Los Reinos (T4) - Las Tablas del Destino (2/18)

Tras una larga travesía de más de veinte días a bordo del navío astral Aetherion, los compañeros habían llegado a la ciudad de Sigil. Allí esperaban lograr acceso a los portales que les podrían llevar hasta esos mundos en los cuales se encontraban ocultos los glifos que componían la secuencia que, a su vez, les llevaría hasta las legendarias Tablas del Destino. Pero antes necesitarían algo de información... y puede que también algo de dinero.


Descendieron por la pasarela de madera del Aetherion para internarse en el puerto astral de aquella inmensa urbe con f
orma toroidal que mostraba la parte opuesta de la ciudad invertida en el cielo. Un auténtico crisol de razas y culturas de todo el multiverso se daban cita en Sigil, donde el recién llegado se encontraba con multitud construcciones apelotonadas y de arquitectura cambiante, que parecían aparecer y desaparecer al capricho de unos extraños seres de aspecto reptiliano-insectoide que sobrevolaban aquella ciudad de calles muy estrechas donde el contraste entre los obscenamente ricos y los más miserables podía verse en cada esquina.

Cinco guías oficiales de la ciudad les rodearon en el puerto: un aasimar llamado Zylwain, un hada llamada Aragella, un locathah (especie de hombre pez) que respondía por Currat, un tiefling llamado Damros y, por último, una fantasma llamada Éloze a quien decidieron contratar. La espectral mujer, de gran belleza, les aseguró que podría mantenerlos a salvo en los barrios peligrosos de Sigil, lo que pareció convencer a los compañeros.

El grupo le contó a Éloze acerca de su interés por viajar a otros mundos a través de los portales, así como por obtener algo de información acerca de aquellos mismos mundos. También querían encontrar trabajo como mercenarios para ganar algo de dinero.

La fantasma les dijo entonces que les llevaría al Barrio de los Gremios, donde intentaría conseguirles algún empleo. Del mismo modo, les indicó que la información acerca de los mundos que buscaban podría encontrarse sin duda en el Ministerio de Asuntos Interplanares. También les dijo que podía conseguirles un par de reuniones con dos individuos que conocían la ubicación de los portales: un archimago kobold llamado Duggo y un ent llamado Vennerbun.

De camino al Barrio de los Gremios, los compañeros descubrieron que a los extranjeros de Sigil se les llama sinpistas (de "sin pistas") puesto que los nativos de La Jaula aseguraban que estos no sabían cómo funcionaba nada en la ciudad.

La Dama del Dolor, les dijo Éloze, controlaba los portales y los tenía vigilados con guardianes. Era mala idea tratar de colarse por uno de esos portales sin permiso. Existen infinidad de portales en Sigil, contaba la fantasma, cada uno de los cuales llevaba a un punto del multiverso conocido.

Aquellos seres voladores que los compañeros habían visto eran los dabus, quienes reconstruían y modificaban la ciudad constantemente mediante sus habilidades mágicas. Nadie sabía qué eran estos humanoides medio reptilianos medio insectoides, pero se decía que llevaban en Sigil desde el principio, al servicio de la Dama. Hablaban, por lo visto, mediante ideogramas luminiscentes que se forman sobre sus cabezas.

Éloze también les hablaría sobre los seis barrios de Sigil: el Barrio Inferior con sus comercios apestosos y callejones donde se cerraban negocios de poca monta, un peligroso suburbio lleno de miseria y violencia llamado La Colmena, el Barrio de los Matasietes donde residían criminales acaudalados y prestamistas, el Barrio de los Gremios con sus talleres y casas gremiales, el Barrio de la Dama que contenía tanto los edificios gubernamentales como las mansiones de ricos y poderosos y el Barrio del Mercado con los salones de los maestros artesanos.

Cuando llegaron al Barrio de los Gremios, la fantasma les hizo esperar en una agradable taberna mientras ella trataba de concertarles una entrevista en alguno de los gremios de mercenarios de la ciudad. Vanuath aprovechó para invitar a Cinthork y Sylvalor a una gran jarra de excelente cerveza enana.

Mientras aguardaban, el conocido sonido de una carcajada llamó la atención de Cinthork. Volviendo la cabeza hacia un lado, pudo descubrir en otra de las mesas del local a Wynna, aquella joven asesina Zhentarim que conociese años atrás en el Valle de la Sombra y que fuese responsable de las muertes de Lord Mourngrym y su esposa, así como del secuestro de su hijo Scotti, al que degolló el infame Gilew, al que el propio Cinthork se había encargado de ajusticiar tiempo después.

