DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (6/7)

El sol de la mañana se alzó en las Tierras Cenicientas, iluminando el campamento shoanti de Vado Llama con sus primeros rayos. El grupo formado por la maga gnoma Seldysa, el ladrón elfo Thepeiros, la exploradora shoanti Maeva y el guerrero-ladrón llamado Agujeros se preparaba para regresar a Muro Cicatriz.

La jornada anterior habían iniciado la exploración de las alturas del castillo, derrotando en el proceso al caballero de la muerte Castothrane, una de las anclas del espíritu encadenado Mithrodar. Una vez de hubieron aprovisionado de varios paquetes de hierbas curativas shoanti, los últimos de los que disponía el chamán de la tribu, se dispusieron a partir.



Seldysa les teleportó de vuelta al cuerpo de guardia en el cual habían finalizado su exploración el día anterior. Aquel lugar desocupado les había parecido un lugar lo suficientemente seguro como para albergar su mágico regreso a Muro Cicatriz.

Se equivocaban.

Para su sobresalto, dos grandes criaturas reptilianas de escamas cobrizas y alas membranosas les aguardaban allí, agitando frenéticamente sus largas colas cubiertas de afiladas espinas. Los diablos baatezu rugieron con satisfacción al ver cómo los desprevenidos compañeros se materializaban ante ellos.

Maeva recibió el impacto de una de aquellas colas espinosas totalmente de lleno, quedando bastante maltrecha. Mientras Thepeiros y Agujeros se apresuraban a cortar el paso del otro cornugón, evitando que llegase hasta Seldysa, la maga gnoma desplegó su magia para abrir una puerta dimensional e invocar a un poderoso aliado: un elemental de fuego.

La enorme y ardiente criatura golpeó con fuerza devastadora a uno de los cornugones, que fue rematado inmediatamente después por una traicionera cuchillada de Thepeiros. La segunda criatura, sin embargo, volvió a golpear con saña a Maeva, haciendo que la exploradora se derrumbase.

Un instante después, el poderoso elemental aprisionaba entre sus flamígeras manos al baatezu, que era decapitado por un certero revés de la espada de Agujeros. Al tiempo, Seldysa corría para atender a la caída Maeva. El poderoso elemental de fuego se desvaneció en una nube de humo incandescente.

Por suerte, la exploradora aún continuaba con vida, pero su estado era tan crítico que los compañeros tuvieron que hacer uso de la totalidad de sus reservas de hierba shoanti. Como bien señaló Thepeiros, a partir de ese momento, la situación se volvía más complicada para ellos: sin más hierba curativa en el poblado shoanti, ya no tenían tanto espacio para pasos en falso.

Con cautela, los compañeros abandonaron el cuerpo de guardia para salir al exterior a través de una larga pasarela cuyas barandillas no parecían encontrarse en muy buen estado. Apenas hubieron dado unos pasos por aquel tramo, dos humanoides reptilianos de escamas negras y alas membranosas descendieron en picado sobre ellos desde el cielo, con las fauces rebosantes de veneno.

Los compañeros se defendieron a duras penas, más preocupados en no precipitarse desde las alturas que de las venenosas fauces de los baatezu. Dos de los cuchillos de Maeva impactaron de lleno en uno de los demonios, que acabó posteriormente abatido por la ballesta de Agujeros. El segundo abishai se posó en la pasarela, apartando a Thepeiros de un empellón y hendiendo sus fauces en el antebrazo de Seldysa, que quedó aturdida por el veneno del infernal.

Rápidamente, Thepeiros volvió a interponerse entre la gnoma y el abishai. La criatura le propinó un par de terribles zarpazos. Por suerte, a pesar del embotamiento propio del veneno, Seldysa logró invocar un ataque sónico que despedazó a la criatura de cintura para arriba, haciendo que sus sanguinolentos restos cayeron desde la pasarela.

