DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (4/7)

Tras el devastador ataque sufrido a manos de la aparición del salón de baile, Thepeiros y Maeva habían arrastrado a duras penas los cuerpos inconscientes de Seldysa y Agujeros. Finalmente, exhaustos, se habían derrumbado en una de las alcobas abandonadas del castillo; rezándole a los dioses que no les enviasen ningún peligro más, ya que no se hallaban en condiciones de afrontarlo.

La salida de aquel sol, mitigado por la perenne y espesa niebla que rodeaba Muro Cicatriz, trajo consigo una doble alegría: el hecho en sí de que la noche hubiese quedado atrás y el regreso a la consciencia tanto de Seldysa como de Agujeros.

Mientras que la maga gnoma se levantó tan lozana como si hubiese dormido en un colchón de plumas, Agujeros seguía algo pálido y no parecía encontrarse al ciento por ciento. Maeva sugirió que se transportasen de vuelta a Vado Llama para reponerse durante una jornada, ya que la última noche había sido bastante dura y bien lo merecía.

De modo que así lo hicieron.

La magia de Seldysa les teletransportó de vuelta al campamento shoanti, donde pudieron descansar todo ese día y aprovisionarse con unos cuantos paquetes de hierbas curativas que, sin duda, podrían serles de gran utilidad en su próxima incursión al castillo.

Así, pasaron por fin una noche tranquila en la que pudieron disfrutar de la hospitalidad del pueblo de Maeva. Al alba del día siguiente, Seldysa les transportaría de nuevo hasta aquella alcoba donde se habían derrumbado exhaustos la noche anterior.


Ya repuestos, los compañeros continuaron con la exploración del castillo Muro Cicatriz. Pasillo a pasillo, lograron dar con unas estrechas escaleras que les conducían a la primera planta de la fortaleza.

Las escaleras les condujeron a una cámara de forma algo atípica donde encontraron un torno de grandes dimensiones que probablemente accionaba alguna de las puertas o rastrillos del castillo. A lo largo de los lados del torno había conductos, justo encima de varias aperturas en el suelo. En las paredes, podían verse varias troneras que dominaban el exterior.

Pero la sala no estaba vacía.

Diez de los esqueléticos guardianes del castillo Muro Cicatriz aprestaron sus lanzas contra los intrusos y cargaron al ataque. Sin embargo, Agujeros se adelantó un paso a sus compañeros y gritó “Atrás”. De pronto, aquella armadura que había tomado del cadáver de Mandraivus se iluminó con un destello cegador, haciendo que los no muertos se deshiciesen en una nube de ceniza.

Tras examinar la sala del torno sin encontrar nada más de interés, el grupo descendió por unas escaleras existentes al otro lado de la estancia hasta llegar a lo que se antojaba un pequeño cuerpo de guardia en el que una mesa bastante maltrecha se encontraba rodeada por cuatro sillas aún en peor estado. Continuaron escaleras abajo un trecho más hasta dar con una trampilla de madera, la cual abrieron.

La trampilla daba a un nuevo tramo de escaleras, y este a un pasillo. Caminando unos metros, encontraron una habitación que quizá en su día albergase muebles de gran calidad, aunque ahora estos se encontraban en un estado de descomposición lamentable. Tras echar un vistazo, Thepeiros encontró un oxidado manojo de llaves que, pensó, podría serles de utilidad.

Habiendo revisado esa estancia, continuaron por el pasillo hasta un enorme recibidor en el que se podían encontrar dos tramos de pasillo a izquierda y derecha, a la vez que una llamativa puerta acorazada.

Al encontrar cerrada aquella puerta, Thepeiros decidió probar suerte con el manojo de llaves que acababa de encontrar. La sonrisa del elfo se ensanchó según la cerradura cedía al girar la oxidada llave.

La gran estancia al otro lado de la puerta era, sin duda, la armería del castillo. Soportes de armaduras y armeros llenaban la habitación, aunque ya no eran más que deshechos. Muy pocas armas quedaban a la vista, y todas se encontraban en bastante mal estado.

Despacio, los compañeros comenzaron a registrar el lugar, esperanzados por encontrar algo que les fuese de utilidad. En aquello estaban cuando uno de los soportes de armadura se vino abajo en mitad de un gran estruendo. Un gigantesco humanoide que se asemejaba a un guerrero embutido en su imposible armadura metálica se les acercaba empuñando un descomunal espadón.

Los compañeros se arrojaron sobre el gólem solo para descubrir que sus armas hacían mucho menos daño del que podían esperar sobre ese cuerpo acorazado. Además, el constructo exhaló una nube de gas venenoso que hizo toser agónicamente al grupo. Seldysa se vio bastante afectada por el gas, quedando tan aturdida que le costaba concentrarse para desplegar su magia.

