de atender a aquel hombre que presentaba una herida terrible en la cabeza. Lamentablemente, había poco que el doctor pudiese hacer allí y el sujeto acabó falleciendo pocos minutos después.

Lázarus, que había estado ayudando a una mujer llamada Hermina a recoger sus libros, que habían sido desparramados desde su maleta debido al descarrilamiento, se despidió cortésmente de la maestra de escuela antes de salir al exterior utilizando una de las puertas situadas en el extremo del vagón restaurante.

Lo primero que vio fueron restos de piezas metálicas sobre la nieve el humo elevándose desde la locomotora. Algunos pasajeros, con pasos tambaleantes, merodeaban alrededor del vagón restaurante con aire confuso mientras un hombre de cierta edad permanecía arrodillado sobre la nieve, rezando una oración.

El norteamericano caminó hacia la locomotora. Algunas brasas se habían esparcido sobre la nieve, levantando vapor en varios puntos. El aire tenía un olor acre, a metal y humo. Por un momento, a Lázarus le pareció divisar un lobo entre los árboles, aunque el animal desapareció en un instante.

Poco antes de llegar a la locomotora, el americano se cruzó con otro pasajero, el cual sostenía una gorra llena de hollín. El hombre le informó de que se trataba de la gorra del carbonero, el cual debía viajar en el vagón-contenedor de carbón que precedía a la locomotora. No parecía haber ni rastro del hombre por ningún lado.

Lázarus siguió hasta la locomotora, que había quedado fuera de las vías y bastante maltrecha. Al parecer, un desprendimiento de nieve y rocas había bloqueado las vías. El maquinista no habría logrado frenar a tiempo de evitar la colisión.

Cuando Lázarus entró en la locomotora, corazón y estómago le dieron un vuelco: el maquinista se había destrozado la cabeza contra una de las paredes metálicas del vagón, por lo que la sangre y la masa encefálica estaba esparcida por todos lados.

Dado que nada se podía hacer por el maquinista, Lázarus se propuso buscar al carbonero desaparecido. Sin embargo, dado que había visto a aquel lobo, decidió regresar a su compartimento para recoger el rifle de caza que allí guardaba. Toda precaución era poca.

Mientras, Matheo dejaba a Anallena atendiendo a los pasajeros que habían sufrido algún percance y salía al exterior del vagón. Allí, entabló conversación con Stephan Kholer, el agente de seguridad que la Bavarian Ludwig Railway había dispuesto en aquel tren. Matheo, que había viajado en anteriores ocasiones por la zona, recordaba que, a unas seis horas a pie, se encontraba un pequeño pueblo de leñadores.

A Kholer le pareció buena idea mandar a un grupo de hombres en busca de ayuda, pero habría de ser por la mañana, ya que internarse de noche en los Alpes, con temperaturas de diez grados bajo cero, no era una idea demasiado buena.

Discutían sobre esto cuando Lázarus se acercó hasta ellos. El americano portaba su rifle al hombro, lo que desató las protestas de Kholer como encargado de la seguridad que era. Las explicaciones del cazador acerca del enorme lobo que había divisado cerca del tren parecieron calmar al agente, que acabó por consentir en que Lázarus portase su arma.

Fue entonces cuando Adolf, el revisor, se acercó al grupo para informarles de que la caldera se había apagado con el descarrilamiento y él era incapaz de hacerla funcionar. Sin la caldera funcionando, los vagones no recibirían nada de calor a través del sistema de calefacción y la noche podía antojarse complicada.

Mientras Matheo y Kholer se dirigían hacia la locomotora para estudiar la caldera, Lázarus comenzó a batir la zona en busca del desaparecido carbonero. El americano encontró el cuerpo del desafortunado empleado del ferrocarril a casi veinte metros del tren: su cuerpo estaba grotescamente descoyuntado tras haber salido despedido del vagón-carbonera para haber aterrizado violentamente contra el suelo. Ni siquiera la nieve acumulada le había salvado.

