DT.VII: Korvosa (T6) - La Corona de Colmillos (1/6)
Aquel guerrero y ladrón que ya hacía mucho había olvidado su nombre, respondiendo tan solo al pseudónimo criminal de Agujeros, se metió esa mañana en su armadura de placas, aquella que tomase del cadáver del legendario Mandraivus en el castillo Muro Cicatriz. Igualmente, con una calma casi ceremoniosa, ciñó a su cintura la reliquia en forma de espada bastarda que tantas vidas había costado en aquella fortaleza maldita: la espada Serithtial.
Hacía ya casi un mes desde que Agujeros partiese en solitario de Muro Cicatriz para atravesar las Tierras Cenicientas en su periplo de vuelta a Korvosa. En su mente, aún permanecían grabados los rostros de Cressida Kroft o Vencarlo Orsini, descompuestos al saber de las muertes de Seldysa, Thepeiros y Elelel.
Pero había que dejar atrás el dolor, Korvosa agonizaba bajo la garra de la reina Ileosa y había llegado el momento de prepararse para que todo aquello acabase... de un modo u otro.
Muchas cosas habían cambiado durante los últimos tiempos en la ciudad: la guardia de la mariscal Cressida Kroft había sido reducida a una triste sombra de lo que un día fue, las casas nobles guardaban silencio ante los abusos de la Reina y hasta la iglesia de Lathander había acabado apoyando formalmente a Ileosa. Korvosa estaba indefensa.
Los mercaderes aún hacían negocios en la ciudad, aunque sometidos a abusivos impuestos. La seguridad había regresado a las calles, ya no había disturbios; pero las Doncellas Grises se habían vuelto mucho más agresivas tras haber abandonado Largoacre para instalarse en el castillo a causa de la incursión llevada a cabo por los difuntos amigos de Agujeros tiempo atrás.
Agujeros había permanecido oculto en aquella propiedad de la familia Jalento, que ya era un hogar para él. Allí mismo se había concertado la reunión a petición de Cressida Kroft para que aquellos que se oponían al poder de Ileosa pusiesen sus cartas sobre la mesa.
Los primeros en llegar fueron el propio Armin Jalento, la mariscal Cressida Kroft y Boule, el maestro de la cofradía criminal para la que siempre había trabajado Agujeros. Tras ellos, llegaron tres personas más: dos elfos plateados y un humano con aspecto de mago.
El mago se llamaba Exas, y había perdido a un hermano bajo los filos de las Doncellas Grises. Parecía un hechicero de sobrada competencia y se mostró esperanzado al haber encontrado a otros que compartiesen su animadversión hacia la reina Ileosa.
Los elfos resultaron ser mellizos. Ella, una sacerdotisa de Lathander ataviada con coraza y empuñando una enorme alabarda, respondía al nombre de Naivara. Él, un guerrero con aptitudes arcanas que vestía cota de mallas, espada larga y arco a la espalda, se llaba Ivellios. La sacerdotisa, indignada por la postura de la iglesia a la que servía, había decidido tomar cartas en el asunto contra la maligna reina. El guerrero solo parecía vivir para proteger a su hermana.
Un poco más tarde llegaron cuatro personas más: el propio Vencarlo Orsini, una joven llamada Trinia con el rostro desencajado por el dolor, un tipo con hechuras de solado llamado Grau y un guerrero shoanti que respondía al nombre de Korjun Comeloquemata.
Hechas las presentaciones de rigor, Cressida le pidió a Agujeros que relatase a los recién llegados su terrible experiencia en Muro Cicatriz y les hablase sobre el legendario objeto con el que se había hecho allí. Todos vieron en Serithtial una esperanza para la derrota de Ileosa.
Cressida Kroft volvió a tomar la palabra para explicar que Korvosa se estaba aproximando a un punto crítico y que, en caso de no actuar en breve contra la Reina, el momento pasaría de largo y ya sería imposible recuperar la ciudad de sus garras.
La idea de Cressida pasaba por revelar públicamente que el senescal Neolandus seguía con vida y que la reina Ileosa había intentado asesinarle. Con Neolandus vivo, los nobles y muchos funcionarios de la ciudad que recelaban de la Reina tenían una opción real para deponer a Ileosa.
Armin Jalento pasó a tomar la palabra. El joven noble les hablo de un nuevo héroe popular que había estado luchando contra los rebeldes en las calles de Korvosa. Aquellos rebeldes eran falsos, no pertenecían a los hombres de Armin. El joven sospechaba que también el nuevo héroe, un tal Trifaccia, era también un fraude que pretendía hacer pasar a los rebeldes por enemigos del pueblo para debilitar la rebelión.