La entonces adolescente se había convertido ahora en una mujer joven que, cuando reparó en la presencia de Cinthork, sonrió divertida y le saludó con fingida cortesía. Los acompañantes de la joven se volvieron hacia los compañeros: una mujer alta y fornida de pelo rojo, un espadachín alto y esbelto, un sacerdote de Cyric con gesto severo y, por último, un hombre al que Vanuath conocía bien de Alcázar Zhentil... Lord Manshoon.

El problema era que, según se sabía, Lord Manshoon había muerto en la refriega interna por el control de los Zhentarim. Ahora, su presencia en Sigil, vivo y coleando, presentaba algunas incógnitas para los compañeros.

Pocos minutos después, Wynna y sus acompañantes se marcharon del local; no sin que antes la joven le dedicase un último gesto burlón a Cinthork, que apretaba los dientes con ira. Por un momento, Sylvalor sugirió que siguiesen a aquel grupo para descubrir donde se alojaban, aunque finalmente los compañeros desecharon la idea.

Éloze no tardaría en regresar con malas noticias: debido a que los compañeros, como sinpistas que eran, no poseían reputación alguna en Sigil, no había logrado que nadie se interesase en ellos. No obstante, les dijo, podría probar suerte en los bajos fondos, donde siempre se requerían brazos fuertes para llevar a cabo misiones de cierto peligro.

De ese modo, la fantasma les condujo a La Colmena, donde volvieron a aguardar en una taberna mientras Éloze llevaba a cabo sus gestiones. Pronto se dieron cuenta de que aquel era un lugar peligroso, pues desde la ventana de aquel local que su guía les había pedido no abandonar, presenciaron un asesinato en plena calle al que nadie pareció darle demasiada importancia.

Cuando la fantasma regresó, les condujo hasta un pequeño almacén donde encontraron a varios sujetos de aspecto peligroso, incluidos dos fornidos ogros custodiando la entrada. Dentro, conocieron a un gnomo apodado El Colmillo, quien les dijo que necesitaba a un grupo de hombres capacitados para escoltar a su subordinado, un tal Flaco, durante una operación de compra.

El Colmillo les aseguró que no esperaba ningún peligro, pero que prefería ser precavido porque “había por ahí gente que no era tan honrada como él”. Así, los compañeros se comprometieron a regresar poco antes de media noche para acompañar al Flaco a la entrega.

Mientras tanto, Éloze les llevó a una hospedería cercana, la cual estaba regentada por una saga cetrina que les contó las bondades de su establecimiento según pusieron un pie en aquel mugriento lugar. Su guía les aseguró que ninguno de los habitantes de La Colmena intentaría nada contra ellos allí, se encontraban en un lugar seguro.

Los compañeros pudieron descansar un par de horas antes de partir a su cita con El Flaco. Cuando salían de la hospedería, sin embargo, Sylvalor detectó una sombra en un tejado cercano. Cuando dirigió su vista hacia allí, pudo ver que se trataba de Wynna, quien desapareció pocos instantes después de ser detectada. El semielfo llamó la atención de sus compañeros sobre este punto, aunque decidieron dejarlo pasar de momento: ya habría tiempo de encargarse de ella.

Recogieron al Flaco en una plaza cercana al almacén del Colmillo. De camino, el Flaco no les dio muchas explicaciones de porqué no eran los propios hombres del Colmillo quienes se encargaban de su protección, limitándose a encogerse de hombros y poco más. Éloze se despidió de ellos allí, quedando en recogerles al día siguiente en la hospedería donde se alojaban.

El Flaco les llevó hasta un viejo almacén donde ya les esperaba un grupo de cinco personas. Uno de ellos, ataviado con ropajes bastante excéntricos, se presentó como Laucian. Una vez que El Flaco hubo confirmado que tenía el dinero y Laucian que tenía la mercancía, el segundo envió al centro del almacén a uno de sus hombres portando un pequeño estuche de plata.

El Flaco avanzó también, pidiendo a los compañeros que permaneciesen en retaguardia. En un punto medio entre ambos grupos, el Flaco entregó dos bolsas de buen tamaño al esbirro de Laucian y este le dio a cambio el estuche.