El grupo evaluó su situación: Maeva estaba en buena forma, mientras que Agujeros y Seldysa sufrían heridas menores. Por su parte, Thepeiros tenía algunas lesiones de consideración, pero el ladrón elfo consideró que podía seguir perfectamente.

Seldysa llamó la atención de sus compañeros sobre el hecho de que se hubieran topado con tantos diablos baatezu en apenas unos pocos pasos desde que habían regresado a Muro Cicatriz. La maga gnoma sospechaba que la demonio del abismo Nihil ya estaba al tanto de la presencia del grupo y les había preparado aquella letal bienvenida. La sugerencia de la hechicera estaba clara: regresar a Vado Llama para que Thepeiros se recuperase de sus heridas, ya que estimaba que le iban a necesitar al cien por cien.

La perspectiva de enfrentarse a una demonio del abismo con Thepeiros tan mermado no era alentadora, así que el grupo decidió regresar a Vado Llama. El ladrón elfo se lamentó amargamente, ya que cada día que pasaba era un día más que le daban a Ileosa para seguir infligiendo sufrimiento a la ciudad de Korvosa.

Tal y como habían decidido, regresaron a Vado Llama para disfrutar de un descanso reparador. Los shoanti del poblado se preocuparon enormemente al ver como aquellos poderosos héroes regresaban, uno de ellos bastante herido, apenas una hora después de haberse marchado.

Después de reposar todo el día y aquella noche, los compañeros se dispusieron a teleportarse de vuelta al cuerpo de guardia donde el día anterior habían sido emboscados por los cornugones. Esta vez, Seldysa utilizó su magia de adivinación para percatarse de que ninguna sorpresa desagradable les aguardaba al otro lado de su viaje.

Viajaron mágicamente hasta el cuerpo de guardia, saliendo después a la pasarela con prudencia. Esta vez, tampoco había diablos aguardándoles allí para atacar por sorpresa. Poco a poco, cruzaron aquel maltrecho paso hasta una nueva sección de almenas, la cual les conduciría hasta una imponente torre de tamaño extrañamente grande.

Seldysa observó que, dado que el castillo pertenecía originalmente a Kazavon, era lógico pensar que el gran dragón tuviese un lugar de refugio para cuando no adoptaba forma humanoide. Aquella torre era lo suficientemente grande como para albergar a una gran sierpe.

Las sospechas de la maga gnoma parecieron confirmarse según el grupo cruzó las amplias puertas de la torre, después de que Maeva las abriera a golpe de hacha. La torre era una estructura alta y hueca en la que reinaba un silencio espeluznante. En el techo, una enorme abertura permitió sin dudad que el dragón Kazavon entrase y saliese en sus días de dominio sobre Muro Cicatriz.

Aunque la luz del sol penetraba por aquella apertura, no parecía capaz de disipar la penumbra sobrenatural que parecía reinar en el interior de aquel lugar. En el centro del suelo parecía haberse formado un estanque poco profundo de agua estancada, sin duda a causa de las lluvias caídas los días anteriores. En el extremo opuesto de la estancia, se adivinaba una silueta de unos tres metros de altura que, poco a poco, fue caminando lentamente hacia ellos hasta abandonar la penumbra.

Se trataba de una humanoide con el cuerpo cubierto por escamas rojo sangre y dotada de enormes alas membranosas. De su frente brotaban cuernos alargados y los colmillos rezumaban un légamo espeso y verde. La alargada cola, terminaba rematada por una afiladísima púa.

Se encontraban ante Nihil, la demonio del abismo; la cual se presentó solemnemente como “Nihil, la Portadora de Cenizas” antes de informar a los compañeros que les arrancaría sus almas para devorarlas.

Dado que los amigos no estaban muy por la labor de convertirse en comida espiritual de ningún baatezu, procedieron a desplegarse rápidamente por el amplio interior de la torre. Aprovechando las enormes dimensiones del lugar, Seldysa empleó su magia para transformar su pequeño cuerpo en el de un dracocadáver, con la apariencia de aquel llamado Belshallam al que habían vencido días atrás.

