Los Reinos (Oneshot entre T3 y T4): Fuego en Brineride

Dos meses habían transcurrido ya desde que Jesper y Sathelyn habían asaltado el Pozo de los Dragones junto a sus compañeros Cinthork, Zenit y Thorvald, además de algunos otros héroes. El Culto del Dragón estaba completamente deshecho y sus integrantes huían desperdigados por toda la Costa de la Espada. A lo largo de este tiempo, tanto el sacerdote elfo como la guerrera habían estado colaborando con la Alianza de los Lores para acabar con los últimos grupúsculos de resistencia de la maligna organización a lo largo y ancho de la región.


Apenas habían puesto de nuevo un pie en la ciudad de Aguaprofunda, pensando en tomarse un breve descanso, cuando fueron convocados por Janus Abdiel al templo de Lathander en la ciudad.

En el ostentoso y espectacular templo que la orden mantenía en la ciudad, fueron recibidos con calidez tanto por los acólitos del templo como por los ciudadanos que allí se encontraban orando. Para los héroes del Pozo de los Dragones era difícil pasar desapercibidos en ningún lugar de Aguaprofunda. El Sumo Sacerdote de Lathander les atendió en su despacho, mostrándose genuinamente agradecido por el hecho de que hubieran atendido a su llamada con tanta prontitud.

Una vez dejadas atrás las cortesías iniciales, Janus les explicó que había recibido un informe inquietante desde una pequeña población local llamada Brineride, ubicada a un par de días al noroeste de Aguaprofunda. Al parecer, el pequeño pueblo había sido atacado por elementales de fuego, según informaba uno de los agentes de la Iglesia de Lathander, que había enviado una misiva pidiendo ayuda desde el lugar.

El pueblo era un lugar insignificante, por lo que Janus no esperaba que la Alianza de los Lores mandase un contingente armado demasiado pronto. Sin embargo, la presencia de los elementales de fuego implicaba necesariamente la presencia de un invocador en la zona, y el Sumo Sacerdote sospechaba de que pudiese tratarse de alguno de los Ataviados de Púrpura del Culto del Dragón que huyese del Pozo de los Dragones tras la batalla de hacía unos meses.

Si esto era así, ningún agente del Culto del Dragón operaba sin un motivo funesto detrás. De ese modo, Janus le pidió a Jesper y Sathelyn que se dirigiesen a aquel pueblo a averiguar que pasaba. Según explicó el Sumo Sacerdote, la amenaza era demasiado difusa para que la Alianza enviase un contingente, pero la presencia de elementales era demasiado peligrosa para enviar a alguien sin demasiada capacitación a atenderla: dos de los héroes del Pozo de los Dragones eran una opción perfecta, se vanaglorió el clérigo.

Así, a la mañana siguiente, los compañeros se pusieron en camino hacia Brineride, siguiendo el camino del río que llevaba a Yartar. El viaje transcurrió sin incidentes hasta que, poco después de la media mañana del tercer día, divisaron una delgada columna de humo elevándose en la distancia.

Brineride era un pueblo pequeño, de precarias construcciones en madera en el que apenas destacaban una posada de buen tamaño pero que había visto tiempos mejores y una pequeña herrería. Se trataba de una población agrícola bastante humilde.

Mientras los locales se acercaban a dar la bienvenida a aquel sacerdote elfo que llegaba acompañado de una guerrera, con la esperanza de que fuesen la ayuda enviada desde Aguaprofunda, los compañeros se fijaron en que varias casas presentaban signos de quemaduras; incluso un par de ellas habían ardido por completo.

Sathelyn se apresuró a preguntar a los aldeanos por Brandi, la paladina de Lathander, siendo emplazada a la posada, donde al parecer podría encontrar a la mujer que buscaba.

