DT9: Los Reinos (T3) - La sombra de los derrotados (8/11)

Si alguien observase el Bosque de las Brumas a vista de pájaro, lo que hubiese visto sería una densa capa de niebla salpicada aquí y allá por las copas de algunos árboles, aquellos de mayor altura que emergían de la vaporosa naturaleza de la calígine.

La bruma fue rota de súbito por la brusca irrupción de un joven dragón azul en vuelo ascendente. Sobre la grupa del dragón, el cadáver de un jinete se bamboleaba como un muñeco de trapo a causa de las propias sacudidas del vuelo, sostenido solo por los amarres que le sujetaban a la silla de montar. Agarrado a este jinete muerto, Cinthork, el paladín minotauro de Tyr, apenas contenía un alarido escapando de su boca.


Más de setenta metros les separaban del suelo, pero el minotauro era consciente de que, tarde o temprano, aquel reptil iba a lograr desalojarle de su grupa. Además, no estaba dispuesto a dejarle escapar para que pudiese ir en busca de refuerzos. 

De este modo, luchando contra los vaivenes del vuelo, logró extender una de sus manos hasta colocarla con firmeza sobre las azules escamas del dragón. 

Cuando el poder de Tyr se desató, arcos de energía dorada surcaron el cuerpo del reptil, arrancándole un rugido de dolor al tiempo que la sangre surgía de sus fauces abiertas. Incapaz de soportar aquel tormento, el dragón se desestabilizó para hundirse en picado en la bruma del bosque.

En su caída, el reptil destrozó ramas y quebró troncos, una sucesión de golpes terribles que también sufrió Cinthork en menor medida. Finalmente, una atroz colisión contra el suelo hizo que todo se oscureciese para ambos contendientes.

Poco a poco, los ojos del minotauro se abrieron. Arrastrándose al principio, logró ponerse de nuevo en pie para apoyarse contra un tronco segundos después. Junto a él, se encontraba el cuerpo sin vida del joven dragón azul, con la panza reventada por el impacto de la caída y el cuello girado en un ángulo imposible.

Con alivio, Cinthork escuchó las voces de Zenit, Thorvald, Voros, Quinnorin y Goeran acercándose entre la niebla. Con mayor sorpresa y alegría, contempló a dos nuevas figuras surgiendo de entre la niebla desde otro punto... dos figuras que reconoció al instante.

Jesper y Sathelyn.

Después de que tanto Jesper como Voros invocasen el poder de sus respectivos dioses para sanar la mayor parte de las heridas de Cinthork, los compañeros comenzaron a ponerse al día. Cinthork les contó como, ayudados por Voros y Quinnorin, habían logrado descabezar la abyecta Secta de Moander, liberar a los prisioneros del campo de Temmi Dharimm y, tras un par de intentos en uno de los cuales participaron dos compañeros llamados Doomos y Sairces, tomar la fortaleza netherese.

Por su parte, después de escoltar a los refugiados del Bosque Acechante hasta Mithrill Hall, Jesper y Sathelyn lograron que el rey Bruennor atendiese a aquellos aldeanos que se habían visto obligados a abandonar sus hogares a causa de la amenaza de la Secta de Moander. Sin embargo, la cercana presencia de la fortaleza voladora del Culto del Dragón les hizo pensar que aquel no era un lugar seguro para esas gentes, así que decidieron escoltarles hasta Mirabar.

Ya en aquella ciudad, durante su visita al templo de Lathander, Jesper recibió la noticia de que Sir Isteval estaba preparando una fuerza militar en Vado Daga para atacar el refugio del Culto en el Bosque del Colmillo. Pensando que Cinthork, Zenit y Thorvald se las arreglarían sin ellos, Jesper y Sathelyn partieron por mar hacia Vado Daga para unirse a Sir Isteval.

Lamentablemente, habían llegado tarde por encontrar una fuerte tormenta cerca de Neverwinter, por lo que cuando llegaron a Vado Daga, Sir Isteval ya había partido hacia el Bosque del Colmillo.

