La Rosa de Acero - La mácula de los Da Fonte (5/5)

Absorta en sus pensamientos, aquella noche Francesca Calandri cepillaba su pelo sentada frente al espejo de su dormitorio, en la mansión familiar de la Strada Nord. Canturreaba distraída mientras, en su mente, daba forma a los planes sobre su futuro una vez se hubiese cerrado su vínculo con la familia Da Fonte.

Entonces, el sonido de un tumulto le llegó desde la planta de abajo. Rápidamente, dejó el cepillo sobre el tocador y salió al recibidor de la primera planta. Allí coincidió con su padre, que miraba hacia el hall de entrada de la vivienda con gesto alarmado.

La puerta de la calle estaba abierta y los dos guardias de la familia permanecían de rodillas en el suelo, desarmados. La docena de intrusos que habían irrumpido en la casa no eran sino la guardia de la ciudad. Un instante después, quien parecía el oficial al mando, alzaría la vista para descubrir a Francesca y señalarla con el dedo.

El padre de la mujer la urgió a que escapara mientras intentaba cortar el camino a los guardias en las escaleras, desenvainando la espada. Mientras Francesca corría hacia su dormitorio, en la parte opuesta de la planta, escuchó el gorgoteo mortal de su padre sucumbiendo a los aceros de la guardia.

Alguien agarró el cabello de la mujer poco antes de que ganase la puerta de su habitación, haciéndola caer de espaldas al suelo. Cuando alzó la mirada, vio a uno de los guardias con el rostro congestionado, sin duda, por el esfuerzo de la carrera. Los demás guardias se acercaban por el pasillo.

Entonces, Francesca cerró los ojos e invocó su vínculo con la oscuridad, gritándolo... “¡¡Treldux!!”

El demonio ondergal se materializó de la nada, con su amarillento cuerpo insectoide impregnado de légamo espeso. La garra del monstruo hizo trizas al guardia que había derribado a Francesca, haciendo que las vísceras bañasen a la mujer.

Aterrados, los demás guardias dieron un paso atrás, al tiempo que alzaban sus aceros para interponerlos entre ellos y el demonio... un gesto inútil.

Francesca se puso rápidamente en pie, entrando en su dormitorio mientras, a su espalda, escuchaba los gritos de pánico de los guardias mientras Treldux los desmembraba en aquel pasillo.

La mujer bajó por el pasadizo hasta la cámara subterránea donde le esperaba su “hijo”, aquella viva imagen de Sinibaldo Da Fonte, que la observaba con una extraña sensación de calma en el rostro. El joven llevaba puestas algunas ropas del (ahora difunto) padre de Francesca.

Sin mediar palabra, la mujer tomó al falso Sinibaldo de la mano y lo condujo por el pasadizo de vuelta al dormitorio.

Tras cruzar el pasillo de la primera planta, anegado de sangre y pedazos humanos, ambos caminaron hasta el dormitorio de los padres de Francesca, solo para encontrar allí el cadáver ensangrentado de su madre, acuchillado por las espadas de la guardia.

Abandonaron la casa, escurriéndose de calle en calle con precaución para no ser vistos, ya que el vestido de Francesca estaba empapado de sangre y vísceras.

La mujer sabía que solo el príncipe Giovanni Da Fonte había podido dar orden a la guardia de la ciudad para que asaltase la casa de los Calandri. Había llegado la hora de poner las cosas en su lugar.

- - -

Sandra Albizzi dormía en su cama cuando el repiqueteo en el cristal de su ventana la hizo despertar abruptamente. Alarmada, se acercó con prudencia a la ventana. Una rápida mirada hacia la oscuridad de los jardines la permitió descubrir allí a Sinibaldo.

Extrañada, abrió la ventana y, entre susurros, le preguntó al joven el motivo por el cual se encontraba allí.

También entre susurros, Sinibaldo la indicó que debía hablar con ella. Al parecer, el joven había descubierto algo terrible sobre Francesca Calandri y necesitaba la ayuda de Sandra.

Intentando disimular la sonrisa lobuna que se le dibujaba en el rostro, Sandra accedió a encontrarse con el muchacho en los jardines. Tras ponerse un abrigo oscuro sobre su camisón de seda, la mujer bajó en silencio por la escalera de servicio y salió al jardín por la puerta de las cocinas.

