DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (5/7)
Tras escapar milagrosamente de una horrible muerte a manos de Mithrodar y sus espectros, la maga gnoma Seldysa, el ladrón elfo Thepeiros, la exploradora shoanti Maeva y el guerrero-ladrón Agujeros recuperaban sus maltrechos cuerpos en Vado Llama, al cuidado de los sanadores shoanti.
Por suerte, el descanso unido a las bondades de las hierbas curativas de los Skarl-Quah permitió que los compañeros pudieran estar en pie a la mañana siguiente. Seldysa y Thepeiros se fundieron en un conmovedor abrazo una vez el elfo hubo recuperado la consciencia: eta vez había estado realmente cerca de la muerte.
Tras discutirlo durante un rato, estando todos de acuerdo en que era imposible enfrentarse a Mithrodar sin deshacerse de sus anclas espirituales, el grupo convino que debía centrarse exclusivamente en el hallazgo de la espada Serithtial. No obstante, Thepeiros señaló que era muy posible que para hacerse con ella debieran enfrentarse al horrible espectro encadenado, ya que la saga nocturna les dijo que Mithrodar dominaba Muro Cicatriz y, por lo tanto, sería extraño que no tuviese conocimiento ni poder sobre aquella reliquia.
Así, decidieron que no desdeñarían la posibilidad de acabar con las anclas espirituales de Mithrodar si se les daba la ocasión. Ya solo quedaban tres, después de que los compañeros hubieran acabado con el dracocadáver Belshallam: el caballero de la muerte llamado Castothrane, el baatezu llamado Nihil y una cuarta ancla que era desconocida para la saga nocturna.
Seldysa les teleportó a todos de vuelta a los alojamientos del servicio, en la primera planta de Muro Cicatriz; uno de los últimos lugares relativamente seguros por los que el grupo había pasado antes de toparse con Mithrodar en el gran salón. A partir de ahí, los compañeros continuarían con su exploración del castillo intentando no acercarse demasiado a la zona controlada por el espectro encadenado que, según pudo averiguar Seldysa consultando algunos de sus libros, era poco probable que pudiese abandonar el salón o sus inmediaciones debido al tipo de maldición que le aferraba al lugar.
Tomaron uno de los pasillos que habían desechado en su primera visita, el cual les condujo a un enorme patio elevado en el que se erguían un par de construcciones. El lugar ofrecía una gran vista del lago del cráter y los escarpados riscos que había más allá.
La primera de las construcciones era una antigua herrería, cuya forja llevaba siglos fría. Cerca de donde una vez ardiese el fuego había un yunque polvoriento y viejo contra el cual se apoyaba una hacha de leñador extrañamente limpia.
Seldysa se aproximó con precaución al arma, comprobando que se trataba de un arma mágica. Con una fiera sonrisa en el rostro, Maeva empuñó el arma mientras veía como su filo adoptaba un tono incandescente.
Contentos con su hallazgo, los amigos salieron de la vieja herrería y se aproximaron a la segunda construcción. Unas cuantas paredes casi derrumbadas se sostenían unas contra otras. A través de algunos huecos, podían adivinarse varios muebles rotos.
Thepeiros decidió echar un vistazo en el interior, por si cabía la posibilidad de encontrar algún objeto útil. Se percató demasiado tarde de su error cuando, de entre las sombras del habitáculo surgieron cinco formas apenas humanoides moviéndose hacia él de forma caótica. Una sexta sombra, que recordaba vagamente a una mujer, apareció inmediatamente detrás de las primeras.
Thepeiros se defendió como pudo de aquellos seres, aunque de pronto le sumió la desesperación al verse completamente cegado. Mientras batía el aire con sus espadas, gritó pidiendo ayuda a sus compañeros.
El hacha de Maeva flameó en el aire mientras la exploradora shoanti usaba su ardiente filo para demediar a una de aquellas sombras. Al tiempo, Seldysa desplegaba el poder del rayo en toda la habitación, usando su dominio arcano para que el poder no arrasase a sus amigos. Dos sombras más se desvanecieron ante el poder de la maga gnoma.
