Blades In The Dark - Oblivio Idoli (5/9)
Los Gatos Grises apuraban su último día en El Cuervo Azul, ya que Klyra no podía permitirse mantenerles ocultos durante más tiempo debido al riesgo que para ella y su negocio suponía cobijar a unos criminales buscados con tanto ahínco por los Casacas Azules. Por suerte, Salomón tenía un antiguo amigo de sus tiempos en el ejército imperial, casi un hermano, que estaría dispuesto a cobijarles.
Este ex-soldado imperial respondía al nombre de Skannon Prichard y residía en el distrito de Coaldridge, erigido sobre los restos del asentamiento minero original de Doskvol y que, en actualmente, era hogar de obreros y grandes fábricas industriales. Los compañeros atravesaron aquellas calles llenas de cajas y basura a partes iguales, entre los edificios de ladrillo, altos y estrechos, cuyas chimeneas arrojaban densas humaredas al cielo de Doskvol.
El antiguo camarada de Salomón vivía en un almacén de gran tamaño, ahora reconvertido en vivienda. Al parecer, el hombre subsistía ahora rebuscando entre la chatarra desechada por las fábricas para encontrar materiales o piezas que pudiese revender.
Tal y como esperaba Salomón, Skannon les dio cobijo una vez su antiguo compañero de armas le hubo puesto en situación. Y no solo eso, sino que además se ofreció a ayudarles, en parte por lealtad a Salomón, en parte por necesidad económica.
Allí aguardaron el par de días que restaban hasta el momento de aquella subasta en el abandonado mercado de carne de Nightmarket. Luther había ideado un plan de acción en muy pocas horas: él y Florence se infiltrarían con falsas identidades en la subasta para, desde dentro, facilitar la entrada de Salomón y Skannon. Una vez dentro, emplearían algún tipo de distracción ideada por Wajeeha para que los ex-soldados eliminasen al personal de seguridad mientras Florence y Luther se llevaban el Oblivio Idoli hasta la puerta trasera, donde Wajeeha aguardaría en un carruaje para que todos pudiesen darse a la fuga.
Así, mientras que Luther visitaba a los Espectros en busca de documentación falsa para él y Florence, Wajeeha trasteaba con todo lo que Skannon pudo traerle de las fabricas de Coaldrigde por unas cuantas monedas. La noche antes de la subasta, la alquimista tenía a disposición del grupo un tosco dispositvo de humo, cuatro bombas temporizadas del tamaño de naranjas y un enorme sistema de bobina con un cable de acero y un gancho en el extremo, el cual montaron en un carro de carga que Florence se encargó de robar en el distrito de Los Muelles.
Los Gatos Grises pasaron la mañana del día de la subasta descansando en la casa de Skannon. Mientras Salomón limpiaba su trabuco de chispa, Skannon se afanaba en poner a punto el par de pistolas que le habían acompañado en la guerra de Skovlan. Además, cada uno de los dos ex-soldados se equiparon con sendos cuchillo de hoja ancha skovlandeses que Skannon se había traído de la guerra como recuerdo.
Poco después de caer la noche, el grupo se encaminó hacia el distrito de Nightmarket. Allí, las luces eléctricas de los puestos iluminaban las calles con colores vivos mientras los pudientes de la ciudad, con el rostro convenientemente oculto tras máscaras, visitaba exclusivos clubes privados. Los compañeros se movieron a través de los paseos de madera y sus plataformas, entre parques artificiales adornados con los árboles petrificados que alguien había traído de las Tierras de la Muerte.
No tardaron en llegar al antiguo mercado de carne, uno de los pocos edificios antiguos que quedaban en pie en el distrito desde que este se había convertido en el hogar de la nueva élite de Doskvol: esos ricos sin título nobiliario pero con enorme poder económico. Aquel edificio pronto sería derruido para construir un puñado de las nuevas y lujosas casas adosadas de los ricos.
Aunque el mercado parecía abandonado, tanto el par de luces encendidas en su fachada como el par de guardias armados con garrotes reforzados de metal que custodiaban la puerta principal, indicaban que allí se cocía algo más espeso de lo que parecería a simple vista.
Tal y como estaba planeado, Luther y Florence se acercaron a la puerta principal. Florence, que vestía una ropa insualmente elegante adquirida con los últimos ahorros de la banda, se hacía pasar por una acaudalada comerciante de Bell Street; en el propio Nightmarket. Los documentos mercantiles hábilmente falsificados por los Espectros dieron el pego, sirviendo como garantía de la identidad de la mujer. Por su parte, Luther se hacía pasar por el ayudante personal de la dama.
Ambos fueron registrados sin éxito por los guardias: Florence llevaba sus ganzúas ocultas en el pelo gracias a un laborioso peinado, mientras que Luther portaba un aparentemente inofensivo bastón cuyo pomo en forma de esfera ocultaba el dispositivo de humo ideado por Wajeeha. La pequeña pistola habitualmente escondida en la manga del líder de los Gatos Grises estaba en poder de Salomón.