Entonces, cuando todo parecía resuelto, el secuaz de Laucian explotó en una nube de ácido que pulverizó su sangre al aire mientras hacía desaparecer la mitad de su cuerpo. Al tiempo, El Flaco corría hacia los compañeros mientras gritaba:

-Tenéis que protegerme, tenéis que protegerme, tenéis que...

Como era de esperar, los tres hombres que le quedaban a Laucian se arrojaron sobre el grupo. Mientras Sylvalor desenvainaba la espada para batirse con dos de ellos a un tiempo, Vanuath activaba el poder eléctrico de su ballesta de mano, dejando emanar un rayo que, tras envolver a uno de los secuaces, impactaba directamente en el pecho de Laucian. Ante el asombro de todos, aquella descarga no pareció afectar en nada al hombre.

Cinthork se abrió paso a toda carrera hasta Laucian que, ante sus ojos, tomó la forma antropoide de un tigre, lo cual delataba su condición de rakshasa. El minotauro se apresuró a activar su escudo mágico para que le proporcionase una velocidad superior con la que enfrentarse a aquel enemigo con más garantía.

Mientras El Flaco ganaba la puerta del almacén, Zenit hacía estallar en llamas el aire en torno a Sylvalor y sus dos oponentes, produciendo terribles quemaduras en la piel de sus enemigos mientras mantenía a salvo del fuego al semielfo. Un momento después, la hoja mágica de Sylvalor se veía envuelta en un arco eléctrico antes de descargar su poder contra uno de aquellos hombres, que se desplomó muerto sobre el suelo.

Vanuath retrocedió, colocando un virote en el muslo de su oponente mientras, a unos pasos de él, Cinthork propinaba dos sobrenaturalmente rápidos golpes de martillo sobre su enemigo antes de ver cómo Laucian desataba algún tipo de conjuro que, probablemente, tenía algún efecto potenciador sobre su propio ser.

Viendo con disgusto que El Flaco había desaparecido del lugar, Zenit conjuró un proyectil mágico sobre uno de los oponentes de Sylvalor, aunque falló. El semielfo, sin embargo, corregiría la situación hiriendo de gravedad al hombre con su espada. Mientras, Vanuath descargaba un nuevo rayo de su ballesta para acabar con la vida del oponente que trataba, sin éxito, de alcanzarle.

Cinthork, no queriendo asumir más riesgos de los necesarios, usó todo el poder concedido por su dios para disipar el conjuro efectuado por su oponente que, enfurecido, trató sin éxito de ensartarle con su espada.

El último de los hombres de Laucian caía bajo la espada de Sylvalor justo después de sonreír por haber esquivado un nuevo proyectil mágico de Zenit. El rakshasa, viéndose en inferioridad numérica trató de huir a toda carrera. Sin embargo, Cinthork usó su capa mágica para volar sobre él y aterrizar unos pasos por delante. La desesperada huida del rakshasa terminó frenada por el brutal martillazo del paladín destrozándole el cráneo.

Antes de marcharse, Vanuath examinó el cuerpo de Laucian, encontrando un anillo bastante valioso que les vendría bien, dado lo exigente económicamente que estaba resultando la ciudad de Sigil. No fue hasta un rato después cuando se percataron de que, sin El Flaco, les iba a ser muy difícil orientarse.

Desesperados, los compañeros deambularon por las cambiantes calles de La Colmena durante seis largas horas sin encontrar nada que les resultase ni remotamente familiar. Apenas se cruzaron con alguna prostituta y pudieron presenciar un par de apuñalamientos en distintos callejones, pero no quisieron detenerse pues estaban deseosos de salir de allí. Poco a poco, aquel entorno sin sol comenzó a iluminarse para imitar el ciclo diurno.

Meditaban ya la posibilidad de que Zenit usase uno de sus círculos de teletransporte para que pudiesen salir de allí cuando se vieron en un callejón bastante angosto. Unos metros más adelante vieron a un nycaloth, un ser musculoso con alas membranosas y cabeza de mastín, cortándoles el paso. Un segundo después, había otra de las criaturas tras ellos y una más se aproximaba desde otro callejón anexo.

El que parecía liderar el grupo les hizo entender enseguida que aquello era un atraco. Sin demasiadas sutilezas, el nycaloth les sugirió que entregasen todas sus pertenencias si no querían morir allí mismo de un modo bastante atroz.