Aunque Nihil dio un paso atrás instintivamente, no tardó demasiado en reaccionar. Los compañeros la hirieron gravemente, en especial el aliento necrótico del dracocadáver Seldysa, pero la demonio respondió causando importantes heridas a los compañeros. La punzante cola de la demonio se hendió en el costado putrefacto del dragón no muerto, haciendo que la maga gnoma perdiese la concentración de su conjuro y regresase a su forma original.

En ese momento, Nihil se dispuso a rematar a la pequeña Seldysa. No contaba, sin embargo, con que Agujeros haría gala de una rapidez impresionante para interponerse entre el aguijón de la demonio y su compañera. Con un gemido agónico, el guerrero-ladrón se desplomó sobre Seldysa.

Thepeiros y Maeva reaccionaron a aquello con presteza. Mientras el ladrón hería la pierna de Nihil con su ballesta, Maeva saltaba sobre ella con su hacha flamígera para demediar su cráneo con un potente golpe. El cuerpo exánime de la Portadora de Cenizas se derrumbó en el suelo.

Seldysa lloró de felicidad, al comprobar que Agujeros continuaba milagrosamente con vida. Sin perder el tiempo, la maga se dispuso a teleportar al grupo de vuelta a Vado Llama aunque, por desgracia, no logró hacer el suficiente acopio de poder para ello.

Antes de que pudiese siquiera volver a intentarlo, un nuevo problema se cernía sobre los compañeros. Atravesando la pared de la torre, hacía su aparición el fantasma de lo que en su día debió ser una maga elfa, a juzgar por sus espectrales atuendos.

El fantasma de la mujer se abalanzó sobre ellos gritando “¡Morid, malditos orcos!”. Al parecer, la quebrada mente del espíritu les concebía como orcos que, sin duda, le habían causado algún tipo de afrenta en el pasado y la elfa no muerta estaba dispuesta a cobrarse venganza.

Lamentablemente, el grupo no tenía tiempo para indagar en aquella historia, puesto que el gélido tacto del fantasma comenzó a causar estragos en la salud de todos ellos. Por suerte, Seldysa reaccionó en seguida, fulminado al espíritu con una andanada de electricidad.

Esta vez sí, la maga gnoma consiguió rehacerse lo suficiente como para teleportar al grupo nuevamente de vuelta a Vado Llama, ante la atónita mirada de los shoanti, que ya comenzaban a estremecerse pensando en lo que pudiese albergar aquel castillo, dado el estado de sus héroes en cada uno de sus últimos regresos.

Esta vez, los compañeros necesitaron un par de días para que todos, en especial Agujeros, se repusiesen de sus heridas antes de intentar una nueva acometida sobre Muro Cicatriz. Los compañeros eran perfectamente conscientes de que se enfrentaban a un entorno extremadamente letal y se sentían afortunados por el hecho de que, hasta el momento, la suerte les hubiese sonreído y ninguno de los cuatro se hubiera dejado la vida allí.

Tras tomar las correspondientes precauciones mediante magia adivinatoria, Seldysa les transportó a todos de vuelta a la torre donde se habían enfrentado a Nihil. Desde allí, salieron nuevamente a las almenas por las cuales caminaron hasta una de las dos torres que les restaban por explorar: una que, por su disposición, parecía algún tipo de lugar de mando militar desde donde coordinar una posible defensa de Muro Cicatriz.

Entrando en la torre, encontraron un par de tramos de escaleras en sentidos ascendente y descendente respectivamente. Además, dos puertas, una a cada lado, permanecían abiertas. Una de las puertas les condujo a lo que parecía un antiguo comedor adornado con ahora mohosos cuadros de batallas. Una mesa de roble estaba rodeada por casi una docena de sillas podridas.

