Miscelánea: Contra la gamificación

Fuera del mundo rolero, aquellos de nosotros que trabajamos principalmente en multinacionales o grandes empresas, hemos sido testigos del emerger del último invento chachipiruli para el ámbito laboral: la gamificación. Tableros de puntuaciones, retos diarios o semanales... muchos elementos propios de los juegos se han infiltrado tanto en oficinas como en apps de gestión, incluso en los cursos formativos de las empresas te animan a convertir tu trabajo en un divertido juego y de paso, claro, aumentar la productividad. ¿Esta es una tendencia amable que busca hacer nuestro trabajo más llevadero? ¿O es una instrumentalización del juego que lo despoja de su esencia misma y que amenaza con difuminar peligrosamente la frontera entre trabajo y ocio?



EL JUEGO POR EL JUEGO EN SÍ

En mi modesta opinión, el juego es una actividad intrínsecamente placentera. Disfrutamos del juego cuando jugamos porque queremos hacerlo, no porque tengamos que hacerlo ni porque obtengamos una recompensa al final, aunque esta llegue. Jugar nos debería llenar de alegría, creatividad y, especialmente en el caso de los juegos de rol, de conexión con los demás.

Lo perverso del concepto de la gamificación es que convierte algo tan precioso como el juego en un medio para un fin: la productividad, y generalmente en forma de un rédito para terceros. Es en ese momento, cuando jugamos para cumplir esos objetivos laborales, cuando el espíritu del juego se transforma.

Transformamos nuestra relación con el trabajo y con el ocio al mismo tiempo, mercantilizando finalmente cada aspecto de nuestras vidas. ¿De verdad queremos poner nuestra alegría y creatividad al servicio de la productividad mientras les arrebatamos su auténtico valor? Si comienzas a medir todo lo que haces en términos de productividad, al final puedes llegar al punto en que tus aficiones favoritas lleguen a volverse utilitarias, vacías y deprimentes.

Y es que no estamos jugando por placer, aunque una gestión hábil de la gamificación nos pueda incluso engañar durante un tiempo, jugamos porque hemos sido condicionados para hacerlo por incentivos externos. Aquí, el juego aniquila cualquier espontaneidad y se transforma solo en otra tarea más dentro de nuestra jornada laboral. Es como meter un trozo de brócoli en el envoltorio de un bombón: parece que va a ser delicioso, pero al final sabe a mierda no está del todo bueno.

No es que esté mal la idea de intentar hacer el trabajo más llevadero, faltaría más, pero creo que el espíritu de la gamificación puede estar equivocándose a la hora de proponer las soluciones. Quizá no necesitemos transformar nuestro trabajo en un pseudo-juego sino plantearnos la naturaleza del mismo y lo significativo que es para nosotros. Y si no, asumirlo con cierta carga de estoicismo y emplear nuestro tiempo libre para jugar por jugar y, ahora sí, encontrar la alegría y la desconexión en esos ratos de auténtico ocio.



LOS LÍMITES ENTRE EL TRABAJO Y EL JUEGO

Bajo esa idea tan maravillosa de “hacer el trabajo divertido” no se esconde tanto una enorme lista de bondades sino el sutil riesgo de que nos zampemos el brócoli laboral disfrazado de bombón y no nos demos cuenta hasta que ya lo hemos másticado unas cuantas veces: el trabajo va a seguir siendo trabajo por mucho que le apliquemos una capa de pintura lúdica.

Así, los límites entre lo laboral y el ocio comienzan a difuminarse, lo cual puede acabar teniendo consecuencias psicológicas que deberían ser tenidas en cuenta. Y es que si las mismas mecánicas que asociamos con el ocio se empiezan a imponer en nuestro horario laboral ¿Hasta donde podemos desconectar realmente? ¿Podemos vernos empujados a seguir jugando porque ya estamos irremediablemente condicionados para buscar las recompensas de este sistema?

Si bien hay la suficiente literatura científica respaldando que la gamificación, especialmente de las tareas repetitivas y aburridas, puede aumentar la motivación, no es menos cierto que hablamos en todo momento de una motivación puramente extrínseca. ¿Qué pasa si la recompensa desaparece? ¿Qué ocurre cuando hemos normalizado la recompensa y deja de resultarnos atrayente? Honestamente, no creo que la gamificación nos lleve a una mayor conexión con nuestro trabajo, sino a una relación transaccional, como siempre ha sido, solo que ahora podemos estar construyendo esta mascarada para relacionarnos con nuestro trabajo a costa del espíritu del juego.

¿Si ya juego en el trabajo, por qué voy a jugar en casa? Estoy cansado de jugar... y, sin darnos cuenta, habremos cambiado nuestro momento de ocio y desconexión por un chapado en oro para el grillete que siempre nos encadenó, de todas formas, a nuestro trabajo.

Es importantísimo que defendamos esa línea entre el juego y el ocio, es crucial porque necesitamos espacios de verdadera desconexión como necesitamos jugar por el simple hecho de hacerlo.


Que conste que no soy un experto en gamificación y, probablemente, hable desde cierto desconocimiento y desde experiencias personales insatisfactorias en las que la gamificación no se ha aplicado adecuadamente, no lo descarto.

Pero seguiré opinando que el valor del juego, su valor máximo, es el de representar un respiro a las exigencias de un mundo complicado, más si cabe en la edad adulta, donde paradógicamente puede que el juego se erija en nuestro auténtico salvavidas. Si intentamos transformar el juego en una herramienta de productividad, nos podemos cargar de un plumazo tanto el propio espíritu del juego como nuestra capacidad para disfrutar un poquito más de la vida.



¿Y tú? ¿Qué opinas?

¿Eres un fan incondicional de la gamificación?

¿Crees que es una pamplina capitalista para que curremos más?

¿Piensas que bien aplicada puede ser positiva?

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