Una vez los centinelas de la puerta les dieron acceso, pudieron darse cuenta de que el interior estaba bastante concurrido. Dentro de una enorme sala rodeada de columnas, había unas cincuenta personas, todas con ropas elegantes y aspecto de tener bastante dinero. En contraste con aquellos atuendos elegantes, las ropas austeras del personal de seguridad permitían identificarles enseguida; además de por el detalle de que todos portaban pistola y sable en sus cintos. Luther contó una decena de guardias en el interior del mercado.
Mientras Wajeeha estacionaba el carro cerca de la puerta trasera del mercado, Salomón y Skannon se acercaban rápidamente a otra de las puertas ubicada en el lateral. En el interior, según el plan, Florence logró escabullirse para abrir a sus compañeros, permitiendo que pudiesen acceder al mercado. Lamentablemente, aquella vieja cerradura no había resistido bien el forzado de las ganzúas de la ladrona y quedó inutilizada de modo que la puerta no podía volver a cerrarse. Los compañeros sabían que solo era cuestión de tiempo el que alguno de los guardias descubriera la intrusión en su ronda.
Mientras Salomón y Skannon, con las armas coultas bajo sus gabanes, se internaban en el salón de subastas, Wajeeha colocaba sus pequeñas bombas temporizadas sobre las cuatro esquinas de aquella puerta trasera que alguien había condenado mediante gruesos tablones remachados hacía ya bastante tiempo. La alquimista esperaba que sus cálculos de tiempo fuesen los correctos.
Cuando llegaron junto a Luther, Salomón le escurrió la pequeña pistola que el jefe de la banda solía portar en el bolsillo. El tacto del arma pareció reonfortar a Luther.
Poco a poco, los asistentes fueron tomando asiento, a excepción del personal de seguridad, que vigilaba la sala con atención. Al cabo de un rato, cuatro operarios hicieron su entrada en la sala transportando un cajón de buen tamaño, tan grande como un sillón ancho. Tras los operarios, apareció un hombre elegantemente vestido que se presentó como Andrel Templeton. El encargado de dirigir la subasta llevaba un broche en la solapa con el símbolo de La Colmena: una abeja dorada. La comitiva continuó hasta el extremo norte de la sala, donde los trabajadores dejaron la caja sobre una ancha plataforma de madera.
A un gesto de la mano de Templeton, los operarios retiraron la enorme caja; arrancando un murmullo de exclamación entre todos los asistente. Sobre la plataforma de madera podía verse un ingenio de buen tamaño. Se trataba de una serie de anillos metálicos que giraban continuamente en torno a un pequeño esferoide del tamaño de un puño que parecía estar suspendido en el centro del artefacto, como flotando. La sustancia que componía el esferoide era claramente líquida, de un rojo carmesí que ondulaba de cuando en cuando. El artefacto disponía de una base dorada, probablemente de oro, en la que podía verse una extraña consola plagada de pequeñas palancas plateadas.
"El Oblivio Idoli" anunció Templeton, indicando a continuación que aquella puja iba a comenzar con una cantidad de dinero extremadamente obscena.
Mientras el maestro de ceremonias hablabla, los compañeros se percataron de la agitación en los guardias. Visiblemente inquietos, los miembros de seguridad parecían estudiar a los asistentes mientras se llevaban disimuladamente la mano bien a la pistola, bien a la empuñadura del sable.
Había que actuar rápido.
Las primeras manos se alzaban en la sala al tiempo que las gargantas superaban una oferta con otra, lo cual hacía que la lobuna sonrisa del tal Andrel Templeton se ampliase cada vez más. Sin embargo, la sonrisa se tornaría pronto en desconcierto cuando, disimuladamente, Luther golpeó el pomo de su bastón contra el suelo; fargmentando la esfera. Rápidamente, una densa cortina de humo se extendió por la zona en la que se sentaban los asistentes.
Salomón y Skannon se escurrieron entre el humo blanquecino, desplazándose hacia los flancos al tiempo que abrían fuego con sus armas. El trabuco de Salomón arrancó de cuajo la pierna de uno de los guardias, haciéndole caer entre alaridos a la vez que Skannon disparaba sus dos pistolas contra sendos oponentes; abatiendo a ambos. Como era de esperar, los guardias respondieron al fuego con sus pistolas: los dos ex-soldados retrocedieron para parapetarse tras las columnas mientras intentaban recargar sus armas.
Un estruendo terrible anunció a los compañeros que las bombas temporizadas de Wajeeha habían hecho explosión, echando abajo la puerta trasera del mercado. La bala de un guardia mordió la cadera de Florence mientras esta corría hacia la puerta trasera y, justo cuando el hombre comenzaba a desenvainar el sable, Luther apareció detrás de él para alojar en su nuca un disparo de su pequeña pistola. Concentrado como estaba, el líder de los Gatos Grises no vio al otro guardia que se arrojaba sobre él y ambos rodadon por el suelo mientras el miembro de seguridad golpeaba el rostro de Luther una y otra vez con la empuñadura de su espada.