Regresaron para tomar la otra puerta, la cual les condujo a través de un estrecho tramo de pasillo que daba a una nueva puerta. Tras ella encontraron un cuerpo de guardia ocupado por tres de los guardias esqueléticos del partido, los cuales fueron fulminados de inmediato por la magia de la armadura que portaba Agujeros.

Prosiguieron más allá de aquel lugar hasta llegar a una sala de reuniones bien decorada, al menos en su día. Había en ella un enorme escritorio lleno de planos ahora inservibles. También había un maltrecho trono de madera tras el que colgaba un tapiz hecho jirones.

No encontrando nada más allí, salieron de nuevo al recibidor para tomar el tramo descendente de escaleras. Este les condujo a una cámara inferior sumida en la penumbra, la cual parecía haber sido utilizada en el pasado como sala de entrenamiento, a juzgar por los estafermos hechos pedazos que podían verse en algunos rincones.

Los compañeros se encontraban examinando el lugar cuando, de pronto, las sombras parecieron tomar forma para materializarse en una pareja de oscuros mastines del tamaño de caballos de tiro. Ladrando y con las fauces rebosantes de espuma, ambos mastines sombríos se arrojaron sobre el grupo.

Aunque habían resultado sorprendidos, Seldysa reaccionó rápido para interponer una barrera mágica entre ellos y las criaturas. Con sus compañeros ya preparados, la maga gnoma desvaneció el mágico muro para permitir el combate.

Uno de los mastines cayó de inmediato ante la acción combinada de un golpe de hacha de Maeva, la puñalada traicionera de Thepeiros y el golpe de Agujeros, que decapitó al monstruoso can. El segundo monstruo no tuvo oportunidad alguna ante la magia de fuego de Seldysa, que le redujo a cenizas antes de que pudiera siquiera reaccionar.

En vista de que nada más había en aquel lugar, regresaron una vez más al recibidor, esta vez para tomar las escaleras ascendentes. Subieron una planta para encontrar un nuevo tramo de escalera ascendente y dos estancias, una a cada lado. La primera era una habitación llena de literas derrumbadas sin nada de interés. En la segunda, podía verse un camastro desplomado y una estantería con numerosos pergaminos ya arruinados por el paso del tiempo.

Se hallaban inspeccionando esta segunda habitación cuando un rugido proveniente de la escalera ascendente. Salieron al pasillo para contemplar como un gran cadáver reseco y horrible descendía, encorvado, por los peldaños. Parecía una mujer, de casi tres metros de altura, con ropas que un día fueron elegantes y ahora eran harapos. A través de su caja torácica, expuesta, se podía vislumbrar un alma atormentada debatiéndose.

Sin tiempo que perder, Seldysa desató su magia para invocar a un arconte, que se materializó justo en el camino de la devoradora con intención de contenerla. La hoja del aasimón hirió a la no muerta, aunque las garras necróticas del monstruo también causaron un terrible daño al celestial; que acabó sucumbiendo.

Ya con el paso franco, la criatura trató por todos los medios de llegar a Seldysa. Thepeiros logró interponerse a tiempo, llevándose un terrible mordisco en el hombro por parte de la criatura. El dolor que sintió el elfo fue realmente atroz.

Agujeros y Maeva cargaron contra la no muerta, infligiéndole terribles heridas. El hacha flamígera se incrustó en la clavícula del monstruo justo cuando las garras de este derribaban a Thepeiros. Un segundo después, las fauces de la devoradora se cerraban en torno al cuello de Seldysa, haciendo que la maga gnoma se desplomase.

Por suerte, a aquellas alturas, la no muerta estaba tan malherida que el poder desatado de la armadura que portaba Agujeros bastó para achicharrar su carne putrefacta. Con un alarido espantoso, la devoradora se deshizo en cenizas.

Con alivio en el rostro, Maeva y Agujeros comprobaron que tanto Thepeiros como Seldysa continuaban milagrosamente con vida. Una vez más, parecía que los dioses les sonreían permitiéndoles esquivar a la muerte.