Mientras Thepeiros, completamente cegado, rodaba por el suelo guiándose por el oído para intentar escapar de una de las sombras, la quinta criatura y aquella otra sombra con forma de mujer se cernieron sobre Agujeros, hiriéndole con su tacto gélido de no muertos.
Seldysa usó el fuego para destruir a la sombra que acosaba a Thepeiros mientras Maeva arrojaba su hacha ardiente para destruir al quinto esbirro sombrío. La sombra con forma de mujer aulló furiosa antes de arrojarse de nuevo sobre Agujeros, que hincó rodilla en tierra a causa del dolor justo un momento antes de que Seldysa abatiese a su sombría atacante con un certero golpe de rayo.
Los compañeros se miraron entre sí, solo para comprobar que todos estaban en relativo buen estado tras el combate. Thepeiros había recuperado la visión tras la muerte de aquellas sombras, así que una vez hubieron hecho uso de algunas de las hierbas curativas shoanti y comprobaron que no había nada de utilidad en aquel oscuro recinto, prosiguieron su camino de nuevo.
Detrás de aquella edificación, probablemente un alojamiento para cazadores, encontraron una escalera que parecía ascender hacia las torres y almenas superiores. Los compañeros subieron lentamente aquel tramo de escaleras que parecía llevar a un torreón que precedía un tramo de almenas.
La puerta de madera del torreón cedió sin demasiados problemas ante el empuje de Maeva, quien abría la marcha junto a Agujeros. Las paredes del torreón estaban húmedas, probablemente a causa de la lluvia de los días anteriores que se filtraba desde algún agujero en el tejado.
Muchos barriles y cajas terriblemente viejos se apilaban junto a las paredes, bloqueando las troneras y sumiendo el lugar en la penumbra. Al fondo de la estancia, una estrecha puerta de madera entreabierta parecía dar a una especie de pasillo cubierto.
Cuando apenas hubieron dado unos pasos en el interior del torreón, tres figuras surgieron de la penumbra. Dos de ellas eran sombras, parecidas a aquellas que acababan de enfrentar en el piso inferior. La tercera figura era un esquelético caballero de ennegrecida armadura.
El caballero de la muerte les dedicó un saludo marcial entrechocando hacha de guerra y escudo. Les dijo que su nombre era Castothrane y que defendía Muro Cicatriz para gloria del gran Kazavon. Sabiendo que se trataba de otra de las anclas espirituales de Mithrodar, los compañeros no dudaron en que debían presentarle combate.
Agujeros exhaló un lamento al darse cuenta de que el caballero le había paralizado con su magia, justo un instante antes de que el hacha de guerra del no muerto le causase una fea herida en el brazo. Mientras Maeva descargaba su hacha ardiente sobre el costado de Castothrane, Thepeiros trataba de buscar su espalda para apuñalarle.
Aunque Seldysa golpeó con magia sónica al no muerto, este no perdió su atención en el ladrón, al que mandó a rodar por el suelo de un terrible golpe. Maeva y Agujeros se aplicaron con saña sobre el caballero, arrinconándole lo suficiente como para que la maga gnoma pudiera rematar la faena usando su magia para alzar del suelo a Castothrane y destrozar su cuerpo estrellándolo contra el techo del torreón.
Los compañeros comprobaron rápidamente que, aunque Agujeros también estaba herido, Thepeiros se había llevado la peor parte en aquel duelo; de modo que le entregaron el resto de hierbas shoanti de que disponían.
Como ya se había vuelto costumbre en los últimos días, los compañeros debatieron si continuar con la exploración o regresar al campamento shoanti para reponer las hierbas curativas y permitir que Agujeros y Thepeiros se restablecieran totalmente.
Los dos pícaros se negaron a regresar, ya que consideraban que sus heridas no revestían la suficiente gravedad como para obligarles a regresar a Vado Llama. Así, los compañeros enfilaron la puerta existente en la pared opuesta del torreón.