Sandra estaba emocionada: aquello era totalmente imprevisto. Si Sinibaldo había descubierto algo tan terrible acerca de Francesca, eso podía terminar de decantar la balanza a su favor y acabar logrando que fuese la casa Albizzi la que cruzase sus líneas de sangre con los Da Fonte.

Sinibaldo la tomó las manos, había desesperación en el rostro del joven. Sandra le abrazó con fuerza, tratando de consolarle antes de que le contase qué era lo que había averiguado sobre su prometida, Francesca.

Incómodo, el joven la convenció para que se apartasen de la vivienda. Necesitaba un lugar más discreto para lo que tenía que contar. Sinibaldo no deseaba arriesgarse a que el paseo casual de algún criado de sueño ligero pusiese oídos indiscretos donde no debía haberlos.

Fueron hasta un punto algo apartado de los jardines, donde una antigua estatua de la diosa Enses se erguía junto a una fuente; enfundada en su armadura y alzando la espada orgullosa.

Justo cuando Sandra se preparaba para oír la historia de labios de Sinibaldo, se percató de que algo no marchaba bien. El joven mutó el rostro de pronto, cambiando su expresión de angustia por otra de total indiferencia.

La aparición repentina de Francesca Calandri le confirmó la encerrona. Su antigua amiga iba, al igual que ella, en camisón. Sin embargo, sus prendas estaban cubiertas totalmente de sangre y vísceras.

Con voz casi neutra, Francesca le comunicó a Sandra que sus maquinaciones terminaban en ese punto. Pareció sincera al expresar que lamentaba el hecho de que Sandra no hubiese sabido mantenerse al margen y que, ahora, debiera de pagar las consecuencias.

Sandra reaccionó rápido, dándose la vuelta y corriendo hacia la casa. Sin embargo, Sinibaldo ¿Era realmente Sinibaldo? Corrió tras ella, derribándola unos metros más adelante. Ambos forcejearon en el suelo hasta que el joven quedó a horcajadas sobre la mujer.

Sandrá intentó gritar, pero Sinibaldo le tapaba la boca... intentaba debatirse, desesperada, pero él era más fuerte.

Lo último que vio Sandra Albizzi aquella noche fue el rostro inexpresivo de Sinibaldo antes de que el joven descargara sobre su rostro el brutal puñetazo que la dejó sin sentido.

- - -

Sinibaldo Da Fonte y el capitán Bianco Filago no se habían topado con la guardia de la ciudad a las puertas de la mansión Calandri de auténtico milagro. Sorprendidos, contemplaron como la guardia del Rey Taddeo irrumpía al asalto en la vivienda.

Toda esperanza de que aquella docena de hombres armados hiciese el trabajo de acabar con la bruja Francesca y su aberrante hijo por ellos, se desvaneció en cuanto comenzaron a escuchar los gritos de terror y muerte que brotaban del interior de aquella mansión del Strada Nord.

No sabían lo que estaba ocurriendo, pero debía de ser algo terrible. Indecisos, ambos hombres se miraron entre sí mientras palpaban con nerviosismo los pomos de sus espadas.

Pronto los gritos cesaron, dando paso al silencio más absoluto. Aquello era, sin duda, mucho más escalofriante aún.

Sinibaldo detectó dos bultos en la oscuridad, abandonando la mansión por el paso de carruajes. Estaban lejos, pero el joven conocía de sobra la forma de caminar de su prometida; por lo que supo de inmediato que se trataba de Francesca, la cual iba acompañada de un hombre al que no lograba distinguir.

Acompañado del capitán Bianco, Sinibaldo inició la persecución de la que fue su amada. Tanto la mujer como su acompañante se movían con presteza de callejón en callejón, por lo que incluso estuvieron a punto de darles esquinazo. Sin embargo, más por fortuna que por habilidad, consiguieron volver a detectarles en la noche.

Pronto, el capitán Bianco cayó en la cuenta de que, rodeos mediante, Francesca y el hombre que la acompañaba se dirigían a la Vía dei Fiori; por lo que Sandro pensó inmediatamente que el destino no era otro que la casa de los Albizzi.

¿Estaría Sandra involucrada en todo aquello? ¿Acaso su antigua novia y su actual prometida estaban juntas en aquel pacto con los poderes umbríos?

Cuando Francesca y su acompañante entraron en la propiedad de los Albizzi a través de los jardines, tanto Sinibaldo como el capitán dudaron en seguirles durante un rato: no sabían lo que iban a encontrar allí. Finalmente, tras un rato de deliberación, ambos hicieron acopio de valor y entraron en la finca con los aceros desenvainados.

