DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (7/11)
Los días que siguieron a la toma de la fortaleza netherese por parte de los compañeros fueron relativamente tranquilos. Mientras Doomos y Sairces liberaban la mina de Thurburn de la presencia de las últimas fuerzas del Culto del Dragón, Cinthork, Zenit y Thorvald se dedicaron a explorar el bastión volador con la ayuda de Voros y Quinnorin, quien había vuelto a reunirse con el grupo.
Si bien el manejo del orbe netherese instalado junto al trono de la fortaleza, el cual servía para controlar el ingenio arcano, parecía bastante complejo, no supuso un desafío demasiado grande para los conocimientos arcanos de Zenit. Tras unas pocas horas de investigación, el mago elfo pudo comprender el modo de dominar la fortaleza voladora.
Examinando los documentos de Varram “El Blanco”, Cinthork averiguaría que, aparte de la Tumba de Toahlil, el Culto del Dragón estaba reuniendo tesoros en algún punto del Bosque de las Brumas, tal y como les había dicho Sairces. También descubrió que la intención del Señor del Dragón Blanco era llevar la fortaleza voladora hasta el Castillo de Tuldrim, enclavado en las Montañas de Picogrís para recoger allí a Kragor, Señor del Dragón Azul y a un ejército de gigantes que el minotauro estaba reuniendo en el lugar.
Mas preocupante fue lo que el paladín encontró entre la correspondencia: tras el asalto al campo de prisioneros de Temmi Dharimm por parte de los compañeros, el Culto había decidido tomar medidas y montar una operación de castigo contra ellos.
Además de estos descubrimientos, los compañeros encontraron un enorme mural con textos en el templo de la fortaleza, un lugar consagrado a una deidad llamada Ao.
Ao, conocido como el Oculto, era el dios supremo de los Reinos y por ende, del plano Material de Toril. Era responsable de la creación de las primeras deidades de Toril y de mantener el equilibrio cósmico. Según esos textos, poseía poder supremo sobre todas las deidades y era capaz de elevar a un mortal a la divinidad. Ninguna criatura podía ser ascendida a la divinidad sin su aprobación. En esencia Ao era el dios de las deidades de Faerún y ni tan siquiera un ataque combinado de todas la deidades podría causarle daño alguno. Los textos incluso rezaban que, durante la Era de los Trastornos, expulsó al resto de dioses de sus moradas con la excepción de Helm, que quedó guardando las puertas del mundo de los dioses.
Y aún más allá, parecía que el propio Ao poseyera un señor superior del que nada se sabía.
Según el mural, Ao creó las Tablas del Destino, un conjunto de cinco artefactos mágicos extremadamente poderosos: Ley, Caos, Bien, Mal y Equilibrio. Las Tablas del Destino tenían la capacidad de arrebatar la divinidad a los dioses u otorgársela a los mortales. Siendo tan peligrosas, las Tablas del Destino estaban cuidadosamente vigiladas y protegidas por los guardianes sagrados. Ao había ocultado las tablas en un santuario del Plano Astral, bajo un acertijo mágico cuyos componentes Ao dispersó para que no fuesen fácilmente encontrados por nadie.
Pero no todo fue investigación en aquellos días... los compañeros también aprovecharon para pertrechar su nueva morada.
Mientras que los armeros de Mithrill Hall construían una enorme balista que habría de ser instalada en una de las torres de la fortaleza voladora, Zenit y Thorvald viajaban mágicamente hasta Aguaprofunda para adquirir veinte enormes toneles de aceite que pudiesen servir eventualmente como objetos incendiarios que arrojar desde lo alto del bastión flotante.
Durante ese viaje a la Ciudad de los Esplendores, Zenit aprovechó para poner la Máscara del Dragón Blanco bajo la custodia de Khelben Aursún. Posteriormente, antes de regresar a la fortaleza voladora, el mago elfo haría una breve escala en Luskan para poner al tanto de todo a la Hermandad Arcana, concretamente a Tern Hojadecuerno.
Con todo listo, Zenit ocupó el trono de la fortaleza netherese y la puso rumbo al Bosque de las Brumas, donde el grupo pretendía asaltar el enclave donde el Culto del Dragón estaba acumulando tesoros para el ritual de advenimiento de Tiamat.
