La Rosa de Acero - Cartas de amor (1/2)

Era un día de primavera en la ciudad de Gandogna, media mañana, cuando el lebriano Blay Texeda se reunía con uno de sus contactos en alguna taberna de Les Toits Rouges. Para cuando Giroud, que así se llamaba el contacto, apareció en el local, ya hacía tiempo que Blay le aguardaba.

Con un gesto de la cabeza, el lebriano invitó a Giroud a sentarse. Tras intercambiar las formalidades de rigor, el hombre le comunicó a Blay que quizá pudiese haber averiguado algo sobre la cura que buscaba uno de sus clientes. Según Giroud, un alto sacerdote del culto de Nitar podía ser conocedor de aquella cura.

El problema era que el acceso a una figura de aquella importancia estaba fuera del alcance tanto de Blay como del propio Giroud. Sin embargo, este último se encontraba en condiciones de facilitar al lebriano una reunión con una persona importante que podría hacer de puente para conseguir una reunión con el alto sacerdote. Era probable que aquel intermediario requiriese algún tipo de contrapartida, pero aquel era el juego que sabía jugar Blay.

Así, los dos hombres quedaron para reunirse de nuevo al día siguiente. En aquella próxima cita, Giroud especificaría cuando y donde debía reunirse Blay con aquel importante contacto.

Mientras esto sucedía, el mago que se hacía llamar Brisbane descansaba junto a una fuente, sentado en un banco a pocos metros de La Hilandera de Oro, aquella posada de Quartier de Cuivre donde se había alojado tras llegar desde Ourevarre. Cuando recibió la misiva de Blay, el místico se encontraba indagando acerca de un antiguo erudito que, al parecer, había investigado en el pasado sobre dolencias similares a la suya, aquella que había dejado su piel lívida y casi translúcida, llena de pétreas manchas grises. Al parecer, aquel lebriano había encontrado indicios de que en la ciudad de Gandogna podía encontrarse un rastro que condujese a la cura.

De ese modo, el mago había abandonado las comodidades de la hacienda familiar para viajar hasta la ciudad sureña. Su guardaespaldas, el joven Gervasius, no había podido esconder el júbilo por regresar a su ciudad natal. El muchacho, hijo de un antiguo amigo de Brisbane que se había ahorcado debido a la imposibilidad de afrontar sus deudas, había marchado la noche anterior a correrse una de sus juergas y aún no había regresado.

El caso era que el joven y apuesto Gervasius Defeaur se encontraba en una taberna de no demasiado buena reputación en Les Toits Rouges. Aquel muchacho alto, castaño y de ojos púrpura retozaba alegremente en una de las mesas con un par de prostitutas. Sin embargo, las chanzas estaban cerca de acabar.

Como era inevitable, una de las mujeres recalcó el hecho de que Gervasius aún no había hecho ver sus monedas, señalando de paso al hombre malencarado que les observaba desde la barra; al que la mujer definió como “su hermano”.

Con su mejor sonrisa, Gervasius deslizó una moneda en la mano de la mujer, lo que indignó a esta profundamente. Mientras la meretriz caminaba airada hacia la barra para poner la afrenta en conocimiento de su falso pariente, la otra muchacha soltaba una risita que solo presagiaba problemas para el joven duelista.

El orondo proxeneta caminó con aire amenazador hasta la mesa en la cual se sentaba Gervasius. Con voz áspera, le indicó que había insultado a sus chicas con el escuálido pago que pretendía hacer por sus servicios. El joven, nada interesado en iniciar un tumulto a aquellas horas de la mañana, preguntó al hombretón por el modo de deshacer la afrenta.

El proxeneta no se complicó demasiado, indicando que le bastaría con la bolsa completa de Gervasius. El muchacho accedió sin problemas, con lo que pudo abandonar el local sin mayores incidentes que la orden expresa de no regresar por aquel establecimiento.

Sin nada más que hacer y sin una moneda en el bolsillo, el muchacho regresó a Quartier de Cuivre de forma despreocupada. Estaba seguro de que Brisbane ya estaba refunfuñando por su ausencia.

Brisbane y Gervasius se encontraron en aquella misma plaza donde descansaba el mago. No llevarían mucho tiempo departiendo cuando el místico recibió una misiva de manos de un muchacho al que alguien sin duda había entregado unas monedas para hacer de correo.