Pero no tenían mucho tiempo, unos pesados pasos resonaron en la planta que tenían debajo, acompañados del traqueteo de lo que parecía una pesada armadura. Con dos compañeros caídos, Maeva y Agujeros ni siquiera intentaron echar un vistazo: cargaron al hombro a sus compañeros caídos y subieron por las escaleras hacia la siguiente planta.

La siguiente planta era un espacio diáfano, en el que varios armeros de madera y soportes de armadura en estado lamentable se apoyaban en las paredes. En uno de aquellos soportes, Agujeros distinguió una lanza con runas grabadas en el asta. Se encontraban ante una decisión: detenerse a tomar aquella arma, sin duda mágica, o continuar escapando escaleras arriba de quien quiera que fuese perseguidor.

Seguramente el instinto de ladrón de Agujeros fue el que tomó la decisión. Con todo el cuidado que les permitió la prisa, Maeva y el guerrero-ladrón depositaron los cuerpos inconscientes de sus compañeros en el suelo y, mientras la exploradoras se aprestaba para el combate, Agujeros tomaba la lanza en sus manos antes de hacer lo propio.

La figura que ascendió desde el piso inferior era la de un enorme orco no muerto, ataviado con una antigua armadura de placas y que sostenía un pesado martillo de guerra. La criatura les dedicó una feroz mueca llena de crueldad antes de alzar el pesado martillo sobre su cabeza y avanzar hacia ellos.

Agujeros empuñó su nueva lanza, la cual estalló en un estrepitoso arco eléctrico cuando el guerrero la hundió en el abdomen del orco no muerto. Maeva hizo que su hacha crepitase en llamas, descargándola también sobre el hombro de la criatura. Sin embargo, aquel cadáver era un hueso duro de roer y respondió propinando un poderoso martillazo en el pecho de la exploradora. Una potente onda sónica acompañó el golpe de martillo, arrojando a Maeva al otro lado de la estancia.

Raudo, Agujeros volvió a hendir su lanza en el monstruo, a lo que inmediatamente siguieron dos de los cuchillos de Maeva volando certeros hasta la frente del orco no muerto; que se desplomó hacia delante para quedar inmóvil eternamente.

Agujeros ayudó a Maeva, bastante malherida, a ponerse en pie. La exploradora estaba en una situación bastante crítica y él mismo no andaba mucho mejor. Un rápido vistazo a los cuerpos inconscientes de Seldysa y Thepeiros acabaron por componer aquel mapa de desesperación.

Sería difícil que el grupo soportase un solo problema más.

Tras hablarlo unos momentos, Maeva y Agujeros convinieron seguir ascendiendo con la esperanza de pasar la noche y conseguir que al menos Seldysa recuperase la consciencia para poder transportarles a la seguridad de Vado Llama.

La última planta de aquella torre contenía otras dos estancias diferenciadas. En una, unas cuantas librerías inclinadas recorrían las paredes. Pergaminos completamente arruinados se encontraban esparcidos por todas partes.

La otra habitación tenía las paredes cubiertas por antiguos mapas de las regiones circundantes. Una gran mesa de mármol ocupaba la parte central de la estancia, también con decrépitos mapas cubriendo su superficie.

Trabajosamente, entre Maeva y Agujeros arrastraron la mesa para bloquear la puerta de entrada a la habitación. Esperaban que aquello pudiera retener el tiempo suficiente a cualquier posible amenaza que se les aproximase durante la noche... a menos que se tratase de un fantasma de aquellos que atravesaban paredes, claro.

La noche comenzaba a cernirse sobre Muro Cicatriz, el peor sitio para pernoctar que ninguno de ellos hubiese conocido jamás. Aguardando con desesperación la llegada del alba, Maeva y Agujeros se turnarían las guardias de aquella larga noche.



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