DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (6/11)
El sol regalaba sus primeros rayos, los cuales se filtraban a través de las copas de los árboles que conformaban el Bosque Acechante cuando Sairces llegaba a Mithrill Hall, la ciudad de los enanos. La imponente fachada tallada en la propia piedra de las montañas se erguía majestuosa en mitad del paisaje nevado. A su lado, caminaba con aire despreocupado Desgarracuellos, su enorme huargo.
Sairces era un explorador vinculado al Enclave Esmeralda, inmerso como todos los integrantes de su facción en los últimos tiempos en la lucha contra el Culto del Dragón y la amenaza que la posibilidad del advenimiento de Tiamat suponía para el mundo natural.
El explorador encaminaba sus pasos hacia el Bosque de las Brumas, donde los informes del Enclave Esmeralda ubicaban uno de los lugares en los cuales el Culto del Dragón estaba acaparando tesoros para su pérfido ritual, cuando escuchó de labios de otro agente que una ciudadela voladora controlada por sus enemigos volaba hacia Mithrill Hall con la intención de atacar la fortaleza enana. Así, Sairces había optado por desviar su camino a fin de ayudar a los enanos en la defensa de la ciudad.
Pero todo parecía indicar que había llegado tarde.
Lo primero que vio una vez que hubo flanqueado las enormes puertas de la ciudad fue a decenas de enanos en un lamentable estado ocupando los salones de la fortaleza subterránea. Todos tenían aspecto de estar exhaustos y hambrientos, pero sobre todo, hundidos en la desesperación.
Según le contó un guardia, se trataba de los lugareños del cercano asentamiento minero de Thurburn, el cual había sido atacado por la fortaleza volante del Culto hacía un par de días. Por suerte, aquellas personas habían salvado la vida gracias al concurso de unos valerosos aventureros. Cuando Sairces preguntó por ellos, el guardia enano le señaló a un enorme minotauro que, luciendo el símbolo del dios Tyr en la armadura, atendía a los refugiados.
Cinthork se afanaba en ayudar a los hombres del rey Bruennor a repartir comida entre los refugiados, a la vez que intentaba reconfortar el alma de estos con sus oraciones. Aunque, Zenit no estaba con él aquella mañana, ya que el mago se había teleportado unas horas antes a la ciudad de Luskan para visitar la sede de la Hermandad Arcana en Luskan, Voros ayudaba al minotauro en aquellas labores.
Justo mientras todo esto ocurría, otro visitante acababa de cruzar las descomunales puertas de Mithrill Hall. Se trataba de Doomos Vikrim, un mercenario de Puerta de Baldur que llevaba media vida ganándose el pan con la espada y que, tras perder a varios buenos amigos a manos del Culto, se había tomado como algo personal la lucha contra aquellos sucios adoradores de reptiles.
Fue el impulsivo mercenario quien adelantó a Sairces justo cuando el explorador iba a dirigirse a Cinthork. Escuchando a ambos hablar, Sairces pudo saber que el paladín necesitaba cualquier brazo armado que pudiese ayudar y que el mercenario venía siguiendo el rastro de varios secuestros de aldeanos en la zona. Inmediatamente, el explorador les hizo saber que podían contar con él.
Unos minutos después, Cinthork les pediría a ambos que les acompañasen a Voros y a él al salón del trono de Mithrill Hall, donde habrían de entrevistarse con el rey Bruennor. Cinthork tenía la intención de intentar tomar la mina de Thurburn e impedir que el Culto del Dragón se hiciese con los diamantes.
Antes de llegar a su destino, Sairces tuvo que aceptar con evidente disgusto que Desgarracuellos aguardase en una de las antesalas del salón del trono, ya que la guardia de Bruennor no parecía muy dispuesta a dejar que ese enorme lobo huargo tuviese sus fauces demasiado cerca del soberano de Mithrill Hall.
Justo cuando llegaron al gran salón, Quinnorin Alamofuerte abandonaba la estancia. El explorador elfo había estado los dos últimos días espiando las evoluciones de la fortaleza voladora y había regresado para reportar información a Bruennor.
