DT8: Dragones de Krynn - En busca de los dragones (1/9)
Corría la primavera del año 354 de la Era de los Dragones, aproximadamente unos dos años después de la Guerra de la Lanza. A pesar de la paz alcanzada, las fuerzas de Takhisis siguen controlando demasiado territorio. Una especie de tensión soterrada sigue pesando sobre las tierras de Krynn.
Aunque la lucha jamás llego a alcanzar demasiada intensidad en el norte de Estwilde, sus habitantes han sufrido las consecuencias como todo el resto de Krynn. El norte de Estwilde, un terreno desolado de pequeñas aldeas rurales, no tiene demasiada salida para sus pocos productos agrícolas y la mayoría de sus habitantes se ganan la vida como pastores de cabras o cultivadores de cereal mientras mantienen un ojo alerta sobre los soldados del ejército de Takhisis que aún patrulla la frontera de Estwilde-Nordmaar al este.
Con esta situación en mente, Frohm Mrick, el alcalde de un pequeño pueblo llamado Hermosos Prados había ideado la creación de un Consejo Interpueblos a fin de que los representantes de las distintas comunidades pudieran reunirse con regularidad para poner en común sus asuntos.
Aunque la idea fue recibida con gran entusiasmo, la participación había ido decreciendo con las sucesivas reuniones. Era por ello que Frohm Mrick había tenido una nueva idea: La Feria de Hermosos Prados. Esta feria ayudaría a revitalizar la economía de su pueblo a la par que devolvería el interés por las reuniones del Consejo Interpueblos.
Tal y como había previsto el alcalde, muchos fueron los que asistieron a Hermosos Prados en representación de sus localidades. Entre todos ellos, destacaba la presencia de un grupo aventurero que había ganado cierto renombre durante la Guerra de la Lanza, hostigando a los ejércitos del mal en aquellas tierras.
El grupo estaba conformado por un sacerdote humano de Paladine llamado Estrellanegra, una guerrera elfa Qualinesti llamada Iryl Arroyocantarín, otro Qualinesti versado tanto en la espada como en la magia llamado Grendalas y una exploradora humana que respondía por Shalindra.
Los aventureros se alojaron en la Posada de la Cabra Greñuda, propiedad del propio Frohm, junto con el resto de representantes invitados al Consejo. Fue una recepción cálida en la que el alcalde les agradeció su presencia con efusividad. Aún así, a Estrellanegra no le pasó por alto que Frohm parecía estar preocupado por algo.
Los compañeros bebieron y charlaron con la treintena de representantes de diversos pueblos de la región. La gente parecía mucho más interesada en la feria que en la reunión del Consejo.
Grendalas pudo saber que varios asistentes estaban bastante interesados en oír hablar a alguien llamado Khardra: una especie de predicador local o algo así, le pareció entender.
Además, Shalindra recibió la noticia por parte de otro de los asistentes de que la presencia de dragones buenos en la zona parecía estarse reduciendo notablemente en los últimos meses. Aquello, junto con la presencia de ejércitos malignos en la frontera, preocupó a la exploradora.
A la mañana siguiente, tras un contundente desayuno, los compañeros se dirigieron al granero que hacía las veces de sala de reuniones. Una agenda clavada en la pared anunciaba la multitud de temas a tratar por el consejo. Una solo palabra planteaba el último de los temas a tratar: “Dragones”.
Como era costumbre en el Consejo, no parecía que ninguno de los puntos del día fuera a resolverse y todos los asuntos se posponían para la siguiente reunión. Tras seis horas de pesada reunión, Frohm decide hacer un paréntesis para que los asistentes puedan disfrutar de la feria. Solo queda pendiente el tema de los dragones, y el alcalde prefiere que se aborde con la mente despejada; ya que lo considera el punto más importante del día.
Aunque Estrellanegra intentó sonsacar al alcalde acerca del tema de los dragones, este le informó de que las reglas del Consejo le impedían tratar estos temas fuera de la reunión, por lo que los compañeros deberían esperar un par de horas aún para saber qué sucedía.
Así, el grupo decidió darse una vuelta por la feria.