Salomón y Skannon abandonaron la cobertura de las columnas una vez hubieron abatido a media docena de guardias. El primer ex-soldado había recibido un disparo en el brazo, mientras que el segundo llevaba plomo alojado en la pierna. Pero el humo estaba empezando a disiparse y debían moverse rápido si querían salir de allí con el resto del grupo.
Florence llegó hasta Wajeeha en la puerta trasera. La alquimista ya había acercado el carro a la salida y sostenía en su mano aquel garfio al extremo del cable de acero. La enorme bobina estaba al descubierto en la caja del carro. Con ayuda de Luther, que llegaba con la cara destrozada después de haber conseguido degollar a aquel guardia con el que forcejeaba empleando el propio sable del hombre, llevaron el gancho hasta la plataforma de madera donde descansaba el Oblivio Idoli. Allí pudieron ver a Andrel Templeton agazapado tras el artefacto.
El maestro de ceremonias huyó a toda prisa cuando Luther le encañonó con expresión amenazadora. Una vez Florence hubo afianzado el garfio en el ingenio mecánico, emitió un fuerte silbido en dirección a Wajeeha.
La bobina se accionó, enroscando rápidamente el cable de acero y arrastrando el Oblivio Idoli hacia la puerta trasera del mercado a toda velocidad sin que, por suerte, el ingenio pareciera sufrir ningún daño en su accidentado viaje. Florence y Luther coincidieron casi en la salida con Salomón y Skannon, que corrían en aquella dirección, volviéndose de cuando en cuando para abrir fuego contra los guardias del salón, quienes devolvían los disparos con poca precisión.
Luther, Florence y Wajeeha cargaron el Oblivio Idoli en la parte trasera del carro, mientras los dos ex-soldados trataban de cubrir la retirada. Una vez estuvo hecho, la alquimista subió al pescante y arreó a los caballos justo a la vez que Salomón y Skannon subían de un salto a la caja.
El carro matraqueaba violentamente mientras los caballos galopaban a toda velocidad hacia Coalridge. Skannon no pudo evitar emitir un aullido de júbilo mientras reía junto a su compañero de andanzas, Saomón. Sin embargo, aquella risa no duró demasiado, ya que vieron a cuatro jinetes que cabalgaban en su persecución. Los guardias mantenían una mano en las riendas mientras empleaban la otra para apuntar sus pistolas hacia el carro.
Una de las balas impactó en la caja del carro, haciendo llover astillas sobre el rostro de Florence, que chilló de dolor mientras se cubría la cara con las manos. El segundo disparo, de un tirador más escorado, alcanzó a Wajeeha en el hombro, que a punto estuvo de perder el control de los caballos.
Los jinetes alcanzaron el carro, encaramándose sable en mano por los flancos. Uno de ellos propinó un terrible corte en el hombro de Luther con su sable mientras que otro infligía un feo tajo en el pecho de Florence. El tercer atacante cortaba con su filo el estómago de Skannon y propinaba otro revés de acero al antebrazo Salomón; aunque este acabó por arrojar al guardia del carro haciendo que se partiese el cuello sobre el empedrado. El último de los guardias se encaramó al pescante, donde apretó con su mano la herida del hombro de Wajeeha, intentando inmovilizarla para poder hendir su acero en la alquimista.
Al tiempo que Skannon recibía un nuevo tajo en la pierna, empleaba su cuchillo skovlandés para abrir en canal la garganta de su agresor. Luther retrocedió con un profundo corte en el cuello, intentando que el guardia no le rematase. Por suerte, Salomón aparecío por la espalda del hombre para hendir su cuchillo en los pulmones del desgraciado. Un angustioso alarido les indicó que Wajeeha había conseguido arrojar a último enemigo desde el pescante.
El grupo aún intentaba recuperar el aliento. Lo cierto era que Luther, Florence y Wajeeha estaban muy cerca de morir desangrados si no recibían atención médica pronto. Salomón y Skannon se mantenían más enteros, merced a su resistencia física entrenada en los campos de batalla. Salomón se encontraba encaramándose al pescante con intención de indicar a Wajeeha la dirección a tomar cuando la alquimista tiró bruscamente de las riendas del carro.
Ante ellos, un muro de puro fuego bloqueaba el avance por la calle. Sin tiempo que perder, los compañeros intentaron buscar otra ruta de escape, pero la única calle por la que podrían huir se encontraba bloqueada por cuatro personas ataviadas con negros ropajes y máscaras de bronce. Uno de ellos sostenía lo que parecía un pequeño cañón de chispa portátil que apuntaba hacia los compañeros. El graznido de cuervos sobre sus cabezas despejó cualquier duda que tuviesen.
Acababan de ser capturados por los Guardianes Espirituales, aquellos cazadores de máscaras de bronce que se encargaban de destruir a los espíritus errantes.
Pero ¿Por qué? ¿Qué tenían que ver ellos con todo esto?
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