DT.VII: Korvosa (T4) - Historia de unas cenizas (1/6)

Había transcurrido casi una semana desde que el grupo formado por la paladina humana Kaylee, el guerrero minotauro Jarnarak, el ladrón elfo Thepeiros y la gnoma maga Seldysa rescatasen a Vencarlo y a Neolandus Kalepopolis de las garras de la terrible familia Arkona, quienes en realidad eran una estirpe de rakshasas.

Tras el agónico rescate en el Laberinto Reanimado de los Arkona, el grupo había recogido al joven Armin Jalento, un buen amigo que había quedado atrapado en Viejo Korvosa cuando la reina Ileosa decretó el cierre del distrito a causa de la enfermedad conocida como Velo de Sangre.

Precisamente, el grupo se ocultaba ahora en una de las propiedades de la familia Jalento: un almacén que permanecería desocupado el tiempo que los compañeros necesitasen.

Al saber de la extraña corona de colmillos portada por Ileosa y los poderes que esta parecía conferir a la soberana de Korvosa, Vencarlo Orsini había sugerido que dicho artefacto podría contener el alma de un antiguo rey dragón que, según se decía, fue sepultado hacía mucho tiempo bajo las tierras donde posteriormente se erigiría el Castillo de Korvosa.

Desgraciadamente, todo el saber acerca de ese poderoso rey dragón se había perdido en el tiempo... o quizá no. Las tierras donde se enterró al mágico reptil fueron antaño territorio shoanti, por lo que cabía la posibilidad de que los shoanti pudieran ayudarles con aquello. Según Vencarlo, los shoanti que podían guardar aún ese saber se encontraban poblando las Tierras Cenicientas.


Así, el grupo convino viajar hacia territorio shoanti en busca de soluciones. Antes de hacerlo, Seldysa se encargó de establecer un círculo de teletransporte en el suelo de aquel almacén; lo que les permitiría regresar a Korvosa rápidamente si se hacía necesario.

Además, las vidas de Vencarlo y Neolandus corrían demasiado peligro entre los muros de la ciudad como para que permaneciesen allí demasiado tiempo. El antiguo senescal era la gran baza para, llegado el momento, derrocar a Ileosa con cierta legitimidad legal y no iban a arriesgarle más de lo estrictamente necesario.

Poco antes del amanecer, los compañeros tomaron el camino de Harse en compañía de Vencarlo y Neolandus. El grupo no tuvo demasiados problemas para burlar a las Doncellas Grises una vez Seldysa hubo utilizado su magia para hacerles invisibles a todos.

Tras unos pocos días de camino sin incidentes, los compañeros llegaron al pueblo de Harse. A las afueras del mismo se encontraba un modesto rancho de cría de caballos llamado Rancho Mirlo, el cual era propiedad de Jasán Adriel, el antiguo amigo de Vencarlo con el que Kaylee había coincidido en el pasado, cuando puso bajo su protección a la artista Trinia Sabor; acusada injustamente del asesinato del difunto rey Eodred.

De hecho, cuando llegaron a Rancho Mirlo, encontraron a Jasán junto a la propia Trinia, ambos cepillando a un par de caballos en la puerta de los establos. La muchacha se alegró enormemente de ver a Kaylee, aunque su ánimo se ensombreció al saber de las muertes de Valmin, Linasaer y Rostroajado.

Tras las presentaciones de rigor, Jasán les ofreció alojamiento a todos. Aquella misma noche, tras una copiosa cena, todos los presentes se sentaron en torno a la chimenea del gran salón del rancho, bebiendo vino especiado y fumando en las pipas que les tendió su anfitrión.

Durante aquella larga charla, el grupo se reafirmó en su idea de internarse en las Tierras Cenicientas en busca del conocimiento que los shoanti pudiesen tener acerca del antiguo rey dragón. Además, estuvieron de acuerdo en que Neolandus permaneciese en Rancho Mirlo al cuidado de Vencarlo, Trinia y Jasán; a fin de garantizar su seguridad en los días sucesivos.

Neolandus, gran conocedor de los shoanti, les recomendó ir al encuentro de los Skoan-Quah (la Tribu de la Calavera), en los llamados Montes Kallow. Su chamán, un tal Milhuesos, quizá pudiese aclararles algo de lo que sucedía.

Kaylee se alegró al escuchar el nombre de aquel chamán, ya que ella y varios de sus difuntos compañeros habían contribuido a devolver al anciano el cadáver de su nieto Gaekhen, que se hallaba en las temibles Madrigueras Muertas.

Llegados a un consenso sobre el proceder de aquí en adelante, todos los presentes se despidieron para retirarse a sus respectivas habitaciones. Aunque la noche aún no había acabado, al menos para Kaylee.

La paladina se escurrió sigilosamente por el pasillo hasta la puerta del dormitorio de Trinia, sobre cuya puerta hizo tamborilear suavemente sus nudillos. La artista abrió en camisón, no pudiendo evitar que una amplia sonrisa se dibujase en su cara. Dejó entrar a Kaylee.