Como toda respuesta, Sylvalor disparó una flecha de su arco sobre el enemigo a retaguardia: el veneno mágico hizo que la criatura se retorciese de dolor. Un instante después, los tres nycaloths se teletransportaron para aparecer a distancia de cuerpo a cuerpo del grupo. Uno de ellos hirió levemente al propio Sylvalor, mientras que Vanuath y Zenit eludían con destreza las acometidas de hacha de sus respectivos contendientes.

Mientras el ladrón hendía su daga en el muslo de un nycaloth, Zenit desaparecía en una nube plateada para reaparecer al otro extremo del callejón, desde donde invocó un proyectil mágico que acabó impactando en la espalda del ser que, en ese momento, se abalanzaba sobre Cinthork.

Aprovechando la coyuntura, el paladín descargó un terrible martillazo sobre el pecho de aquel ser, con el poder de Tyr guiando su brazo. El nycaloth se tambaleó peligrosamente. Mientras, Sylvalor propinaba un nuevo tajo en el abdomen de su enemigo.

A unos pasos de distancia, Vanuath maniobraba ágilmente para evitar el hacha rival antes de devolver una certera puñalada al costado de la criatura. Desde el fondo del callejón, un nuevo proyectil arcano surcaba el aire, esta vez sin encontrar blanco alguno.

La hoja mágica de Sylvalor hirió en el pecho al nycaloth, haciéndole retroceder al tiempo que Vanuath hacía lo propio, propinando un buen tajo en el brazo de su enemigo con la daga. Antes de que Zenit tuviese tiempo de volver a conjurar, Cinthork descargaba también un último martillazo que trituraba el cráneo del líder de los nycaloths. Viéndose sin su cabecilla, los infernales huyeron teleportándose lejos de allí.

Tras tomarse unos segundos para recobrar el aliento, registraron los cuerpos de los monstruosos atracadores sin encontrar nada de valor en ellos. Finalmente, convinieron en que Zenit pintase un círculo de teletransporte en uno de los callejones anexos al lugar en el cual se encontraban. El mago elfo colocó la mano sobre el dibujo, iluminando sus runas. Una vez todos estuvieron sobre el trazado, se teleportaron en un destello arcano hasta la bodega del Aetherion.

Lo cierto es que la capitana Eola se indignó bastante al verlos surgir de la bodega de su barco de forma inesperada. De hecho, la halfling desconocía que Zenit había grabado un círculo de teletransporte en el Aetherion y esto le pareció una afrenta. No obstante, era una mujer de negocios, así que permitió que el círculo se mantuviese allí a cambio de una justa compensación económica.

El cielo estaba totalmente claro en aquella imitación de luz matutina, los compañeros no había dormido nada y Éloze habría ido a buscarles a la hospedería para llevarles a ver a su contacto. Después de la última experiencia, vagando perdidos durante horas por La Colmena, decidieron contratar a un guía para que les llevase hasta el lugar. Encontraron por allí a Currat, aquel extraño hombre pez, quien se puso a su servicio por aquel día.

Cuando llegaron a la hospedería, encontraron a Éloze aguardando con aire impaciente. Aunque la fantasma se extrañó un poco al ver a Currat, no pareció darle demasiada importancia: al fin y al cabo, ella iba a cobrar el día de todos modos. Así que, con dos guías oficiales de Sigil a su servicio, los compañeros pusieron rumbo al Barrio de los Gremios.

Éloze les condujo hasta una elegante construcción rodeada por un frondoso jardín. En lugar de dirigirse a la vivienda, los compañeros fueron guiados por la fantasma hasta el jardín trasero donde se detuvieron ante un enorme árbol que, poco a poco, comenzó a moverse. Éloze y Currat aguardaron fuera, charlando mientras dejaban a sus clientes hacer negocios.

Vennerbun tenía lo que parecía un rostro en su tronco, mientras que las gruesas ramas se movían como brazos y las raíces como toscas piernas. En un lenguaje lento y desesperante, y a cambio de una fuerte suma, les dio la ubicación de los portales que buscaban al tiempo que les hablaba de aquellos guardianes que los custodiaban.

