La Rosa de Acero - Cartas de amor (2/2)

Los compañeros cruzaron miradas, desalentados. En aquel momento eran plenamente conscientes de que habían caído inocentemente en la trampa de la Condesa Celestria D'Acourt. Indudablemente, la mujer deseaba deshacerse por algún motivo del Barón Natalis Beaudouin y les había empleado como chivos expiatorios.

Sin embargo, no había tiempo para lamentaciones: la guardia recorría las calles en busca de los supuestos asesinos del Barón y Gervasius aún sangraba por el corte en su costado.

En esta tesitura, los compañeros decidieron separarse. Mientras que Blay regresaría a su posada ubicada en Quartier des Joyaux, Brisbane y su guardaespaldas se dirigirían a sus habitaciones en La Hilandera de Oro, en Quartier du Cuivre. Igualmente, acordaron que, al día siguiente, abandonarían la ciudad en dirección a las tierras de la familia de Brisbane, en Ourevarre.

Probablemente ninguno de ellos pudo conciliar demasiado bien el sueño aquella noche, si bien el descanso sirvió al menos para que Gervasius pudiera colocarse un emplasto curativo en su herida y descansar lo suficiente como para estar en forma a la mañana siguiente.

El nuevo día amaneció en Gandogna tan ajetreado como había sido la noche. Asomándose cuidadosamente a la ventana de su habitación, Blay pudo ver cómo la guardia de la ciudad registraba una posada cercana a aquella en la que él mismo se alojaba.

Era hora de abandonar la ciudad.

Haciendo gala de todo el disimulo del que fue capaz, el lebriano subió a lomos de su caballo y trotó parsimoniosamente, alejándose de la guardia para tomar el camino de Ourevarre hacia el norte. Tal y como habían acordado, esperaría a sus dos compañeros a las afueras de la ciudad.

Brisbane y Gervasius tampoco tardaron demasiado en darse cuenta de la situación: la guardia revisaba las posadas y casas de huéspedes, sin duda en busca de los asesinos del Barón. Tanto el mago como su guardaespaldas eran conscientes de que necesitaban hacerse con algunas monturas para el viaje a Ourevarre.

Ambos se escurrieron por las calles, en dirección opuesta a la guardia y con rumbo a unos establos regentados por un antiguo amigo del difunto padre de Gervasius. Allí, los compañeros compraron un par de asnos para el viaje, sufragados con el falso oro que el día anterior había creado el mago.

Charlando con el dueño del negocio, averiguaron además que la investigación acerca del asesinato del Barón estaba a cargo del capitán, Mathé Bardin: un antiguo héroe de guerra tan respetado como temido en Gandogna. Además, supieron que la guardia buscaba a un lebriano y dos treverteses como responsables del crimen.

No eran buenas noticias para los compañeros.

Mago y guardaespaldas enfilaron el camino de Ourevarre para encontrarse con Blay a las afueras de la ciudad. Antes de llegar a las puertas, se toparían con un control de la guardia. Por suerte, las habilidades dialécticas de Gervasius, convenientemente acompañadas de algunas monedas de oro, fueron suficientes para que los soldados les dejasen pasar sin demasiadas preguntas.

Tal y como habían previsto, se reunieron con Blay a las afueras de Gandogna y tomaron el camino del norte, alejándose de la ciudad. Blay cabalgaba algo por delante, mientras que Brisbane y Gervasius lo hacían juntos, bastante por detrás del lebriano. Pretendían dar la sensación de no viajar juntos.

Tras un par de días de viaje, los compañeros decidieron detenerse en un pequeño pueblo en la ruta de Ourevarre. Se sentían relativamente a salvo y pensaron que quizá las cosas se enfriasen un poco más si permanecían ocultos allí.