Maeva vio con estupor como dos de sus cuchillos eran destrozados por un revés del espadón de la criatura. Sujetando las inservibles empuñaduras con expresión aterrorizada, agradeció que la maga gnoma se hubiese recuperado a tiempo de interponer su magia protectora entre ella y la pesada hoja del gólem.

Como pudieron, los compañeros tomaron la estrategia de hostigar a distancia a la criatura, entreteniéndola para que fuese Seldysa la que castigase al gólem con ataques de magia sónica. Poco a poco, el arcano poder que animaba al constructo fue desgastándose para intentar sostener esa gran armadura que cada vez estaba más destrozada.

Finalmente, el gólem se desplomó con un estruendo metálico para alborozo del grupo.

Tras cerciorarse de que no había nada de utilidad en la armería, los compañeros decidieron tomar el camino de la izquierda. En este encontraron una habitación bastante pequeña con un escritorio maltrecho que no contenía nada de interés.

Consumieron varias de las hierbas curativas para reponerse de sus heridas y, luego, se pusieron de nuevo en camino. Continuando por el pasillo, llegarían más tarde a una sala de buen tamaño ocupada por varias sillas, sofás y mesas. La baja calidad de los ruinosos muebles indicaba que se trataba de una especie de sala de estar para el servicio.

De hecho, los compañeros no tardaron en ver como varios sirvientes espectrales se materializaban en el lugar. Aquellos espectros ni siquiera parecían reparar en ellos, simplemente se afanaban en mantener limpia aquella sala; al menos en su fantasmal realidad.

De pronto, uno de aquellos espectros se acercó a Maeva, fundiéndose con su cuerpo. La exploradora shoanti pareció perder de inmediato su voluntad, arrodillándose en el suelo y comenzando a limpiar frenéticamente el suelo con un paño imaginario.

Dos espectros más intentaron tomar posesión de Thepeiros y Seldysa, aunque la voluntad de ambos fue lo suficientemente fuerte como para resistirse. Advirtiendo Agujeros que a él no se le acercaban los espectros, volvió a gritar “Atrás”, haciendo que su armadura se iluminase.

Con un chillido aterrador, los espectros se deshicieron en jirones de niebla.

Maeva, confusa, se vio arrodillada en el suelo. Los compañeros se burlaron un rato de ella, al menos hasta que la shoanti les amenazó con despellejarlos y dejar secar sus pieles al sol para hacerse un abrigo con ellas.

Aún aguantando la risa, el grupo continuó por un nuevo pasillo que se hallaba al fondo de la sala de estar, el cual les llevó a través de varias salas vacías hasta llegar a un pabellón de tamaño medio en el que quedaban los restos de varios estafermos amontonados en el suelo, entre algunas armas y escudos rotos.

Una nueva fantasmagoría no tardó en hacerse presente. Esta vez se trataba de guardias de la fortaleza, combatiendo entre sí a modo de entrenamiento. Antes de que Agujeros lograse reaccionar, uno de los espectros poseyó el cuerpo de Seldysa. Esta vez, tanto Thepeiros como Maeva lograron resistirse.

La maga gnoma, adoptó una posición de guardia marcial antes de propinar un fuerte bastonazo en las espinillas de Agujeros, que aulló de dolor. Maldiciendo por lo bajo, el guerrero volvió a gritar la palabra de mando para hacer que su armadura refulgiese, destruyendo a aquellas criaturas espectrales y liberando a Seldysa de su posesión.

Tras volver a hacer algunos chascarrillos acerca de lo vivido, los compañeros continuaron la exploración de aquellos pasillos.

Su camino les llevo a encontrar los alojamientos del servicio, donde varias decrépitas literas se hallaban en avanzado estado de ruina. Luego, darían con un amplio y serpenteante pasillo que parecía atravesar el corazón del castillo entre varias escalinatas, tanto ascendentes como descendentes. Lo que fueran bellos tapices y pinturas colgaban casi deshechos de las paredes.

Más adelante encontraron lo que podría haber sido una cámara de audiencias, donde un escritorio que en su día fue elegante ocupaba la parte nororiental de la habitación. Una gran estantería contenía los restos de docenas de pergaminos, todos inservibles debido al paso del tiempo. Al fondo, una elegante puerta de madera permanecía cerrada.

Empleando su manojo de llaves, Thepeiros abrió la puerta con cuidado para encontrar al otro lado una estancia relativamente pequeña con unos cuantos sofás raídos junto a las paredes. Mesitas y estantes parecían sostener botellas de vino, ahora rotas, las cuales eran custodiadas por un único guardia esquelético, el cual se mantenía de pie al lado de un mohoso cordel que colgaba del techo y que, probablemente, en su día fuese dorado. Al fondo, una gran puerta de doble hoja permanecía cerrada.

