DT.VII: Korvosa (T5) - El castillo de Muro Cicatriz (7/7)

Con gran alivio, Agujeros vio como el sol surgía tras los bordes del cráter en cuyo centro se erguía el castillo de Muro Cicatriz. Había sido una noche larga intensa, después de que Maeva y él se vieran obligados a refugiarse en aquella sala junto con sus compañeros Seldysa y Thepeiros, ambos inconscientes tras el combate con aquella devoradora que habían encontrado en aquella misma torre, tan solo unos pisos más abajo.

Maeva y Agujeros celebraron la vuelta a la consciencia de sus dos compañeros. Si bien Seldysa se encontraba en bastante buen estado, Thepeiros no se había recuperado del todo. De ese modo, los compañeros decidieron regresar a Vado Llama, por lo que la magia de la maga gnoma les teleportó hasta el campamento shoanti.

El grupo descansó durante todo aquel día y también la noche. A la mañana siguiente, Thepeiros ya se encontraba en buena forma; así que se dispusieron a regresar a Muro Cicatriz. Antes de partir, el chamán les obsequió un par de paquetes de hierba curativa que había logrado preparar desde la última vez que estuvieron allí. No era gran cosa, pero todo ayudaba.

Como las últimas veces, Seldysa comprobó que ninguna sorpresa desagradable les aguardase en la planta baja de la última torre que habían explorado, ya que ese era el lugar elegido para la teleportación del grupo. En vista de que no parecía haber amenaza, se trasladaron allí con un destello mágico.

Salieron de aquella torre y recorrieron un largo tramo de parapetos desde los que se disfrutaba de una extraordinaria vista del lago del cráter, así como de los riscos volcánicos que había más allá. Los compañeros caminaron hasta la última torre que quedaba en las alturas del castillo: una gran construcción con forma octogonal.

La puerta de la torre estaba cerrada, aunque no con llave. Cuando los compañeros entraron, encontraron un suelo de mármol rojo bajo un techo abovedado situado a casi diez metros de altura. En una alcoba existente al este podía verse un altar en forma de calavera, cuya sección inferior estaba envuelta en cadenas de hierro y cuya parte superior había sido cortada en línea recta para convertirlo en una superficie nivelada.

En el lado opuesto, otra alcoba contenía una piscina con bordes de mármol blanco en la que el agua, verdosa y estancada descansaba imperturbable. Al fondo, unas escaleras parecían ascender al piso superior de la torre.

Los compañeros inspeccionaron cuidadosamente el altar, sin encontrar nada más allá de algunas manchas de sangre antigua. Cuando se acercaron a comprobar la piscina, sin embargo, el agua se agitó inquietantemente justo antes de explotar en un caos efervescente.

El enorme elemental de agua se alzó de su reposo en la piscina para golpear con fuerza a Agujeros y arrojarle por los aires. Un instante más tarde, era Maeva la que rodaba por el suelo. Thepeiros también se llevaría un buen revolcón, aunque rápidamente se preocupó de tomar distancia de la criatura.

Seldysa que había recibido un empellón casi a la vez que el elfo, concentró su poder para invocar a una criatura que pudiese hacer frente a aquel monstruo: un nuevo elemental, este de aire, surgió en la sala para enzarzarse en brutal combate con su primo lejano.

Maeva corrió con su hacha ardiente hasta el elemental de agua, golpeándolo para arrancar un siseo de vapor. Enfurecido, el monstruo extraplanar se defendió con un potente golpe. Mientras los virotes de Thepeiros golpeaban inofensivamente al monstruo, este logró doblegar al elemental invocado por Seldysa, haciéndolo caer.

Maeva volvió a intentar cargar contra la criatura, esta vez en compañía de Agujeros. Mientras que el guerrero-ladrón se llevaba un brutal golpe que le hacía estrellarse contra la pared y quedar tendido e inmóvil sobre el suelo, la exploradora shoanti era atrapada en el interior de la acuosa criatura.

En ese momento, Thepeiros corrió a recoger la lanza mágica de Agujeros mientras Seldysa usaba magia de frío para ralentizar los movimientos del elemental. La enorme figura, semicristalizada ahora, se debatía intentando llegar a la maga gnoma. Sin embargo, Thepeiros fue lo suficientemente rápido como para trepar su congelada espalda y hendir la mágica lanza en la nuca del monstruo. El estallido eléctrico hizo explotar al elemental, lanzando una lluvia torrencial en todas direcciones.

Mientras Thepeiros atendía a Maeva, tendida en un enorme charco de agua en mitad del salón de mármol rojo, Seldysa corría hacia Agujeros. La maga gnoma sonrió al comprobar que su amigo seguía con vida. No obstante, aquel grupo ya había contado en demasía con el favor de los dioses al parecer. Negando en silencio con la cabeza, Thepeiros le indicó a Seldysa que Maeva ya no respiraba.