Durante una semana, Gervasius se abandonó a una bacanal de alcohol y mujeres de pago, quizá para olvidar la tensión vivida. Aunque Brisbane le acompañó un par de días, finalmente el mago fue incapaz de seguir el ritmo al muchacho y prefirió dedicar algún tiempo a la oración. Por desgracia, la juerga se le fue de las manos a Gervasius, que acabó por gastar más dinero del que tenía.

Por su parte, Blay dedicó la mayor parte de su tiempo a interactuar con los viajeros que se detenían en el pueblo. Así, descubrió que la guardia de Gandogna había asumido que los asesinos del Barón de Beaudouin habían escapado de la ciudad. Asimismo, le contaron que la propia Condesa D'Acourt había sufragado los gastos para que la investigación no se cerrase, asumiendo los emolumentos del capitán Mathé Bardin. También supo que los presuntos asesinos eran un lebriano, un mago trevertés y su guardaespaldas, un tal Gervasius; natural de Gandogna.

Ya a finales de aquella misma semana, Gervasius se encontraba practicando su oratoria a las afueras de la ciudad, sentado junto a un roble y con un pequeño espejo de acero en la mano. Fue entonces cuando dos figuras se personaron ante él.

Uno era el dueño del burdel local, con gesto enfadado. El otro, a caballo, era un guardacaminos que sin duda tenía aquel pueblucho bajo su jurisdicción. El dueño del burdel reclamaba airadamente la deuda contraída por Gervasius mientras el hombre de la ley acunaba una ballesta ligera en sus brazos con expresión impasible en el rostro.

Con fría calma, el guardacaminos le indicó a Gervasius que debía abonar inmediatamente la deuda o, de lo contrario, se vería obligado a detenerle y trasladarle a la ciudad de Gandogna para que fuese juzgado convenientemente.

Aunque el muchacho intentó usar la labia para salir de aquella situación, el hombre de la ley se mostró inflexible. Ya que Gervasius no disponía del dinero para hacerse cargo de sus obligaciones, le llevaría detenido a Gandogna.

Antes de desmontar, el guardacaminos ordenó a Gervasius que arrojará sus armas a un lado y se arrodillase en el suelo con las manos sobre la cabeza. Lentamente, el agente de la ley se aproximó al muchacho, con unos grilletes a la zurda y sosteniendo la ballesta a la diestra.

Antes de que supiese qué había pasado, Gervasius se levantó como un resorte para arrojarse sobre el guardacaminos, derribándole. La ballesta se disparó al aire y ambos hombres rodaron por el suelo, quedando el muchacho a horcajadas sobre el agente.

Si bien el guardacaminos hizo un tímido intento de alcanzar su cuchillo, Gervasius le dejó fuera de combate de un cabezazo en el rostro, a la vez que un gemido lastimero a unos metros de distancia le obligó a desviar su atención hacia el dueño del burdel, que corría desesperadamente hacia el camino.

Rápidamente, el muchacho recogió la ballesta del suelo y tras municionar un virote, disparó contra el fugitivo. Por desgracia, Gervasius no se mostró tan hábil en el disparo como sí lo había hecho en otras facetas del combate y, entre alaridos de terror, el dueño del burdel alcanzó el camino.

Pero los problemas no habían hecho más que empezar.

Al dirigir su mirada en la dirección hacia la cual parecía gritar aquel hombre, Gervasius pudo divisar a cuatro jinetes que cabalgaban hacia el pueblo: uno ataviado con una capa negra y tres más con el característico camisote de mallas de la guardia de Gandogna.

Parecía que el capitán Mathé llegaba al pueblo.

Ágilmente, Gervasius saltó a lomos del caballo del guardacaminos y lo espoleó hacia la posada del pueblo, donde esperaba encontrar a sus dos compañeros.

Tal y como preveía, Blay y Brisbane se encontraban allí. Con discreción, les puso al tanto de la llegada de la guardia. Rápidamente, convinieron que tanto Blay como Gervasius huirían a caballo, mientras que Brisbane permanecería en el pueblo intentando pasar desapercibido. Más tarde, se reunirían en el camino, a un día hacia el norte.