Unos minutos después, el propio soberano de Mithrill Hall les confirmaba que el Culto del Dragón había despejado la entrada a la mina de Thurburn y que se había hecho con un contingente de unos cincuenta esclavos, treinta humanos y veinte enanos, provenientes de algunos asentamientos rurales del Bosque Acechante, los cuales estaban trabajando en las minas.
Según había podido saber Quinnorin, en el lugar había un contingente conformado por un Colmillo de dragón, tres Alas de dragón, dos Garras de dragón y cuatro cultistas. Además, un jinete a lomos de un joven dragón rojo patrullaba la zona cada poco tiempo.
Doomos valoró la posibilidad de intentar rastrear a alguna avanzadilla del Culto que se estuviera encargando de hacer prisioneros a fin de, tomando sus ropas, poder infiltrarse en la mina. Sin embargo, Sairces no se mostraba muy de acuerdo en hacerse pasar por un cultista y, por otro lado Cinthork opinaba que aquello les haría perder demasiado tiempo.
Tras deliberar algún tiempo, los cuatro decidieron encaminarse a la mina de Thurburn para valorar la situación de primera mano. Una vez allí, decidirían el mejor curso de acción teniendo en cuenta el escenario que encontrasen.
Poco después del medio día se pusieron en camino. Sairces guiaba al grupo a trabes de los escarpados senderos montañosos que la nieve cubría perennemente. Desgarracuellos iba y venía, a veces adelantándose al grupo y otras veces explorando los flancos.
Precisamente, fueron los agudos sentidos del huargo los que les permitieron detectar aquella presencia indeseada: un pequeño contingente del Culto del Dragón. En torno a una fogata bastante mal disimulada, tres Garras de dragón y otros cinco Alas intentaban entrar en calor mientras un par más de los arqueros ocupaban puestos de centinela encaramados a un par de enormes peñascos que parecían delimitar el improvisado campamento.
Sin pensarlo demasiado, Sairces se movió sigilosamente hacia uno de los peñascos mientras que el resto del grupo, acompañados por Desgarracuellos, rodeaba otro grupo de rocas para acercarse a la hoguera de los cultistas desde otro punto. La excepción fue Doomos, quien corrió junto a Sairces gran parte del camino para, en el último momento, posicionarse para poder acometer directamente sobre el grupo de la hoguera en línea recta cuando llegase el momento idóneo.
Ese momento llegó sin duda cuando Sairces llegó a lo alto del peñasco donde se encontraba uno de los centinelas y disparó su arco contra él. El Garra de dragón no había acabado de aullar de dolor cuando la flecha que le había impactado mutó para convertirse en una enredadera que le atrapó parcialmente. El otro centinela, encaramado a otro peñasco ubicado a más de una decena de metros, no logró encordar su flecha antes de que Sairces le acertase en la cadera, haciendo que también la flecha-enredadera disparada por su arco mágico le atrapase.
En ese mismo momento, Doomos corrió sobre la nieve con un grito de guerra hacia aquella hoguera en la que los cultistas ya comenzaban a girarse empuñando sus armas. Su hoja “Bilis Negra” propinó un certero tajo a uno de los Garras que, horrorizado, gritó mientras su sangre se mezclaba con el ácido segregado por aquella espada, disolviendo parte de su torso y haciendo que se desplomase sin vida. Un segundo tajo acabo de igual y horrendo modo con otro de los Garras.
A la vez, Cinthork y Voros corrían hacia la hoguera. El sacerdote de Helm recurrió al poder de su deidad para enviar una descarga mágica que hizo volar en pedazos a otro de los Garras. Poco después, Cinthork llegaría hasta la hoguera para trabarse en combate con uno de los Alas. El minotauro golpeó el suelo con su martillo mágico, haciendo que la onda sónica destrozase el cráneo de ese oponente y dejase bastante maltrechos a otros dos.
En lo alto de los peñascos, los centinelas intentaban a la vez liberarse de las enredaderas que les trababan y disparar sus arcos contra Sairces, sin conseguir ni lo uno ni lo otro. El explorador atravesó el cuello de el primer centinela con una de sus flechas, mientras que destrozaba la rodilla de otro con la segunda.
Junto a la hoguera, Doomos segaba la vida de un Ala, mientras que Desgarracuellos se abalanzaba sobre otro para, haciendo honor a su nombre, destrozar su garganta con las enormes fauces.