No encontraron a Brandi en la posada cuando llegaron, aunque pudieron conocer a Geoff, el dueño del local. El posadero se mostró bastante contrariado por el hecho de que, desde Aguaprofunda, solo se hubiesen enviado a dos personas para manejar una amenaza así. Con una actitud tan impaciente como desconsiderada, trató de apremiar a Jesper y Sathelyn para que se pusieran a trabajar de inmediato. Esto puso a prueba la paciencia de Jesper, que no era mucha cuando se trataba de interactuar con humanos, y ambos tuvieron un pequeño encontronazo dialéctico.

Por suerte, antes de que aquello escalase, Brandi llegó a la posada. La joven paladina se aproximó a los compañeros y les invitó a que los tres se sentasen en una de las mesas para ponerlos al día. Sathelyn pudo percatarse de que la mujer miraba con cierta desconfianza al tabernero.

Así, se sentaron en una de las mesas, donde Brandi les contó que había llegado casualmente al pueblo hacía una semana y se topó con dos de aquellos elementales atacando Brineride. Como pudo, intentó ayudar a los aldeanos, pero aquellos elementales de fuego eran demasiado para ella. Desde entonces había estado patrullando las inmediaciones del pueblo con el fin de, al menos, alertar a tiempo a los locales cuando los monstruos se aproximasen. Ahora, se alegraba de que el Sumo Sacerdote de Lathander hubiese enviado nada más y nada menos que a dos de los héroes del Pozo de los Dragones.

Mientras hablaban, Geoff se acercó a servirles algunas viandas. Sathelyn pudo percatarse una vez mas de que Brandi se callaba cuando el posadero estaba cerca, mirándole con desconfianza. Cuando Geoff se hubo alejado de nuevo, la guerrera le preguntó por ello a la paladina.

Sin tapujos, Brandi confesó que Geoff le daba mala espina, aunque no tenía un motivo muy claro. Según les contó, otro habitante del pueblo compartía sus recelos: Halton, el herrero local. Al parecer, este acostumbraba a arrugar el gesto con la simple mención del nombre del posadero. La paladina había intentado hablar con el tal Halton de ello, pero el sujeto parecía ser bastante hosco.

Tras acabar de comer y despedirse de Brandi, Jesper y Sathelyn se encaminaron hacia la herrería local, donde encontraron a Halton trabajando el hierro. Era un tipo veterano, de aspecto fornido, que lucía bastantes tatuajes en los brazos. Tal y como les había dicho la paladina, aquel hombre se mostraba bastante reacio a hablar, incluso tratando con cierta hostilidad a los compañeros.

Sin embargo, Jesper logró convencer al hombre de que estaban allí para ayudar a las gentes del pueblo de forma desinteresada y que su preocupación era salvar vidas. Halton se disculpó por sus modales, explicando que estaba bastante nervioso por los últimos acontecimientos, ya que Brineride se había convertido en su hogar desde que, años atrás, llegase allí desde Puerta de Baldur para llevar una vida de calma, paz y trabajo humilde.

Cuando le preguntaron sobre Geoff, le faltó escupir al suelo. El herrero les contó que Geoff solía abandonar la posada por las noches e internarse en el bosque. No llevaba antorchas ni ninguna otra fuente de luz, haciéndolo a escondidas... indicio claro, según Halton, de que aquel tipo ocultaba algo.

También les contó que la posada había estado regentada por otro hombre hasta hacía un año, momento en el que el propietario desapareció de un día para otro. Poco después, Geoff había llegado a Brineride para hacerse cargo del negocio. Al parecer, era un familiar del propietario, que estaba convaleciente en Aguaprofunda, aquejado de una rara enfermedad que le llevaría a la tumba pocas semanas después. Así, Geoff había acabado regentando la posada de forma permanente.

Tras despedirse de Halton, los compañeros decidieron regresar a la posada para instalarse. Tenían el plan de seguir a Geoff durante sus salidas nocturnas, pues como Halton, las consideraban demasiado sospechosas.