La nota indicaba a Brisbane que entrase en la posada sin su guardaespaldas. Con pocas palabras, el mago ordenó a su guardaespaldas que aguardase allí. Gervasius obedeció, aunque permaneciendo atento a las inmediaciones, por si surgiese algún problema.

En el salón de La Hilandera de Oro, Brisbane se reuniría con Blay, quien le puso al día de las averiguaciones de Giroud respecto a la cura. Cuando fue preguntado al respecto por Blay, Brisbane se mostró dispuesto a llegar hasta donde fuese por encontrar su cura.

Así, ambos acordaron volver a verse una vez que Blay hubiese logrado concertar una reunión con aquel misterioso contacto de Giroud. Después, ambos se retiraron a sus asuntos, al igual que el aliviado Gervasius, quien pudo por fin descansar de su juerga nocturna.

Al día siguiente, Blay volvió a reunirse con Giroud, quien le emplazó a un encuentro aquella misma noche en un almacén de Port de Pecheur. Aunque Blay intentó pedir algún favor más a su contacto, este dio por zanjada la deuda que mantenía con el lebriano y le indicó que, en adelante, el oro debía mediar en sus intercambios de información.

Llegados a este punto, Blay dio por terminada la reunión.

Tras poner al día a Brisbane de sus progresos en La Hilandera de Oro, el lebriano le solicitó al místico que le procurase la compañía de Gervasius para la reunión de aquella noche, ya que confiarse en extremo en ciertos asuntos era todo un desafío a la prudencia. El mago dio su consentimiento.

Aquella misma noche, Blay y Gervasius se personaron en Port de Pecheur. El lebriano empleó los nudillos para llamar a la puerta de aquel almacén en el que habría de producirse la cita. Les abrió un hombretón casi tan alto como Gervasius pero el doble de robusto.

Con un gesto de la cabeza, aquel tipo les invitó a acceder al interior de la nave, donde encontraron a una mujer elegantemente vestida, sin duda alguien de la alta nobleza. Gervasius se quedó junto a la puerta, acompañado de aquel hombretón que parecía medirle constantemente con la mirada.

El joven guardaespaldas recordaba vagamente a aquella mujer. Le parecía tener alguna visión pasada de su padre intentando agasajarla en busca, sin duda, de algún negocio ventajoso. En aquellos recuerdos, la mujer trataba a su progenitor con bastante indiferencia.

Tras intercambiar algunas cortesías, la mujer admitió que podría granjearles un encuentro con un alto sacerdote de Nitar. Sin embargo, aquel era un favor muy grande y, por supuesto, requería de una contrapartida a la altura.

Blay se mostró dispuesto a seguir escuchando.

La mujer, que en ningún momento les dijo su nombre, había tenido un desliz extramatrimonial con otro miembro de la nobleza. Imprudentemente, ella le había enviado unas cartas de contenido romántico y altamente comprometedoras. Ahora, con el romance roto, aquel hombre empleaba dichas cartas para chantajear a la mujer de algún modo.

La dama necesitaba aquellas cartas para destruirlas personalmente. A cambio, facilitaría la reunión de los compañeros con un alto sacerdote de Nitar.

Cuando Blay interrogó a la mujer acerca de la identidad de aquel noble con el que había mantenido el romance, ella le dio el nombre del Barón Natalis Beaudouin. Aunque a Blay no le sonaba demasiado el nombre, Gervasius enseguida lo identificó como a una de las personas más importantes e influyentes de Gandogna.

La mujer, consciente de lo dificultoso de la empresa, decidió añadir un pago de diez bolsas además de la gestión del encuentro con el clero. Aquella mujer pagaba una fortuna: debía estar desesperada.

Cerraron el trato.

La mujer les informó que, en caso de que necesitasen contactar, el hombretón que la acompañaba, un tal Ferrant, estaría en aquel mismo almacén cada tres días a media noche. Los compañeros podrían tratar cualquier cosa con él, ya que a ella no volverían a verla.

Así, tras despedirse, la mujer y su protector abandonaron el local por la puerta trasera.

De vuelta a La Hilandera de Oro, tanto Blay como Gervasius convinieron en no mencionar a Brisbane nada acerca de la recompensa económica prometida por aquella mujer. Después de todo, según dijo el guardaespaldas, el mago no estaba demasiado interesado en el dinero y no era menester preocuparle con aquellas minucias.