Los dos Alas que quedaban con vida, sabiendo que la batalla estaba perdida, iniciaron rápidamente la huida. Para su desgracia, el enorme huargo de Sairces les cortó el paso muy pronto. Desde el peñasco, el propio explorador abatió a uno de los cultistas con su arco, mientras que el otro era despedazado por una andanada mágica del sacerdote Voros.
Finalizado el combate, los compañeros procedieron a interrogar al único superviviente de entre los cultistas: aquel Garra al que Sairces había destrozado la rodilla con su flecha. Aunque inicialmente se mostrase desafiante, todo el coraje fanático de aquel hombre se deshizo cuando Cinthork le agarró del cuello, alzándolo en vilo del suelo.
De labios de aquel cultista supieron que la mina de Thurburn tenía una apertura superior por la cual podía entrar y salir el dragón rojo en caso de necesidad y, además de confirmar las fuerzas previamente detectadas por Quinnorin, el Garra les contó que también había un horror en armas dentro de la mina, uno de aquellos constructos en forma de armadura autónoma con los que Cinthork ya había combatido alguna vez en el pasado durante su estancia en el Valle de la Sombra.
Con la noche llegó el último aliento del cultista, degollado fríamente por una de las hojas de Doomos. Poco después sería cuando Cinthork recibiera el mensaje mental de Zenit, interrogando por su paradero. Al no poder ubicar con exactitud al grupo, el mago elfo se vio obligado a emplear su pergamino adivinatorio para poder visualizar a su ahijado minotauro. Una vez hecho esto, se teletransportó sin dificultad junto a este, que previamente había alertado a sus acompañantes de la mágica irrupción de su compañero, quien venía acompañado de su inseparable guardaespaldas y amigo, Thorvald.
Hechas las presentaciones de rigor, el grupo pasó la noche en aquellas montañas nevadas en espera del nuevo día, en el que culminarían su aproximación a la mina de Thurburn.
Se pusieron en camino con las primeras luces, llegando hasta la cara oeste de la horadada montaña que contenía el complejo minero. Todos se lamentaron al encontrar derrumbado el camino de servicio que, en su día, los habitantes de Thurburn habían utilizado para huir del lugar y por el cual pretendían penetrar subrepticiamente en las minas.
Mientras debatían si utilizar la apertura superior del complejo o la entrada principal, poco a poco fue surgiendo la idea de posponer la infiltración en la mina para intentar un asalto a la fortaleza voladora. Finalmente, el grupo tomó por unanimidad la decisión se asaltar el ingenio volador.
Antes de nada, Zenit tomó unos minutos en realizar un ritual que habría de inmunizar a todos sus compañeros, incluido el huargo, ante el miedo del dragón que tantos problemas les había causado durante el anterior asalto. Luego, decidió teleportarse hasta un pasillo que recordaba de aquella fortaleza, esperando no encontrar allí vigilancia alguna. Así, el mago elfo desapareció en un parpadeo junto a Cinthork, Doomos, Thorvald y Sairces.
La suerte sonrió a los compañeros, que no encontraron presencia enemiga en aquel pasillo. Rápidamente, Zenit comenzó a dibujar con tiza un símbolo circular sobre el suelo embaldosado.
Voros y Desgarracuellos aguardaron atrás, junto a un círculo arcano que Zenit había dibujado en el suelo. Poco después, cuando la iluminación de las runas les hubo indicado que el mago había dibujado un símbolo gemelo en la fortaleza voladora, sacerdote y huargo se colocaron sobre el dibujo para viajar mágicamente a través de él.
Tras dudar unos segundos entre dirigirse rápidamente al salón del trono o tomar una puerta ubicada en aquel pasillo que no habían explorado en su visita anterior, los compañeros optaron por la segunda opción; la cual les condujo a través de otro pasillo hasta una nueva puerta.
Cuando Doomos abrió lentamente aquella puerta, lo que encontró fue una habitación en la que un enano de las montañas se encontraba sentado sobre una cama mientras ojeaba unos documentos. Cerca de él había un hacha de guerra apoyada en la pared y, sobre la mesilla de cama, una máscara ornamentada que imitaba las facciones de un dragón blanco.
Acababan de encontrar a Varram “El Blanco”.