Aunque los compañeros partieron rápidamente tras el contingente, llegaron tarde a la batalla. El Culto había aplastado a las fuerzas de Vado Daga y el cadáver del propio Isteval había sido devorado por el negro reptil de la Señora del Dragón.

Después de que Jesper oficiase las exequias por los caídos, habían recibido la noticia de que sus amigos se habían hecho con la fortaleza netherese y se dirigían al Bosque de las Brumas. Estando tan cerca, Jesper y Sathelyn habían remontado el río en una gabarra para viajar luego a pie hasta el asentamiento elfo del Rey Melandragh.

Tras saber que Cinthork, Zenit y Thorvald se habían internado en territorio de las fatas, Jesper y Sathelyn no habían tardado en seguir los pasos de sus amigos con la esperanza de encontrarlos sanos y salvos.

Con Cinthork ya recuperado, los compañeros se encaminaron hacia la cueva donde el Culto tenía su enclave de almacenamiento de tesoros. Quinnorin, sin embargo, partió en sentido contrario para ir hasta la zona en la que se ocultaban las fatas, a fin de conseguir de Clavellina dos pulseras contra el miedo de dragón: una para Jesper y otra para Sathelyn.

El resto del grupo llegó hasta la cercanías de la cueva, tras lo cual Sathelyn se adelantó, protegida por la capa de invisibilidad de Zenit, para inspeccionar la entrada de la catarata. No pudiendo ver nada sin acercarse más de lo que le exigía la prudencia, regresó.

Horas más tarde, Quinnorin se uniría de nuevo al grupo. Lamentablemente, Clavellina no disponía de más de aquellas pulseras. Contrariados por esto, no pudieron hacer más que dejar pasar la noche para acometer por la mañana la cueva.

Después de amanecer, Zenit efectuó un ritual para proteger tanto a Jesper como a Sathelyn del miedo de dragón. Luego, el mago elfo invocaría a un ojo-ala para que explorase la entrada a la cueva. Tras un largo trance en el que Zenit conectó su visión con la del extraplanar, el hechicero se dirigió a sus compañeros para anunciarles que la cueva estaba vacía.

Los compañeros decidieron, no obstante, explorar el lugar.

Tras la cascada, encontrarían una enorme bóveda natural en la cual había un lago con un pequeño islote. En el suelo, había un círculo de teletransporte que ahora permanecía inactivo. Anexas a esta estancia, encontraron también los restos de un laboratorio y unos alojamientos que parecían haber pertenecido a los magos del Culto.

Encontraron también los aposentos de la guardia, otro alojamiento individual y un almacén de provisiones. Pero lo que les llamó mas la atención fue otra dependencia en la cual parecía haber existido algún tipo de puerta que luego fue retirada. Desde la entrada, podían verse caracteres élficos grabados en la pared del fondo.

Cuando Cinthork entró en la estancia para examinarlos, terribles visiones asaltaron su mente: se encontraba de nuevo a lomos de aquel dragón azul, pero no iba agarrado al cadáver del jinete, sino al de Istorlán Kenmtor, quien reía mientras ambos ascendían. El general drow, se deformó hasta convertirse luego en Kragor... la mente de Cinthork estaba sufriendo un daño atroz.

Por suerte, Jesper imploró a Lathander que obrase a través de él para disipar los efectos de aquella trampa mágica que había activado el minotauro. Con la mente de nuevo en calma, Cinthork salió de la estancia. Jesper volvió a usar los poderes de su dios, esta vez para garantizar que la trampa arcana había quedado inactiva después de haber sido desatada por su compañero.

Sintiéndose seguros, entraron todos en la estancia para examinar los textos, los cuales habían sido escritos por Neronvain, el hijo del Rey Melandragh. Neronvain relataba cómo había sido capturado por el Culto y rogaba porque los elfos se hubiesen mantenido a salvo. Luego, simplemente, dejó de escribir.

El hecho de que aquella no pareciese la habitación de un prisionero, junto con las señales de que la puerta de la estancia había sido retirada, hizo sospechar a los compañeros que, de algún modo, el Culto del Dragón había doblegado la voluntad de Neronvain para unirle a su causa. Cinthork fue mucho más allá al insinuar que el elfo podría ser incluso el Señor del Dragón Verde.