En la posada, descubrieron con sorpresa que Geoff estaba perfectamente al tanto del encuentro que habían tenido con el herrero. No le faltó tiempo para aconsejarles que desconfiaran de él, pues Halton tenía, según sus palabras, un turbio pasado como mercenario en Puerta de Baldur. Tal y como les explicó, el actual herrero antes había sido uno de los integrantes de la sanguinaria Compañía del Puño Ardiente.

Meditando sobre todo esto, los compañeros se dirigieron a las habitaciones que le pagaron a Geoff. Eligieron dos, situadas cada una de ellas de modo que pudiesen controlar tanto la puerta principal de la posada como la ubicada en la parte posterior del inmueble. De este modo, pretendían detectar en la medida de los posible cualquier salida del edificio que efectuase el posadero.

Estaban deshaciendo los petates cuando escucharon los gritos. Asomado por la ventana, Jesper pudo ver a varios aldeanos que corrían gritando. Además, pudo ver el humo elevándose tras las viviendas al noreste del pueblo. Sin tiempo que perder, el sacerdote avisó a Sathelyn y ambos abandonaron la posada a toda carrera para dirigirse al lugar.

Encontraron a dos enormes humanoides compuestos enteramente de llamas, elementales de fuego, afanándose en destruir sendas viviendas ante las miradas aterradas de varios aldeanos. También vieron a Halton, el herrero, corriendo hacia uno de ellos mientras empuñaba un enorme martillo de guerra.

Sathelyn fue la primera en reaccionar, disparando dos flechas que surcaron el aire sucesivamente. La primera impactó en el ser que la guerrera había elegido como objetivo, haciéndole retroceder un paso, dolorido por el daño de aquel proyectil imbuido de magia. La segunda flecha, con todo el poder helador del arco haciéndola refulgir en un tono azulado, estalló en el pecho del elemental, tornando las rojizas llamas en azuladas un momento antes de que toda la criatura se convirtiese en humo grisáceo disipándose al viento.

Justo antes de que Halton llegase con su martillo hasta el otro elemental, Jesper alzó su puño al cielo mientras invocaba el poder de Lathander. Una tormenta de luz dorada se expandió desde el sacerdote para envolver también al herrero y la criatura. Si bien Halton no sintió nada especial, el elemental hizo cimbrear su cuerpo flamígero antes de escapar despavorido hacia el bosque, como presa de un terror que su inexpresiva cara no era capaz de transmitir.

El repentino silencio que quedó al finalizar el combate se rompió de pronto, rasgado por los vítores de los habitantes de Brineride que aclamaban tanto a Jesper como a Sathelyn. La gente se acercaba a darles las gracias y a abrazarles, para extrema incomodidad de Jesper, sin duda. Halton, también muy agradecido, les dijo que podían contar con él para lo que necesitasen.

Con el pueblo momentáneamente fuera de peligro, regresaron a la posada donde, antes de caer la noche, se encontraron nuevamente con Brandi. La paladina, que había estado patrullando el bosque al oeste, les dijo que se había enterado de la batalla con los elementales, y también les dio las gracias, admitiendo que ella no se veía capacitada para enfrentar a solas una amenaza de tal calibre.

Cayó la noche y, tal como habían planeado, Jesper y Sathelyn se dividieron las horas de modo que uno de ellos siempre estuviese fuera de la posada, a una distancia prudencial para poder detectar cualquier salida a hurtadillas de Geoff.

Sin embargo, el posadero no salió en toda la noche del edificio.

Contrariada por esto, y sospechando que Halton les hubiese dado información falsa, Sathelyn se acercó por la mañana a la herrería. Allí, el herrero pareció caer en la cuenta de que Geoff llevaba cierto tiempo sin salir hacia el bosque... casualmente desde que empezasen los ataques de los elementales sobre Brineride.

Cuando la guerrera regresó junto a Jesper y le puso al corriente de sus averiguaciones, ambos convinieron que el paso más lógico sería indagar en el bosque, hacia el noreste, de donde habían llegado la mayoría de los ataques, según Brandi.

