Blades In The Dark - Oblivio Idoli (4/9)
Los Gatos Grises pasaron dos días enteros ocultos en el vagón abandonado que les servía de guarida. Con todos los Casacas Azules de Doskvol buscándoles, Luther no consideró prudente que se dejasen ver hasta que la cosa se enfriase un poco. Además debían curar mínimamente las heridas que habían sufrido durante su accidentada incursión a la casa de la alguacil Thena Mitcher.
Pero Luther sabía también que el tiempo corría en su contra: la banda debía ponerse en movimiento para averiguar donde La Colmena guardaba el Oblivio Idoli. Para ello, el líder de los Gatos Grises pensaba reunirse con Slate, el jefe de la banda de los Espectros; un grupo de ladrones enmascarados y espías que se hallaba ferozmente enemistado con La Colmena. Esa era la baza que pretendía jugar.
Por desgracia, a Slate solo podía encontrársele en el distrito de Silkshore, en el extremo opuesto de la ciudad. Tal y como estaban las cosas, la idea de atravesar todo Charterhall y Pata de Cuervo, especialmente el primero de esos dos distritos, no parecía demasiado atractiva. Habría que encontrar otro modo.
La primera noche, pasados aquellos dos días, Jack dejó el vagón para hacer una rápida salida para reunirse con un tipo llamado Eckerd: un conocido de Wajeeha que se dedicaba a profanar tumbas para hacerse con lo poco que tuviesen de valor los cadáveres antes de que fuesen llevados al crematorio Bellweather en Charterhall.
Jack se configuró un estrafalario atuendo a base de distintas prendas de sus compañeros y tiznó su cara con la grasa de los bajos del vagón abandonado. Se trataba de una caracterización bastante tosca, pero esperaba que le sirviese para moverse por Seis Torres sin llamar demasiado la atención de ningún Casaca Azul.
Caminó con cierta cojera fingida por las agrietadas calles, sumiéndose en la negrura de Comber Way mientras el viento frío arrastraba tanto los pedazos de basura como las quejas de los mendigos por la presencia de tantos Casacas Azules en el distrito. De hecho, Jack se cruzó con tres o cuatro patrullas de la guardia urbana, cuartetos de Casacas Azules que continuaban merodeando por Seis Torres al caer la noche en busca de los osados delincuentes que se habían atrevido a profanar una de sus casas-cuartel en Charterhall.
Jack vio como los guardias apaleaban a algún mendigo, probablemente en busca de respuestas. En otra de las calles, los Casacas sacaron a golpes a los okupas de una antigua finca palaciega en ruinas y los arrastraron por el empedrado mientras les gritaban.
Era solo cuestión de tiempo que diesen con alguien que supiera algo de los Gatos Grises. Tarde o temprano les iban a encontrar.
Tras un largo paseo, Jack llegó a Los Brazos de la Lagrimosa, un gran edificio que antaño había sido una lujosa ópera; pero que ahora se había convertido en un comedor para indigentes dirigido por la organización benéfica de la Lagrimosa.
No tuvo que preguntar mucho para dar con Eckerd, un tipo escuálido y de aspecto enfermizo. Aunque al principio se mostró desconfiado, el hombre pareció relajarse bastante cuando Jack le explicó que venía de parte de Wajeeha.
La intención de Jack era que el tal Eckerd le proporcionase algún tipo de uniforme propio de los servicios municipales, tal vez un puñado de ellos. Durante su encierro en el vagón, Wajeeha les había explicado que su conocido tenía un buen puñado de uniformes de este tipo que le permitían moverse por la ciudad sin levantar muchas sospechas.
Eckerd estaba, cómo no, dispuesto a ceder temporalmente alguno de sus disfraces a cambio de un precio bastante exorbitado. Cuando Jack se quejó por este punto, el famélico hombrecillo le hizo saber, con una sonrisa lobuna, que los Casacas Azules podrían enfadarse mucho con cualquiera que ayudase a los Gatos Grises... sobre todo después de que unos cuantos guardias volasen en pedazos en una casa-cuartel de Charterhall hacía un par de días.
Los hombres se estrechaban la mano para cerrar el trato cuando un murmullo nervioso les hizo girar la cabeza hacia la entrada. Un cuarteto de Casacas Azules entró en Los Brazos de la Lagrimosa. La preocupación de Jack al verlos entrar y ponerse a hablar con uno de los indigentes se convirtió en puro pánico cuando el mendigo se giró para señalarle directamente.