El portal a Athas se encontraba en el Barrio Inferior, custodiado por Shine, una gladiadora humana. El portal a Barovia se encontraba en el Barrio del Mercado, custodiado por una banshee llamada Eflestray. El portal a Eberron estaba en el Barrio de los Matasietes, guardado por Naz Taek, una criatura que denominó como simbionte. El portal a Krynn se encontraba en el Barrio de los Gremios bajo la vigilancia de Lord Soth, un caballero de la muerte. El portal a Oerth estaba ubicado en La Colmena, custodiado por Tasha, una maga guerrera con sangre demoníaca. Por último, el portal a Toril, el propio mundo de los compañeros, se encontraba en el Barrio de la Dama, custodiado por un tal Geareth, otro guerrero con sangre de infernal. De cada uno de estos portales, Vennerbun les dio la ubicación exacta.

Al mismo tiempo, el ent les advirtió que era una muy mala idea intentar cruzar aquellos portales sin permiso, pues tendrían que vérselas con el guardián y, si dañaban a este, era probable que también con la propia Dama del Dolor. Vennerbun se ofreció entonces, por otra suma intimidante, a concertarles una cita con la mismísima Dama del Dolor para que pudiesen presentar su caso ante ella y que esta les diese acceso a los portales.

Por el momento, los compañeros decidieron no aceptar ese ofrecimiento hasta entrevistarse con el archimago kobold llamado Duggo, quien podría hacerles una oferta más asequible, lo que al ent le pareció adecuado. Así, se despidieron de Vennerbun y dejaron que Éloze y Currat les llevasen hasta el Barrio de los Matasietes, donde residía el kobold.

La mansión de Duggo era tan cara y ostentosa como pésimo era el gusto con el cual estaba decorada. Los compañeros fueron conducidos por un sirviente a través de aquel edificio en el que pudieron ver a bastante personal de seguridad. El archimago les recibió en su despacho, ataviado con una estridente túnica y tanta joyería encima que costaba entender cómo podía siquiera caminar.

Tal y como les había advertido Éloze, parecía que Duggo y Vennerbun tenían sus precios fijados bajo pacto, por lo que el kobold les solicitó el mismo precio tanto para darles la ubicación de los portales como para concertarles una cita con La Dama. Aunque ya tenían la primera parte de la información, decidieron negociar con Duggo por si este poseía algún dato adicional.

En un momento dado, Cinthork decidió mentir (¿Qué pensaría Tyr de eso?) al kobold diciéndole que Vennerbun les había vendido la información por cuatro mil monedas de plata en lugar de las cinco mil que él les pedía. Lejos de incentivar a Duggo, el archimago enfureció, echándoles de su despacho mientras murmuraba una serie de improperios contra Vennerbun y el hecho de que aquel “maldito arbusto” hubiera roto el pacto.

Tras abandonar la mansión de Duggo, los compañeros acordaron que Currat llevase a Vennerbun el mensaje de que aceptaban su precio para concertar una reunión con La Dama. Cuando Éloze les preguntó si querían que les guiase de vuelta a la hospedería, pidieron a la fantasma que les llevase a la guarida del Colmillo, ya que tenían pendiente la mitad del pago por su trabajo.

Los hombres del Colmillo se mostraron abiertamente sorprendidos de ver a los compañeros por allí, y vivos. Tras unos minutos de espera, fueron conducidos al interior del almacén, donde les esperaba una multitud de hombres fuertemente armados rodeando al Colmillo. El hampón se mostró encantado, o eso decía, de que los compañeros hubieran podido salir con vida del entuerto y les pagó lo que les debía.

En un momento dado, Cinthork le dijo que para ellos había sido un placer trabajar al servicio del Colmillo y que podía contar con el grupo para futuros trabajos. Aquello pareció agradar al gnomo, quizá también sorprendido porque el paladín de un dios benigno y tan recto quisiese trabajar voluntariamente para alguien del que ya había descubierto que era abiertamente un malhechor de su calaña. No obstante, quedó en avisarles si surgía un nuevo trabajo.

Así, Éloze guío de vuelta a sus clientes hasta aquella vieja hospedería de La Colmena donde se alojaban para que, por fin, pudiesen disfrutar de un merecido descanso. Poco a poco, el antinatural resplandor de la ciudad se fue apagando para simular el ciclo nocturno. Tras una cena frugal ofrecida por la saga que regentaba el establecimiento, los compañeros se fueron a dormir. Cinthork y Zenit ocuparon una habitación, mientras que Vanuath y Sylvalor se instalaron en la contigua.