En la locomotora, tras reponerse del impacto inicial por contemplar el cráneo reventado del maquinista, Matheo y Kholer inspeccionaron la caldera. Casi de inmediato, el médico dedujo que la colisión había deformado uno de los conductos de vapor. Con ayuda de una herramienta proporcionada por el revisor, el propio doctor trató de enderezar el tubo metálico.

Luego, mientras Kholer y Adolf, el revisor, trataban de cebar de nuevo la caldera para ponerla en funcionamiento, Matheo salió de la locomotora. En el exterior encontró a Lázarus, que parecía bastante agitado. Debido a esto, el doctor le pidió a Anallena que atendiese al americano. Tras un breve chequeo, la mujer le inyectó algún tipo de sustancia a Lázarus, que pareció tranquilizarse bastante.

Mientras su ayudante atendía al americano, Matheo se acercó a una mujer que se aferraba con fuerza a un pequeño relicario. Tras entablar conversación con ella, la mujer le enseño la pequeña fotografía contenida en la pieza de joyería: una en la que se veía a la propia mujer acompañada de un hombre de su misma edad. La mujer le contó que se trataba de su marido, el cual había desaparecido en el propio tren, no encontrando su esposa ni rastro de él al despertar hacía un par de mañanas. Al parecer, el propio Kholer le había sugerido a la desconsolada mujer que su marido la había abandonado, apeándose en la última estación por la que el tren había pasado, bien de mañana.

Tras intentar consolar a la afligida mujer, el doctor regresó junto a Lázarus y Anallena.

Apenas un poco más tarde, Kholer salió de la locomotora para comunicarles que esta no había podido ser puesta nuevamente en funcionamiento, por lo que se avecinaba una noche fría. Si bien la propia estructura de los vagones permitiría que las bajas temperaturas no resultasen amenazadoras para la supervivencia, sí serían unas horas bastante incómodas.

Matheo sugirió entonces que todo el pasaje se agrupara en el vagón restaurante, a fin de inspirar seguridad y, en cierto modo, ayudar a mantenerse calientes. Entre airadas protestas, la mayoría de los pasajeros se negaron a este punto, dirigiéndose a sus respectivos compartimentos. Finalmente, solo Anallena, la maestra llamada Hermina y Kholer dijeron que acompañarían a Matheo y Lázarus a pasar la noche en el restaurante.

Mientras sus compañeros se preparaban para la llegada de la noche, Lázarus pasó las últimas dos horas de luz montando guardia con su rifle sobre el techo del vagón restaurante. Mientras paseaba sobre el escarchado techo del convoy, no pudo evitar fijarse en un matrimonio de aspecto bastante demacrado que parecía discutir cerca del vagón. Le pareció que se hallaban entre contrariados y angustiados, pero pronto perdió su interés en ellos para continuar con la vigilancia.

Y así, poco a poco, la noche fue cayendo sobre las montañas.

El fuerte viento amontonaba la nieve contra los laterales del tren mientras las montañas comenzaban a asemejarse a gigantes sombríos que parecían querer aprisionar a los vagones según la oscuridad se iba haciendo más presente. El revisor, visiblemente inquieto, se esforzaba por encender una lámpara con manos temblorosas al tiempo que algunos pasajeros que se habían acercado a cenar al vagón restaurante conversaban entre susurros, con la angustia reflejada en el rostro.

Matheo vio a una mujer de aspecto demacrado asomándose a través de la ventanilla de una de las puertas del extremo del vagón. Cuando le preguntó a Kholer por ella, el agente de seguridad le indicó que se trataba de Viorica Comescu. Los Comescu eran un matrimonio rumano bastante excéntrico que viajaba en el tren con pasaje hasta Viena.