Conscientes de que, sin Maeva y con Agujeros en estado de inconsciencia, aquella empresa no tenía posibilidades de éxito, los compañeros decidieron retirarse una vez más de aquel lugar maldito. Esta vez, sin embargo, Seldysa les transportó a la Casa de la Luna, lugar ocupado por los Lyrune-Quah; el pueblo de Maeva.

Amarund, el Orador de la Verdad, se mostró desconsolado al saber de las muertes de Maeva y Tekrakai, dos de sus más valerosas Doncellas de la Luna. Aquella misma noche se celebraron las exequias, a las que Seldysa y Thepeiros fueron invitados mientras Agujeros se reponía bajo los cuidados de un sanador.

Con gran solemnidad, la shoanti fue introducida en un túmulo junto con aquella hacha flamígera que había encontrado en Muro Cicatriz.

“Una heroína, debe ser enterrada con un arma de héroe”, dijo Agujeros.

A la mañana siguiente, el grupo ahora formado solo por Seldysa, Thepeiros y Agujeros se disponía a regresar a Muro Cicatriz. Los Lyrune-Quah les habían provisto de algunas hierbas curativas. En ese momento, un murmullo pareció extenderse por el campamento.

Poco a poco, los shoanti se hicieron a un lado para dejar avanzar a un hombre alto y delgado, con larga melena plateada. Vestía pieles y una gran cantidad de collares de huesecillos colgaban de su cuello. Según les susurró el Orador de la Verdad, se trataba de un hombre llamado Elelel; un sacerdote shoanti de Sune, diosa del amor y la belleza, con gran poder.

El tal Elelel les contó que su diosa se le había aparecido en sueños, exhortándole a viajar hasta la Casa de la Luna para unirse a unos héroes que combatían un mal ancestral. El sacerdote lamentó no haber llegado unas horas antes, pues su poder le hubiera llegado para traer a Maeva de vuelta desde el mundo de los muertos. A aquellas alturas, la exploradora estaba ya fuera de su alcance.

Los amigos necesitaban toda la ayuda posible, aunque a Agujeros aquello de un sacerdote del amor no le cuadraba demasiado. Elelel le hizo ver que Kazavon representaba el odio, y el enemigo más opuesto a este era sin duda el amor.

El guerrero-ladrón aún resoplaba escéptico cuando Seldysa les transportó a todos de vuelta al salón de mármol rojo de la Torre Octogonal. La maga gnoma había comprobado el lugar previamente con su magia adivinatoria, así que libres de amenazas inmediatas, se encaminaron a las escaleras ascendentes.

Las escaleras les llevaron hasta una sala cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra gastada. Varias mesas de madera y sillas estaban espaciadas por lo que parecía ser algún tipo de sala común para reuniones informales. Junto a la chimenea baja de piedra, había una pequeña cocina con algunos utensilios y restos desecados de comida. Al fondo, una nueva escalera ascendía al piso superior.

En aquel piso encontrarían varias habitaciones austeras, que daban la impresión de ser celdas clericales; quizá del horrible culto que adorase a la deidad de aquel altar de la calavera del piso inferior. También encontraron allí una estancia que en su día debió estar ostentosamente amueblada, aunque todo aquello ya era ruina. No obstante, Agujeros encontró un espejo de plata en buen estado y una antigua poción de curación que aún parecía útil.

La habitación parecía haber pertenecido a un sacerdote del desaparecido dios Bane, de modo que Elelel adivinó sin demasiados problemas que la puerta al fondo del habitáculo debía dar a algún tipo de capilla privada.

Ávido de algún tesoro más, Agujeros abrió aquella puerta quizá de un modo bastante irreflexivo, como descubriría al ver surgir del umbral al difunto sacerdote, ahora convertido en un devorador cuya alma se debatía aprisionada bajo sus costillas. El guerrero-ladrón aulló de dolor cuando el mordisco necrótico de aquel no muerto aprisionó su antebrazo.

Al unísono, Seldysa y Elelel golpearon al monstruo con su magia, la una con fuego puro y el otro con el Eje del Bien. El devorador saltó sobre el sacerdote, quitándose del medio a Thepeiros con un zarpazo para luego desgarrar el pecho del shoanti.

La magia gravitatoria de la maga gnoma estrelló al no muerto contra la pared, justo a tiempo para que Agujeros le ensartase con su lanza. Un certero virote de Thepeiros acabó con la criatura, incrustándose en su frente.

Tras unos segundos de silencio, Elelel puso su magia curativa a trabajar. No quería arriesgarse demasiado a que el despliegue de su poder atrajese a alguna de las criaturas malignas del lugar, así que se contuvo; dejando que las hierbas curativas completasen su trabajo.