No llevaría más de una hora durmiendo cuando el inequívoco sonido de un crujido despertó a Vanuath. El semielfo estaba seguro de que el sonido provenía de las escaleras que comunicaban el primer piso, donde se encontraban los dormitorios, con la planta baja. Eran pasos demasiado pesados como para corresponder con los de su anfitriona, quizá los de alguien ataviado con una armadura. Despertó a Sylvalor.

Mientras su compañero echaba mano de las armas, Vanuath salía al pasillo para llamar suavemente a la puerta de Cinthork y Zenit. Lamentablemente, todo ese sigilo se fue al traste cuando el minotauro abrió bruscamente la puerta para hacer sonar su atronadora voz.

-¿Qué pasa? -preguntó el paladín.

Casi de inmediato, los sonidos provenientes de la escalera se hicieron más claros: varias personas, al menos cuatro. No tardaron en ver al primero de los intrusos apareciendo por la escalera, aquella mujer fornida de pelo rojo que habían visto el día anterior en el Barrio de los Gremios. Antes de que aquella guerrera hubiese terminado de subir las escaleras, ya había recibido el impacto tanto de uno de los virotes de Vanuath como de una flecha disparada por Sylvalor, que ya salía al pasillo.

Rápidamente, el esbelto espadachín de aquel grupo adelantó a la mujer en las escaleras para correr hacia la puerta donde estaba Vanuath, mientras Cinthork tomaba sus atavíos de batalla. Casi al tiempo, el sacerdote de Cyric que también habían visto el día anterior hizo su aparición en la escalera y, murmurando una plegaria a su oscuro dios, restañó las heridas de la guerrera a quien llamó Zerana.

Mientras Cinthork se trababa en combate con el hábil espadachín, Sylvalor y Vanuath retrocedían por el pasillo. Zenit, con el minotauro bloqueando la puerta, se desesperaba por no poder intervenir. Ninguno tenía un blanco claro, ya que tanto el sacerdote como la tal Zerana estaban a cubierto en el recodo existente en la zona de escaleras. De hecho, el sacerdote cruzó fugazmente el pasillo para ponerse a cubierto en el flanco contrario un segundo después.

La guerrera abandonó su cobertura entonces para apoyar al espadachín contra Cinthork, pero el minotauro se defendió con fiereza, propinando un potente golpe con su martillo a la mujer, que chilló de furia y dolor. Mientras, Sylvalor y Vanuath comenzaban a apuntar sus armas hacia ella.

Sin embargo, el sonido de un virote surcando el aire llegó a los afinados oídos de Vanuath, aunque demasiado tarde. El vidrio de la ventana a su espalda se quebró justo antes de que el ladrón recibiese el impacto de un proyectil en la espalda... y después otro. Aunque no podían verla, para todos fue evidente que Wynna se encontraba en el tejado del edificio de enfrente; apostada con su ballesta pesada.

Tan rápido como pudieron, Sylvalor y Vanuath se pusieron a cubierto. Mientras que el primero regresó a su dormitorio, el segundo ocupó la habitación enfrentada a este, que se hallaba desocupada. Con cautela, ambos se asomaron por sus respectivas ventanas con la intención de detectar a aquella maldita mujer.

Por desgracia, aquello había dejado el pasillo expedito para Wynna, que tenía ahora un blanco claro e impecable en la espalda de Cinthork. Dos virotes en rápida sucesión impactaron en la espalda del minotauro, que trastabilló hacia delante. Con dos enemigos en el pasillo y la mortal puntería de Wynna acosándole, el paladín no pudo hacer otra cosa que entrar en su habitación y cerrar la puerta mientras Zenit le miraba con expresión preocupada.

Mientras la tal Zerana y el espadachín forcejeaban sin éxito por lograr abrir la puerta del dormitorio ante la descomunal fuerza de Cinthork, Sylvalor logró localizar a Wynna en el tejado, indicándole rápidamente a Vanuath donde se encontraba la mujer. El ladrón apuntó sin pensarlo su ballesta de mano y disparó un virote que hirió a la asesina.

Visiblemente enfurecida, Wynna disparó su ballesta contra Sylvalor pero, por fortuna para el semielfo, los dos virotes se incrustaron en el marco de la ventana, a apenas un palmo de su cabeza. Al fondo del pasillo, Cinthork continuaba resistiendo para mantener la puerta cerrada ante el empuje de la guerrera y el espadachín.