Cinthork, Zenit, Thorvald, Quinnorin y Voros viajaron durante catorce días en aquel ingenio arcano del antiguo Netheril sin mayores contratiempos. Lo único reseñable fue que, en un momento dado, divisaron una pareja de behíres sobre el Páramo Eterno.
El Bosque de las Brumas hacía honor a su nombre: un lugar poblado perpetuamente por densas nieblas que no permitían ver mucho más allá de unos ocho o diez metros. Por suerte, Quinnorin conocía la ubicación aproximada del asentamiento del Rey Melandragh, de modo que los compañeros condujeron la fortaleza voladora hacia allí.
En un momento dado, desde aquellas alturas libres de las brumas del bosque, lograron divisar a un Alma de dragón, uno de aquellos jinetes que, en este caso, cabalgaba a lomos de un joven ejemplar azul. Obviamente, la descomunal fortaleza había sido vista por el jinete y su dragón, quienes volaron alrededor suyo un par de veces, a distancia segura, antes de descender para internarse en algún lugar al este del bosque, junto a una pequeña formación montañosa.
Los elfos de Melandragh les recibieron con cortesía. Sin duda habían recibido noticias de que la fortaleza netherese estaba en manos de los compañeros, ya que se mostraron tranquilos durante la aproximación del enorme ingenio arcano a sus dominios.
Cuando Zenit les teleportó a todos hasta el suelo, fueron recibidos por Alagarthas, el hijo de Melandragh. El príncipe elfo les contó que estaban al tanto de que el Culto se había asentado en su bosque, aunque lo habían hecho muy al este, en una zona que se consideraba territorio de las fatas. Hasta el momento, los cultistas no habían interactuado con los elfos.
Cinthork intentó sondear a Alagarthas acerca de si los elfos prestarían ayuda al grupo para enfrentarse al Culto. Apesadumbrado, el príncipe les contó que su padre, Melandragh, había impuesto una política de no agresión contra el Culto, y que los elfos no actuarían a menos que fuesen atacados directamente. Incluso llegó a relatarles que las fatas, hermanadas con los elfos desde siempre, habían acudido a Melandragh en busca de ayuda y este se la había negado.
El rey de los elfos del Bosque de las Brumas parecía haber perdido el coraje desde que más de un año atrás, el Culto del Dragón se llevase la vida de su hijo Neronvain. Ahora, Melandragh vivía aterrado por la idea que ningún elfo tuviese que llorar una pérdida como la suya.
Aunque el paladín minotauro intentó convencer a Alagarthas de que el triunfo del Culto podría resultar fatal para todo Faerún, el príncipe se limitó a responder que aquellas eran las órdenes de su padre, por mucho que él mismo estuviese de acuerdo con Cinthork. De todos modos, Alagarthas les invitó a entrevistarse con el Rey Melandragh si creían que podían hacerle cambiar de parecer.
Tras un breve debate, los compañeros interpretaron que aquella iba a ser una tarea estéril, de modo que decidieron partir en busca del Culto. Como deferencia con ellos, Alagarthas les proporcionó a un par de exploradores que les guiarían hasta el lugar en el cual comenzaba el territorio de las fatas.
Tras media jornada en compañía de los elfos, el grupo se internó en el territorio de las fatas. Caminaron casi cuatro días a través de aquella densa bruma, sobresaltándose con los ruidos que resonaban, fantasmales, desde la niebla. Casi al final de la última jornada, tuvieron un encuentro no del todo inesperado.
Cuatro sátiros fueron surgiendo poco a poco de entre la niebla. La precaución inicial de las criaturas se tornó pronto en tranquilidad al divisar el símbolo sagrado en la armadura de Cinthork. Poco después, surgieron de la bruma dos centauros. A la grupa del segundo, una adolescente aparentemente humana hacia gala de una belleza tan arrebatadora que hacía incluso doler los ojos de los compañeros.
Inequívocamente, se trataba de una ninfa.
La ninfa, que dijo llamarse Clavellina, les condujo hasta un claro relativamente seguro del bosque. Allí, tras ofrecerles unas viandas a los compañeros, les contó que el Culto del Dragón había irrumpido por primera vez en aquellos bosques hacía más de un año. Al parecer, habían atacado algunos pequeños asentamientos élficos en la zona norte.