En aquella estancia encontraron también un pasaje secreto en el cual había un pequeño altar a Tiamat que Cinthork destruyó sin contemplaciones. Dicho pasaje conducía a otra gran estancia donde quedaba claro que, en algún momento, había sido almacenada una gran cantidad de tesoro.

Sin más que hacer allí, los compañeros decidieron regresar al asentamiento elfo para informar a Alagarthas de lo que había acontecido.

De camino, hicieron un alto para encontrarse con Clavellina y sus fatas. Durante aquel encuentro, Sathelyn permaneció cegada por la belleza de Clavellina durante gran parte del tiempo, por lo que la fata le pidió disculpas. El grupo hizo saber a la ninfa que el Bosque de las Brumas era ahora un lugar seguro sin la presencia del Culto del Dragón. 

A lomos de varios centauros que servían a Clavellina, los compañeros regresaron al asentamiento elfo donde, con gran pesar y algo de escepticismo, el príncipe Alagarthas escuchó de boca de Cinthork las sospechas que este guardaba sobre el hecho de que el príncipe Neronvain se hubiese unido al Culto del Dragón. Ambos acordaron que Melandragh no debía saber nada de todo aquello hasta que pudiesen confirmarse las sospechas.

Tras todo aquello, Zenit transportó mágicamente a todos, por turnos, hasta la fortaleza netherese, la cual aún permanecía flotando sobre el Bosque de las Brumas.

Habiendo perdido la posibilidad de acabar con otro de los Señores del Dragón, los compañeros y sus aliados acordaron que, en aquel momento, su destino prioritario era viajar hasta el Castillo de Tuldrim para evitar que Kragor, ahora Señor del Dragón Azul, reuniese un ejército de gigantes para reforzar al Culto.

Así, Zenit operó el enorme ingenio netherese para que dirigiera su vuelo hacia las Montañas de Picogrís, donde se encontraba el Castillo de Tuldrim: una fortaleza que en su día había sido gobernada por el señor semielfo que diera su nombre al castillo. Tras la muerte de Tuldrim, se sabía que la fortaleza había sido ocupada sucesivamente por goblins, orcos y otras criaturas indeseables. Era de suponer que el Culto del Dragón había expulsado a esos seres para hacerse con el bastión.

Durante tres jornadas de las once previstas, la fortaleza voladora había surcado los vientos sobre el Bosque de las Brumas cuando, en plena noche, Jesper salió abruptamente de sus sueños al escuchar un espeluznante sonido en la habitación contigua a la suya, la del paladín de Illmater, Goeran. Fue un golpe seco, seguido casi de inmediato por otro tremendamente líquido, como de algo salpicando.

Tras ponerse su equipo, el sacerdote de Lathander salió al pasillo para asomarse a la estancia, cuya puerta estaba abierta. Allí se encontró una espeluznante escena: el cuerpo decapitado de Goeran yacía en su cama y, junto a ella se erguía un humanoide grande y musculoso, con dos grandes alas membranosas saliendo de su espalda y con la cabeza de un feroz mastín. La criatura, embutida en una gruesa coraza, caminaba hacia el sacerdote elfo empuñando su enorme hacha.

Alarmado, Jesper retrocedió hasta su habitación mientras daba la alarma. De camino, pudo ver a un mago vestido con ropajes púrpura en el pasillo. Cuando el elfo estuvo en su cuarto, selló la entrada con un muro mágico. La criatura pareció contrariarse, pero pronto ignoró al sacerdote y comenzó a caminar hacia las puertas que daban al patio de armas.

Cinthork, que tras haber sido despertado por el grito de alarma de Jesper había tenido tiempo  para pertrecharse, abrió la puerta de su propio dormitorio para encontrar a otra de aquellas criaturas justo al otro lado del dintel. No tardaron ni un latido en enzarzarse en una brutal contienda cuerpo a cuerpo.

Un instante después, el Ataviado de Púrpura se transportaría mágicamente a algún lugar.