Avanzaron hasta avanzada la tarde, yendo más allá de la zona hasta la que la paladina les había dicho que llegó a patrullar. Seguían el rastro de huellas del elemental de fuego que había huido de Brineride, lo cual no era difícil: aquí y allá podían ver marcas de pequeñas quemaduras tanto en el suelo como en los troncos de algunos árboles. Era una suerte que la humedad propia de la estación no hubiese permitido que las llamas se extendieran por el bosque.

Unos minutos más tarde, Sathelyn detectó a tiempo una trampa de estacas que había sido dispuesta en el camino. Era un pozo poco profundo, pero las estacas habían sido afiladas y dispuestas con maestría, por lo que probablemente la mano de un especialista se hallaba tras el trabajo: los elementales no montaban trampas.

Rato después, el olor a madera quemada comenzó a llegar hasta ellos. El humo tardó un poco más, precediendo al avistamiento por parte de Jesper de las primeras llamas. En pocos minutos, los compañeros se percataron de que el fuego estaba comenzando a rodearles: tenían focos de incendio a ambos lados y a la espalda, con las llamás estrechándose cada vez más sobre ellos.

Fue entonces cuando Sathelyn se percató de las formas que se movían entre el fuego. Cuatro elementales de fuego se mezclaban con las llamas, acercándose cada vez más hacia ellos. Casi al mismo tiempo, con el rabillo del ojo, pudo ver a un sujeto con ropajes de cazador que se encontraba contemplándolo todo con ojos enajenados mientras tensaba su arco con una flecha dispuesta ya en la cuerda.

-¡No me separareis de ella! -gritaba. ¡La amo! ¡Estaremos juntos siempre!

La guerrera no tuvo tiempo de avisar a Jesper, pues la flecha ya volaba por el aire. El sacerdote retrocedió sorprendido, llevándose la mano hacia el profundo corte producido por el paso del proyectil. Un momento después, las cuatro llameantes figuras de los elementales se abalanzaban sobre Sathelyn y él.

La guerrera disparó entonces dos flechas en rápida sucesión, hiriendo con ellas al cazador; que continuaba en lo alto del árbol gritando sus locuras inconexas. Aunque los compañeros lograban evitar los ígneos manotazos de los elementales, la cercanía de sus cuerpos llameantes les estaba produciendo pequeñas quemaduras a la vez que hacía humear sus armaduras.

Jesper, harto de aquello, volvió a alzar su puño para invocar el poder de Lathander. La tormenta de resplandor dorado barrió a los cuatro elementales, reduciéndolos a simple humo transportado por el viento. Un segundo más tarde, dos nuevas flechas disparadas por Sathelyn se incrustaban en el pecho del cazador, cuyo cuerpo sin vida se desplomaba desde lo alto del árbol.

Tras alejarse de las llamas, los compañeros decidieron tomarse un descanso para recobrar las fuerzas. Además, Jesper recurrió a sus poderes curativos para paliar el efecto de las quemaduras que les habían producido los elementales.

Se pusieron en movimiento con el sol ya besando el horizonte. Jesper, acostumbrado a la vida salvaje durante su estancia en el Valle de la Daga, no tardó un rastro que alguien se había esforzado en ocultar, probablemente aquel cazador al que se habían enfrentado.

Dicho rastro les llevó hasta las ruinas de un antiguo templo que alguien parecía haber desenterrado hacía no demasiado. Sathelyn reconoció el símbolo de Talos en la entrada semiderruida, aunque el tiempo casi lo había borrado. La guerrera tuvo problemas con uno de los sacerdotes de aquel dios maligno y destructivo durante su infancia en Farallón de los Cuervos y nunca olvidaría ese emblema.

Coincidiendo con los últimos rayos de sol, entraron sigilosamente en el templo. En la oscuridad del lugar, no tardaron en detectar el rojizo resplandor que delataba la presencia de cuatro elementales de fuego allí. Sin embargo, alguien les había detectado a ellos.