Un grupo de elfos enviado por el Rey Melandragh había llegado a hacerles frente, comandado por el príncipe Neronvain. Poco después de iniciarse el enfrentamiento, un mago vestido de púrpura a lomos de un joven dragón rojo había aparecido en mitad de la batalla para aniquilar a casi todos los elfos. Unos cuantos, entre ellos el príncipe Neronvain, habían sido capturados.
Clavellina desconocía la suerte de Neronvain, pero creía que, a esas alturas, el príncipe ya habría sido ejecutado o muerto durante su cautiverio. Eran, según dijo, los mismos pensamientos del Rey Melandragh.
Ahora, según Clavellina, el Culto del Dragón se había establecido en una cueva existente tras la cascada de un pequeño río que cruzaba el bosque. Bethany, la náyade que habitaba el pequeño estanque junto a la cascada, había muerto incinerada por el dragón rojo.
Por lo que sabía, los sátiros habían visto al mago abandonando el bosque a lomos de su dragón rojo. Sin embargo, parecía que otro Señor del Dragón había ocupado la cueva: uno que montaba un dragón verde y del que nada sabían. Además, un jinete de dragón azul también formaba parte de un contingente completado por nueve soldados dos magos y cinco acólitos.
Clavellina no parecía dispuesta a arriesgar las vidas de sus fatas, pero indicó a los compañeros dónde se encontraba la cueva y las dos entradas existentes a la misma: a través de la cascada, y a través de una gruta que el Culto había sellado con una puerta reforzada.
Además, la ninfa entregó a cada uno de los compañeros una pulsera mágica que habría de hacerles inmune al miedo del dragón.
Estaba la noche ya bien entrada cuando Zenit recibió un mensaje de Khelben Aursún convocándole a una reunión en Aguaprofunda. Tras excusarse con Clavellina, Zenit procedió a transportarse mágicamente hasta los aposentos que le habían sido cedidos provisionalmente en la Ciudad de los Esplendores. Desde allí, el mago elfo caminó hasta las habitaciones del archimago Aursún.
Khelben le traslado a Zenit el último reporte enviado por la Orden del Guantelete: al parecer, Sir Isteval había comandado a un grupo armado compuesto por un centenar de soldados y varios sacerdotes de Lathander para interceptar al contingente del Culto que ocupaba la Tumba de Toahlil, ya que estos estaban abandonando el lugar y trasladando el tesoro.
Tristemente, el valeroso Sir Isteval había sido exterminado junto con todo su contingente, la mayoría disueltos por el aliento ácido de los dragones negros o devorados por esas bestias, lo cual impedía su resurrección por medios mágicos.
Zenit aprovecharía la ocasión para poner a Khelben al tanto del inminente asalto que su grupo planeaba sobre la cueva del Bosque de las Brumas. Del mismo modo, el mago elfo aprovechó para pedirle refuerzos al archimago. Tras meditarlo unos minutos, Khelben pidió a Zenit que aguardase en el lugar mientras él iba a buscar a una persona.
Minutos después, el archimago regresaría con un hombre enfundado en su armadura de placas que lucía el símbolo de Illmater. Aquel paladín del dios de los oprimidos, la resistencia y los mártires se llamaba Goeran Rastim.
Goeran se había criado en un pequeño poblado cerca del Bosque del Ocaso. Siendo aún un niño, su aldea fue atacada por un clan de orcos que mataron a muchos y esclavizaron al resto. Tras un par de años de tormento, paladines y sacerdotes de Illmater liberaron a Goeran y al resto de los aldeanos que aún vivían. Desde entonces, Goeran servía a Illmater.
Con este nuevo refuerzo para el grupo, Zenit volvió a transportarse de vuelta al Bosque de las Brumas, donde presentó a Goeran a los demás miembros del grupo. El resto de la noche transcurrió en calma, con los compañeros descansando bajo el cuidado de las fatas.
A la mañana siguiente, Cinthork le preguntó a Clavellina si sus sátiros podían vigilar la cueva ocupada por el Culto del Dragón y avisar al grupo cuando los dos jinetes de dragón hubiesen abandonado el lugar en sus habituales tareas de patrulla. La ninfa asintió en este punto.
