Veneno en la sangre (T2) - La ciénaga de la muerte (2/8)

Tras incinerar los cuerpos de los dos soldados de Lord Orvyn, caídos durante el ataque de tres enredaderas asesinas la noche anterior, el grupo formado por la guerrera Elatha, el sacerdote Fendrel, el ladrón halfling Garrick y el mago Valmer se disponía a internarse en la Ciénaga de Tisthon en compañía del propio Lord Orvyn con la misión de hacerse con el artefacto conocido como Diamante de Las Almas, el cual todos esperaban que fuese crucial para detener en el futuro a Yzumath, el misterioso dragón de oscuridad que accidentalmente habían liberado los bandidos del Valle.


El grupo dio sus primeros pasos en la Ciénaga de Tisthon con prudencia. El aire era pesado y denso, cargado con el leve hedor sulfuroso de la neblina verdosa que parecía flotar perpetuamente en el aire, al igual que las nubes de insectos que hostigaban la piel de forma constante. El terreno era traicionero, con la mayor parte de él inundada hasta cubrir la rodilla; aunque algunas pequeñas islas de pútrida vegetación emergían aquí y allá de las ponzoñosas aguas.

El avance era penoso a través de aquella superficie inundada de fondo lodoso, ralentizando considerablemente el avance de los compañeros. Durante su camino, se toparon con algunas estructuras parcialmente sumergidas de aspecto bastante antiguo, de una arquitectura desconocida para ellos. Sin duda, restos de la antigua civilización que en su día habitó la región de Vracone.

Aquella neblina de hedor sulfurosos que flotaba en el aire hacía que picase la garganta. Garrick, de hecho, comenzó a sentirse mareado y comenzó a vomitar al poco. Pese a que el halfling logró recomponerse, caminaba con el semblante totalmente pálido y amenazaba con tropezar de cuando en cuando. Fendrel le contó que se trataba de la llamada "Miasma de Tisthon", un tipo de intoxicación leve que sufrían algunas de las personas que se veían obligadas a respirar los vapores de la ciénaga. El sacerdote le aseguró a su compañero que aquel malestar acabaría pasando.

Tras un par de horas de camino, el grupo se topó con una escena terrible que les serviría como bienvenida al atroz lugar en el que acababan de internarse.

Media docena de hombres lagarto se hallaban empalados en largas estacas sobre una de las pequeñas islas que emergían de las aguas. Todos, además, presentaban terribles heridas en la carne escamosa, las cuales les habían infligido sin duda un sufrimiento atroz. Elatha reconoció de inmediato esas heridas como las producidas por filos de sílex Su propio pueblo marcaba de un modo similar a aquellos que osaban traicionar al clan antes de, en lugar de empalarlos, ahorcarlos de un árbol: podía tratarse de algo similar.

Con los nervios en tensión tras el macabro hallazgo, el grupo continuó su penoso avance hacia el oeste. Todo parecía en relativa calma, al menos hasta que el agua estancada comenzó a agitarse de forma anómala. Casi todo el grupo consiguió darse cuenta a excepción de Garrick, que estaba bastante más centrado en su malestar, y Fendrel, que en ese momento le estaba atendiendo.

Elatha sumergió su lanza en el agua para ensartó lo que acabó siendo un enorme pez serpentino de casi dos metros de longitud. El arco eléctrico que surcó el cuerpo de la anguila en su último estertor indicó a los compañeros que se encontraban ante un grupo de anguilas eléctricas. Justo al lado de la guerrera, Valmer ya conjuraba la armadura de energía en torno a sí.

Cinco anguilas emergieron de pronto del agua estancada: dos atacando a Elatha, otras dos a Lord Orvyn y una más al mareado Garrick. Mientras que la guerrera logró mantener a los animales a raya con su lanza, el caballero hincó rodilla cuando dos descargas eléctricas sucesivas golpearon su cuerpo. Por otra parte, Garrick logró esquivar la acometida de la anguila que le atacaba con sorprendente soltura a pesar de su estado.

Lord Orvyn partió en dos a una de las anguilas que le acosaban de un único golpe, mientras Elatha hacía lo que podía por seguir manteniendo a raya a los dos animales que se acercaban con sus escamosos cuerpos crepitando eléctricamente. En ese momento, una esfera de energía pura brotó de los dedos de Valmer para hacer estallar a una de las anguilas, esparciendo sus restos sobre la guerrera, que le sonrió agradecida.

El cuerpo de una anguila golpeó entonces a Garrick, dejando una socarrada marca en la armadura de cuero del halfling a la que acompañó un chasquido eléctrico y un leve olor a quemado. Al tiempo, el maltrecho Lord Orvyn usaba su escudo para mantener lejos a otro de los animales. Al tiempo que el halfling blandía su daga torpemente a causa del mareo, sin conseguir alcanzar a su oponente, el caballero hacía un uso mucho más eficiente de su espada para aniquilar a su propio enemigo.

