Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (1/18)

Cinco largos años habían pasado desde que el paladín minotauro Cinthork, el sacerdote elfo Jesper, la guerrera humana Sathelyn y el mago elfo Zenit derrotasen al Culto del Dragón junto a otros muchos héroes en la ya conocida como Batalla del Pozo de los Dragones. Desde entonces, Toril había seguido girando y nuevos acontecimientos habían tenido lugar.



La guerra interna de los Zhentarim había finalizado drásticamente con el asesinato de Lord Manshoon a manos de Fzoul Chembryl, lo que había llevado indefectiblemente a que la iglesia de Bane desplazase a la de Cyric en la organización. Sacerdotes del príncipe de las mentiras y antiguos partidarios de Manshoon huyeron a toda prisa de Alcázar Zhentil antes de que los vencedores llevasen a cabo su purga.

Por otro lado, tras la muerte de Khelben Aursún en el Pozo de los Dragones, los Arpistas se habían quedado huérfanos de liderazgo, disgregándose en varias facciones. Aquel año, 1371, se había nombrado poéticamente como “El Año del Arpa sin Cuerdas”. También ese mismo año, la Eldret Veluuzhra se había hecho por completo con el control de La Maraña en las tierras de Los Valles.

Quedó desvelado poco después que Tordynnar Revern, el líder de la Eldret Veluuzhra, no era sino un lich elfo que siempre iba acompañado de un anciano dragón verde. En 1372, las tropas conjuntas de Los Valles lograron contener a la Eldret Veluuzhra en La Maraña gracias al concurso de la familia drow Kenmtor y algunos héroes, entre ellos Cinthork y un guerrero semielfo llamado Sylvalor.

Un año más tarde, Los Reinos se vieron afectados por una extraña alteración en el propio tejido de la magia: muchos lanzadores de conjuros sufrieron efectos inesperados al utilizar su magia. Los eruditos relacionaron estos efectos con otros similares acaecidos allá por los tiempos de la civilización de Netheril.

Tras esto, durante el último año, la Eldret Veluuzhra había logrado hacerse con el control de la totalidad del Bosque de Cormanthor, donde la comandante Althaea Galinar había llevado a cabo una terrible matanza de humanos y enanos.

Precisamente, en el campamento militar erigido a las afueras de la ciudad de Essembra, se encontraban Cinthork y el guerrero semielfo llamado Sylvalor. Ambos llevaban un par de años combatiendo a la Eldret Veluuzhra en Cormanthor y habían forjado una buena amistad. Sylvalor, que había trabajado toda su vida como mercenario en Los Valles, conviviendo con elfos y humanos por igual, había sentido de inmediato la necesidad de combatir a aquellos elfos que, sin duda, le verían a él mismo como una aberración.

El paladín paseaba entre las tiendas levantadas por los acólitos del Martillo de Tyr, una orden que él mismo había fundado recientemente y en la que ya había detectado a algunos reclutas con el potencial necesario para convertirse en paladines. Charlaba despreocupadamente con Sylvalor cuando una voz familiar se escuchó a su espalda.

-Se ve que el tiempo pasa para todos.

Sonriendo, se giró para encontrar el rostro de Zenit, aquel mago elfo que le había criado como a un hijo durante su infancia en el Valle de la Daga. Sin embargo, una sombra de preocupación se cernía sobre el semblante del mago que, por otra parte, mostraba evidentes signos de agotamiento.

De un modo tan rápido como críptico, Zenit le indicó a Cinthork que había problemas: unos problemas en los que, al parecer, el mago tenía bastante que ver. Cuando el minotauro le hubo indicado que podía hablar sin cuidado ante Sylvalor, Zenit explicó que todo Faerún se encontraba bajo una amenaza tan peligrosa que empequeñecía por mucho la lucha que allí se libraba contra la Eldret Veluuzhra. Así, el mago le pidió a su hijastro que le acompañase de inmediato, tras despedirse convenientemente de Lord Bennett Kyan, a cuyas órdenes combatían.

