NakorA - Preludios: Salina

Era una noche cerrada, sin luna. Nada que afectase demasiado a los ojos dorados de una khizana como Salina. En completo silencio, la mujer deslizó su cuerpo de piel azul grisáceo con vetas oscuras por el borde del acantilado hasta lograr una visual adecuada a sus necesidades.

Las únicas fuentes de luz provenían de las solitarias lámparas de aceite que prendían cerca del castillo de popa del pesquero d´heriin. Porque eso era, nada más que un barco pesquero; nada que ver con la tropa incursora de la que le había hablado Alaqa.

El navío tenía los distintivos de Orturum, sin duda pescadores que habían tenido algún tipo de percance con su nave y se habían visto obligados a atracar en las costas de Khizan.

Salina pudo ver a dos d’heriin trabajando en una de las velas, dos hombres-gato trepaban por el mástil y parecían manipular el velamen con notable inquietud reflejada en sus rostros de felino. Otro d’heriin, probablemente el capitán, contemplaba absorto los trabajos desde el timón.

Como cabía esperar, los d’heriin habían puesto vigías: don de los humanoides felinos se hallaban en tierra, a unos pocos pasos de un bote que les llevaría hasta aquel barco situado a unos treinta metros de la orilla. No llevaban antorchas, quizá con la intención de no delatar su posición.

Pescadores, no guerreros. Solamente unos pescadores que reparaban, muertos de miedo, su nave para hacerse a la mar lo antes posible.

Una lástima que eso no cambiase nada.

Alaqa había ordenado la muerte de aquellos invasores, ella era la Ukalag y debía ser obedecida como extensión terrenal del Triunvirato Ükhel.

Salina desenvainó sus dos kuttgas, los cuchillos largos y curvos típicos del pueblo khizano, y descendió el acantilado, silenciosa como una sombra. El primero de los centinelas ni siquiera se percató de que aquella temible asesina se encontraba a un par de pasos de distancia de él.

Los kuttgas de Salina se movieron en un zigzag mortal: el primer cuchillo degolló a uno de los centinelas, el segundo se incrustó en el ojo del otro; atravesando el cerebro.

Tras nadar en silencio la distancia que la separaba del barco, Salina trepó por la popa de la embarcación hasta situarse detrás del timón, desde donde el capitán contemplaba los trabajos en el velamen. El filo del kuttga le atravesó la sien. Salina sujetó el cuerpo en su desplome, para evitar que hiciese ruido.

Los dos pescadores restantes continuaban afanados en la reparación del velamen. Salina se acercó con dos sigilosos pasos hasta la baranda de popa mientras echaba mano a dos de sus nisdeg.

La primera de las cuñas ululó en el aire hasta hendirse en la nuca del primer pescador, que se desplomó como un fardo desde lo alto del mástil. El segundo, alertado por la muerte de su compañero, se deslizó rápidamente por un cabo hasta la cubierta. El nisdeg le produjo un feo corte en la frente.

El pescador, sangrando y aterrado, desenvainó un mugriento cuchillo de trabajo que blandía ante aquella aluurkhí de ojos dorados que se le aproximaba despacio, con un kuttga en cada mano. Tras esquivar con gracilidad las arremetidas del pescador, Salina le incrustó uno de sus cuchillos bajo la barbilla.

La khizana empleó las lámparas de aceite del propio barco para prenderle fuego a la nave antes de saltar al agua.

Caminó unos cientos de metros hasta donde esperaba el kandza que había traído como montura. La enorme rapaz blanca se hizo al cielo, con su larga cola ondeando tras ella como una pareja de largos látigos.

Tras un viaje veloz a lomos del kandza, Salina tomó tierra junto al templo Ükhel. Brevemente, le pidió a la emegthei que permanecía de guardia que informase a la Ukalag Alaqa del éxito en su misión.

Luego, regresó a su casa.

Ghoa ya dormía a aquellas horas. Salina, contempló la desnudez de la mujer en la absoluta oscuridad gracias a los ojos que las diosas habían otorgado a su pueblo como gracia. Despacio, acarició la espalda de su amada antes de tenderse a su lado.

Por la mañana, Salina desayuno con Ghoa. No le habló de su misión de la noche anterior, era algo de lo que nunca hablaban. Hablaron aquella mañana de los arreglos que Ghoa tenía preparados para el jardín de la casa.

Fue entonces cuando una emegthei enviada desde el templo Ükhel se personó en la entrada de la vivienda. Al parecer, Salina había sido requerida por Alaqa para informar de su misión de la noche anterior.

Aunque Ghoa expresó su contrariedad por el hecho de que su pareja tuviese que marcharse, ambas sabían que no se podía hacer esperar a la Ukalag del templo. De modo que, tras besar en los labios a su pareja, Salina salió al exterior junto con la emegthei.

Un enorme zhungxi aguardaba en la puerta, con una silla de montar doble. Ambas mujeres subieron a la grupa de aquel gran oso cubierto de escamas negras como la noche y cabalgaron en dirección al templo Ükhel.