Al tiempo que una voz femenina alertaba a los elementales de la presencia de intrusos, de entre las sombras surgía la forma de una bellísima mujer elfa dotada con emplumadas alas blancas. Jesper sabía de sobra que se trataba de un diablo, una erinye como Nestlias; aquella con la que tratase durante su periplo en Los Nueve Infiernos en compañía de Cinthork, Zenit y los Caballeros del Myth Drannor.

La erinye miró entonces fijamente a Sathelyn mientras señalaba a Jesper.

-¿Es tuyo? -le preguntó. Sonriendo ante la negativa de la guerrera, añadió -Mejor, porque ahora va a ser mío.

Los cuatro elementales se abalanzaron sobre Jesper y Sathelyn a una velocidad abrumadora, haciéndoles arrugar el rostro ante el intenso calor que despedían sus llameantes cuerpos. Mientras retrocedían a duras penas, Jesper invocó su tormenta divina, pero el carácter impío del lugar atenuaba el poder de Lathander, por lo que los elementales resistieron el embate de energía divina.

Ganaron la salida del templo al mismo tiempo en que una flecha disparada por la erinye hería el muslo de Sathelyn, que bastante tenía con mantenerse lejos del abrasador calor de los dos elementales que tenía peligrosamente cerca. Jesper, por su parte, acababa de salir al exterior; perseguido por una de las ígneas criaturas.

La última de las tormentas de luz dorada invocada por el sacerdote barrió al elemental, aunque no afectó a los otros monstruos, que permanecían en el interior del maligno templo. Sathelyn, con quemaduras en todo su cuerpo, logró salir también del templo, aunque otra de las flechas disparadas por la erinye la hirió en el hombro.

Con el rostro contraído por el dolor, la guerrera disparó su arco contra uno de los elementales, que fue alcanzado justo bajo la entrada del templo. La fuerza congelante del arco mágico aniquiló a la criatura en un estallido de humo y llamas azuladas. Sathelyn vio a la erinye también junto a las puertas. Desde allí, la diablesa disparó una nueva flecha que la guerrera logro esquivar por muy poco.

Los dos elementales que aún existían salieron del templo, al contrario que la erinye, que permaneció bajo el dintel. Las llameantes criaturas volaron en direcciones separadas: uno hacia el sacerdote y otro hacia la guerrera.

Jesper, intentando no ser abrasado por la cercanía del flamígero enemigo, volvió a invocar el poder de su dios, esta vez para que materializara a un humanoide alto y musculado, de piel verdosa y con majestuosas alas blancas. El celestial, un planetario, enarboló su enorme espadón dorado para descargarlo contra el elemental que amenazaba al sacerdote. Mientras la criatura de fuego se contorsionaba por el tremendo golpe, la erinye disparaba una flecha que Jesper desviaba con un elegante golpe de su maza.

Sathelyn retrocedía a toda carrera, intentando poner tierra de por medio entre aquel ser de fuego que la acorralaba una y otra vez, ampollando su carne y provocándole horribles quemaduras en el cuerpo. Entonces, escuchó los gritos de Jesper invocando a Lathander. Un segundo después, la oleada de luz dorada golpeaba al elemental, haciendo que se encogiese por un dolor que sus facciones no podían expresar. El otro elemental, que combatía contra el celestial, resultó arrasado por la andanada.

Con el elemental casi encima, quemado su piel, la guerrera se tomó un segundo para tensar el arco y apuntar la punta de su flecha justo contra el rostro de la criatura. El proyectil fue liberado, atravesando el ígneo cráneo del monstruo; que se desvaneció entre jirones de humo.

Con el gesto lleno de contrariedad, la erinye se retiró hacia el interior del templo mientras invitaba con sorna a los compañeros a que la persiguieran. A la vez, Sathelyn detectaba a un inesperado espectador oculto entre unos matorrales cercanos: se trataba de Geoff, el posadero, que les observaba ataviado con armadura, escudo y una maza en la mano.