Lo que encontraron allí fue totalmente inesperado para ellos.

Francesca, ataviada con un camisón totalmente ensangrentado, permanecía de pie en mitad del jardín mientras Sandra yacía inconsciente en el suelo con un hombre a horcajadas sobre ella... ¡¡Un hombre que era idéntico al propio Sinibaldo!!

Rápidamente, el joven pensó en aquel vástago impío que Francesca había engendrado y, apretando los dientes, se abalanzó sobre su doble empuñado la espada. Casi al tiempo, el capitán Bianco Filago corría hacia Francesca, también con el acero en ristre.

Aunque Sinibaldo hirió a su contendiente en el hombro, el aberrante doble reaccionó desarmándole para, justo después, derribarle de un empellón. Con horror, el joven pudo ver desde el suelo como aquel demonio insectoide que viese en la guarida de Daniele Acórdolo aparecía de la nada para interponerse entre Francesca y el capitán Bianco Filago.

La hoja del soldado se partió al impactar contra el exoesqueleto de la criatura, que usó sus garras para esparcir las tripas de Bianco Filago por todo el jardín ante el sollozo ahogado de Sinibaldo, que incluso se orinó encima.

Como pudo, el joven gateó para tomar de nuevo su espada y, sin desprenderse de ella corrió para escapar de los jardines en dirección a la calle. Con lágrimas en los ojos, tomó la primera calle y corrió tan deprisa que a punto estuvo de caer a uno de los cientos de canales de la ciudad.

Continuó su carrera hasta que, cerca de uno de los puentes que le llevarían hacia Vía Smeraldo, el demonio ondergal se materializó ante él.

Desesperado, Sinibaldo se dispuso a ensartar al monstruo, pero este vomitó un líquido verdoso sobre la diestra del joven. El ácido derritió tanto el acero de la espada como la propia mano del primogénito Da Fonte, que aulló de dolor.

El zarpazo consiguiente de Treldux arrancaría de cuajo la mandíbula inferior de Sinibaldo, junto con la lengua; derramando un torrente de sangre sobre la pechera del muchacho. El joven dio un par de tambaleantes pasos hacia atrás antes de caer de espaldas sobre las negras aguas del canal.

El cuerpo de Sinibaldo Da Fonte, apenas sostenido por un hilo de vida, se alejó flotando en la noche, arrastrado por la corriente que llevaba hacia el Mar de la Sierpe.

- - -

El príncipe Giovanni Da Fonte se encontraba en su despacho, poniendo al día algunos asuntos referentes a la contabilidad de la familia cuando una de las criadas, Alba, se había personado en su puerta, visiblemente alterada: algo le había sucedido a su esposa.

Con el corazón en un puño, Giovanni siguió a Alba hasta la sala de estar, donde encontró a Pellegrina yaciendo en el suelo junto a los pedazos de porcelana de la taza de café que había estado sujetando. Sin tiempo que perder, el hombre se arrodilló junto a su esposa e intentó tomarla el pulso, sin éxito.

La criada, por orden del propio Giovanni, abandonó la casa a toda carrera en busca de un médico. Claramente, Alba, que había envenenado a su señora con Raíz Nocturna, pensaba demorarse lo suficiente como para que el sanador no llegase a tiempo. No le haría falta, porque poco después de salir de la casa, un par de maleantes a sueldo de Sandra Albizzi la emboscarían en un callejón para rajar su cuello y dejarla desangrándose sobre el pavimento.

Las lágrimas surcaban el rostro de un Giovanni, que a pesar de sus deslices con Sandra Albizzi, amaba a su esposa Pellegrina. El hombre estaba tan absorto en el dolor por la certeza de que acababa de perder a su mujer que ni siquiera se percató de las dos figuras que irrumpieron en la sala de estar hasta que una de ellas habló.

Con un respingo, el príncipe alzó la vista hacia su hijo Sinibaldo. Junto a él, se encontraba nada menos que Francesca Calandri. La mujer iba ataviada con un camisón de noche que se encontraba totalmente cubierto por sangre y vísceras.

Inconscientemente, Giovanni buscó a tientas una espada que no estaba en su cintura. Tras aferrarse al cuerpo inerme de Pellegrina, le gritó a aquella bruja que se marchara. No tardó demasiado en darse cuenta de que, aquel hombre que allí había, no era su hijo Sinibaldo.