El grupo reaccionó a aquel fortuito encuentro mucho antes que el Señor del Dragón Blanco. Mientras que Sairces disparaba una de sus flechas sobre Varram, la cual fallaba por muy poco, Zenit convocaba a un azer justo al lado del enemigo. Las llamas que envolvían a aquella especie de enano elemental arrancaron un gruñido de dolor de labios de Varram.
Thorvald entró a grandes zancadas en la habitación, disparando el proyectil mágico de su martillo, pero el Señor del Dragón haría gala de unos excepcionales reflejos al esquivarlo. Acto seguido, Varram empuñaría su hacha de batalla justo después de colocar la Máscara del Dragón Blanco sobre su rostro.
No contaba Varram, sin embargo, con la velocidad del mercenario Doomos Vikrim, quien se colocó frente a él en un abrir y cerrar de ojos para propinarle un par de tajos con sus espadas. La hoja llamada “Sed de Sangre” derramó su energía necrótica sobre el Señor del Dragón, quien quedaría inmediatamente aturdido por el efecto mágico.
Sin embargo, para frustración del mercenario, la Máscara del Dragón Blanco se iluminó tenuemente a la par que deshacía el efecto de su hoja arcana, sacando a Varram de su aturdimiento. Antes de que nadie pudiese reaccionar, el cultista esquivó tanto al propio Doomos como al azer invocado por Zenit e inició una rápida carrera hacia la puerta de la estancia, que en ese momento estaba siendo cubierta por Cinthork.
La feroz sonrisa de Varram “El Blanco”, no obstante, moriría en sus labios. El Señor del Dragón acababa de emplear su hacha para desviar otra de las flechas de Sairces cuando de pronto se giró para descubrir a Doomos a su espalda. Cuando acabó de girarse, las espadas del mercenario hicieron su cruel trabajo y Varram se desplomó sin vida.
El grupo no había acabado aún de felicitarse cuando los gritos de alarma y el repiqueteo de armas y armaduras les anunciaron que en la fortaleza voladora se había activado la guardia. Tras dudar unos segundos, los compañeros fueron saliendo al pasillo.
Sairces activó su brazalete mágico, haciéndose invisible a la vez que creaba un duplicado ilusorio de sí mismo. Su huargo, Desgarracuellos gruñía nervioso, aunque inicialmente parecía mantenerse algo retrasado respecto al grupo. Cinthork recibió la capa de invisibilidad de manos de Zenit, la cual activó de inmediato para desaparecer también de la vista.
No fue el caso de Doomos, quien inició una carrera feroz por el pasillo con las espadas desenvainadas, en busca de más enemigos a los cuales dar muerte. Cinthork y Thorvald partieron inmediatamente tras él, aunque ninguno era ni mucho menos tan rápido como el mercenario, que les sacaba mucha delantera.
De hecho, Doomos fue recibido por una lluvia de flechas nada más girar un recodo de aquel corredor. El mercenario se vio obligado a apretar los dientes cuando las astas emplumadas cortaron su piel, pero estas eran las cosas que le hacían estar en su elemento y, tras unas rápidas zancadas, se colocaba entre dos Garras y hacía que “Bilis Negra” cortase la carne para derramar el ácido que desharía los cuerpos de aquellos dos infelices. Otros tres Garras le contemplaban a unos pocos pasos con el rostro pálido de la impresión.
Desde el fondo del pasillo llegaba una segunda fuerza: tres Alas de dragón comandados por un Colmillo. Rápidamente, el oficial gritó instrucciones para que los Garras retrocediesen, siendo relevados en primera fila por la infantería pesada.
Doomos había intercambiado ya un par de golpes con los Alas cuando vio como se materializaba a su espalda Cinthork. El paladín minotauro colocó la mano sobre su hombro, invocando el poder de Tyr para que sanase las heridas de su compañero. Un instante después llegarían nuevos refuerzos: un jadeante Thorvald y el duplicado ilusorio de Sairces, que se colocaría en primera fila de combate.
El resto del grupo se dirigía por el corredor hacia el combate para auxiliar a sus compañeros, aunque la puerta que daba al patio norte de la fortaleza les guardaba una aterradora sorpresa. Justo cuando pasaban ante ella, vieron posarse a un ejemplar joven de dragón blanco. Ghalin, que así se llamaba el reptil, derramó su gélido aliento, inundando el pasillo.
