DT.VII: Korvosa (T4) - Historia de unas cenizas (3/6)
Tras su breve estancia con la tribu shoanti de los Skoan-Quah, el grupo formado por la paladina humana Kaylee, el guerrero minotauro Jarnarak, el ladrón elfo Thepeiros y la maga gnoma Seldysa prosiguió su camino hacia el noroeste, en dirección a la Acrópolis de los Guardianes de los Siervos.
Allí esperaban hacerse con la reliquia conocida como "La Marca de los Guardianes de los Siervos", la cual entregarían a los shoanti de la tribu Skarl-Quah a cambio de información acerca de la extraña corona de colmillos de la reina Ileosa y su vinculación con el antiguo dragón enterrado bajo el Castillo de Korvosa.
Antes de partir, Milhuesos les advirtió sobre un gran peligro que moraba en aquellas tierras: el descomunal gusano Fauces de Ceniza, capaz de tragarse a una caravana entera. Según parecía, se trataba de una criatura temida y venerada en aquellas tierras, algo así como un heraldo de la muerte.
Los amigos agradecieron las advertencias del hombre y se pusieron en camino.
Viajando junto a los compañeros, los cuatro matadores de huesos shoanti, Ahalak, Hargev, Nalmid y Shadfrar eran los encargados de abrir la marcha. Ellos fueron los primeros en divisar al gigante de las cenizas. A pesar de su enorme tamaño, el descomunal humanoide había permanecido oculto tras una enorme formación rocosa hasta que el grupo se había aproximado lo suficiente.
La descomunal roca arrojada por el gigante aplastó a Ahalak y Nalmid. Un segundo después la enorme maza del gigante aplastaba los cráneos de Hargev y Shadfrar. El grupo había tardado en reaccionar y aquello le había costado la vida a los shoanti.
Los compañeros se arrojaron sobre el gigante y le combatieron a acero y magia hasta acabar con él. Jarnarak sufrió algunas heridas al ser golpeado por la maza del gigante, mientras que Seldysa resultó impactada por una de las enormes rocas que arrojó la criatura. Ninguna de las heridas revestía demasiada gravedad, por lo que bastó con que Kaylee aplicase sus poderes curativos para sanar a sus compañeros.
Tras dar sepultura a los matadores de huesos, Kaylee entonó una plegaria para que los dioses acogiesen las almas de aquellos desafortunados guerreros. Luego, el grupo continuaría su camino por las Tierras Cenicientas durante un par de días hasta llegar a su destino.
La Acrópolis de los Guardianes de los Siervos se alzaba en lo alto de una zona elevada, a la sombra de las montañas del Wyvern. Por encima del nivel del suelo, lo que quedaba de la Acrópolis era una torre parcialmente derruida con la marca de la estrella de siete puntas: el Siedro, según les informó Seldysa. Justo al lado de la marca, unas enormes puertas de doble hoja de piedra se encontraban entreabiertas, permitiendo acceder a un tramo de escaleras descendentes.
Las escaleras de piedra acababan en un pasillo ancho y alto que parecía conducir al este. El suelo estaba lleno de polvo y unos montículos de ceniza que parecían haber sido removidos recientemente. Thepeiros encontró rastros de cuatro criaturas humanoides que parecían haberse movido en esa zona no hacía mucho.
Después de un rato, el pasillo acabó abriéndose a una gran cámara del tamaño de una catedral. Las paredes estaban talladas con resaltes verticales que se alzaban para soportar la arcada superior y la gran bóveda que se alzaba a unos veinte metros del suelo. En el centro de la estancia había un enorme estanque de agua oscura con un puente que cruzaba sobre él.
Apenas habían comenzado a examinar la estancia cuando el agua pareció explotar, dejando surgir de ella a una inmensa masa de carne dotada de un amasijo de tentáculos peligrosamente largos. Era un havero, una criatura inmensa y peligrosa que parecía dispuesta a devorar al grupo.
Los tentáculos arrojaban a los compañeros contra las paredes, los aguijoneaban con sus puntiagudos apéndices óseos o los atrapaban para aplastarlos en un mortal abrazo. La situación parecía complicarse demasiado rápido para el grupo.
Kaylee y Thepeiros se llevaron la peor parte en aquel combate. De hecho, la paladina se vio obligada a exprimir todos sus poderes curativos para mantenerse en pie durante el combate. Por su parte, Seldysa también había esquilmado gran parte de su poder mágico para lograr salir del paso.
Habían logrado sobrevivir a aquel duro combate, pero el grupo había quedado en una situación demasiado vulnerable. Aún así, debían seguir adelante, de modo que apenas se permitieron una hora de descanso antes de continuar explorando aquella estructura.