Estrellanegra y Shalindra encontraron un pequeño escenario erigido delante de un espeso bosque. Cuatro músicos engalanados con armaduras ornamentales se sentaban en sillas colocadas sobre las tablas. Tocaban dulces melodías con sus flautas de latón para satisfacción de las pequeña audiencia congregada ante ellos. En la parte delantera del escenario pudieron ver un cartel que rezaba “KHARDRA EN PERSONA. AQUÍ. A LAS 5”
Los músicos, según pudieron saber los compañeros, eran Caballeros de Solamnia retirados de la Orden de la Rosa que viajaban por los pueblos de la región tocando su música y difundiendo sus valores. Cuando el cuarteto hizo su descanso, los dos compañeros aprovecharon para conversar con ellos.
Los caballeros parecían confirmar aquellos rumores acerca del descenso de avistamientos de dragones buenos en la zona. De hecho, parecía que durante los últimos dos meses no se había producido ni un solo avistamiento.
Mientras sus amigos conversaban con los músicos, Iryl y Grendalas se acercaban a una caseta de comidas donde se servían carnes asadas, dulces y pan recién horneado. Los dos elfos hicieron pacientemente cola para probar las viandas mientras entablaban conversación con las gentes de la fila.
Si bien nadie parecía saber mucho acerca de los avistamientos draconiles, algunos si habían oído hablar del tal Khardra. Por lo visto, se trataba de un hombre corpulento y de aspecto afable que tenía el cuerpo lleno de horribles cicatrices porque, según se decía, había rescatado a un puñado de niños de un voraz incendio.
Los compañeros compraron algo de equipo en las tiendas dispersas por la feria y asistieron como espectadores a una competición de “tirar de la cuerda”.
Mientras continuaban su paseo, pudieron escuchar los aterrados rebuznos de una mula encerrada en un pequeño establo. Adivinaron que la mula sería más tarde utilizada para el “Derribo de la Mula”, un juego en el que los aldeanos trataban de tumbar al animal mediante la fuerza bruta. Shalindra, a la que aquello le parecía una salvajada propia de paletos, decidió liberar a la bestia aprovechando que nadie miraba. Emitiendo un rebuzno que sonaba a felicidad, la mula se alejó trotando hacia el bosque.
Un poco más tarde, alentado por sus compañeros, Estrellanegra se acercaría hasta una gran mesa redonda en torno a la cual se sentaban varias personas. En el centro de la mesa, un sapo moteado del tamaño de un perro permanecía impasible, atado con una cadena al centro de la mesa. Según parecía, en aquel juego llamado Spottle, los jugadores debían arrojar sus dados para lograr la mejor tirada posible. La dificultad del juego consistía en que, de cuando en cuando, el sapo utilizaba su larga lengua para comerse alguno de los dados de un jugador; lo que mermaba sus tiradas.
Estrellanegra se retiró antes de perder más dinero del que podía permitirse, ante las burlas de sus amigos.
Tras participar, sin ningún éxito, en la rifa local y contemplar una exuberante exposición de calabazas, el grupo se topó con una inusual caseta de tiro.
Si bien parecía el clásico puesto en el que uno podía disparar tres flechas por una moneda de plata y llevarse un premio si acertaba los tres blancos, les llamó poderosamente la atención la forma de los muñecos que se había elegido para dichos blancos: se trataba de dragones dorados, plateados y boncíneos.
A Estrellanegra le pareció de enorme mal gusto que se utilizaran imágenes de dragones benignos como blancos en la feria. El dependiente del puesto dio un despectivo manotazo al aire como única respuesta a las quejas del sacerdote.
Poco a poco, los compañeros fueron advirtiendo como una multitud se iba congregando frente al escenario donde antes habían tocado los Caballeros de Solamnia. Casi dos centenares de personas se agolpaban allí. Por lo visto, estaba a punto de comenzar el discurso del tal Khardra.
El tipo en cuestión subió al escenario, acompañado de una docena de hombres ataviados con armaduras de cuero. Medía cerca de dos metros y medio de altura, con hombros anchos y cuerpo musculoso. Llevaba ropas de campesino y, a la diestra, sujetaba una vara de hierro con tres afilados garfios en el extremo.
Toda su cabeza estaba entrecruzada por terribles cicatrices, probablemente las quemaduras de aquel incendio del que Iryl y Grendalas habían oído hablar. Tenía unos ojos antinaturalmente negros, con pupilas blancas.