Mientras tanto, Voros y Quinnorin, que estaban patrullando la fortaleza cuando se dio la voz de alarma, corrían desde el salón del trono hacia la zona de dormitorios. Sathelyn, que ya tenía una flecha colocada sobre la cuerda de su arco, se encontró con ambos en el patio de armas.

Cinthork continuaba intercambiando golpes con el nycaloth, que así se llamaba ese tipo de criatura. Era un rival fuerte, que parecía resistir bien los continuos embates del paladín minotauro.

Quinnorin, en el patio, envió al enjambre de insectos convocado por su anillo para que pasase bajo la rendija de la puerta para atacar a cualquier cosa que estuviese del otro lado. Después abrió la puerta para encontrar al nycaloth que venía del dormitorio de Jesper luchando contra la nube de insectos. El explorador elfo retrocedió antes de disparar su arco.

Sathelyn aprovechó que Quinnorin había abierto la puerta para disparar contra la criatura, hiriéndola. En ese momento, Jesper disolvió el muro de fuerza que bloqueaba la puerta de su dormitorio y salió al pasillo para arrojar un rayo solar con la intención de acertar en la espalda del nycaloth. Sin embargo, quizá el sacerdote se precipitó demasiado, y el rayo de luz impactó sobre la pared superior de la puerta de salida al patio, dejando una marca de quemazón en la piedra.

Zenit, que se encontraba en el templo de Ao junto a Thorvald en el momento de la intrusión, se teleportó junto con el guerrero al salón del trono, donde encontraron al Ataviado de Púrpura intentando alcanzar el trono. Rápidamente, comenzó una batalla mágica entre los dos magos, mientras que Thorvald trataba de llegar hasta el intruso para herirle con su martillo.

El nycaloth del pasillo corría hacia Sathelyn, aún bajo los disparos de la propia arquera y de Quinnorin. Voros también desplegaría su magia de Ley contra la criatura, solo para descubrir que esta resultaba ineficaz. 

Jesper, que en ese momento corría tras la criatura, canalizó a través de sí el poder puro de Lathander para desatarlo en forma de una oleada de luz dorada que envolvió a la criatura desde atrás, prendiendo parcialmente sus membranosas alas. Un rugido furioso surgió de la boca del monstruo.

Cinthork, que aún combatía en su dormitorio, comenzó a ganar terreno. Cada nuevo golpe del minotauro arrojaba al nycaloth a rodar por los suelos. El monstruo le miraba con furia e impotencia a partes iguales.

En el patio de armas, el otro nycaloth, aún humeante tras recibir la andanada divina de Jesper, se abalanzó sobre Sathelyn blandiendo su enorme hachas. Con agilidad, la guerrera logró evitar sus envites mientras se colgaba el arco a la espalda para desenvainar su espada y comenzar a intercambiar golpes con el infernal.

Mientras esto ocurría, en el salón del trono continuaba la batalla mágica entre Zenit y el Ataviado de Púrpura. Harto de las continuas intromisiones de Thorvald, el mago del Culto desencadenó un hechizo que hizo desaparecer al guerrero del lugar. Ahora, Zenit y él estaban a solas.

Apenas un momento después de que ocurriera eso, el pesado martillo de Cinthork derribaría una vez más al nycaloth del dormitorio antes de descender para aplastar su cráneo un segundo después. La masa encefálica del infernal salpicó el rostro del minotauro.

En el patio, Jesper canalizaba una segunda oleada de energía divina. Un resplandor dorado lleno la zona como una ola cegadora. Sathelyn pudo ver como, ante ella, el nycaloth que aún quedaba se disolvía convertido en pura ceniza que se esparcía al viento.

El último rugido del monstruo del patio llegó hasta el salón del trono, donde el Ataviado de Púrpura comprendió enseguida que su ataque a la fortaleza voladora ya había fracasado. Aprovechando un descuido de Zenit, se teletransportó lejos de allí.

Inmediatamente, Zenit procedió a contactar mentalmente con Thorvald a través de su anillo mágico. El guerrero dijo encontrarse bien, al parecer estaba en algún bosque que le resultaba desconocido. Zenit y él acordaron volver a contactar con la esperanza de que Thorvald llegase a algún lugar reconocible por el mago para que este tuviese la posibilidad de teletransportarse hasta él y traerle de vuelta.