Boule, el maestro de la cofradía de ladrones, se mostró inquieto por los rumores sobre un dragón negro que había anidado en Castillo Korvosa. No disponía aún de información demasiado fiable, pero de ser verdad, era algo preocupante.
Naivara apuntó también a rumores sobre diablos baatezu al servicio de la Reina en el castillo. La elfa se mostró muy preocupada por la enorme cantidad de poder que debía haber amasado Ileosa para hacerse con ese tipo de recursos.
Por último, Cressida volvió a tomar la palabra para opinar que amenazas como las Doncellas Grises o los asesinos de la Mantis Roja, que habían regresado a la ciudad con un nuevo líder, debían ser tenidas muy en cuenta; ya que se trataba de las herramientas más directas de la Reina para ejercer su control sobre la ciudad.
En este punto, tanto Vencarlo Orsini como el soldado llamado Grau no pudieron dejar de señalar que el comportamiento de Sabina Merrin, la comandante de las Doncellas Grises, no era propio de la mujer que ellos habían conocido en el pasado. De hecho, el maestro de esgrima estaba convencido de que la guerrera había sido mágicamente sometida por Ileosa y apostaba por capturarla viva de algún modo para liberarla del influjo y poder sumarla a la rebelión.
Aunque Agujeros e Ivellios eran más partidarios de decapitar a Sabina Merrin, tanto Exas como Naivara se mostraron de acuerdo con Vencarlo. Finalmente, los rebeldes acordaron que se intentaría capturar con vida a la comandante de las Doncellas Grises siempre que fuese posible hacerlo.
Tras poner algunas cuestiones en común, decidieron que un grupo formado por Agujeros, Ivellios, Exas y Naivara investigaría acerca de los falsos rebeldes que pretendían debilitar los esfuerzos de la disidencia por captar apoyos en contra de Ileosa.
Guiados por Agujeros, los compañeros se movieron por las calles de Korvosa. El guerrero-ladrón tenía bastantes contactos en los barrios bajos y no tardó en dar con quienes le hablasen de aquella banda de rebeldes que se oponía a Ileosa.
Al parecer, se trataba de una banda de matones que ocupaba su tiempo entre el saqueo o la vandalización de locales, el robo a transeúntes, palizas, violaciones y todo tipo de actividades de parecida naturaleza.
También les hablaron de Trifaccia, una especie de justiciero que había aparecido en varios puntos de la ciudad para salvar a los ciudadanos de las garras de estos rebeldes. Además, acostumbraba a entregar algunas piezas de oro a las víctimas de los malhechores para ayudarles a “sobrellevar estos tiempos difíciles”.
Mientras caminaban por las calles, hablando con esta o aquella persona acerca de esos falsos rebeldes y obteniendo nueva información acerca del tal Trifaccia, se toparon con un grupo de cinco Doncellas Grises. Al parecer, habían capturado a un par de ladronzuelos robando unas hogazas del mostrador de una panadería.
Aunque el propio panadero parecía restarle importancia, la oficial de las Doncellas Grises parecía dispuesta a cortarles las manos a los granujas, apenas un par de niños que no llegarían a los doce años. De hecho, ante la insistencia del panadero en dejar pasar el asunto, la oficial llegó a amenazar con ejecutarle por “obstruir a la justicia”.
Naivara interrumpió con brusquedad aquella escena, exigiendo a la oficial que dejase marchar a los muchachos y asegurando que ella misma pagaría las hogazas. La oficial dirigió entonces sus amenazas hacia la sacerdotisa, exhortándola a marcharse antes de que tuviese que tomar medidas.
Al ver que Naivara se mantenía firme y que sus compañeros se situaban tras ella, respaldándola, la oficial pareció perder todo interés en los muchachos; a los que dejó marchar justo al tiempo que ordenaba desenvainar a sus Doncellas Grises.
Por desgracia, aquellas guerreras no habían medido muy bien el potencial de sus adversarios, lo que resultó un error fatal. En apenas unos segundos, dos de ellas eran partidas por la mitad por la hoja de Serithtial, en manos de Agujeros. Una más veía como su corazón se escarchaba al ser atravesado por la hoja mágica de Ivellios.
Mientras que una tercera Doncella era decapitada por la cuchilla incandescente de la alabarda de Naivara, Exas empleaba su magia para invocar una nube de ácido que redujo a la última de las mujeres a una pulpa sanguinolenta sobre el empedrado.
Rápidamente, los compañeros se marcharon del lugar tras recibir el agradecimiento del panadero y de algún otro transeúnte. Aunque, igualmente, les pareció que percibían bastantes miradas reprobatorias por parte de otros ciudadanos.
Continuaron indagando entre los conocidos de Agujeros, recopilando información que confirmaba a grandes rasgos lo ya sabido, tanto sobre los falsos rebeldes como sobre el tal Trifaccia.