Además, el mago sugirió a Cinthork que explicase que marchaba por orden de Lady Laeral Manodeplata si Lord Bennett ponía alguna objeción. Cuando el minotauro sugirió a Zenit que Sylvalor les acompañase, ya que era un guerrero sumamente competente, el hechicero estuvo de acuerdo.

Mientras Zenit aguardaba en la tienda del propio Cinthork, el minotauro y Sylvalor se despidieron de Lord Bennett Kyan, que se encogió ligeramente cuando ambos compañeros pronunciaron el nombre de Lady Laeral. Poco después, los dos se encontraban de regreso en la tienda donde les aguardaba Zenit.

Un destello de hechicería bastó para que el mago elfo les transportase a la ciudad de Luskan, conocida de sobre para Cinthork aunque no para Sylvalor. No obstante, la inquietud se posaría en el corazón de ambos al contemplar como la construcción más alta de la ciudad, la Torre de la Hermandad Arcana, se hallaba mutilada en su parte superior, con los muros aún humeantes.

Cuando Cinthork le preguntó a Zenit por aquello, el mago solo respondió que todo eso tenía que ver con aquel peligro del que había hablado y del cual él mismo se sentía responsable. No obstante, le pidió un poco más de calma al minotauro. Luego, comenzaron a caminar hacia un destino que Cinthork conocía bien.

Encontraron a dos niños jugando en el jardín delantero de la casa de Thorvald, junto a una mujer que sonrió al ver a Zenit. Poco después, el propio Thorvald salió al porche de la casa. Aunque el veterano soldado mantenía su complexión robusta, una prominente panza había surgido en la parte delantera de su cuerpo. Se fundió en un abrazo con Cinthork antes de saludar cortésmente a Sylvalor.

Thorvald les hizo pasar al interior, donde ya aguardaba Lady Laeral en compañía de un semielfo de aspecto peligroso, quizá un ladrón, llamado Vanuath. Sylvalor, que había conocido de pasada a Paloma Manodeplata en Los Valles, le preguntó a la mujer por su relación, confirmando esta que ambas eran hermanas.

Laeral les comunicó, con pesar, a Cinthork y Zenit que no había podido dar con Jesper y Sathelyn, pero que intentaría localizarlos a la mayor brevedad posible para que se unieran a aquella empresa. Lo más probable era que ambos se encontrasen en otro plano de existencia y por ello no hubieran podido ser contactados.

Una vez hechas las presentaciones iniciales, Zenit comenzó a hablar.

Tras cinco años de duro trabajo en la biblioteca de la torre, con la ayuda de varios miembros de la Hermandad Arcana, el mago había logrado descifrar los antiguos textos netherese que hacían referencia a Las Tablas del Destino, las cuales tienen el poder de arrebatarle la divinidad a los dioses u otorgársela a los mortales. Los compañeros habían encontrado esos textos accidentalmente durante su cruzada contra el Culto del Dragón cinco años atrás, como todos recordaron.

Siendo tan peligrosas, averiguó que Ao decidió ocultarlas en un antiguo templo del Plano Astral. La única forma de encontrar este templo era, al parecer, recomponiendo una secuencia de glifos mágicos que Ao dispersó por cinco mundos ajenos a Toril. Cada glifo quedaría enlazado al alma de aquellos que lo habían conseguido y solo podría ser compartido con el alma de otra persona de forma voluntaria y sin coacción.

Por desgracia, el entusiasmo de Zenit por el trabajo no le había dejado ver las señales: Lalara, una humana joven y enérgica que se había convertido en su colaboradora más valiosa, escondía un brillo ansioso en su mirada... ahora el mago elfo lo podía ver claramente, rememorando el pasado en sus recuerdos. Quizá pensó que se trataba simplemente de la ambición por el conocimiento tan propia de los magos y por ello no le dio importancia.

Ahora ya daba igual.