La Ukalag Alaqa se encontraba de muy buen humor. Le pidió detalles a Salina sobre la misión. Cuando esta le contó que no se trataba de incursores d’heriin sino de un grupo de pescadores en apuros, la suma sacerdotisa le restó importancia al asunto: simplemente, no querían invasores en Khizan.

En ese momento, Alaqa hizo una señal a los sirvientes para que se retiraran. Cuando se hubieron quedado solas, la situación comenzó a complicarse. La Ukalag comenzó a acariciar a Salina, justo al tiempo en que le hacía proposiciones sexuales.

Salina dio un paso atrás, violentada por la situación. Le explicó a Alaqa que, a pesar de que se sentía halagada, ya había entregado su corazón a otra persona: a Ghoa.

La Ukalag se burló de ella, preguntándola si acaso despreciaba a una suma sacerdotisa del Triunvirato Ükhel para encamarse con una omklcoh, alguien del estrato social más bajo en Khizan.

Cuando Salina se disponía a irse, la Ukalag la sujetó fuerte por el brazo. En ese momento la amenazó con tomar represalias contra la propia Ghoa si Salina no accedía a sus deseos.

Sin pensarlo siguiera, la aluurkhí desenvainó su kuttga para, en el mismo movimiento, degollar a la Ukalag Alaqa. El cuerpo de la suma sacerdotisa de aquel templo Ükhel se hallaba en el suelo sobre un charco de su propia sangre.

Salina era consciente de que acababa de firmar su sentencia de muerte, seguramente también la de Ghoa; así que debía apresurarse si quería que las dos se mantuviesen con vida.

Con gran habilidad, la mujer se descolgó por la ventana de aquella estancia para llegar hasta los jardines del templo, los cuales cruzó sin demasiado problema. Sabía que los establos de kandzas estaban vigilados y no quería provocar un altercado que alertase antes de tiempo de lo que había hecho: cada segundo que se desconociese la muerte de Alaqa era un regalo.

Corrió atravesando la ciudad, moviéndose por los callejones secundarios hasta llegar a su casa. Allí encontró a Ghoa, ocupada arreglando el jardín.

Su amada se asustó mucho ante la urgencia de Salina por salir de allí. La aluurkhí sabía que tenían que darse prisa, debían ocultarse hasta la noche. Para entonces, los pescadores del puerto habrían amarrado sus esquifes.

El plan de Salina pasaba por hacerse con una de estas embarcaciones y navegar hasta Maowa Kndao. Desde allí, tomar una nave hasta las Islas del León y después a Gaidayán no debería ser demasiado difícil.

Abandonaron la casa y se dirigieron al barrio de los muelles, donde Salina intentó que alguno de sus contactos las cobijara. Por desgracia, a aquellas alturas ya se sabía que Salina había asesinado a la Ukalag Alaqa y nadie se arriesgaría a darle cobijo.

Salina forzó el cierre de un almacén de los muelles sin demasiados problemas. Ghoa estaba realmente aterrorizada, lo que no mejoró cuando Salina la obligó a guardar silencio: había gente moviéndose en el exterior.

Estaba bastante claro que el Templo había enviado a los aluurkhíes en busca de las dos fugitivas. También estaba claro que alguno de los contactos de Salina la había delatado. Ya no había mucho margen para el subterfugio, tenía que matar a los cinco asesinos que en ese momento se desplegaban por los muelles, coger un esquife y hacerse a la mar.

Salina le pidió a Ghoa que permaneciese oculta en el almacén mientras ella abandonaba la estructura para internarse en los muelles, intentando permanecer oculta entre las pilas de cajas y las construcciones que salpicaban el lugar.

No le costó mucho encontrar a su primer objetivo. Tras acechar a aquel aluurkhí durante un par de minutos, logró ubicarse a su espalda y rebanarle el cuello sin muchos problemas.

La segunda oponente advirtió a tiempo la presencia de Salina, o casi. Retrocedió a trompicones con una terrible herida en el muslo. La aluurkhí intentó apuñalar a Salina con sus kuttgas, pero esta la esquivó sin problemas, antes de contraatacar hundiendo su filo en el rostro de aquella desdichada.

Por desgracia, los sonidos propios de este último combate atrajeron a los tres aluurkhíes que restaban, los cuales hicieron frente común ante Salina.

La prófuga se movió con agilidad entre aquellos kuttgas, pivotando entre ellos hasta lograr que se estorbasen unos a otros. Zigzagueó entre ellos, eludiendo sus hojas y propinando mortales puñaladas. Había sido entrenada para matar desde niña… como ellos, claro.

Pero Salina era mejor, por eso todos acabaron muertos.

Tras limpiar las hojas de sus kuttgas en las perneras del pantalón, Salina corrió hasta el muelle para decirle a Ghoa que abandonase su escondite.

Apenas unos minutos después, un pequeño esquife se hacía a la mar, alejándose lentamente del puerto de Khizan en dirección sur.



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