Mientras veía como el azer que había convocado convertirse en una estatua de hielo que, segundos después, se desmoronaba en pedazos, Zenit rodó por el suelo para salvar milagrosamente la vida. Aún así, estaba bastante malherido y tuvo que echar mano de sus pociones curativas.
Voros, con el cuerpo también atenazado por el frío glacial de aquel aliento, logró aún así reaccionar para bloquear aquella puerta con un muro de fuerza mágica. Ghalin araño el muro, presa de una frustración que solo aumentaría cuando el dragón se percató de que aquellos intrusos eran inmunes a su aterrador rugido.
En vanguardia, dos de los Alas de dragón perdían unos valiosos segundos atacando al doble ilusorio de Sairces. Uno de ellos caía con el cráneo aplastado por el martillo de Cinthork. Desde retaguardia, un terrorífico demonio de sombras que acababa de ser invocado por Zenit flotaba entre el mar de enemigos en busca del Colmillo que comandaba aquella fuerza.
Tras la línea de infantería cultista, los tres Garras disparaban sus flechas con bastante menos éxito del esperado sobre los compañeros. Sin embargo, se habían convertido en un incordio para el avance de los intrusos de la fortaleza.
Zenit, mirando con desconfianza a aquel dragón que le miraba desde el otro lado del muro mágico, se acercó hasta Voros para compartir con el sacerdote una de sus pociones curativas.
En ese momento, en el fondo del pasillo, Sairces abandonaba su invisibilidad para arrojar una precisa lluvia de flechas sobre los Garras, dejándoles bastante malheridos. El doble ilusorio del explorador se desvaneció en el momento que volaban las primeras flechas.
Complicando un poco más aquella situación, las puertas del salón del trono, ubicadas en la pared este del pasillo, se abrieron de par en par dejando surgir de ellas a cinco nuevos cultistas: cuatro acólitos y un Ala de dragón; los cuales fueron recibidos por una nueva andanada de flechas de Sairces. La lluvia de flechas resultó devastadora, llevándose las vidas de los tres Garras y los cuatro acólitos.
A unos pocos metros, Cinthork, Doomos y Thorvald habían aplastado ya a los últimos enemigos y se dirigían pasillo abajo en busca de más sangre cultista. El Colmillo, consciente de cuánto se complicaba la situación, daría orden de retirada hacia el salón, no sin recibir antes en su hombro el impacto de una flecha mágica de Sairces, cuya explosión de ácido le causó terribles heridas.
Los últimos miembros de aquel contingente defensivo, el Colmillo y un Ala de dragón, retrocedieron hacia el salón del trono para tomar posiciones junto al mago Asbras Hlumin, que se encontraba allí en compañía de Elmand, su guardaespaldas. El mago púrpura se aseguró de que la fortaleza estuviese estabilizada antes de descender las escalinatas del trono para posicionarse antes de la batalla.
Sin duda, Asbras no contaba con la audacia de Doomos, quien irrumpió en el salón con una enloquecida y veloz carrera que le plantó frente al mago antes de que nadie pudiese reaccionar. Las hojas mágicas del mercenario trabajaron de nuevo, y el ácido de “Bilis Negra” deshizo el pecho de Asbras, exponiendo sus órganos mientras le arrebataba la vida entre terribles sufrimientos.
Lejos de celebrar demasiado aquel golpe de mano, el mercenario apretó nuevamente los dientes al contemplar aquel salón al cual le faltaba parte del techo. El sonido de un poderoso batir de alas precedió al descenso de Ghalin, el dragón blanco, a través de la apertura.
Lejos de preocuparse por la presencia de Elmand y dos soldados más del culto en aquel salón, el dragón blanco exhaló un nuevo torrente de aliento gélido en el lugar. Mientras que Doomos retrocedía intentando resistir en dolor y Elmand trataba de cubrirse como podía, ambos pudieron contemplar como el Ala de dragón, con el rostro contraído por el horror, se transformaba en estatua de hielo antes de desmoronarse en una marea de cientos de diminutos cristales.