Unos minutos más tarde, entrarían con cautela en la capilla donde, bajo otro de aquellos altares con forma de calavera, encontrarían una escalera de caracol descendente que parecía rebasar cualquier altura del castillo para perderse en la oscuridad más absluta.

Descendieron lentamente por aquellas escaleras que, tal y como habían adivinado, les llevaban directamente a las catacumbas del castillo Muro Cicatriz. Allí, aunque los muros parecían húmedos, estaban extrañamente secos al tacto. Un examen más minucioso revelaba que ese brillo se debía a los minerales presentes en la roca.

Un largo pasillo les llevó hasta un pozo de unos cinco metros de anchura que se hundía hacia abajo en la oscuridad. Una brisa cálida ascendía por él, llevando consigo extraños olores minerales.

La magia de Seldysa les llevó flotando hasta abajo. Por el camino, los compañeros pudieron advertir lo que parecían extrañas marcas de garras en las paredes del túnel. Cuando llegaron al fondo, un fuerte hedor a humedad les envolvió. Parecía provenir de un túnel que se extendía hacia el este.

Siguieron el túnel hasta una inmensa cámara abovedada de origen natural. En ella, un silencioso lado de aguas negras. Lejos en el agua, al noroeste, un único punto de luz brillaba justo por encima de la superficie. La luz parecía alumbrar tenuemente alguna especie de isla en la que podía adivinarse una construcción de piedra.

Los compañeros lo tuvieron claro enseguida: allí se encontraba la última de las anclas espirituales del espíritu de Mithrodar.

La magia de Seldysa les transportó mágicamente a aquella lejana isla en un destello de poder. En apenas un parpadeo, se encontraban en la rocosa orilla de un islote que parecía haber sido erigido mágicamente. En el centro del mismo se alzaba un templo de paredes redondeadas cuya cúpula de piedra negra se mostraba agrietada.

Los compañeros comenzaban a caminar hacia el templo cuando el sonido del agua agitándose a sus espaldas les hizo dar media vuelta. Tras ellos, cuatro figuras humanoides con aspecto de sapos azulados y las robustas hechuras de ogros se aproximaban hacia ellos. Unos pasos más atrás, otra de estas criaturas, más grande y de piel negra, cerraba la comitiva.

Seldysa no perdió el tiempo, desplegando su magia para invocar a un enorme elemental de agua en el flanco derecho de aquellos slaads. Inmediatamente, el slaad de la muerte (color negro) y dos de sus congéneres se arrojaron sobre el elemental, mientras que los otros dos avanzaban sobre Thepeiros y Agujeros.

El primero de los monstruos fue impactado por uno de los virotes del elfo para, después, recibir de lleno el golpe eléctrico de la lanza de Agujeros. Mientras Elelel apoyaba con su magia a aquellos dos, Seldysa hacía lo propio con el elemental que había invocado, el cual perdía cada vez más terreno ante sus enemigos.

El segundo de los slaads en vanguardia caía abatido por la acción conjunta de la lanza de Agujeros y la magia del Eje del Bien del sacerdote shoanti al mismo tiempo que el elemental invocado por Seldysa se desvanecía en una explosión acuosa, eso sí, tras haber acabado con la vida de dos de los slaads menores.

El slaad de la muerte rugió furioso, intentando llegar hasta los compañeros. La magia de Seldysa le golpeo en forma de rayo, seguida de un lanzazo de Agujeros y las hojas de Thepeiros entrando por su espalda. No hubo necesidad de que Elelel descargase ya su magia: la criatura había muerto.

El hecho de que las hierbas curativas shoanti no funcionasen, hizo sospechar a Elelel que las garras de aquellos monstruos transmitían algún tipo de enfermedad mágica que impedía la curación. Por suerte, el vínculo con su diosa era lo suficientemente fuerte como para eliminar aquel mal y permitir que la magia curativa de Sune restableciese a los compañeros.

Por mucho que le doliese, Agujeros se vio obligado a reconocer que aquel sacerdote de la diosa del amor había sido de gran utilidad.

El interior del templo era una enorme cámara con el suelo de pizarra gris. Enormes pilares de obsidiana se alzaban a los flancos para sostener el techo. En aquellos pilares, varias antorchas ardían con luz extrañamente tenue. En el centro de la estancia, había un trono de mármol negro y, junto a él, uno de aquellos altares en forma de calavera sobre el que había una espada hendida.

En el trono, como si guardase la espada Serithtial, se sentaba lo que antaño pudo ser un mago; en vista de sus ropajes. Ahora era un lich, una criatura esquelética que les miraba con ojos ardientes como ascuas.

El no muerto les dijo que su nombre era Zev Ravenka, el mago y consejero de Kazavon. Al parecer, había prometido aguardar el regreso del rey dragón. Mientras tanto, se encargaría de custodiar aquella infecta espada que antaño fuese causa de la caída de su señor.