El celestial posó entonces sus manos sobre Jesper, curando sus heridas. Sin embargo, el alivio del sacerdote se convirtió en sobresalto cuando vio surgir a Geoff de entre la maleza. Dos relámpagos surgieron de la mano del posadero, zigzagueando en el aire hacia él. Con más fortuna que habilidad, Jesper rodó por el suelo para ponerse a salvo.

Maldiciendo, Sathelyn disparó su arco contra Geoff, hiriéndole. Al mismo tiempo, Jesper efectuaba un conjuro protector sobre sí mismo. Cuando el posadero invocó de nuevo los relámpagos contra el sacerdote, estos murieron inofensivamente contra su pecho. La mueca de frustración de Geoff se convirtió en terror un momento antes de que el celestial invocado por Jesper le partiese en dos con su espadón dorado.

Tras comprobar que no quedaban más enemigos a la vista, Jesper indicó con un gesto de la mano al celestial que entrase en el templo para destruir a la erinye. Tras hacer una leve reverencia, el planetario agitó sus alas para entrar volando en el maligno templo.

Cuando el celestial intercambió los primeros golpes con la diablesa, esta trató de volar rápidamente hacia la entrada del templo, con la evidente intención de atacar a Jesper para que aquel celestial dejase de hostigarla. Sin embargo, el planetario era demasiado rápido y la erinye fue interceptada en el pasillo principal, viéndose obligada a enfrentarla.

Desde la puerta, Jesper contemplaba la encarnizada lucha entre el celestial y la infernal, que intercambiaban golpes con una crudeza escalofriante. El sacerdote utilizó uno de sus pergaminos, arrojando tres rayos de fuego contra la erinye, que logró esquivarlos con bastante soltura.

Sathelyn llegó hasta la puerta del templo, renqueando o a causa del daño sufrido. Desde allí, de pie junto a Jesper, observó el cruento combate que la diablesa y el planetario aún mantenían. Con calma, extrajo una de sus flechas y la colocó sobre la cuerda de su arco, antes de apuntar cuidadosamente hacia el pasillo.

La flecha silbó cortando el aire para incrustarse en la nuca de la erinye, con la punta brotando por la frente en una explosión de masa encefálica y sangre que salpicó el rostro del celestial. El cuerpo de la diablesa se desplomó como un fardo sobre el suelo de piedra.

Terminado el combate y, una vez el celestial les hubo curado a ambos de sus heridas, los compañeros comenzaron a explorar el templo de Talos mientras el planetario se disipaba en una neblina dorada ahora que sus servicios habían finalizado.

Encontraron varios objetos de arte enjoyados, así como un pergamino, una poción, una coraza mágica y un arco largo, también de naturaleza arcana. También encontraron un artefacto que Jesper identificó como la Llave Negra: una reliquia de viaje planar de naturaleza maligna. El sacerdote era consciente del poder del artefacto, así como de el hecho de que, cualquiera que lo utilizase, podría ser arrastrado a las garras del mal más absoluto.

Según pudieron suponer, Geoff buscaba aquella Llave Negra. Sin embargo, al entrar en las ruinas, habría despertado a una erinye vinculada mágicamente al lugar. Esta, a su vez, habría liberado a sus elementales con un propósito claro: atraer a un servidor del bien cuya sangre pudiera usar para liberarse de su esclavitud como guardiana mediante un ritual de sacrificio descrito en los mosaicos del templo.

Desde entonces, Geoff, atrapado entre su ambición y el despertar de un mal mayor, había esperado la llegada de alguna fuerza externa, como los compañeros, para cumplir su misión sin exponer su verdadera naturaleza.

Resuelto el misterio y con el pueblo de Brineride a salvo, Jesper y Sathelyn regresaron a Aguaprofunda, donde encomendaron la Llave Negra a Janus Abdiel para su inmediata destrucción.

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