Ya entrada la madrugada, Blay y Gervasius se reunieron con Brisbane en sus habitaciones a fin de ponerle al corriente de la reunión. Convinieron en que el modo más factible de acceder al Barón y, por lo tanto a las cartas de aquella mujer, era aproximarse a él en una de las numerosas fiestas que la nobleza celebraba cada noche en Gandogna.

El joven Gervasius necesitaba, sin embargo, ropajes exclusivos para poder estar a la altura del lujo y la ostentación de aquellas galas. Además, una sastrería de lujo era el mejor sitio para intentar indagar acerca de a qué fiesta acudiría el Barón aquella noche.

Blay explicó a sus compañeros que, sin duda, iban a necesitar una cantidad ingente de dinero para lograr tanto aquellos ropajes como para hacerse con invitaciones para una fiesta de la nobleza. En aquel momento, se lamentó de no haberle pedido un anticipo a aquella mujer.

Pero Brisbane tenía la solución para aquello. Tras ordenar a Blay y Gervasius que hiciesen una buena provisión de guijarros y los subiesen a la habitación, colocó a sus compañeros en círculo e inició un poderoso ritual mágico que acabaría por convertir aquellos guijarros en oro. El cambio no era permanente, claro, apenas duraría veinticuatro horas... así que debían finiquitar todo aquello en ese tiempo.

De buena mañana, Gervasius se personaba en la puerta de la mejor sastrería de Gandogna con sus bolsas repletas. El dependiente, aunque horrorizado por los ropajes que vestía el joven, accedió encantado a vestirle con una de sus más exclusivas creaciones.

Mientras el sastre le tomaba las medidas, Gervasius empleó su encanto para, mediante una conversación informal, sonsacarle a aquel hombre acerca de qué fiestas iba a celebrar la alta nobleza aquella noche y en cuales se esperaba la presencia del Barón de Beaudouin.

Distraídamente, el sastre comentó que podría esperarse al Barón en dos fiestas, las únicas con suficiente importancia como para ser dignas de su presencia: la fiesta de los Le Noire y la fiesta de los D'Acourt.

Cuando Gervasius regresó a La Hilandera de Oro para poner al tanto a sus compañeros de la nueva información, Brisbane señaló que el más importante de aquellos apellidos era sin duda el de D'Acourt. El mago, que se había criado en la nobleza de Ourevarre, había escuchado pronunciar el nombre de aquel linaje incluso en la capital.

Habiendo decidido el grupo que necesitaban colarse en la fiesta de los Condes de D'Acourt, tuvieron claro que requerían los servicios de un conseguidor: alguien que les proporcionase invitaciones falsas que les pudieran flanquear el acceso al evento.

Gervasius, natural de Gandogna, no tenía demasiado claro donde moverse para encontrar a aquel tipo de contacto. Blay, por su parte, se negaba en rotundo a entregar a un conseguidor aquel oro que, pasadas unas horas, volvería a convertirse en piedra. El lebriano no estaba dispuesto a colocar al hampa de Gandogna tras sus pasos así como así.

Finalmente, Blay le proporcionó a Gervasius las suficientes explicaciones sobre con quien tenía que hablar para que el joven fuese capaz de acabar dando con un conseguidor.

El hombre en cuestión se hacía llamar “El Áspid”. Una vez Gervasius le hubo puesto al tanto de sus necesidades, el tipo le proporcionó las invitaciones en apenas una hora y, eso sí, a cambio de un precio desorbitado.

Ya solo quedaba presentarse en la fiesta. Los compañeros habían planeado aproximarse al Barón y, de algún modo, persuadirle de que continuasen con la fiesta, de un modo más privado, en la casa del propio Barón. Allí, los compañeros esperaban poder hacerse con aquellas cartas que necesitaban.

Sin nada mejor que hacer hasta que comenzara el evento, los compañeros decidieron descansar unas pocas horas.

Los tres se personaron en la fiesta de los Condes de D'Acourt en torno a las diez de la noche. La calidad de sus invitaciones falsas les permitió flanquear a los criados de la entrada sin problemas. En el interior, encontrarían una fiesta con unos niveles de lujo y ostentación que en nada tenía que envidiar a las de la capital. En un enorme salón octogonal plagado de invitados, una orquesta ocupaba la parte central, llenando la sala de la más bella música de moda.