Ambas se sentaron en la cama. Sin dudarlo, la paladina tomo las manos de la otra mujer y, mirándola a los ojos, le expresó los sentimientos románticos que albergaba hacia ella. Se fundieron en un largo beso que las llevo a pasar el resto de la noche bajo las sábanas.

A la mañana siguiente, el grupo se pertrechó para viajar hacia las Tierras Cenicientas. Con los primeros rayos de sol, se despidieron de Vencarlo, Neolandus, Jasán y Trinia. La despedida entre Kaylee y Trinia fue realmente emotiva: ambas mujeres se besaron profundamente, entre lágrimas, antes de jurarse amor eterno ante los mismo dioses.

Cabalgaron dos días hasta el pueblo de Abken a lomos de los caballos que les prestó Jasán, unos magníficos ejemplares que, sin duda, llevaban algunas gotas de sangre en sus venas pertenecientes a los magníficos sementales que cabalgaban los shoanti.

Tras pagar el pasaje para cruzar el río en la gran balsa que ofrecía este servicio en Abken, continuaron dos días más remontando el curso por la orilla oeste hasta la ciudad de Kaer Maga, el paso obligado entre los enormes riscos que separaban Varisia de las Tierras Cenicientas.

Kaer Maga era una ciudad populosa y comercial, así que no les costó mucho hacerse con algunas pociones útiles y unos cuantos pergaminos que reforzasen el arsenal mágico del grupo. Del mismo modo, se deshicieron de algún objeto mágico menor al que apenas le daban uso a cambio de una respetable suma de monedas de oro que, quizá, les viniese bien en algún momento.

Encontraron alojamiento en una posada bastante aceptable por un precio no demasiado abusivo. Por la noche, decidieron reunirse para planificar el viaje a través de las Tierras Cenicientas que iniciarían al día siguiente.

Como precaución, Seldysa decidió lanzar un conjuro de “Ver lo invisible” en la habitación, donde detectó un pequeño orbe mágico del tamaño de un puño flotando junto al techo: les estaban espiando mediante un conjuro de clarividencia.

Preocupados por esta nueva revelación, los compañeros decidieron guardar silencio aquella noche. Alguien les estaba vigilando y eso podía resultar bastante peligroso. Sin más, fijaron la hora de salida para el día siguiente, aunque decidieron dormir todos en la misma habitación y montar turnos de guardia, por si sus espías decidían atacarles en mitad de la noche.

Finalmente, la noche transcurrió sin sobresaltos para los compañeros. De ese modo, a la mañana siguiente, abandonaron la ciudad de Kaer Maga para internarse en las Tierras Cenicientas.

Las Tierras Cenicientas eran un lugar quebrado y hostil, un páramo inmenso que se volvió mucho menos hospitalario a la vista en cuanto el grupo se encaminó hacia el este, alejándose del río. La tierra yerma estaba rematada apenas por algunos parches de vegetación agonizante aquí y allá. Eso fue todo lo que encontraron durante dos días de viaje.

Aunque los Skoan-Quah no eran la más hostil de las tribus shoanti de las Tierras Cenicientas, se solían mostrar bastante recelosos de los extranjeros, sobre todo de aquellos que sobrepasaban los terrenos funerarios de los Montes Kallow.

Los Montes Kallow, según les explicó Seldysa, no eran en realidad ninguna formación montañosa: se trataba de un lugar repleto de cientos de enormes túmulos rocosos rematados por calaveras de animales. Todas las tribus shoanti de las Tierras Cenicientas enterraban allí a sus muertos, y eran los Skoan-Quah los encargados de proteger el lugar. Al parecer, la maga gnoma había estudiado la magia funeraria shoanti durante su juventud y recordaba todo aquello de pasada.

No avistarían los Montes Kallow, sin embargo, sin que aquel viaje hasta entonces tranquilo se torciese peligrosamente. Dos criaturas con la cabeza de una bestia vagamente humanoide, el cuerpo de un león, y las alas de un dragón, se abalanzaron sobre ellos desde el aire. Las espaldas de las rugientes criaturas tenían espinas curvadas, y sus largas colas terminaban en un amasijo de púas mortíferas.

Las dos mantícoras hicieron llover afiladas púas desde el cielo, obligando al grupo a buscar cobertura. Jarnarak, Thepeiros y Seldysa sufrieron algunas heridas, pero el grupo logró rehacerse pronto.

La ballesta de Thepeiros hirió a una de las bestias, que posteriormente sería arrasada por una bola de fuego que le lanzó Seldysa. Mientras tanto, la magia solar de Kaylee castigaba a la segunda mantícora, que acabó cayendo desde las alturas con el cráneo atravesado por un virote que le disparó Jarnarak.

Tras el breve combate, Kaylee emplearía sus poderes curativos para sanar a sus compañeros. Se había hecho tarde y tendrían que hacer noche en el páramo antes de proseguir su camino hacia los Montes Kallow.




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