Dos de los guardias del príncipe aparecieron en la estancia, alarmados y empuñando sus espadas. Giovanni no había terminado de ordenarles que mataran a Francesca y su no-hijo cuando ambos soldados explotaron en un torbellino de sangre y carne.

Con su cuerpo cubierto por los pedazos de sus guardias, agarrándose al cadáver de su esposa como si fuese una tabla en mitad de un naufragio, Giovanni Da Fonte observó con ojos aterrados al demonio ondergal que chasqueaba sus mandíbulas de insecto en mitad de la sala de estar.

Francesca se arrodilló entonces junto al príncipe para susurrale unas palabras.

Según le dijo la mujer, el Rey Taddeo III había contraído un terrible mal que habría de llevarle a la tumba en pocos meses. Dado que el Rey moriría sin sucesor, se buscaría un nuevo rey entre las casas más notables. Los nobles, le aseguró Francesca, no dudarían en elegir al poderoso príncipe Giovanni Da Fonte como nuevo monarca de Duvaccia.

El príncipe dejó de llorar, volviendo su rostro cubierto de sangre hacia la mujer. Había verdadera atención en su mirada.

Pero Francesca necesitaba algo del príncipe: necesitaba que retirase las acusaciones que sobre ella había vertido ante el rey, que lo achacase todo a un complot de Sandra Albizzi. Según le dijo Francesca, debía quedar claro que Sandra era una espía extranjera que, una vez se percató de que no podría desestabilizar Duvaccia con sus ardides, había abandonado la ciudad de Fiumiri.

La elección era simple: unirse a Francesca y el falso Sinibaldo Da Fonte... o morir.

Giovanni tenía que decidirse.

- - -

La cegadora luz del sol deslumbró a Sandra Albizzi antes de que la sacaran, con un brusco tirón, de la bodega de aquel barco. Los grilletes oxidados bailaban en su famélica muñeca, ya que su cuerpo se había consumido bastante con las penurias del viaje.

Aún llevaba puesto el camisón, que ahora era poco más que un harapo sucio y maloliente después de la larga travesía en la bodega de aquel barco, confinada en un rincón y haciéndose encima sus necesidades.

A su alrededor, gente de tez tostada y ataviada con túnicas color tierra hablaba en un lenguaje que ella no podía entender mientras el robusto hombre que tiraba de la cadena la arrastraba a través de lo que parecía un mercado.

Se detuvieron ante un hombre de avanzada edad, el cual sujetó el rostro de la joven con una callosa mano antes de examinar sus dientes, como quien examinaría la calidad de un caballo.

El hombre dijo algo en aquel idioma que ella no entendía y, después, tanto él como el hombre robusto se rieron. Fue este último el que se volvió hacia Sandra y la habló en duvaccio, aunque con un fuerte acento albahrí.

Dice que serás una buena puta para sus hombres”

- - -

Las campanas del templo de la diosa Enses repicaban para celebrar la coronación del nuevo rey. Apenas dos meses después de la muerte del rey Taddeo III, quién abandonó el mundo sin sucesores, la nación de Duvaccia tenía un nuevo rey.

El carruaje dorado abandonó el patio principal del templo. Abordo, el Rey Giovanni IV se mantenía erguido, saludando a la multitud con una amplia sonrisa en el rostro. Junto a él, aunque sentados en el carro, el heredero Sinibaldo con su esposa Francesca. El joven matrimonio también saludaba a la plebe, aunque de forma más contenida.

El pueblo estallaba en vítores al paso del nuevo Rey, con la gente apelotonándose para poder estar cerca del sobreano. Desde los balcones, las mujeres arrojaban pétalos de rosas al paso del carruaje real.

Pero no todo era alegría.

Desde uno de los callejones, alguien observaba el paso del nuevo Rey con los ojos inyectados en rencor.

Un mendigo, con el brazo derecho deshecho en un muñón informe y al que le faltaba toda la parte inferior de la mandíbula, hubiese deseado haber tenido una lengua para poder gritarles a todos la verdad: que Francesca Calandri era una bruja que había arrastrado a Giovanni Da Fonte para que cumpliese sus abyectos planes, que aquel heredero del nuevo Rey era solo una aberración demoníaca.

Que él, aquel mendigo desgraciado, era el verdadero Sinibaldo Da Fonte.

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