Fortuitamente, Gervasius se topó con alguien a quien conocía: Ferrant, el hombretón que protegía a la mujer para la que estaban trabajando. Aquel hombre se mostró sorprendido, y algo contrariado, por el hecho de que el muchacho se encontrase allí. Desde la distancia, Blay fue testigo invisible de aquel encontronazo.

Sabiendo que Ferrant estaba en el lugar, el lebriano dio una pequeña vuelta por el salón hasta localizar a la mujer con la que habían hecho el trato. No tardo en encontrarla, sujeta del brazo de un elegante caballero que parecía ser su marido.

Gervasius le indicó a Ferrant que se encontraba allí ejerciendo su trabajo de guardaespaldas, lo que pareció tranquilizar relativamente al hombretón. Sin embargo, Gervasius tuvo claro que aquel tipo no iba a quitarle el ojo de encima en toda la noche.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El mayordomo anunció la llegada de la Baronesa Beatrix Beaudouin, la esposa del Barón. La mujer llegaba en solitario a la fiesta, lo que no entraba en los planes del grupo.

Rápidamente, la multitud se acercó a agasajar a la mujer. También se acercó la mujer con la que los compañeros tenían su trato, que resultó ser la Condesa Celestria D'Acourt; anfitriona de aquella fiesta.

La situación había cambiado rápidamente para el grupo, que se vio obligado a cambiar drásticamente de estrategia. Ahora el plan pasaba porque Gervasius emplease sus encantos para entretener a la Baronesa Beaudouin y averiguar dónde se encontraba el Barón.

El joven guardaespaldas, siguiendo las indicaciones de Blay, irrumpió en la conversación entre la Baronesa Beaudouin y la Condesa D'Acourt, llamando claramente la atención de ambas con su estampa apuesta y atractiva. Sin embargo, la Condesa pronto reconoció al muchacho y, alarmada, se retiró elegantemente para acercarse a hablar con Ferrant, su protector.

Mientras Gervasius flirteaba con la Baronesa y averiguaba que el Barón se había quedado en casa debido a que se encontraba indispuesto, Blay se aproximaba discretamente a la Condesa D'Acourt a fin de tranquilizarla sobre la presencia del grupo en aquella fiesta. La puso al corriente sobre las intenciones que tenían de hacerse con las cartas aquella misma noche. La Condesa pareció tranquilizarse.

Tras la inesperada ausencia del Barón Beaudouin en la fiesta de los Condes D'Acourt, el nuevo plan del grupo pasaba por que el apuesto Gervasius entretuviese a la Baronesa lo suficiente como para que Blay y Brisbane entrasen en la mansión Beaudouin en busca de las cartas, ya que sospechaban que era probable que el Barón ni siquiera estuviese realmente allí.

Así, mientras Gervasius camelaba a la receptiva Baronesa, sus compañeros se escurrieron por las calles de Gandogna hacia la residencia Beaudouin, donde esperaban encontrar las preciadas cartas de la Condesa Celestria D'Acourt.

La mansión no parecía estar demasiado vigilada, solo un par de guardias en el exterior; aunque los compañeros sabían que era probable que tres o cuatro más se encontrasen en el interior de la casa, quizá durmiendo a aquellas horas. Una alta tapia de piedra rodeaba la finca.

Blay y Brisbane se acercaron a la parte posterior de la propiedad con la intención de que el mago emplease su poder arcano para flanquear una entrada. Si bien Brisbane no estaba demasiado acostumbrado a utilizar su poder en una situación de tanto estrés, Blay ya le había preparado mentalmente por si algo así sucedía. De modo que, recordando las instrucciones del lebriano, el mago logró mantener la calma y hacer que una pequeña sección del muro se derramase convertido en arena.

Atravesando el agujero en la tapia, Blay penetró en los jardines de la finca seguido de Brisbane. Mientras el mago aguardaba entre unos setos, el lebriano se movió sigilosamente hasta una ventana cercana.

Al encontrarla cerrada, Blay comenzó a forzarla con todo el cuidado que le fue posible. Sin embargo, para su mala fortuna, quizá empleó excesiva fuerza al apalancar el marco y el cristal acabó por fragmentarse, cayendo en pedazos sobre el lebriano.