¡Ese cabrón le había reconocido y había avisado a los Casacas!
Sin tiempo que perder, Jack agarró a Eckerd por las solapas y le arrastró consigo a toda carrera hacia la parte trasera del edificio: el lugar donde antaño se encontraban los camerinos y que actualmente servía como almacén para los alimentos que allí se dispensaba a los necesitados.
Con un movimiento brusco, Eckerd se zafó de Jack. Por lo visto, la presencia de aquellos Casacas Azules lo cambiaba todo y el ladrón de cadáveres no estaba dispuesto a jugarse el cuello más de lo necesario. Jack no podía quedarse a discutir, así que dejó allí a Eckerd y empleó la puerta trasera para salir a un oscuro callejón adyacente a la calle principal.
Desalentado por su fracaso, Jack regresó al vagón abandonado para contarle a sus compañeros lo sucedido. Con gran preocupación, Luther señaló la posibilidad de que los Casacas Azules interrogasen al tal Eckerd y este acabase por delatar el escondite de los Gatos Grises. Si bien no conocía la ubicación exacta del mismo, sabía lo suficiente por Wajeeha como para darle a la guardia urbana un hilo del que tirar.
Jack sugirió entonces que fuesen a ver a una mujer llamada Klyra, la cual regentaba una taberna en Seis Torres llamada El Cuervo Azul. Estaba seguro de que la mujer, con la que el dandy mantenía un affaire más o menos tormentoso, les ocultaría durante algún tiempo.
Con cierta tensión, el grupo se movió por las oscuras calles de Seis Torres procurando no toparse con ninguna patrulla de Casacas Azules. No tardaron mucho en llegar a la puerta trasera de El Cuervo Azul, donde Jack abrió la cerradura con la llave que poseía y entró en solitario al local. Unos minutos después, regresaba para indicarles que entrasen.
En la cocina aguardaba la tal Klyra, una mujer de cierta belleza ruda que les condujo a una gran habitación común mientras no cesaba de susurrarle improperios a Jack por ponerla en peligro a ella y a su local. Klyra les dio sábanas limpias y les indicó que había una escalera de incendios junto a una de las ventanas que les permitiría salir a un callejón poco transitado sin tener que cruzar el salón de la taberna.
Durmieron en su nuevo escondite aquella noche. Por la mañana, después de que Klyra les llevase el desayuno y les robara a Jack un par de horas con fines amatorios, Luther compartió con su banda el plan para llegar hasta Silkshore: robarían una góndola y usarían los canales para moverse hasta su destino. De noche, los gondoleros solían dejar amarradas sus embarcaciones; ya que eran muy pocos los que atrevían a trabajar de noche, dada la inseguridad de muchos de los distritos de la ciudad a esas horas.
Aunque a Salomón no le convencía aquello debido al hecho de que los espíritus de los ahogados gustaban de reclamar las almas de los vivos en los canales durante la noche, finalmente acabó por transigir.
Durante el día siguiente, mientras la mayoría de sus compañeros descansaban y Jack retozaba entre sábanas con la dueña de la taberna, Wajeeha mezclaba productos en una botella que Klyra le había prestado: bebidas alcohólicas, productos de limpieza y extrañas sales que la alquimista extraía de pequeños frascos que sacaba de su zurrón. Cuando Luther le preguntó por lo que hacía, Wajeeha le reveló que se trataba de un líquido altamente inflamable que podría venirles bien ya que, en aquel lugar, no disponía de materiales para fabricar nada más contundente.
Más tarde, caída la noche, el grupo emplearía la escalera de incendios para bajar hasta el callejón que les había indicado Klyra. Desde allí, comenzaron a moverse por el distrito de Seis Torres evitando las calles principales en la medida de lo posible. Salomón llevaba su trabuco de chispa a la espalda, no quería separarse de él tal y como se estaban poniendo de peligrosas las cosas últimamente.
Prácticamente no se veía a nadie en las calles, a excepción de un puñado de mendigos y alguna patrulla ocasional de Casacas Azules que lograron evitar sin demasiados problemas. En mitad de toda aquella quietud, no les costó demasiado percatarse del tipo que les seguía: un hombre joven de piel cobriza y cabello oscuro, isleño de las Daga; sin lugar a dudas... y más que seguramente un Clavo Plateado.