No tardaron en llegar a una cámara más pequeña, con un bajorrelieve en la pared que representaba a una mujer con seis alas y forma serpentina en su parte inferior. La cola de serpiente rodeaba una gran estrella de siete puntas.
Más adelante, encontrarían un pequeño cuarto con un agujero en el suelo. La única forma de continuar era descendiendo aquel pozo de paredes lisas, pero se trataba de una caída terrible.
Seldysa logró detectar la magia vinculada al pozo: se trataba de una magia simple que permitía un suave descenso a cualquiera que se dejase caer por el orificio. Uno a uno, los compañeros fueron descendiendo por la apertura tras Jarnarak, que abría la marcha seguido de Kaylee.
Su descenso por el pozo les llevó a una habitación en cuyo centro había una extraña estatua de bronce representando a una mujer medio humana y medio serpiente. La criatura tenía las manos cruzadas sobre el pecho para aferrar una pluma de escritura en la diestra y un látigo de jade a la zurda. Esa mujer poseía seis alas emplumadas y, en lugar de cabeza, tenía un disco dorado con una estrella de siete puntas.
Viendo que no había nada más en aquella estancia ni modo de proseguir el camino, Thepeiros comenzó a examinar el pedestal de la estatua. No tardaría en encontrar una serie de resortes que, accionados del modo apropiado, hicieron deslizarse la estatua para dejar a la vista unas escaleras descendentes.
Aquellas escaleras les conducirían hasta una nueva cámara, esta con el techo y el suelo pintados para parecerse a un cielo estrellado. Una esfera de pura piedra de unos tres metros de diámetro flotaba suspendida como a un metro del suelo en el fondo de la habitación. La esfera parecía haber sido tallada con diminutos ríos, montañas y bosques.
Seldysa advirtió a sus compañeros que no tocaran la esfera, ya que irradiaba una potente magia. Tras estudiar durante un rato el artefacto, la maga gnoma supo con total certeza que la única manera de hacerse con la Marca de los Guardianes de los Siervos era interactuar con aquella esfera.
Tras tomar aire y encomendarse a los dioses, Seldysa posó la palma de su mano sobre la pétrea esfera.
Inmediatamente, la maga desapareció de la habitación ante el estupor de los compañeros. Su pequeño cuerpo había sido transportado al interior de la esfera de piedra, pero no podía decirselo a sus amigos: su mente ya no estaba allí.
La mente de Seldysa flotaba por mundos extraños en el vacío del universo. Pronto, la maga gnoma adivinó que aquel artefacto debía servir a los Guardianes de los Siervos para efectuar viajes mentales a otros mundos.
Aunque su mente inquieta estaba emocionada, era plenamente consciente de que debía encontrar el modo de manipular esa magia más pronto que tarde o corría el riesgo de que su mente quedase perdida en el vacío para siempre.
Afortunadamente, Seldysa era una hechicera capaz y extremadamente inteligente, por lo que consiguió guiar su mente de vuelta a la esfera donde su cuerpo permanecía flotando inerme. En cuanto cuerpo y mente se tocaron, la maga reapareció en la estancia junto a sus compañeros.
Pero algo había cambiado.
Una estrella de siete puntas había aparecido en la palma de la mano de Seldysa, como si de una extraña marca de nacimiento se tratase. La maga gnoma había recibido la marca de los Guardianes de los Siervos.
El grupo entendió que la marca no era un artefacto en sí, sino una especie de vínculo con aquella esfera. Seldysa era consciente de que, junto con la marca, había recibido algún tipo de poder; pero debería investigar al respecto.
Así, el grupo se dispuso a abandonar el Acrópolis en dirección a Vado Llama para encontrarse con los Skarl-Quah. Sin embargo, aún les aguardaba una última sorpresa.
Nada más salir al extrerior, una lluvia de virotes cayó sobre ellos. Se trataba de cuatro de aquellos asesinos de la Mantis Roja. Probablemente llevaban tiempo siguiéndoles y habian pensado que el grupo saldría de aquellas ruinas notablemente debilitado.
Y así era.
De hecho, aunque el grupo logró imponerse a aquellos cuatro asesinos, Thepeiros y Kaylee acabaron bastante malheridos. Por su parte, Jarnarak logró sobrevivir únicamente gracias a que Seldysa utilizó su magia protectora para salvaguardarle de sus atacantes cuando el imponente guerrero minotauro estaba a un suspiro de caer.
En cuanto hubieron recuperado el aliento, los compañeros se alejaron de aquellas ruinas. No sabían si había más enemigos cerca, pero no estaban en condiciones de enfrentar un nuevo combate. Debían descansar y reponerse de sus heridas si querían llegar a Vado Llama.
Y aún les quedaba un largo viaje.

Comentarios
Publicar un comentario