A primera hora de la mañana, el jinete de dragón azul partió de la cueva y, más o menos a mediodía, el Señor del Dragón Verde también abandonó el lugar. En ese momento, el grupo procedió a aproximarse a la zona.
Antes de efectuar alguna incursión, Zenit decidió echar un vistazo. El mago elfo convocó a un ojo-ala que se acercaría volando hacia la entrada de la cascada. Por desgracia, una vez superada la cortina de agua de la cascada, el extraplanar fue inmediatamente detectado por dos Garras de dragón que montaban guardia allí, y abatido por sus flechas.
Poco después, se hizo evidente que aquel intento de espionaje había puesto en alerta a los cultistas. El jinete de dragón azul procedió a inspeccionar activamente el sector del bosque en el cual se encontraba el grupo. Por suerte, los compañeros pudieron aprovechar la niebla del lugar en combinación con la espesura del bosque para ocultarse del reptil.
Sabiendo que el Culto estaba ahora buscándoles, los compañeros decidieron ocultarse un par de días junto a las fatas. Ocasionalmente, el batir de las alas draconianas predecía al arremolinarse de la niebla en varios puntos del bosque, contribuyendo a alimentar el nerviosismo de sátiros, hadas y centauros.
Finalmente, ocurrió lo que los compañeros temían. Una tormenta de rayos descendió de las alturas en forma de haz para caer sobre ellos rasgando la niebla. El Alma de dragón y su joven reptil azul les habían encontrado.
Con los compañeros aún recobrándose de la sacudida eléctrica, el dragón y su jinete irrumpieron en la niebla, siendo recibidos por un certero flechazo de Quinnorin que se alojó en el pecho del reptil. Tras rugir de furia, el dragón tomó tierra.
Thorvald lanzó el proyectil mágico de su martillo sin lograr hacer mella en el dragón para , poco después, arrojarse al combate cuerpo a cuerpo junto a Goeran. Zenit, por su parte, convocó a un can infernal que, nada más irrumpir en el plano material, vomitaría su aliento de fuego sobre las patas del reptil.
Mediante su medallón mágico, Cinthork se teletransportó a la grupa del dragón, desde donde intentaba golpear al jinete con su martillo mientras luchaba porque el furioso reptil no le descabalgase con sus continuas sacudidas. Pronto, un enjambre de insectos convocado por Quinnorin se uniría al minotauro para hostigar al Alma de dragón.
Una poderosa sacudida del dragón azul arrojó a Cinthork de espaldas sobre el suelo. A una velocidad espectacular, el reptil corrió unos metros hacia delante e intentó descuartizar a Zenit con sus garras. Con el gesto desencajado por la sorpresa, el mago elfo corrió hasta ocultarse detrás de un árbol cercano.
Antes de que el dragón pudiera emprender la persecución de Zenit, Cinthork saltó nuevamente a la grupa del reptil para propinar un terrible golpe de martillo en la cabeza del jinete. El matraqueo de las vértebras explotando ante el impacto resultó sobrecogedor.
Viendo que el encolerizado dragón se disponía a exhalar de nuevo su haz de relámpagos, Voros alzó un muro mágico tras el que se cobijaron junto al sacerdote Thorvald, Goeran e incluso el can infernal de Zenit. Quinnorin, que no tuvo tiempo de resguardarse, disparo al suelo una flecha de su arco mágico para levantar ante él un grueso muro de zarzas.
El dragón alzó el vuelo, con Cinthork aferrándose como podía al cadáver del jinete, el cual cimbreaba como un muñeco de trapo con aquella destrozada cabeza girada en un ángulo imposible.
El aliento eléctrico del dragón azul impactó de lleno contra el muro vegetal, haciéndolo saltar en pedazos. Aunque Quinnorin logró salir relativamente indemne, sufrió algunos rasguños cuando varios restos de zarzas ardiendo le golpearon.
Todo sucedió muy rápido, antes de que ninguno pudiese reaccionar.
Batiendo sus poderosas alas, el dragón azul atravesó la densa niebla del Bosque de las Brumas para alejarse hacia las alturas. Con los dientes apretados, Cinthork luchaba por seguir agarrado al cuerpo exánime de aquel jinete mientras el reptil volador le llevaba cada vez más y más alto.
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