Zenit lo comprendió todo cuando comenzaron los gritos, casi al mismo tiempo en que la larga melena de Lalara se desprendió para dejar a la vista el cráneo afeitado y lleno de tatuajes: Una Maga Roja de Thay. Pero, por desgracia, la mujer no estaba sola en la Torre de la Hermandad Arcana. En unos minutos, toda la Torre se llenó de explosiones mágicas y extraplanares convocados.

La Hermandad Arcana fue arrasada por los Magos Rojos de Thay, quienes habían robado los manuscritos traducidos. Además, con la Hermandad destruida, varios de los magos supervivientes al ataque, los cuales trabajaron también en las traducciones de los textos netherese, habían huido... y solo era cuestión de tiempo que buscasen nuevas lealtades a las que servir, ofreciendo a cambio la valiosa información sobre las tablas.

Ahora, el destino del mundo, quizá del universo, estaba en juego. Por suerte, Zenit recordaba perfectamente cada uno de los mundos asociados a las claves de los manuscritos, esos mundos en los que podían hallarse los glifos:

La clave En la sangre del vigilante estaba vinculada con el mundo de Eberron.

La clave En el corazón de la negrura estaba vinculada con el mundo de Athas.

La clave En el trono de la luz más pura estaba vinculada con el mundo de Krynn.

La clave Entre la Rosa y el Espino estaba vinculada al mundo de Barovia.

La clave En la corona del muerto estaba vinculada al mundo de Oerth.

Cinthork sugirió que se dirigieran al plano de Mechanus, a la Fortaleza de la Iluminación Disciplinada, donde quizá el modrón Nilandus pudiese darles alguna indicación de cómo llegar hasta aquellos mundos que buscaban.

Antes de que Zenit abriese un portal hacia el plano de Mechanus, Lady Laeral Manodeplata se excusó por no poder acompañarles; según dijo, fuerzas superiores a ella misma la impedían tomar parte en aquello de habría de acontecer.

Así, tras cruzar el portal invocado por el mago, Cinthork, Sylvalor, Vanuath y el propio Zenit se encontraron en una descomunal isla voladora con forma de engranaje en cuyo centro se alzaba una imponente construcción en forma de castillo extrañamente mecanizado: la Fortaleza de la Iluminación disciplinada.

Pero algo extrañó a los compañeros: junto a la isla-engranaje, otra fortaleza flotaba en el vacío del plano de Mechanus. Se trataba de una antigua construcción de piedra de arquitectura bastante arcaica con un indudable parecido a aquella fortaleza voladora netherese de la que Cinthork y Zenit se habían adueñado años atrás y que acabaría estrellada sobre las Colinas de la Serpiente.

Intrigados por aquella visión, los compañeros entraron en la fortaleza donde seres de todo aspecto y procedencia vagaban por las enormes bibliotecas buscando información. Un pequeño modrón que ejercía de recepcionista les indicó que no debía ser Nilandus, sino otro modrón llamado Dannicus quien les atendiese en lo referente a acceder a otros universos distintos. Igualmente, les transmitió que la fortaleza netherese del exterior había traído consigo a un tal Príncipe Telamonte y su séquito que, en ese momento, se estaba entrevistando precisamente con Dannicus.

Según se dirigían hacia la subsección indicada por el recepcionista, los compañeros se cruzaron con una curiosa comitiva: una serie de personas ataviadas con arcaicas armaduras de, probablemente, factura netherese. Parecían humanos, aunque su piel tenía un extraño tono ceniciento.

Encabezaba el grupo un hombre con aspecto regio y pose arrogante, seguido de un presunto mago que saludó cortésmente a los compañeros. Tras ellos, marchaba algún tipo de sacerdote seguido de un hombre con ropas ligeras y dos dagas al cinto. La comitiva la cerraba un soldado silencioso y desafiante que, durante un momento, cruzaría una tensa mirada con Cinthork.

Finalmente, llegaron ante Dannicus, quien les confirmó que aquellos con quienes se habían cruzado eran el Príncipe Telamonte y su séquito y que, efectivamente, venían buscando exactamente la misma información que ellos.