Las voces de los guardias solo sirvieron para recalcar lo evidente: la operación se había ido al traste.

Rápidamente, Blay logró ocultarse tras unas plantas de jardín justo un segundo antes de que cuatro guardias irrumpieran en los jardines traseros de la vivienda. Tras examinar la ventana apenas un momento, los hombres comenzaron a registrar los jardines con las espadas desenvainadas. Los compañeros pudieron percatarse de que otros dos hombres más llegaban al poco tiempo y se unían a la búsqueda.

Los guardias estaban demasiado cerca de la posición de Blay, con lo que el lebriano lo tenía demasiado difícil para escapar del lugar que había elegido para ocultarse. En vista de eso, Brisbane volvió a convocar su poder para convertir el alfeizar de una de las ventanas del piso superior en arena que se derramó desde las alturas, llamando momentáneamente la atención de los guardias.

Blay aprovechó la oportunidad para deslizarse entre los arbustos y ganar el agujero de la tapia que le daba vía libre hasta la calle. Brisbane le seguiría un instante después. El mago cruzaba a través del hueco justo cuando escuchó un grito proveniente de la mansión:

¡Han asesinado al Barón!

Mientras tanto, en la fiesta de los D'Acourt, Gervasius continuaba agasajando a la Baronesa Beatrix Beaudouin cuando, de improvisto, el enorme Ferrant apareció para tomarle enérgicamente del brazo. El hombretón parecía nervioso y exhortaba al joven a acompañarle.

Ferrant no dio demasiadas explicaciones, tan solo que había ocurrido algo de extrema gravedad y que era urgente la participación de Gervasius. El muchacho, preocupado porque aquello tuviera algo que ver con un posible peligro que se cerniese sobre sus compañeros, acompañó al hombretón sin rechistar.

Justo a la vez, Blay y Brisbane, ya en la calle, vieron como media docena de guardias salía de la finca utilizando el mismo agujero que había creado el mago en la tapia. Los compañeros fingieron no estar juntos en aquellas calles desiertas.

Blay pronto se perdió en uno de los callejones adyacentes, mientras que Brisbane veía como los guardias se acercaban a él, interrogándole sobre si había visto salir a alguien por aquel agujero en el muro. Haciendo gala de unas habilidades interpretativas desconocidas incluso para él, el mago se hizo el estúpido con tal nivel de realismo que los guardias pasaron de largo, dándole por imposible.

Apenas a unas calles de distancia, Gervasius seguía a Ferrant hasta la salida trasera de la mansión D'Acourt. Tras ganar los jardines por la puerta de cocinas, ambos se encontraron en un pequeño patio empedrado con escasa iluminación.

Antes de que Gervasius pudiese preguntar siquiera qué pasaba, el hombretón se giró para abalanzarse sobre él empuñado una nudillera de metal. Por suerte, los excepcionales reflejos de duelista del joven le permitieron esquivar el embate.

Con frialdad, Gervasius desenvainó espada y daga, preparándose para el combate.

Ferrant era fuerte y rápido, pero al parecer no tan rápido como Gervasius. El joven esquivaba las arremetidas del hombretón, cuyo puño acorazado no hacía sino encontrar aire en sus embates. Como respuesta, su oponente le regalaba pequeños cortes en varias zonas de su cuerpo que pronto tiñeron sus ropajes de sangre.

Enfurecido, Ferrant desenvainó también la daga que portaba a la cintura antes de abalanzarse una última vez sobre su rival.

Con un movimiento ágil, Gervasius ensartó el cráneo del hombretón con su espada, de abajo a arriba. Por desgracia, recibió un pequeño corte en el costado por parte de Ferrant. Al muchacho casi le dolió más haber echado a perder su elegante traje más que la herida en sí.

Mientras, las calles de Gandogna se llenaban con los silbatos de la guardia. Blay y Brisbane corrían por las calles en dirección a Quartier de Cuivre. No tardaron en converger sus caminos en una de las calles.

Aún no habían cruzado palabra cuando otra figura apareció corriendo por una de las calles en dirección opuesta: se trataba de Gervasius.

El joven jadeaba a causa de la extenuante carrera y, además, parecía herido en su costado. Tras tomar aliento, el muchacho confirmó a sus compañeros lo que estos ya habían empezado a sospechar.

Nos han traicionado.

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