Sin tiempo que perder, Blay y Gervasius, espolearon sus caballos campo a través; alejándose del camino. Si bien el joven duelista supo cabalgar oculto entre la arboleda, Blay fue divisado por la guardia que, en ese momento, entraba a caballo en el pueblo. Con un gesto de la mano, el capitán Mathé envió a un par de sus hombres en persecución del lebriano.

Por suerte, Blay estaba relativamente acostumbrado a eludir perseguidores, era parte de su forma de vida. De este modo, no tardó en dar esquinazo a los guardias en un bosque cercano.

Mientras tanto, el capitán Mathé Bardin hacía su entrada en la posada local. Tras informar a los presentes de que buscaba a los asesinos del Barón de Beaudouin, se dispuso a comenzar con los interrogatorios.

En ese momento, fue interrumpido por el dueño del burdel, que despotricaba acerca de la deuda contraída por un joven en su establecimiento. Sin apenas mirarle, el capitán le derribó de una sonora bofetada. Ya en el suelo, posó el pie sobre su espalda antes de hendirle la espada en el hombro y retorcer la hoja.

El capitán Mathé no estaba dispuesto a tolerar interrupciones.

Gimoteando, el dueño del burdel se escurrió hasta un rincón, donde intentó pasar lo más desapercibido posible a los ojos de aquel aterrador hombre.

En ese tiempo, Gervasius había cabalgado dando un largo rodeo hasta ganar una colina arbolada en las proximidades del pueblo. Desde allí, el muchacho controlaba casi todo el lugar. Le pareció un lugar excelente para controlar la posible salida de Brisbane de aquel pueblucho.

Tras interrogar infructuosamente a varios de los presentes, el capitán Mathé Bardin se sentó a la mesa de Brisbane. Consciente de lo que se jugaba en aquello, el mago decidió desvelarle su verdadera identidad: Lanfeust de Troy, el hijo menor del Barón de Troy.

Tal y como esperaba Brisbane, aquello hizo que Mathé le tratase con mayor cautela y respeto. Por su parte, el mago lanzó todo tipo de embustes en respuesta a las preguntas del capitán acerca de su presencia en el pueblo. Mathé pareció darse por satisfecho y, tras pedir perdón al mago por las molestias, se retiró junto a sus guardias.

Antes de abandonar el pueblo, el capitán mando a sus hombres ahorcar al dueño del burdel; quien acabó colgando de un olivo junto al camino de Ourevarre.

A fin de no levantar demasiadas sospechas, Brisbane decidió permanecer aquella noche en la posada, con Gervasius vigilando el lugar desde la colina y Blay acampado mucho más al norte, aguardando a sus compañeros.

A la mañana siguiente, el mago decidió efectuar uno de sus rituales mágicos para convertir algunas piedras en oro y , empleando estas junto con los dos asnos de los cuales disponía, adquirir un caballo de tiro con el que alejarse del pueblo.

Salió al camino a lomos del percherón mientras Gervasius descendía al galope de la colina para reunirse con él a un par de kilómetros al norte del pueblo. Ambos compañeros apenas se habían saludado al encontrarse cuando una polvareda al sur del camino les llamó la atención.

El capitán Mathé y sus tres guardias se acercaban a todo galope. Parecía que Brisbane no había conseguido engañar del todo al capitán.

Haciendo gala de una magia que ya empezaba a consumirle, Brisbane moldeó la tierra del camino, creando una imponente zanja en la que cayeron los dos guardias que cabalgaban a retaguardia. Hombres y corceles se retorcieron en un amasijo de huesos rotos al precipitarse al socavón. El jinete que cabalgaba en paralelo al capitán, tiró de sus bridas, asustado ante el despliegue de poder del mago.

Sin embargo, el capitán parecía inmune al miedo, cabalgando en dirección al mago con la espada desenvainada y los ojos inyectados en sangre.