Tras este inesperado ataque por parte del Culto, los compañeros continuaron su periplo hacia el Castillo de Tuldrim. Esta vez, Zenit tuvo la precaución de preparar una trampa mágica en el salón del trono, la cual estaba dispuesta para detonar ante la presencia de cualquier persona distinta de él mismo que tratase de ocupar el trono y, por lo tanto, el orbe arcano que controlaba la fortaleza.

La fortaleza llevaría unos seis días sobrevolando el Bosque de las Brumas cuando los compañeros divisaron una delgada columna de humo flotando en la distancia. Cinthork insistió en que podría tratarse de alguien que necesitara ayuda, de modo que Zenit hizo dirigirse hacia allí al ingenio volador.

Cuando llegaron, lo que pudieron encontrar fueron los restos de una pequeña aldea que parecía haber sido atacada por el Culto. Varios cadáveres estaban esparcidos por el lugar y unas huellas de carreta se alejaban hacia el oeste junto con el rastro de varias pisadas, probablemente de soldados.

Dudaron entre seguir aquel rastro o continuar su camino hacia el Castillo de Tuldrim. Finalmente, en vista de que el tiempo apremiaba, fue Quinnorin quien decidió seguir el rastro de aquella carreta, asegurando que podría conseguir ayuda en aquella zona sin demasiados problemas. El resto del grupo: Cinthork, Jesper, Sathelyn, Zenit y Voros, continuarían su viaje abordo de la fortaleza netherese hasta las Montañas de Picogrís.

Así lo hicieron.

Cuando el grupo ya se encontraba cerca de las montañas, se tomó la decisión de abandonar la fortaleza voladora para realizar la aproximación al castillo a pie. Se trataba de un duro periplo por las montañas de unos seis días, pero podrían llegar hasta el lugar sin ser vistos, cosa que parecía improbable abordo de la enorme fortaleza.

Comenzaron a moverse a través de las montañas, empleando pequeños desfiladeros y tratando de buscar los senderos que ofrecían mayor cobertura. Siempre mantenían un ojo en el cielo, ya que eran conscientes de que la zona podía estar siendo patrullada por jinetes de dragón.

De hecho, en la primera jornada, fueron sobrevolados por un jinete a lomos de un joven reptil negro. Por suerte, en aquel momento se encontraban bien cubiertos por una enorme formación rocosa que les permitió pasar desapercibidos a ojos tanto del jinete como del dragón.

Dos día más pasaron ascendiendo aquellas montañas a través de senderos de pastores y otras rutas más difíciles aún. Se trataba de un ascenso agotador, pero el grupo se movía a buen ritmo.

Fue entonces cuando divisaron al dragón azul en el cielo. Era un dragón algo más grande, muy cerca de la edad adulta. A su grupa, un enorme minotauro de pelaje negro les contemplaba. Aunque sus facciones estaban cubiertas por una máscara que representaba el rostro de un dragón azul, Cinthork no tuvo problemas en reconocer a Kragor.

Cinthork, separándose del grupo unos pasos, se tomo una de sus pociones flamígeras. De inmediato, su cuerpo entero quedó envuelto por un aura de llamas. Justo al mismo tiempo, Sathelyn encordaba una de sus flechas y la disparaba con gran rapidez.

El proyectil de la arquera surcó el aire para alojarse en la articulación del ala del dragón que, con un rugido de furia, desplomó sobre el suelo mientras la herida de su ala se escarchaba progresivamente. La colisión fue brutal. Aún así, la bestia reaccionó rápido poniéndose en pie antes de exhalar su aliento de relámpagos y emprender un vuelo raso de huida mientras su jinete aún estaba reponiéndose de la caída en su grupa.

Pero Sathelyn se mostraría implacable.

La arquera calculó cuidadosamente la trayectoria del dragón antes de disparar una nueva flecha que surcaría los aires hacia el reptil azulado. La bestia, echó un último vistazo atrás justo antes de que ese nuevo proyectil se alojase en su cuello para desatar una oleada de frío mágico que le arrebataría la vida.