Tal y como se adivinaba tras la puerta entreabierta, llegaron a un oscuro pasillo lleno de gruesas telarañas. Pequeños montones de polvo y restos de huesos poblaban el suelo, lo que puso en alerta a los compañeros. Sin embargo, el pasillo no les deparó sorpresa alguna, sino que les condujo a una sección de almenas.
El aire del exterior volvió a golpear sus rostros, lo que resultaba bastante reconfortante en contraste con el opresivo ambiente del interior del castillo. Caminaron por los parapetos hasta encontrar una pequeña construcción cuadrada que resultó ser un antiguo almacén que contenía leña podrida y algunos suministros que los siglos habían echado lógicamente a perder.
Los parapetos les condujeron hasta una extraña torre cuya construcción, aunque casi tan antigua como el propio castillo, parecía ligeramente posterior. Nada más entrar en dicha torre, Seldysa tuvo la certeza de que se trataba del antiguo laboratorio de un mago. En el suelo de piedra, la maga gnoma descubrió los restos de algún tipo de invocación demoníaca realizada siglos atrás: la de una demonio del abismo llamada Nihil.
Los compañeros sabían por la saga nocturna que la tal Nihil era el baatezu que servía como una de las anclas espirituales de Mithrodar. El hecho de que se tratase de una entidad tan poderosa hizo que Seldysa sugiriese a sus compañeros moverse con precaución: Nihil no debía de andar demasiado lejos.
En la parte superior del laboratorio, encontraron una habitación con las paredes llenas de estantes, conteniendo una gran colección de libros; la mayoría deteriorados por el paso del tiempo. Aún así, Seldysa logró rescatar cinco volúmenes de entre los enmohecidos restos, así como tres pergaminos que contenían poderosos conjuros.
Abandonaron la torre para continuar hacia una zona de minaretes. Desde allí, su camino parecía llevarles hacia una especie de cuerpo de guardia cuyas puertas parecían cerradas y relativamente intactas.
Una serie de poderosos rugidos llamó rápidamente la atención de los compañeros, que volvieron la vista al cielo. Ocho grotescas gárgolas de piedra con forma demoníaca volaban en picado hacia ellos mientras aprestaban las garras y los colmillos.
Seldysa leyó raudamente uno de los pergaminos, que automáticamente hizo que su imagen se desdoblara en varias copias ilusorias. Dos de las gárgolas rugieron frustradas al ver como habían atacado a las gnomas equivocadas, solo un segundo antes de que la auténtica Seldysa las destrozase con su magia.
Maeva arrojó sus cuchillos con certeza para abatir a otra de las criaturas, mientras Thepeiros acababa con otro par realizando precisos disparos con su ballesta. Agujeros, sin embargo, retrocedía a trompicones por los parapetos, acosado por dos de las criaturas que habían aterrizado frente a él.
Finalmente, el guerrero-ladrón decapitó a uno de los monstruos a la vez que Thepeiros llegaba a tiempo de auxiliarle apuñalando la espalda de la bestia que aún se mantenía en pie.
Preocupados por el estado de Agujeros, los compañeros le preguntaron si deseaba continuar. Thepeiros también estaba bastante herido, aunque no se trataba de lesiones sin demasiada importancia. Con actitud bravucona, el guerrero les insistió en continuar un poco más.
“Ya habrá tiempo para huir como ratas”, rió con sorna.
Llegaron hasta el cuerpo de guardia, cuyas puertas estaban cerradas con llave. Thepeiros probó con el manojo que había encontrado, sin éxito. Debido a esto, el elfo tuvo que perder unos minutos en forzar la tosca cerradura con sus herramientas de ladrón.
El cuerpo de guardia solo contenía algunos catres ajados, así como unos cuantos muebles que apenas eran ya ruinas de lo que fueron. La puerta posterior de la estancia daba a un nuevo tramo de almenas.
El sol estaba comenzando a morir tras el horizonte, de modo que los compañeros convinieron regresar a la seguridad de Vado Llama para pasar la noche. Sin más, Seldysa les teletransportó de vuelta al campamento shoanti.

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