Aunque Salomón se ofreció rápidamente a eliminarlo, Luther le detuvo. No sabían si había más Clavos cerca y no quería que una reyerta en mitad de las silenciosas calles de Seis Torres atrajese a los Casacas Azules. De ese modo, el líder de los Gatos Grises dio instrucciones a sus compañeros de separarse para reunirse más tarde en el lugar convenido: tratarían de despistar al Clavo.
Los cinco compañeros zigzaguearon por las calles de Seis Torres en un aparente caos que, tras casi una hora, acabó por reunirles junto a un canal no muy lejano a la antigua mansión Surlock. Allí, cuatro góndolas se balanceaban perezosamente sobre las negras aguas del canal. Las embarcaciones estaban amarradas con cadenas y candados a unas argollas metálicas ancladas en el borde pétreo del canal.
Justo cuando Florence se arrodillaba con sus ganzúas para abrir uno de los candados, los compañeros se dieron cuenta de que habían estado muy lejos de haber logrado despistar a los Clavos Plateados.
Desde el lado este del canal se les acercaban dos Clavos con sus largos cuchillos curvos desenvainados. Desde el lado oeste, dos Clavos más con las hojas en la mano, además de aquella isleña que había liderado el ataque que los Gatos Grises recibiesen en aquel portal de Charterhall.
Luther le gritó a Florence que se apresurase con aquel candado justo en el momento en que los Clavos se arrojaban sobre ellos cuchillo en mano. Rápidamente, la ratera comenzó a hurgar con sus ganzúas en el candado.
Salomón decidió rápidamente que no debía usar su trabuco a fin de no alertar con su estruendoso sonido a cualquier Casaca Azul que andase por las inmediaciones, de modo que desenvainó su daga para enterrarla en el pecho del primer Clavo que se le acercó. Por desgracia, la hoja quedo trabada entre las costillas del hombre, que arrastró el arma consigo en su caída a las aguas del canal.
Wajeeha se movió rápido también, extrayendo su cerbatana para disparar uno de los dardos-jeringa cargados de arsénico que poseía. Pero la líder de los Clavos fue aún más rápida, esquivando el proyectil con un gesto serpentino hendir luego su hoja en el antebrazo de la alquimista; justo sobre la antigua herida.
Con su bastón-espada desenvainado, Jack se batía contra dos Clavos a un tiempo. Sus oponentes lo estaban arrinconando contra el canal, amenazando con hacerle caer al agua. Justo cuando el dandy bloqueaba la cuchillada de uno de sus enemigos, el otro le asestaba una potente puñalada en la clavícula que le hacía hincar la rodilla en el suelo.
Luther retrocedió con un corte en el rostro, justo antes de propinar una fuerte patada en el pecho de su oponente, haciéndole caer al agua. El Clavo, un tipo maduro, emergió horrorizado de las negra aguas por un segundo antes de que las pálidas manos de los fantasmas le rodeasen para arrastrarlo al fondo del canal.
El candado se abrió con un chasquido y Florence saltó a la góndola con una sonrisa triunfal en el rostro. Wajeeha la siguió de inmediato, aunque a punto estuvo de caer al agua y, en el traspiés, perdió su bandolera de herramientas. Luther saltó después, aterrizando en el interior de la embarcación de forma impecable.
Sin embargo, ni Jack ni Salomón lograban quitarse a los Clavos de Encima: tres de oponentes, además de aquella mujer, les rodeaban. La luchadora, de hecho, le asestó una sucia puñalada en el muslo a Salomón.
Sin pensarlo, Salomón descolgó el trabuco de su espalda y lo usó como garrote para abrir la cabeza de uno de aquellos Clavos como si fuese un melón maduro. En ese momento, vio como la mujer hundía su cuchillo curvo en pleno rostro de Jack. Con un rugido de rabia, Salomón se dio la vuelta y saltó a la góndola aprovechando la brecha abierta en la formación de los Clavos.
Aterrizó sobre el bote al mismo tiempo en que uno de los cuchillos enemigos silbaba en el aire para alojarse en su espalda. En ese momento, Luther y Florence se aplicaban a los remos, alejando la góndola del borde del canal. Apenas un instante después, Wajeeha vertía su inflamable solución sobre las negras aguas y la mezcla estallaba en llamas por sí sola casi de inmediato.