Mientras Brisbane picaba espuelas para cabalgar alejándose, Gervasius se interponía con su caballo en la trayectoria del capitán. La hoja del muchacho resplandecía bajo el sol de la mañana y se preparaba para recibir el embate de Mathé Bardin.

Por desgracia, el capitán era un luchador demasiado hábil y, tras desplazar la guardia de Gervasius con su hoja, hendió el acero en el pecho del joven, quien cayó de su montura para quedar en el suelo, boqueando en busca de aire como un pez fuera del agua.

En apenas unos segundos, la inconsciencia se apoderó de Gervasius.

Mientras, Brisbane cabalgaba campo a través intentando huir de un capitán que cada vez le ganaba más y más terreno gracias a la superioridad de su corcel. Finalmente, el mago decidió tirar de las riendas y aguardar a su perseguidor.

Aunque estaba realmente agotado, intentaría que su magia le sacase de aquel entuerto.

Brisbane notó como el poder arcano recorría su cuerpo, deteriorándolo. Sintió avanzar su enfermedad, que parecía petrificar la misma sangre en sus venas. Todo aquello valdría la pena si le permitía sobrevivir. El plan del místico pasaba por convertir en polvo la silla de montar de Mathé, haciéndole caer de su montura.

Por desgracia, el mago se encontraba tan consumido que necesitaba aguardar a que su perseguidor estuviera a apenas un par de metros de él: demasiado cerca.

Peligrosamente cerca.

Antes de que Brisbane consiguiera llevar a cabo su sortilegio, la hoja de Mathé descendió para amputar su brazo izquierdo. Con un alarido de dolor, el mago se desplomó en el suelo para perder la consciencia mientras un torrente de sangre manaba de su miembro cercenado.

Unas horas después, tanto el propio Brisbane como Gervasius recobrarían parcialmente la consciencia abordo de una carreta. Ambos iban amarrados, viajando sobre el heno ensangrentado junto a los cadáveres de aquellos guardias que se habían precipitado a la zanja invocada por el mago.

Aquel destello de consciencia apenas duro un par de minutos antes de que la oscuridad regresase a ellos.

A aquellas horas, Blay comprendía que sus compañeros no iban a acudir a la cita; seguramente estarían muertos. Mascullando algunas maldiciones a los dioses, se encaminó a lomos de su corcel hacia el este.

Le pareció una buena idea dejar la nación de Trevert y regresar a Lebria, su hogar.

Un par de días después, Brisbane y Gervasius recobrarían la consciencia en las mazmorras de Gandogna, donde el capitán Mathé les interrogaría acerca del paradero de Blay. Ambos dijeron desconocer dicho paradero, al tiempo que defendieron no estar implicados en el asesinato del Barón Beaudouin.

Por desgracia para ellos, el capitán les informó de que contaba con testigos: alguien del servicio había estado oculto en un armario mientras ellos asesinaban al Barón. Impotentes, se dieron cuenta que el infame plan de la Condesa D'Acourt no les había dejado escapatoria.

Poco después de que el capitán Mathé Bardin abandonase la celda, recibieron la inesperada visita de una mujer a la que conocían bien; aunque la habían conocido bien quizá demasiado tarde: la Condesa Celestria D'Acourt.

La Condesa, tras dedicar una mirada llena de indiferencia a Brisbane, se acuclilló junto a Gervasius. Le indicó al muchacho que iba a pagar por la muerte de Ferrant, su guardaespaldas, con una muerte atroz.

Tras susurrar estas palabras, dos hombres entraron en la celda, empuñando cuchillos. Siguiendo las órdenes de la Condesa se abalanzaron sobre ambos reos.

Si bien la muerte de Brisbane fue rápida, con una hoja incrustándose en el corazón, Gervasius no tuvo tanta suerte. El tajo en la garganta de su matarife le hizo agonizar entre el desangramiento y la asfixia durante varios e interminables minutos.

Finalmente, el muchacho se convirtió en el segundo cadáver de aquella sucia celda de Gandogna.



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