La luz de las lámparas de aceite se reflejaba en las ventanas escarchadas, creando destellos fantasmagóricos a la vez que el viento ululaba entre las rendijas del tren, asemejándose a un escalofriante aullido. Fue entonces cuando un niño que miraba por la ventana dijo ver a alguien en la nieve.

Aunque la madre de aquel niño, llamado Alan, le reprendió de inmediato por mentir, Matheo decidió que quizá fuese buena idea echar un vistazo por si algún imprudente pasajero había decidido salir. Así, fue a buscar a Kholer para que le acompañase al exterior.

Antes de salir del vagón, Kholer extrajo un pequeño revólver de la funda en el interior de su abrigo. Aquello de que Lázarus hubiese visto lobos en la zona, obligaba a ser precavidos si iban a adentrarse en la oscuridad de la noche.

Los dos hombres salieron a la ventisca, acercándose a inspeccionar la zona en la cual el niño dijo haber visto la figura. Cuando se disponían a regresar al vagón restaurante sin haber encontrado nada significativo, Kholer recogió del suelo un pequeño fragmento de vidrio con restos de sangre.

Inmediatamente, tanto Matheo como el propio Kholer estuvieron de acuerdo en que debían llevar a cabo una búsqueda algo más exhaustiva en las inmediaciones. Del mismo modo, los dos convinieron en que Lázarus podría ser de gran ayuda en aquel cometido. Así, regresaron al vagón en busca del americano.

Los tres hombres se desplegaron en abanico sobre la nieve, alejándose del vagón restaurante para internarse casi un centenar de metros en el espeso bosque que flanqueaba las vías de tren. Tras unos minutos de infructuosa búsqueda, regresaban hacia el convoy cuando Lázarus hizo un escalofriante descubrimiento: la ventana de uno de los compartimentos ubicados en el primer vagón de pasajeros estaba rota. Sin dudarlo un momento, se acercaron hasta allí para echar un rápido vistazo a través de la ventana.

Lo que vieron les estremeció: había una gran cantidad de sangre en el interior de aquel vagón. Matheo no tuvo ninguna duda de que aquella cantidad de fluido vital era totalmente incompatible con la posibilidad de que el desafortunado herido siguiese con vida. No obstante, no parecía adivinarse cuerpo alguno en el interior del vagón.

Ninguno de los hombres tenía demasiadas ganas de permanecer en el exterior demasiado tiempo, de modo que entraron a aquel vagón de pasajeros adornado con madera oscura y grabados dorados en el que los tablones emitían ligeros crujidos a cada paso, como susurrando secretos. Los estrechos pasillos proyectaban sombras inquietantes dentro de aquel vagón en el que se percibía un ligero olor a perfume, sudor y carbón.

Encontraron a Adolf, el revisor, sosteniendo una linterna de ojo de buey. Cuando comenzaron a avanzar a lo largo del vagón, el hombre les siguió. Vieron un par de camarotes abiertos: en uno, un hombre parecía frotarse las sienes con aire desconsolado, en otro un joven garabateaba frenéticamente en su diario con las manos manchadas en tinta.

Llegaron al compartimento en cuestión, encontrando que este había sido cerrado por dentro. Kholer hizo que todos se apartaran para abrir la puerta de madera con una enérgica patada que hizo saltar el pestillo. Luego, el propio agente entró en el habitáculo seguido de Lázarus y Matheo.

Tal y como había sospechado el doctor tras su vistazo desde el exterior, había demasiada sangre allí como para que el desdichado ocupante del compartimento, un tal Edwar Lonsdale, hubiera podido salir con vida de allí. Por su parte, Lázarus señaló el hecho de que los cristales rotos indicaban que la ventana se había roto desde afuera hacia dentro. Una cierta intranquilidad se adueñó del corazón de los presentes.