Justo antes de que Agujeros entrase en la sala e hiciese refulgir la armadura de Mandraivus para reducir aquel monstruo a cenizas, el esquelético guardia tiró del cordel, haciendo resonar una aguda campanilla.

Las hojas de la puerta se abrieron con un quejido, dejando ver un gran salón cuyo techo era sostenido por gruesas columnas de madera. En el centro de la inmensa estancia había un hoyo para el fuego cuyas cenizas llevaban frías desde hacía siglos. En el extremo occidental del salón, se alzaba una enorme tarima sobre la que había una gran silla de roble tallado con remaches de hierro.

Junto a esa gran silla, había otra más pequeña donde se sentaba una aterradora criatura que parecía solo corpórea de cintura para arriba, donde mostraba el demacrado torso y rostro de lo que en su día fue un hombre de facciones crueles. De cintura para abajo, su cuerpo se descomponía en jirones de niebla grisácea. Del cuerpo del monstruo pendían tres cadenas fantasmales que parecían atravesar el suelo del salón y perderse bajo él.

Agujeros dio un paso adelante y gritó “Atrás”, haciendo refulgir su armadura, lo que solo arrancó una tétrica risa a la criatura. El espectral ser se presentó como Mithrodar, el lugarteniente de Kazavon y guardián del castillo hasta el regreso de su señor.

Si bien Seldysa recordó a sus compañeros las palabras de la saga nocturna, según las cuales el tal Mithrodar solo podría ser destruido tras acabar con sus cuatro anclas espirituales, Maeva y Agujeros insistieron en probar suerte en aquel momento.

Mientras los compañeros discutían este punto, cinco espectros se materializaban en torno a Mithrodar, que de momento, se limitaba a contemplar al grupo con una cruel sonrisa en el rostro. Finalmente, se alejó de la silla al percatarse de que los intrusos habían tomado la estúpida decisión de combatir.

Agujeros trató de nuevo de invocar el poder de su armadura, aunque quizá los nervios le jugaron una mala pasada y el objeto mágico no respondió a su llamada. Por suerte, Seldysa empleó su magia para lograr apartar a los espectros de él.

Maeva y Thepeiros decidieron atacar a distancia a Mithrodar: la exploradora con sus cuchillos arrojadizos y el elfo con la ballesta. Enfurecido, el señor espectral proyectó una de sus cadenas sobre Thepeiros, provocándole un insoportable dolor.

Seldysa empleó su magia más poderosa para desatar una tormenta de fuego sobre Mithrodar, que pareció flaquear durante unos instantes, justo antes de proyectar otra de sus fantasmales cadenas sobre la maga gnoma, haciéndola rodar por el suelo.

Thepeiros se acercó por la retaguardia del señor espectral, apuñalándole mientras que Agujeros y Maeva se esforzaban en lidiar con el resto de espectros. Mithrodar enroscó una de las cadenas en torno al cuello del elfo, al que comenzó a arrebatar poco a poco la vida.

Con un grito de furia, Seldysa liberó de nuevo el fuego sobre Mithrodar, confiando en que su dominio arcano le permitiese mantener a salvo la integridad de Thepeiros. El fuego golpeó con total contundencia al señor espectral, mientras que evitaba tocar el cuerpo del elfo.

Los compañeros aullaron de júbilo al ver caer a Mithrodar, lo que hizo que los espectros se esfumasen. Aún lo estaban celebrando cuando el señor espectral volvió a materializarse en la sala, escoltado por sus cinco espectros. La risa macabra de la criatura pareció resonar en todo Muro Cicatriz.

Conscientes de su error al enfrentarse con Mithrodar sin haber acabado con sus anclas espirituales, tal y como les indicase la saga nocturna, los compañeros intentaron escapar a toda carrera de la estancia.

Los espectros se cernieron sobre ellos antes de que pudiesen ganar la puerta, hendiendo en sus cuerpos aquellas garras gélidas que robaban la propia vida. Con horror, Seldysa contempló como Thepeiros caía inerte al ser capturado por una de las fantasmales cadenas de Mithrodar.

Con sus últimas fuerzas, la maga gnoma logró teleportarse junto con sus compañeros hasta Vado Llama.

Según se hubieron materializado a las afueras del poblado shoanti, Seldysa corrió junto al cuerpo de Thepeiros, constatando que aún quedaba un aliento de vida en él. Luego, echó un rápido vistazo a sus otros compañeros: Agujeros no parecía en excesivo mal estado, aunque Maeva y ella misma se encontraban bastante malheridas.

La gnoma sonrió al ver a los guerreros shoanti corriendo hacia ellos... luego se desplomó inconsciente.

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