Con gran preocupación, el grupo pudo constatar que, entre la ciudadanía, comenzaba a calar cierto sentimiento de antipatía hacia los rebeldes. Muchos de los ciudadanos normalmente reacios a Ileosa incluso comenzaban a reconocer que las zonas patrulladas por las Doncellas Grises eran mucho más seguras.
Se disponían a regresar a la propiedad de la familia Jalento, su base de operaciones, cuando un murmullo comenzó a extenderse por toda la calle. Se dieron cuenta de que la gente corría a meterse en sus casas y cerraba las ventanas.
No tardaron en darse cuenta de lo que ocurría.
Una docena de individuos, armados con garrotes y cuchillos comenzaban a rodearles mientras lanzaban vítores a la rebelión e insultos a la figura de Ileosa. Entonces, los maleantes exigieron al grupo que les entregaran sus pertenencias.
Los compañeros no quisieron perder su tiempo en intercambiar palabra alguna con aquellos indeseables: ya habría tiempo de interrogar a alguno, si es que sobrevivía cualquiera de esos malnacidos.
Aquellos tipos resultaron ser más duros de lo esperado, posiblemente ex soldados. Aunque el grupo los pasó por encima, Agujeros recibió alguna herida de importancia. Cinco de los maleantes huyeron calle abajo mientras media docena de sus compinches se desangraba sobre el empedrado. Uno más de ellos sostenía el muñón cercenado de su mano mientras miraba, implorante, a Ivellios para que el elfo no acabase con su miserable vida.
Fue entonces cuando hizo su aparición Trifaccia, el justiciero. Se trataba de un hombre apuesto y vestido con elegantes ropajes. Saludó con elegantes modales a los compañeros y les agradeció sus intenciones de proteger a los ciudadanos de aquellos sangrientos rebeldes.
No obstante, señaló que aquel grupo hacia gala de unos niveles de violencia que perturbaban claramente la paz de la ciudad. De tal modo, les invitaba a salir de Korvosa antes de que cayera la noche o, de otro modo, Trifaccia se vería obligado a detenerles.
Los compañeros pudieron ver que varios curiosos comenzaban a agolparse en los extremos y laterales de la calle. Parecía que la gente quisiese ver en qué acababa aquel desencuentro entre un grupo tan capaz y el famoso héroe urbano Trifaccia.
Exas desplegó su magia, intentando dominar al hombre para que confesara sus verdaderas intenciones. Con estupor, el mago se percató de que su magia era del todo ineficaz contra alguien a quien enseguida identificó como no humano.
Los compañeros se abalanzaron rápidamente sobre Trifaccia, entre los gritos de estupor de la gente que asistía a la confrontación. Con gran sorpresa, se pudieron percatar de que aquel hombre era extremadamente hábil, además de poseer cierto grado de resistencia a la magia.
Sin embargo, el grupo era notablemente superior y, poco a poco, comenzaba a arrinconar al falso héroe entre los lamentos de los espectadores. Fue entonces cuando se produjo la auténtica sorpresa para los presentes.
De pronto, los cinco falsos rebeldes que habían huido anteriormente de los compañeros regresaron a escena, pero esta vez para auxiliar a Trifaccia; algo que no pasó desapercibido para los presentes. Los malhechores sorprendieron por la retaguardia al grupo, haciendo que Exas tuviese que reaccionar rápidamente para cortarles el paso con su magia.
Con el engaño al descubierto, Trifaccia decidió dejarse de trucos y adoptó su verdadera forma: la de un feroz rakshasa que rugía con furia, amenazando de muerte a los compañeros antes de volverse invisible.
El infernal hombre felino se materializó justo antes de ensartar a Agujeros con su espada, hiriéndole de gravedad. Mientras Exas arrasaba con magia de fuego a dos de los falsos rebeldes, los otros tres derribaban a Ivellios para acuchillarlo en el suelo ante los alaridos de impotencia de Naivara.
Apenas un momento más tarde, la sacerdotisa era decapitada por un revés del rakshasa. Sin embargo, Agujeros aprovechó ese momento para incrustar a Serithtial en la espalda de la criatura; que rugió de dolor. Exas no desaprovechó la ocasión para descargar su poder en forma de un atroz rayo eléctrico que hizo explotar en pedazos al monstruo.
Desde las calles anexas se escuchaba el sonido del tumulto y el traqueteo de armaduras que anunciaba la llegada de algún escuadrón de Doncellas Grises. Agujeros y Exas se miraron entre sí, siendo conscientes de que estaban demasiado maltrechos como para enfrentarse a un combate.
Con un destello de hechicería, Exas les transportó mágicamente de vuelta a la propiedad de los Jalento.

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