En ese momento, una nueva voz se unió a la conversación. Ciprian Comescu, uno de los miembros de aquel excéntrico matrimonio rumano que viajaba en el tren, apareció en el quicio de la puerta. Con un aire extrañamente distendido dadas las circunstancias, señaló la posibilidad de que un oso fuese el responsable de haber roto la ventana para llevarse al pasajero.

A todos les pareció absurdo aquello, máxime cuando Matheo se percató de que el rastro de sangre parecía conducir al techo del vagón. Lázarus, por su parte, se dio cuenta de que las estúpidas elucubraciones de Comescu eran un torpe intento de desviar la atención nada involuntario. Cuando el americano agarró el brazo de aquel hombre para intentar sonsacarle, Ciprian se sacudió la presa con un brusco tirón y se marchó hacia el fondo del vagón, profiriendo improperios en idioma rumano.

Alarmados, decidieron que todos los pasajeros se reuniesen en el vagón restaurante, esta vez sin excusas, ya que las vidas de los pasajeros podían estar en serio peligro debido a lo que demonios fuese que se había llevado a Edwar Lonsdale de su compartimento. De ese modo, enviaron a Adolf en dirección a los vagones posteriores para que fuese avisando al resto del pasaje.

Lázarus, Matheo y Kholer decidieron subir al techo del vagón para comprobar a donde les conducía el rastro de sangre. Trepando por la helada escalinata, Lázarus se golpeó fuertemente la rodilla con uno de los peldaños, lo que le hizo apretar el gesto a causa del dolor.

En la parte superior del vagón descubrieron que el rastro de sangre parecía iniciar un recorrido en dirección a la cola del convoy, aunque el reguero de sangre cesaba abruptamente apenas metro y medio después de iniciarse. A Matheo esto le pareció ilógico: alguien que perdía tanta sangre no podía haber dejado de sangrar de repente.

Más intranquilos que nunca, los tres hombres regresaron al vagón de pasajeros, donde Anallena y Hermina se estaban encargando de acomodar a los pasajeros que iban llegando desde los vagones-dormitorio. Allí, Matheo examinó la rodilla de Lázarus, dispensándole un medicamento para aliviar el dolor.

Mientras algunos pasajeros más iban llegando, aquella mujer que había perdido a su marido se acercó hasta Matheo para contarle algo inquietante: tras señalarle al tipo al que habían visto mesarse las sienes en el primer vagón de pasajeros, le contó que aquel hombre había denunciado también la desaparición de su mujer el mismo día en que ella perdió a su marido. La mujer comenzaba a sospechar que su marido y la esposa de aquel hombre pudieran haberse fugado juntos... porque si no se trataba de aquello, dos desapariciones en el mismo tren eran demasiadas.

Tras un rato, Lázarus y Matheo se percataron de que Adolf, el revisor, aún no había regresado al vagón restaurante, mientras que hacía ya rato que no llegaban nuevos pasajeros. Tras alertar a Kholer de este hecho, los tres marcharon hacia la cola del tren en busca del revisor, tras dar instrucciones a Anallena y Hermina de que mantuviesen cerradas las puertas del vagón restaurante.

El grupo decidió que Kholer fuese abriendo todos los compartimentos del pasaje a fin de evitar que ningún pasajero hubiese quedado rezagado. Mientras el agente los abría a patadas, no quería perder el tiempo en buscar la llave de cada uno, Lázarus y Matheo avanzaron hacia la parte posterior del convoy.

Tras atravesar sin incidentes los dos primeros vagones de pasajeros, encontraron la puerta al fondo del tercer vagón abierta. Los dos hombres sabían que aquella puerta conducía al vagón de letrinas, de modo que se encaminaron hacia allí.

No parecía haber nadie en aquel vagón, solo las cabinas, algunas abiertas y otras cerradas, además de un fuerte olor a orín y heces. La puerta del fondo estaba cerrada, aquella que conducía a los vagones de mercancías. Lázarus y Matheo discutían si proseguir la búsqueda de Adolf hacia esa zona cuando, de súbito, la puerta de una de las letrinas se abrió para que surgiese de ella Ciprian Comescu empuñando un enorme cuchillo.