Viendo el estado de Orvyn, Fendrel invocó el poder de su dios para restañar las heridas del caballero, que notó de inmediato como las fuerzas regresaban a él. Elatha, a esas alturas, seguía enfrascada en combate con una de las anguilas, mientras que Valmer, con su magia ya exhausta, se alejaba como podía a una distancia prudencial del combate antes de disparar con su honda un proyectil que acabó acertando sobre el animal que acosaba a Garrick, que se retorció dolorido.

El enfurecido animal volvió a arrojarse sobre el halfling, castigando su pequeño cuerpo con una descarga eléctrica de intensidad considerable. Garrick aulló de dolor, mientras su piel se ampollaba y humeaba. Lord Orvyn corrió en su ayuda, intentando sin éxito ensartar a la bestia con su espada. Sin embargo, esta maniobra sirvió para que la anguila se centrase en el caballero y el halfling pudiera alejarse del peligro.

Fendrel se unió entonces a Orvyn, propinando un fuerte golpe con su maza que acabó por triturar el cráneo de la anguila. El último de los animales perecería un segundo después bajo la lanza de Elatha, que ya se había cansado de aquel interminable baile con la criatura.

Después de recomponerse un poco tras el combate, los compañeros decidieron buscar un lugar donde descansar un par de horas. Eligieron finalmente una de aquellas isletas emergentes que parecía proporcionar unas condiciones ideales de defensa, por si acaso. Garrick utilizó uno de sus emplastos curativos para tratar las quemaduras eléctricas, sintiendo un gran alivio.

Pasado el mediodía, continuaron el camino para atravesar un área de vegetación tan densa que bloqueaba parcialmente la luz solar, sumiendo a los compañeros en una inquietante penumbra. Enormes árboles formaban una especie de pequeño bosque, con marañas de raíces surgiendo del agua turbia.

En su camino, encontraron varios tótems de madera con grabados tribales, posiblemente señales territoriales de los hombres lagarto, como señaló Elatha. Valmer también encontró huellas de varios hombres lagarto y también de humanos: el paso de estos últimos era irregular, como si estuvieran heridos o enfermos; quizá prisioneros de los sauriales. El mago contó a dos humanos y media docena de hombres lagarto.

Tras debatirlo un rato, los compañeros decidieron seguir aquel rastro. La posibilidad de liberar a un par de prisioneros de garras de los sauriales era algo que ninguno quería dejar pasar.

En su avance, el grupo llegó a un punto en el cual las raíces bloqueaban totalmente su paso, lo que les forzó a escalar la maraña vegetal para poder continuar. Lord Orvyn abrió el camino, trepando por aquellas raíces cubiertas de limo resbaladizo. Fendrel trepó tras el caballero, ayudando a Garrick a hacer lo propio. Sin embargo, el halfling estaba aún demasiado mareado por la Miasma de Tisthon y acabó resbalando.

Con un agudo chillido, Garrick cayó entre las raíces para acabar en el agua, un par de metros más abajo. La caída resultó totalmente amortiguada por el líquido elemento, pero había algo más allí abajo. Al parecer, un nutrido banco de pequeñas serpientes había decidido anidar al cobijo de la gruesa maraña de raíces. El halfling maldijo al sentir el mordisco de uno de los pequeños reptiles en su muslo justo antes de que Valmer cayese al agua casi a su lado. La maldición proferida por el mago indicó que también había sido mordido por uno de los reptiles.

Elatha trató de alargar su lanza hacia sus dos compañeros, con la intención de ayudarles a salir del agua; pero solo logró acabar cayendo ella también. Con gesto bastante indiferente, la guerrera se arrancó la serpiente que mordía su hombro para arrojarla a un lado antes de aupar a sus compañeros para que pudiesen salir de allí.

Una vez fuera de la maraña, Fendrel echó un vistazo a esas mordeduras de serpiente. El veneno había abultado las heridas de todos, aunque la resistencia propia de cada uno de sus compañeros afectaba a la gravedad de estas. Mientras que a Elatha no parecía causarle demasiado percance su mordedura, Garrick estaba aún más blanquecino que antes. Valmer, por su parte, incluso había comenzado a tiritar.

Frunciendo el ceño a causa de aquella contrariedad, el sacerdote desplegó una andanada de energía divina que curó inmediatamente las heridas de todos. Con gran alivio, Garrick incluso se percató de que los efectos de la Miasma de Tisthon habían desaparecido de su persona.

Así, los compañeros continuaron su camino en pos de aquel grupo de hombres lagarto que se internaban cada vez más en la ciénaga.

Dieron con ellos a última hora de la tarde. Los seis sauriales se habían instalado en una de las isletas del pantano. Los prisioneros, un hombre y una mujer, seguramente cazatesoros, se encontraban en el centro de la isla, maniatados y con evidentes signos de maltrato. Un hombre lagarto les vigilaba de cerca mientras otros dos holgazaneaban a pocos pasos de distancia. Los otros tres sauriales montaban guardia a unos diez metros de la isla, desplegados en triángulo para proteger todo el perímetro.