Un simple gesto de Zev Ravenka bastó para desterrar a Elelel a algún tipo de laberinto extradimensional. El sacerdote, desdesperado, vagaba por el lugar intentando escapar mientras sus compañeros, en otro plano de existencia, cargaban sobre el lich.

Seldysa trató de transformarse de nuevo en aquel aterrador dracocadáver, pero el no muerto logró de algún modo bloquear su magia. Casi a la vez, la lanza de Agujeros se incrustó en el pecho del monstruo en mitad de un estrépito eléctrico. Tras emitir una sonora carcajada, Zev Ravenka incrustó sus garras en el pecho del guerrero-ladrón arrebatándole la vida.

Thepeiros sobrevivió milagrosamente a un rayo de pura energía necrótica que le lanzó el no muerto. Seldysa, por su parte, consiguió por los pelos que la magia transmutadora de su enemigo no la transformase en cualquier cosa horrenda.

Finalmente, Thepeiros aprovecharía un ataque de fuego de la maga gnoma que hizo tambalear al lich para hendir sus dos espadas por la espalda del mismo. A la vez que el no muerto se desvanecía en un montón de huesos polvorientos, Elelel reaparecía de vuelta en aquel plano de existencia, con el rostro aún desencajado por la desesperación.

El sacerdote se puso a trabajar rápidamente. Haciendo acopio de toda su fe, imploró a su dios que trajese de vuelta a Agujeros de entre los muertos. Con el asombro reflejado en el rostro, Thepeiros y Seldysa vieron como su amigo caído volvía a la vida.

Con un susurro entrecortado, Agujeros prometió que se haría devoto de la diosa Sune. Todos rieron.

Mientras Elelel se afanaba en curar mágicamente a sus compañeros, que realmente se hallaban en un estado bastante crítico, Seldysa se desesperaba al comprobar como Agujeros era incapaz de extraer a Serithtial de aquel altar en forma de calavera.

Finalmente, tras consultar unos libros de su bolsa, la maga gnoma llegó a la conclusión de que no podrían tomar la espada mientras el espíritu Mithrodar siguiese existiendo. De ese modo, tras consultarlo con sus compañeros, les transportó a todos hasta aquel gran salón con columnas de madera de la primera planta.

Una vez más, hallaron allí a Mithrodar, aunque esta vez ninguna fantasmal cadena pendía de su cuerpo: las anclas espirituales habían desaparecido. A juzgar por la furia que se reflejaba en el rostro del no muerto, Mithrodar era perfectamente consciente de que ahora podía ser destruido por los compañeros. De inmediato, el antiguo lugarteniente de Kazavon, invocó a los mismo cinco espectros que le auxiliaron en su combate anterior con los intrusos.

Los espectros se lanzaron raudos sobre Thepeiros y Agujeros, mientras que Mithrodar volaba como una exhalación para rasgar con sus garras gélidas a Elelel y Seldysa. Maga y sacerdote desataron su magia sobre el espíritu, que resistía con entereza todo el poder desplegado sobre él.

Agujeros chilló furioso al ver como Thepeiros caía bajo el antinatural tacto del último espectro, justo antes de que él pudiera llegar para destrozarlo con su lanza eléctrica. A unos metros, el sacerdote Elelel también se desplomaba muerto ante la acometida de Mithrodar. La magia de fuego de Seldysa golpeó al espíritu del lugarteniente, llegando casi a destruirlo. Sin embargo, Mithrodar resistió.

Con su último no aliento, el espíritu arrebató la vida de la maga gnoma con sus heladas zarpas el instante anterior a que Agujeros llegase por su retaguardia, gritando como un loco, para ensartar con su lanza mágica la espalda de Mithrodar; que se desvaneció de una vez para siempre con un alarido de frustración.

Desesperado, el guerrero-ladrón fue corrió por todo aquel salón. Tenía esperanza de que alguno de sus compañeros siguiese aún con vida. Por desgracia, solo pudo comprobar que la totalidad de su grupo había muerto en aquel combate.

Con lágrimas en los ojos, Agujeros vagó por aquel castillo ahora totalmente vacío, pues todos sus habitantes malditos se habían esfumado con la definitiva muerte de Mithrodar. El guerrero ladrón descendió a las catacumbas, nadó el oscuro lago y llegó hasta el templo del islote.

Allí, junto a los polvorientos restos del lich Zev Ravenka, agarró la legendaria espada Serithtial y tiró de ella. Con un siseo metálico, la espada abandonó la roca para quedar en manos de aquel guerrero pícaro apodado Agujeros.

Por fin, tras casi una quincena desde que atravesase por primera vez la pasarela que daba acceso al castillo de Muro Cicatriz, tenía a Serithtial... podía derrotar a Ileosa.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dirigir Rol : Subtramas

Cuando las cosas no están saliendo bien

Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (12/18)