La cuchillada sobre el cuello de Lázarus falló por poco, al igual que el disparo con el que contraatacó el americano, que acabó volando la mitad de la puerta de aquella letrina de la cual surgiese su oponente. Matheo reaccionó rápido, acercándose para desarmar a Comescu, pero solo logró llevarse un corte en el antebrazo que le obligó a retroceder.

A la vez que Lázarus recibía un pequeño corte en el abdomen, Matheo lograba zancadillear a Comescu, que caía despatarrado sobre el suelo de madera. Nunca tuvo tiempo de ponerse en pie, puesto que el rifle de Lázarus detonó con estruendo para abrirle un enorme agujero en el pecho que le arrebató la vida instantáneamente.

Una vez que ambos se hubieron recompuesto un poco, Lázarus se colgó al hombro el humeante rifle mientras Matheo improvisaba unos vendajes para las heridas de ambos. Finalizada esta tarea, el doctor recogió el cuchillo que había empuñado Comescu por si les fuese de utilidad y ambos iniciaron el regreso hacia el vagón restaurante.

Cuando salieron del vagón de letrinas y fueron golpeados por el gélido viento en el espacio entre vagones, Matheo logró escuchar gritos femeninos provenientes del vagón de pasajeros al que iban a acceder. Igualmente, Lázarus se percató a través de la escarchada ventana de la puerta de que una silueta se acercaba a toda prisa desde el otro lado.

El cazador reaccionó con prontitud, sujetando con fuerza la manilla de la puerta y agachándose al tiempo para no quedar frente al cristal. Notó el tirón desde el otro lado, pero se mantuvo firme, logrando que la puerta siguiese cerrada. Un segundo más tarde, el cristal sobre su cabeza saltaba en mil pedazos para dejar asomarse a Viorica Comescu, quien empuñaba un cuchillo muy similar al que llevase su difunto marido.

Lázarus intentó entonces aferrar el brazo de la mujer, quien se apartó con habilidad y respondió con un feo corte en el hombro de su oponente. Matheo avanzó entonces desde detrás de su compañero, blandiendo el cuchillo que recogiera antes para propinar un largo tajo en la mejilla de la mujer. Los dos hombres aprovecharon el desconcierto de la mujer para empujar al unísono la puerta del vagón, lo que envió a Viorica Comescu rodando sobre el suelo del vagón de pasajeros.

Cuando la mujer se hubo puesto en pie de nuevo, Lázarus ya la encañonaba con el rifle que había descolgado de su hombro. El estruendo del disparo resonó por todo el vagón a la vez que el cuerpo sin vida de Viorica Comescu efectuaba un imposible tirabuzón hacia atrás al recibir el impacto de aquella munición diseñada para la caza mayor.

Apenas un instante más tarde, Anallena aparecería por el otro extremo del vagón de pasajeros. La ayudante de Matheo les contó que Viorica se había hecho con uno de los cuchillos de la cocina antes de correr hacia la cola del tren. Les contó también que, en el camino, había sorprendido a Kholer revisando los compartimentos del pasaje. El agente no había reaccionado a tiempo y la mujer lo había degollado.

Desolados, y tras comprobar por el camino que nada se podía hacer ya por Kholer, todos regresaron al vagón restaurante. Matheo y Anallena curaron la herida del hombro de Lázarus, mientras Hermina trató de reconfortarlos a todos con sus palabras, aunque sin demasiado éxito dadas las circunstancias.

Lázarus y Matheo convinieron en que sería interesante buscar información en el compartimento del difunto matrimonio Comescu, ya que sospechaban que los rumanos tenían mucho que ver en lo que fuera que sucedía en aquel tren. Por sugerencia del nervioso cocinero del tren, pasaron primero por el compartimento de Kholer, donde hallaron las listas de pasaje que indicaban el camarote ocupado por los Comescu.