Dannicus les informó de que el acceso a los planos materiales de otros universos solo podía lograrse desde la ciudad de Sigil, el centro del multiverso. El modrón no poseía información sobre las claves de los textos netherese, pero creía posible que los compañeros encontrasen en Sigil a quien sí les pueda ayudar, ya que allí había sabios que se dedicaban al estudio del multiverso.

Según Dannicus, se podía entrar en Sigil a través del Plano Astral o a través de un portal existente en Toril, el cual estaba ubicado en la ciudad de Myth Drannor, concretamente en el Irithlium. No obstante, les advirtió de que ese portal disponía de un guardián en el lado de Sigil y que normalmente solía repeler los intentos de intrusión.

También les indicó que cerca de la Fortaleza de la Iluminación Disciplinada existía un portal al Plano Astral, el cual daba a un islote flotante donde había a su vez una pequeña ciudad donde podrían conseguir una nave que les llevase a Sigil. Tanto Cinthork como Zenit recordaron que ya habían estado una vez en aquella ciudad.

Tras agradecerle a Dannicus la información, los compañeros fueron transportados mágicamente por Zenit hasta el portal que comunicaba con el Plano Astral. Una vez del otro lado, se movieron por el puerto de Enkarad, que así se llamaba la pequeña ciudad astral en busca de un navío que les llevase hasta Sigil.

Ninguno de aquellos pintorescos barcos voladores con extrañas formas semiorgánicas parecía tener mucho interés en viajar hasta Sigil, y los compañeros descubrieron pronto que el precio de tal travesía ascendía a unas diez mil monedas por persona. Finalmente, encontraron el Aetherion, un maltrecho navío capitaneado por una halfling llamada Eola que estaba dispuesta a que parte del precio del pasaje se abonase mediante la entrega de objetos mágicos.

Así, tras desprenderse de algunas pociones, un par de pergaminos y una buena bolsa de monedas, los compañeros pusieron rumbo a Sigil. La capitana les proporcionó un espacio en la bodega a modo de “Lujoso camarote” al tiempo que les advertía que si el barco se topaba con alguna de las habituales ruinas flotantes del Plano Astral, se detendrían a explorarla en busca de tesoros. Vanuath negoció entonces con ella que los compañeros podrían asumir el riesgo de la exploración a cambio de la mitad de cualquier botín encontrado y la totalidad de los objetos mágicos. Cerraron el acuerdo con un apretón de manos.

Durante nueve largos días, surcaron el Plano Astral a bordo del Aetherion sin incidencias. Aquel era un lugar de una claridad plateada sin cielo ni suelo, con islas flotando en el vacío que de lejos parecían estrellas, vórtices iridiscentes giraban sin control engullendo alguna de estas islas y corrientes de energía pura chisporroteando sin rumbo. Zenit aprovecharía este tiempo en tallar un círculo de teletransporte en el camarote del barco por si el grupo se veía obligado alguna vez a replegarse en caso de emergencia.

Conversando con Eola durante la travesía, Vanuath averiguó que la capitana había escuchado rumores sobre una extraña y sombría ciudad voladora que algunos habían visto por el mismísimo Plano Astral. Se contaba que sus habitantes tenían el poder necesario para hacer que la ciudad entera pudiera viajar entre planos y que, de hecho, la misma había permanecido cientos de años perdida en el Plano de las Sombras. También se decía que sus moradores habían rechazado un intento de asalto githyanki, unos humanoides reptilianos nativos del Plano Astral, a la fortaleza empleando magia poderosa.

Los compañeros también averiguaron que la ciudad de Sigil recibía los sobrenombres de Ciudad de las Mil Puertas o La Jaula, este último debido al hecho de que nadie podía transportarse hasta ni desde Sigil al exterior y solo podía accederse al lugar por los lugares autorizados. Eola también aclaró a Sylvalor que la ciudad de Sigil era gobernada por un ente llamado La Dama del Dolor. Se trataba de un ser tan poderoso que incluso impedía la entrada de los dioses a Sigil.