La cortina de fuego impidió que ninguno de los Clavos pudiese saltar a la góndola, que se alejaba con el frenético chapoteo de los remos como música de acompañamiento mientras la líder de los Clavos Plateados les observaba desde el borde del canal con el gesto contraído por la ira.
El grupo navegó por los canales de Doskvol en un silencio solo roto ocasionalmente por los sollozos de Florence, a la que abrazaba Wajeeha. La pérdida de Jack les dolía en el corazón, pero sabían que debían continuar adelante, debían hacerlo para sobrevivir. En aquellos momentos, hacerse con el Oblivio Idoli podía ser su única oportunidad de arreglar las cosas, ya que las influencias del Círculo de la Llama solucionarían probablemente sus dificultades con los Casacas Azules.
Navegaron por Seis Torres en dirección norte, para bordear Charterhall por el canal que separaba este distrito del de Brightstone, con sus mansiones y tiendas de lujo. Continuaron navegando por el canal que separaba Los Muelles de Pata de Cuervo hasta cruzar el ancho y oscuro cauce del Río Dosk para llegar a Silkshore. Durante algunos momentos del lento trayecto, pudieron contemplar los hambrientos rostros de los fantasmas observándoles desde las oscuras profundidades.
El distrito de Silkshore estaba atravesado por decenas de estrechos canales. Los burdeles, los antros de vicio, los puestos de comida y las tiendas exóticas estaban junto al agua; abiertos incluso a aquellas horas. Por suerte para el grupo, el distrito del farol rojo, el lugar donde nadie hacía preguntas, era un territorio donde los Casacas Azules relajaban mucho su presencia.
A Luther le costó mucho más de lo esperado concertar una cita con Slate, el líder de los Espectros. Por lo que al grupo le sorprendió la mañana en el distrito de Silkshore. Wajeeha atendió como pudo sus heridas y las de sus compañeros en el reservado de un fumadero de opio mientras el líder de la banda se entrevistaba con un tipo bastante temperamental llamado Loop que cubría su rostro bajo una amplia capucha y que, por lo visto, les llevaría ante Slate.
Se reunieron, por fin, a media tarde con Slate en la azotea de un burdel donde las prostitutas iruvianas proporcionaban algunos de los servicios más depravados de toda la ciudad y cuya higiene dejaba bastante que desear. El líder de los Espectros, como el resto de los miembros de la banda allí presentes, unos doce, llevaba el rostro cubierto por una máscara de cuero negro.
Slate se mostró preocupado por todo el revuelo que los Gatos Grises estaban provocando en la ciudad, pero la posibilidad de infligir algo de daño a sus rivales de La Colmena parecía atraer mucho a aquel hombre de aire sofisticado y reservado al tiempo.
Luther explotó hábilmente la enemistad entre los Espectros y La Colmena, llevando poco a poco a Slate a su terreno. Finalmente, el enmascarado reveló que poseía cierta información que señalaba la intención de La Colmena de llevar a cabo una subasta clandestina para vender el Oblivio Idoli al mejor postor.
Según les dijo Slate, la subasta tendría lugar tres días más tarde, en el distrito de Nightmarket. Concretamente en un antiguo mercado de carne que actualmente se encontraba en desuso. Era de esperar que La Colmena no llevase allí el Oblivio Idoli hasta el último momento, pero aquella información era mejor que nada.
De ese modo, mientras la mente de Luther trataba de maquinar un plan de acción a toda prisa, el grupo regresó de nuevo a Seis Torres una vez caída la noche, con la góndola meciéndose suavemente sobre las negras aguas infestadas de espíritus que ansiaban la carne viva.
Ya en El Cuervo Azul, Klyra lloró desconsolada cuando le comunicaron la muerte de Jack. De todos modos, la mujer les ofreció quedarse un día más bajo su techo. Poco después, la propia tabernera les contaría que había escuchado que los Casacas Azules habían ahorcado a un ladrón de cadáveres llamado Eckerd en mitad de Coleburn Avenue, poco antes de asaltar un viejo vagón abandonado que se encontraba en alguna vía privada en desuso, el cual resultó estar vacío. Al parecer, buscaban a la banda de los Gatos Grises.
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