El tal Khardra comenzó a relatar cómo había pasado los últimos tiempos ayudando a los refugiados de Dalcher a establecerse en un nuevo hogar y construyendo un hospital para los niños de Bosque Volen. Agradeció a las gentes de allí donde había estado la ayuda que le habían dado para reconstruir lo que había podido de aquel mundo de antes de la Guerra de la Lanza.
La gente, entregada, aplaudía a aquel buen hombre que parecía haber llegado a aquellas tierras solo para hacer el bien.
Khardra prosiguió su discurso hablando de la nueva era que estaba por llegar, una era sin dragones. El orador estaba seguro de que aquello sucedería, pues los dragones ya estaban desapareciendo.
Alguno de los asistentes expresó sus dudas ante aquello en voz alta, por lo que Khardra le hizo una señal a sus hombres, quienes abandonaron el escenario para regresar cargando un enorme objeto envuelto en una manta.
Cuando depositaron el objeto en el escenario y retiraron la manta, la multitud emitió un sonido de asombro: allí había el cuerpo sin vida de un dragon plateado, un joven y no muy grande. El cadáver estaba cubierto por horribles hematomas y manchas de color púrpura.
En ese momento, Khardra aseguró que aquella misteriosa enfermedad estaba matando a los dragones por todo Krynn. Según su opinión, aquello no era sino un castigo de los propios dioses ya que los dragones, de uno y otro signo, no habían hecho más que sembrar la muerte y el sufrimiento en el mundo. Después, concluyó con la historia de cómo la desfiguración de su rostro se debía al caprichoso ataque de un dragón dorado.
Finalizado su discruso, el hombre descendió del escenario y comenzó a estrechar las manos de los presentes. Estrellanegra no desaprovechó la ocasión, interrogando a Khardra por el ataque que le desfiguró, ya que consideraba incongruente que un dragón dorado atacase a nadie sin mediar provocación alguna.
El hombre le respondió que a él le sorprendió también, ya que siempre había considerado a los dragones metálicos como heraldos del bien. Ahora, sin embargo, sabía que todos los dragones eran criaturas malignas y que el mundo estaría mejor sin ellos. Al sacerdote le pareció que aquel hombre decía la verdad, al menos lo que él pensaba que era la verdad.
Tras despedirse de Khardra, los compañeros regresaron al granero para asistir a la continuación de la reunión del Consejo. En realidad, lo hicieron para comprobar que eran los únicos asistentes. Frohm les agradeció su presencia, sin esconder la amargura que le producía que el resto de representantes no se hubiesen tomado en serio la reunión.
El alcalde no ocultó que él también había oído los rumores acerca de la ausencia de dragones y la posible enfermedad que los aquejaba. Al contrario que el tal Khardra, Frohm no pensaba que esto fuese algo bueno, sino que creía que esto podía significar problemas para la región... quizá para todo Krynn.
Ya que ninguno de los otros líderes de las comunidades vecinas parecía tomarse el asunto en serio, el alcalde esperaba que alguien pudiese investigar la situación. Dada la fama adquirida por los compañeros durante la pasada Guerra de la Lanza, Frohm suplicó al grupo que le ayudasen.
Mientras los compañeros se miraban entre sí, el alcalde extrajo de su bolsillo una manzana de cristal translúcido. Les explicó que se trataba de una “Manzana de la Revelación”, una herencia mágica de su familia.
Frohm frotó la manzana, la cual proyectó una imagen flotando en el aire. Se trataba de una tranquila imagen del campo de Hermosos Prados. De pronto, la imagen comenzó a oscurecerse solo un momento antes de que los campos estallasen en llamas. La imagen desapareció subitamente.
Tras un momento de silencio, asimilando toda aquella información, los compañeros prometieron al alcalde Frohm que averiguarían si en realidad existía una amenaza contra los dragones buenos y, si era así, en qué modo podía afectar al destino de la región.
Agradecido, el alcalde les sugirió que visitasen el poblado de Belleria, a unos tres días de viaje al noreste. Según Frohm, allí residía un hombre llamado Abworth Kannard, un erudito que había pasado media vida estudiando a los dragones y que podía disponer de información útil sobre la enfermedad.
Así, los compañeros acordaron partir hacia Belleria con el alba del día siguiente.

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