Al décimo día de travesía, el vigía dio la voz de “barco a la vista”. Asomados a la balaustra, los compañeros pudieron ver cómo un barco que se asemejaba extrañamente a un enorme calamar se dirigía directamente hacia el Aetherion. Los tripulantes, asustados, les informaron de que se trataba de ilícidos, una raza de esclavistas con poderes mentales.

Más de cerca, los compañeros pudieron contemplar a aquellos horribles seres: tenían el aspecto de humanoides de piel purpúrea con una cabeza bulbosa y una maraña de pequeños tentáculos surgiendo de su boca. Junto a estos, una veintena de humanoides de distintas razas, evidentemente bajo el influjo mental de los ilícidos, aguardaban para el abordaje.

Mientras Eola corría a esconderse en su camarote, los compañeros tomaban posiciones cerca de la balaustra, salvo Zenit, que se alejaba un poco de la misma. Los marineros se apostaron en cubierta, empuñando ballestas que apuntaban hacia el barco de los ilícidos o desuellamentes, como también se conocía a estas criaturas coloquialmente.

Fue entonces cuando notaron el potente dolor de cabeza: era como si alguien desgarrara sus mentes y las hiciera trizas desde dentro. Vanuath y Zenit se encogieron, mientras que Cinthork incluso se tambaleó, con la sangre brotando de sus fosas nasales. Solo Sylvalor pareció mantener el tipo, afectado simplemente por un incómodo dolor de cabeza.

Sin pensarlo, Cinthork saltó a la cubierta enemiga, aterrizando entre los ilícidos y golpeando con su martillo a aquel de ellos que parecía el líder. Al tiempo, tanto Sylvalor como Vanuath disparaban arco y ballesta de mano respectivamente sobre los desuellamentes mientras marineros y esclavos mentales saltaban también de una nave a otra para iniciar las hostilidades.

El proyectil mágico invocado por Zenit sobrevoló la cubierta del navío ilícido sin llegar a impactar en nadie al tiempo que los marineros del Aetherion parecían imponerse a los esclavos mentales. Dos de los desuellamentes dispararon sus ballestas entonces sobre el mago, logrando herirle con uno de los virotes.

Los otros cinco ilícidos cercaron entonces a Cinthork con sus lanzas y, aunque el minotauro contuvo eficazmente a sus oponentes interponiendo el escudo, uno de ellos volvió a realizar su ataque mental sobre el paladín, haciéndole gritar de dolor. Entonces, Cinthork activó la andanada sónica de su martillo haciendo que los cinco ilícidos fueran empujados hacia atrás por la onda de sonido, uno de ellos llegando a caer por la borda hacia la vacía infinidad del Plano Astral.

Viéndose libre del cerco, el minotauro corrió hacia la balaustra del navío ilícido y saltó al vacío justo a la vez que Sylvalor acertaba con su flecha en el pecho de un desuellamentes: el veneno mágico de la flecha se extendió rápidamente por el cuerpo de la criatura, haciendo que se desplomase muerta.

Vanuath apuntó entonces su ballesta de manos hacia el navío enemigo. Un pequeño virote de pura electricidad apareció cargado en el arma para, un segundo después, convertirse en un temible relámpago que zigzagueaba sobre la cubierta enemiga castigando a dos de los ilícidos, que se agitaban mientras su carne se ampollaba por las quemaduras.

Fue entonces cuando Zenit, tras realizar un signo con sus manos y murmurar unas palabras, hizo que junto al barco enemigo apareciese volando un extraño y aberrante humanoide con cuerpo emplumado y cabeza de buitre. De su espalda brotaban dos grandes alas con plumas negras y sus patas acababan en afiladas garras. El demonio vroc emitió un poderoso grito que hizo encogerse de dolor a uno de los ilícidos mientras que otro, que recibió el grito de lleno, veía como su cabeza explotaba esparciendo masa encefálica por los alrededores. Luego, el ser convocado aterrizó en cubierta y comenzó a combatir con sus garras.

Preocupados, los compañeros se percataron de que, poco a poco, los esclavos mentales comenzaban a hacer retroceder a los tripulantes del Aetherion. Probablemente Sylvalor se distrajese un segundo con aquello, lo que propició que el virote de un ilícido le hiriera en el brazo.