Doomos apenas dejó que el dragón se posase en el suelo. Con Cinthork y Thorvald corriendo a sus flancos, el mercenario se arrojó al combate cuerpo a cuerpo con la bestia. Un segundo después, el demonio de la sombra invocado por Zenit se uniría también al combate.
Zenit y Sairces irrumpieron en el salón del trono casi a la vez. Mientras que el mago convocaba un muro de fuerza para sellar la apertura del techo e impedir que Ghalin pudiera escapar, el explorador disparaba una certera flecha que atravesaba la garganta de Elmand, arrebatándole la vida. Sin tiempo que perder, Sairces disparó una de sus mágicas flechas de ácido contra el dragón blanco, haciéndole rugir de dolor cuando el corrosivo líquido perforó sus escamas en mitad de un grotesco borboteo.
Voros, que había permanecido en retaguardia, lamentó haber dejado desvanecerse el muro de fuerza que había invocado en la puerta del patio, sobre todo cuando un jinete acorazado a lomos de un ejemplar joven de dragón rojo se posaba allí para exhalar una columna de fuego en su dirección.
El sacerdote de Helm logró levantar un nuevo muro mágico, pero no antes de recibir terribles heridas a causa del fuego. A gritos, advirtió a sus compañeros de que el jinete de dragón volaba ahora hacia el salón del trono.
Pocos segundos después, una explosión flamígera volatilizaba otra parte del techo del salón del trono, haciendo llover humeantes brasas sobre el suelo de mármol. La imponente figura del jinete a lomos del dragón rojo se hizo presente entre el humo y las llamas.
Sairces, lejos de amilanarse, disparó la ultima de sus flechas de explosión ácida contra aquel jinete de dragón. Parte de la armadura del hombre se deshizo, arrancándole un aullido de dolor.
Mientras, Cinthork y Doomos castigaban al dragón blanco a espada y martillo. Si bien Thorvald y el demonio de las sombras trataban de aportar su grano de arena al combate, aquel reptil parecía estar bastante por encima de sus posibilidades.
Una nueva andanada gélida de Ghalin hizo retroceder a quienes le hostigaban, dejando bastante comprometido a Doomos, quien se mantenía en pie por puro ardor guerrero. Zenit y Sairces lograrían saltar hacia el pasillo justo a tiempo de no recibir el frío aliento del dragón.
Temiendo que el dragón rojo tomara tierra para auxiliar a su congénere, lo cual hubiese significado el fin de sus amigos, Zenit irrumpió rápidamente en el salón para descargar su poder arcano sobre aquel dragón que, cabalgado por su jinete, le observaba desde las alturas.
La explosión eléctrica resultó atroz. Los azulados arcos de relámpago envolvieron tanto al dragón rojo como a su jinete, mezclando sus lamentos con el crepitar de la electricidad y el hedor a carne socarrada. El dolor fue demasiado para el dragón, que se desplomó desde las alturas para estrellarse violentamente contra el suelo, aplastando mortalmente a su jinete en la caída.
Cinthork que había visto como aquella mole de escamas rojas caía desde el cielo, logró apartarse justo a tiempo de compartir aciago destino con el jinete del reptil. Inmediatamente, según se puso en pie, empuñó con fuerza su martillo y caminó a grandes zancadas hacia la bestia roja.
Al tiempo, después de esquivar con destreza las garras del dragón blanco, Doomos maniobraba ágilmente para colocarse frente al poderoso pectoral del reptil y, con un movimiento de tijera de sus dos espadas, mandaba a rodar la cabeza de Ghalin por el suelo de la fortaleza voladora.
El último rugido del dragón blanco no se había extinguido aún cuando Cinthork se plantó ante aquel joven dragón rojo que comenzaba a levantarse después de haberse estrellado dolorosamente contra el suelo. El reptil, con los triturados restos de su jinete aún sobre la espalda, apenas pudo sacudirse el aturdimiento antes de que el poderoso martillazo del minotauro le partiese el cuello.
El grupo permaneció unos segundos en silencio. Los compañeros se miraron unos a otros aún durante un rato en mitad de aquella abrupta tranquilidad hasta tomar verdadera conciencia de lo que habían logrado.
Acababan de arrebatar aquella fortaleza netherese de manos del Culto del Dragón... ¡Tenían la fortaleza voladora!
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