El cuerpo sin vida del dragón azul resbaló entre las rocas durante varios metros. Apenas se hubo detenido, Kragor saltó de la grupa y comenzó una carrera de huida entre maldiciones y promesas de venganza.

Cinthork, que se había adelantado al resto del grupo, comenzó a correr tras él mientras las llamas seguían envolviendo su cuerpo. Zenit, por su parte, invocó a un demonio de la sombra que partió también en pos del Señor del Dragón Azul.

Kragor sacaba demasiada ventaja y también conocía el terreno, de modo que Cinthork no tardó demasiado en quedarse atrás. El demonio de la sombra, sin embargo, pronto dio alcance a su presa. Para desgracia del grupo, Kragor solo tuvo que emplear el poder de la Máscara del Dragón Azul para disipar el poder que sostenía al ente en el plano material y hacerle desaparecer.

Sin nadie más que lo impidiese, el Señor del Dragón Azul escapó.

Frustrados por la oportunidad perdida para haber acabado con Kragor, los compañeros continuaron otros dos días moviéndose por aquellas montañas. Estaban alerta, pero no se toparon con más presencia del Culto, así que se temieron que el encontrarían al enemigo esperándoles en el Castillo de Tuldrim.

Aquella misma noche, Zenit recibió un mensaje de Khelben Aursún, indicándole que los Arpistas habían localizado el Pozo de los Dragones, lugar en el cual el Culto del Dragón pretendía llevar a cabo el ritual de advenimiento de Tiamat.

Sin tiempo que perder, Zenit se teleportó hasta sus dependencias en el Castillo de Aguaprofunda. Allí, fue recibido por dos archimagos del castillo, quienes le advirtieron que, en lo sucesivo, el lugar quedaba cerrado al transporte mágico por razones de seguridad. Al parecer, el Culto habría tratado de llevar a cabo una intrusión que, por suerte, había resultado rechazada.

Ya en las dependencias de Khelben, el mago apodado “Varanegra” le pondría al corriente de que se había localizado el llamado Pozo de los Dragones en lo que fuese un antiguo volcán, ahora inactivo, en las Montañas del Atardecer. Allí, los espías arpistas habían encontrado una fuerza de dos mil acólitos, seiscientos magos menores, dos mil trescientos soldados, cincuenta “ataviados de púrpura”, unos cien infernales y, lo más preocupante, un centenar de dragones cromáticos.

Preocupado, Zenit le preguntó a Khelben acerca de las tropas que manejaba la alianza.

Khelben le explicó que contaban con los cien mil soldados de la propia Aguaprofunda, veinticinco mil más de Luskan, un millar de los enanos de Mithrill Hall, veinticinco mil mercenarios de Puerta de Baldur, ciento cincuenta paladines y cincuenta sacerdotes de la Orden del Guantelete, ents y jinetes de grifo por parte del Enclave Esmeralda, un centenar de magos de la Hermandad Arcana, veinte archimagos de Aguaprofunda y cincuenta dragones metálicos reunidos por Fareye, la dragona que los compañeros rescataron del templo de Moander. Los Arpistas aportarían algunos exploradores y magos que podrían dar cierta ventaja táctica con sus peculiares habilidades.

Lamentablemente, ni Neverwinter ni los elfos del Bosque de las Brumas se habían unido a la contienda. El ejército de Vado Daga, muy mermado tras el golpe sufrido por Sir Isteval y sus hombres, tampoco estaría presente, al igual que los Zhentarim... aunque con ellos ya no se contaba desde hacía tiempo.

Aunque Khelben se mostraba optimista respecto al desenlace de la batalla, era consciente de que cualquier nuevo elemento en juego podía hacer cambiar las tornas. Sin duda, un ejército de gigantes comandados por el Señor del Dragón Azul podría ser aquel elemento.

Tras agradecerle la información a Khelben, Zenit se teleportó de vuelta a las Montañas de Picogrís, donde puso a sus compañeros al corriente de toda esta nueva información. Todos escucharon aquello con cierta preocupación ya que, ahora, detener a Kragor se había vuelto más importante que nunca.

Tenían trabajo que hacer.

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