La caída al vacío de Cinthork se detuvo cuando el minotauro activó las facultades voladoras de su capa. El paladín remontó entonces el vuelo hacia arriba, viendo como tanto el navío ilícido como el Aetherion estaban cada vez más cerca.

Otra de las flechas envenenadas de Sylvalor le arrebataba la vida a uno de los desuellamentes, mientras que el virote de Vanuath hacía lo propio con otro de los monstruos. En ese momento, Zenit lanzaba un rayo de energía verdosa desde su dedo índice que, tras impactar en el pecho del ilícido líder, convertía a este en mero polvo esparcido por el Plano Astral.

El último de los desuellamentes, que se defendía a duras penas del demonio vroc invocado por el mago, caía abatido tras recibir el impacto de una de las flechas de Sylvalor primero, y el virote de Vanuath después, incrustándose en su frente. La criatura se desplomó como un fardo sobre la cubierta de su nave.

En ese momento, los esclavos mentales se vieron liberados de su yugo y finalizaron las hostilidades. Tras la batalla, Vanuath realizaría un frustrante registro del navío ilícido sin encontrar nada de valor en él.

Tras hablarlo con Eola, todos decidieron que los esclavos liberados viajarían con ellos en el Aetherion hasta Sigil, donde algunos serían enrolados por la propia halfling y otros podrían buscarse la vida como mejor creyeran oportuno.

Así, el Aetherion continuó surcando el Plano Astral otros nueve días en los que los compañeros continuaron conversando tanto con la tripulación original del Aetherion como con los esclavos liberados del navío ilícido. Para su sorpresa, descubrieron que algunos de aquellos esclavos habían estado antes en La Ciudad de las Mil Puertas y tenían cosas que contar acerca del lugar.

Según les contó uno de ellos La Dama ha destruido miles de Deidades a lo largo de los tiempos, incluso se decía que con el mismo esfuerzo que le requeriría a cualquiera realizar un parpadeo. Otro les contó que La Dama no toleraba disturbios en la ciudad, de modo que un combate en público probablemente acabaría suponiéndoles problemas a los contendientes en modo de multa o siendo desterrados a una prisión planar llamada El Laberinto de la Dama de la que nadie jamás había logrado escapar. También les hablaron de la guardia de la ciudad: el Harmónium, unos tipos bastante competentes. Al parecer, eran los que solían acudir en primera instancia a cualquier disturbio, en patrullas de cinco. No obstante, dañar a un miembro del Harmónium solía desembocar en la aparición de la Dama en persona, con devastadoras consecuencias.

Cuando el Aetherion se encontraba a apenas un día de Sigil, el vigía divisó una enorme isla flotante en la que se encontraban lo que parecían los restos de una antigua y extraña civilización. Eola informó entonces a la tripulación de que un grupo desembarcaría a fin de explorar dichas ruinas por si se pudiera encontrar algo de valor.

Cinco marineros desembarcaron del navío junto a los compañeros para explorar las ruinas de aquella enorme isla voladora durante tres largos y extenuantes días hasta que, por fin, se toparon con lo que parecía algún tipo de templo o edificación sagrada erigida en honor de una deidad que les era totalmente desconocida.

Vanuath se adelantó para inspeccionar la puerta de piedra que daba acceso al edificio, descubriendo en ella una trampa que, pese a su antigüedad, hubiese disparado una lluvia de cuchillas circulares sobre aquel que intentase abrir la puerta, causándoles un disgusto. Arrojando una enorme piedra contra la puerta, el semielfo hizo saltar la trampa para que dejase de ser un problema.

Acto seguido, Cinthork hubo de aplicar toda su fuerza para lograr abrir aquella puerta de piedra que, sin duda, las centurias transcurridas habían contribuido a atascar. Tras esa puerta se adivinaba una especie de amplio recibidor con cascotes por el suelo y restos de mobiliario devastados por el tiempo. Al fondo de la sala, una nueva puerta conducía a otro lugar dentro de la construcción.