Esta vez fue Sylvalor quien, tras apuntar con cuidado, logró acertar a Wynna con una de sus flechas. Un pequeño virote surgió también de la ballesta de Vanuath, aunque este fue esquivado sin problemas por la asesina. Rápidamente, el ladrón se ocultó tras la pared para no ofrecer un blanco.

Tras acertar esta vez con uno de sus proyectiles sobre Sylvalor, Wynna volvió a ocultarse entre las sombras del tejado. Tanto el guerrero semielfo como Vanuath comenzaron de nuevo su búsqueda para tratar de encontrar el nuevo escondite de la mujer. A la vez, Cinthork continuaba sujetando la puerta mientras, junto a él, Zenit se desesperaba sin saber muy bien qué hacer. Finalmente, el mago lanzó un conjuro que permitiría a su compañero moverse a gran velocidad.

Tras unos segundos, Vanuath volvió a encontrar a su enemiga en el tejado, señalándole su posición a Sylvalor que, sin embargo, no acertó en ninguno de sus dos disparos sobre la mujer. Wynna, para su desgracia, si lograría hacer blanco en la respuesta sobre su atacante.

Quizá pensando que las situaciones desesperadas requerían soluciones desesperadas, Cinthork agarró a Zenit por la cintura y corrió hacia la ventana del dormitorio para arrojarse por ella. El impacto contra el suelo resultó doloroso, aunque no demasiado. Aún sobre el empedrado, el minotauro gritó hacia la hospedería, exhortando a sus compañeros a abandonar el edificio también por la ventana.

Sylvalor, ofuscado, aún continuaba oteando el tejado de enfrente cuando Vanuath entró a toda carrera en el dormitorio. Desde el pasillo, también la enorme Zerana llegó para plantarse en la puerta. Vanuath pudo ver claramente como la magia resplandecía en torno a ella, seguramente por la acción del sacerdote en un punto fuera de la vista del ladrón.

Sobrepasados por los acontecimientos, Sylvalor y Vanuath corrieron también a saltar por la ventana del dormitorio, aterrizando ambos con mucha mayor pericia que sus compañeros. Sin pensarlo, corrieron hacia sus compañeros mientras Zenit ya comenzaba a murmurar el conjuro que habría de teleportarles lejos de allí.

Por desgracia, el mago elfo no logró concentrarse lo suficiente y el conjuro fracasó, produciéndoles a todos un dolor atroz, además de dejarles en una posición bastante expuesta: no cabía más opción que huir a la desesperada.

En ese momento, Zerana se asomó por la misma ventana que Sylvalor y Vanuath habían usado para escapar. Los compañeros pudieron contemplar como el espadón de la guerrera se volvía incandescente antes de vomitar una bola de fuego sobre ellos, haciéndoles gritar de dolor mientras las llamas lamían sus cuerpos. Apenas se habían repuesto de esto cuando uno de los virotes de Wynna surcaba la oscuridad para alojarse en el hombro de Sylvalor.

Gritando a sus compañeros que huyesen, Cinthork empleó la sobrenatural velocidad proporcionada por el conjuro de Zenit para correr a través del callejón, alejándose. Un instante después, Zenit desataba un conjuro que le permitía escapar volando de allí y Vanuath comenzaba a correr alejándose.

Sylvalor, que acababa de esquivar otro de los proyectiles de Wynna, también corría por el callejón en busca de la salvación, aunque se estaba quedando atrás. Por si fuera poco, el semielfo pudo ver como el espadachín saltaba por la ventana del dormitorio de Cinthork y Zenit para, tras aterrizar con bastante estilo, correr a cortarle el paso.

Sylvalor se defendía como podía contra el hombre, notando mientras tanto como un proyectil mágico disparado por la espada de Zerana detonaba a unos palmos de su cabeza. Fue entonces cuando vio al integrante que faltaba de aquel grupo: el tal Lord Manshoon se asomaba por la ventana, sonriendo con desprecio.

El mago apuntó su dedo índice hacia Sylvalor, dejando que el rayo de tenue energía verdosa surcase el espacio que los separaba para impactar en el pecho del semielfo. Antes de que Sylvalor pudiese siquiera gritar, su cuerpo se había disuelto en un montón de ceniza sobre el sucio empedrado de aquel callejón de Sigil.

Sin mirar atrás, sus tres compañeros continuaron huyendo a través de las cambiantes calles de la Ciudad de la Mil Puertas.

Comentarios

  1. Pobre Sylvalor, le recordaremos cada vez que hagamos una bbq

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