En el compartimento indicado, a parte de las pertenencias más mundanas de los Comescu, encontraron una vieja fotografía de los difuntos esposos; ambos con un aspecto mucho más saludable. Tras la foto, alguien había escrito “Nuestra casa en Vrajitoarea”. También encontraron un recibo referente a la carga de una caja de gran tamaño en aquel mismo tren, en el que figuraba un número de serie.

Así, Lázarus y Matheo decidieron explorar los vagones de carga. El doctor convenció incluso al cocinero para que les acompañase, de modo que el aterrado hombre les siguió a ambos mientas empuñaba con fuerza su enorme cuchillo de cocina.

Empleando las llaves de Kholer, Lázarus abrió la cerradura del primer vagón de mercancías, echando un breve vistazo en busca de amenazas antes de internarse en el habitáculo. Con el lugar aparentemente despejado, revisaron la mercancía hasta cerciorarse de que la caja que buscaban no estaba allí.

Fue en aquel momento cuando Matheo escuchó pisadas en el techo del vagón, alertando de ello a Lázarus. Ni corto ni perezoso, el cazador disparó varias veces su rifle contra el techo de madera, abriendo enormes boquetes por los que comenzó a colarse el viento y la nieve.

A aquello solo le siguió el silencio.

Decidieron proseguir hacia el segundo vagón con la misma cautela. Allí tampoco encontraron nada, aunque tampoco se escucharon esta vez inquietantes pasos sobre el techo del vagón, por lo cual el grupo continuó hacia el tercer y último vagón de mercancías.

En este vagón, por fin, encontraron la gran caja con el número de serie indicado en el albarán de los Comescu. Se trataba de un enorme cajón de madera con uno de los laterales rotos al que, además, le habían retirado la tapa. En el interior solo parecía haber una gran cantidad de tierra hedionda.

Alertado por el frío del lugar, Lázarus examinó el techo del vagó hasta encontrar un enorme agujero en el extremo posterior del habitáculo. Matheo también encontró un relicario, igual al que portaba aquella pasajera que había denunciado la desaparición de su marido. La pieza de joyería tenía un diseño masculino, por lo cual dedujo que se trataba de la que portó en su día el desaparecido.

Asustados y vigilantes, los tres hombres decidieron regresar a toda prisa hacia el vagón restaurante, sospechando que algo terrible y antinatural amenazaba las vidas de todos en aquel tren. Tal fue la tensión, que superó al cocinero, quien prefirió echar a correr hacia la oscuridad del bosque antes que permanecer a bordo de un convoy que, a aquellas alturas, consideraba maldito.

Anallena les abrió la puerta del vagón restaurante en cuanto llegaron, tranquilizando algo a los dos hombres con la ayuda de Hermina. Lázarus y Matheo comenzaban a pensar en algún tipo de plan de acción cuando los gritos de una pasajera les obligaron a desviar la mirada hacia una de las ventanas.

Cinco figuras desgarbadas se movían entre la nieve, con sus siluetas apenas visibles entre la penumbra mientras el sonido de pisadas en el techo del vagón comenzó a escucharse, mezclado con el ulular del viento. Brevemente, la luz de las lámparas iluminó el demacrado rostro de una mujer asomándose a otra ventana, aunque desapareció casi al instante.

Un pasajero, aquel al que habían visto casi una hora antes mesándose las sienes en su camarote, comenzó a gritar que aquella era su esposa desaparecida. El hombre trato de correr hacia una de las puertas en el extremo del vagón con la clara intención de abrirla. Por suerte, Lázarus estuvo lo suficientemente rápido como para abalanzarse sobre él e inmovilizarlo en el suelo.