Una vez más, Vanuath se internó en solitario en aquel recibidor, constatando esta vez que no parecía haber trampas allí. Sin embargo, el júbilo del semielfo se vino abajo cuando de la pared del fondo vio surgir siete etéreas figuras fantasmales con el gesto retorcido por la ira. Cuatro incorpóreos se abalanzaron sobre el propio Vanuath mientras el resto volaba hacia la puerta.

Mientras el ladrón semielfo esquivaba con enorme destreza las acometidas de sus fantasmales oponentes, otra de las criaturas logró posar su gélida garra sobre el brazo de Cinthork, produciéndole un fuerte dolor. Rápidamente, Sylvalor tomó su espada e intentó colocarse hombro con hombro con el minotauro, hiriendo a uno de los incorpóreos con su hoja mágica.

El paladín descargaba su martillo sobre el incorpóreo que le hiriese, haciendo que su fantasmal cuerpo oscilase brevemente. Justo en aquel momento, las llamas de un voraz fuego envolvieron tanto al minotauro como a Sylvalor y a los incorpóreos. Ante el asombro de los compañeros, aquella nube incendiaria convocada por Zenit no les estaba afectando, al contrario que a los no muertos, que se contorsionaban furiosos bajo el fuego arcano.

Envalentonados por el arrojo de sus compañeros, los tripulantes del Aetherion se lanzaron sobre los incorpóreos solo para comprobar con terror que sus armas mundanas nada podían hacer sobre los espectrales cuerpos. Sin nada más que poder hacer, los marineros se dieron a la fuga.

Vanuath logró retroceder ante el acoso de sus cuatro enemigos para apuntar su ballesta de mano hacia ellos, el rayo eléctrico surgió del arma para golpear a dos de las criaturas, que se agitaron frenéticas. Los otros dos incorpóreos atravesaron una de las paredes del edificio para salir al exterior, lejos de la vista del semielfo.

La espada mágica de Sylvalor emitió un pulso eléctrico, colapsando la espectral forma de uno de sus oponentes, que se disolvió en jirones de sombra. Al mismo tiempo, Cinthork volvía a herir al incorpóreo que había trabado combate con él en primer lugar.

Una nueva nube incendiaria invocada por Zenit hizo estallar en llamas la entrada del templo, una vez más sin afectar a sus compañeros. Dos de los incorpóreos fueron consumidos totalmente por la deflagración mágica. Dentro del templo, uno de los virotes mágicos de Vanuath segaba la no vida de otra criatura antes de que otro oponente lograse herir al semielfo con su gélido tacto.

De nuevo en la entrada, Cinthork apretaba los dientes al sufrir también el antinatural contacto del incorpóreo con el que combatía. E un rápido movimiento, Sylvalor dejaba caer la espada para tomar su arco y disparar a bocajarro sobre otro de los monstruos, disolviéndolo con la mágica flecha.

Finalmente, con un rugido triunfal, Cinthork desmaterializaba al último de los incorpóreos con un poderoso golpe de su martillo. Hecho el silencio, los compañeros se observaron entre ellos, comprobando que todos se encontraban bien.

Minutos después, los cinco marineros del Aetherion regresaron temerosamente y todos pudieron reanudar la exploración de aquel templo.

Después de que Vanuath se asegurase de que la puerta del fondo no contenía trampas, accedieron a través de esta a una especie de capilla en la que pudieron encontrar lo que parecían tres altares de sacrificio y una enorme estatua en honor a la deidad de aquel templo. En la base de la estatua, encontraron extrañas monedas y algunas joyas que, más tarde, repartirían con Eola y su tripulación según el trato al que la capitana había llegado con Vanuath.

Un último día de travesía les llevaría a divisar una descomunal construcción flotante de aspecto toroidal que estaba suspendida en de forma perpendicular sobre una espina de roca que se perdía en el infinito. En el interior del anillo existía una ciudad que parecía ajena a los efectos de la gravedad.

Habían llegado a Sigil.

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