Una mano pálida golpeó con fuerza una de las ventanas, quebrando el vidrio antes de de desaparecer. Un segundo más tarde, Matheo reconocería a una versión decrépita del marido desaparecido de aquella pasajera, trepando el tronco de un árbol cercano con movimientos inhumanos y aberrantes.

Poco a poco, las cinco figuras se aproximaron al vagón, dejándose ver con claridad. Sus decrépitos rostros observaban a los pasajeros con un hambre antinatural en los ojos, al tiempo que bocas repletas de afilados colmillos se abrían para emitir un siseo siniestro. Eran personas, o lo habían sido... ahora se asemejaban a las demoníacas versiones cadavéricas de lo que un día fueron.

Aquello fue demasiado para los miembros del pasaje. En tropel, los pasajeros abrieron las puertas del vagón restaurante para precipitarse corriendo y tropezando hacia la oscuridad del bosque. Con agilidad felina, dos de aquellos engendros comenzaron a perseguir a quienes escapaban.

Mientras, Lázarus, Matheo, Anallena y Hermina se agruparon en el centro del vagón restaurante, observando con terror como los tres monstruos restantes entraban en el habitáculo: uno por la puerta trasera, otro por la delantera y uno más atravesando una de las ventanas en una lluvia de fragmentos de cristal.

Lázarus reaccionó por puro instinto, disparando su rifle contra el engendro que se hallaba frente a la puerta que comunicaba con el vagón de cocina. El brazo de la criatura quedó colgando de un jirón de piel. Inmediatamente, tanto este ser como los otros dos se abalanzaron sobre él, que trató de mantenerles a distancia mediante fuertes culatazos de su rifle.

Matheo, Anallena y Hermina lograron llegar hasta el vagón de cocina mientras Lázarus lograba hacer espacio para disparar su rifle y reventar la cabeza del ser al que ya había herido. Las manos de los otros dos monstruos, rematadas por garras, le herían el cuerpo mientras el cazador bregaba por mantenerse en pie.

En un breve vistazo a través de una de las ventanas, Matheo vio algo tan extraño como sobrecogedor: en el exterior, sobre la nieve, había una mujer joven ataviada tan solo con un sudario blanco bastante ajado. Mostraba una belleza casi imposible, aunque de algún modo aterradora.

No había parpadeado siquiera cuando la mujer se encontraba ya frente a él para propinarle un manotazo despreocupado que, sin embargo, le hizo volar por el vagón mientras Anallena y Hermina escapaban a toda prisa por la puerta del extremo entre gritos de terror.

La mujer del sudario caminaba hacia Matheo, que comenzaba a recomponerse. Las garras femeninas se alzaron como una promesa de muerte, sin embargo, el sonido de un rifle disparando interrumpió la escena. El fuerte impacto de la bala hizo retroceder a aquella antinatural mujer un par de pasos, aunque no pareció causarla ningún daño significativo.

Matheo empleó aquel momento para huir. Un breve vistazo por encima de su propio hombro mientras abandonaba el vagón de cocina le bastó para contemplar como la mujer, que había perdido interés en él, caminaba hacia el vagón de pasajeros; contemplando con cierta complacencia cómo los dos engendros que quedaban en pie comenzaba a destrozar el cuerpo de Lázarus.

Matheo corrió por el bosque, lo hizo hasta el límite mismo de su resistencia, lo hizo mientras escuchaba los gritos de terror y muerte proferidos por los pasajeros que, poco a poco, estaban siendo cazados en la oscuridad por aquellos monstruos.

Los escuchó acercándose a su espalda, demasiado cerca. Incluso, cuando giró el rostro, llegó a verles en la espesura, retrocediendo con odio en la mirada cuando los primeros rayos de sol se hicieron presentes para salvar la vida de Matheo. Poco a poco, aquellas criaturas volvieron a perderse en la espesura, huyendo del alba.

Matheo caminó todavía algunas horas más sobre la nieva hasta que, por fin, divisó las primeras casas de aquel poblado maderero del que había oído hablar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)