Los compañeros decidieron que Elatha, Fendrel y Lord Orvyn asaltarían el islote, mientras que Garrick y Valmer hostigarían a distancia a los enemigos. La sorpresa era clave, así que intentarían acercarse lo máximo posible antes de iniciar el ataque.

Garrick y Valmer tomaron posiciones al noroeste, en completo silencio. Por desgracia, sus compañeros no fueron tan hábiles: si bien Elatha parecía fluir en completo silencio, tanto Fendrel como Lord Orvyn hicieron demasiado ruido y fueron detectados por los sauriales, que se pusieron de inmediato en alerta.

Aunque el virote disparado por Garrick pasó bastante lejos de uno de los centinelas, el proyectil mágico de Valmer redujo a pulpa la cabeza del saurial un momento después. Los hombres lagarto, desentendiéndose de los prisioneros, corrieron hacia los intrusos. En un momento, dos de ellos se abalanzaban sobre el grupo de Elatha, Fendrel y Orvyn, hostigando con sus lanzas a la guerrera mientras otro más de los sauriales se hallaba en camino.

Mientras un hombre lagarto, el más alejado, corría hacia Garrick y Valmer, otro monstruo había logrado llegar hasta el mago empuñando su lanza de sílex Por suerte, el hechicero esquivó sus ataques con bastante soltura.

Orvyn y Fendrel se apresuraron a apoyar a Elatha, formando un frente común contra los dos sauriales. Mientras, Garrick lograba abatir al saurial que ya estaba llegando a la posición en la que él y Valmer se defendían del otro hombre lagarto. La armadura arcana del mago chisporroteó cuando la lanza de sílex agrietó su estructura.

El centinela que había estado moviéndose hacia Elatha, Fendrel y Orvyn llegó en apoyo de sus compañeros. Ahora eran tres contra tres y la balanza parecía haberse equilibrado. El mazazo del sacerdote hizo que una de las bestias retrocediese rugiendo de furia.

Aprovechando que el saurial estaba centrado en Valmer, Garrick se movió a su espalda para propinarle una terrible puñalada. Aunque el saurial se estremeció y la herida era, a todas luces, gravísima, el monstruo permaneció en pie.

Fendrel interponía el escudo en el último momento para evitar ser ensartado por la lanza de un oponente, a la vez que la armadura de Elatha recibía una nueva marca de guerra. Orvyn, de momento, aguantaba con solvencia los embates de su enemigo.

Valmer logró zafarse de su enemigo, corriendo a través del agua fétida para alejarse unos metros, momento que aprovechó Garrick para tratar de apuñalar nuevamente al saurial. Sin embargo, la criatura se percató de la maniobra, volviéndose rápidamente hacia el halfling para intentar ensartarle con su lanza. Garrick lo evitó por muy poco.

Fendrel, que estaba cediendo terreno ante su adversario, no era capaz de contraatacar con efectividad. Orvyn, mientras tanto, atravesaba el pecho del saurial con el que combatía, dejando que su cadáver se desplomase para hundirse en las turbias aguas de la ciénaga. Un momento después, Elatha empalaba a su enemigo, alzando su cuerpo en el aire antes de dejarlo caer, ya cadáver.

Garrick se alejó a toda prisa del hombre lagarto que pretendía trincharle con su lanza, momento que aprovechó Valmer para lanzarle su último proyectil mágico. Un instante después, el saurial observaba incrédulo el enorme orificio que había dejado la explosión en su pecho antes de desplomarse sin vida.

El último hombre lagarto, que había estado combatiendo con Fendrel, emprendió entonces la huida. Elatha le arrojó su lanza, aunque erró el disparo. Orvyn también disparó su ballesta, fallando por muy poco. Tendría que ser Garrick el que acabase alojando un virote en la nuca del saurial, que se desplomó de bruces, muerto sobre el agua cenagosa.

Tras comprobar que todos se encontraban bien, los compañeros se dispusieron a liberar a los reos que, desde el islote, habían asistido al combate. Ambos eran cazatesoros, según les confirmaron, trabajando por encargo de un mercader de Stormcliff.

Kozaf y Ciera, que así se llamaban el hombre y la mujer, se habían adentrado junto a otros tres compañeros en la Ciénaga de Tisthon en busca de los posibles tesoros abandonados por la antigua civilización que había morado aquellas tierras antes de que el pantano las anegase. Su grupo había sido atacado por los sauriales y sus compañeros habían muerto durante el combate.

Luego, aquel grupo de seis hombres lagarto les habían maniatado y les condujeron a través del pantano. No sabían hacia donde les estaban llevando, pero les estremecía pensar en qué demonios iban a hacer esos monstruos con ellos.

Los cazatesoros también les contaron que habían sido atacados tras toparse con las ruinas semisumergidas de algún tipo de asentamiento, medio día de camino al norte de donde se encontraban. No habían visto nada que pareciese un templo, por desgracia, pero entre los sauriales había un líder, una especie de chamán, que podía saber algo al respecto.

Los compañeros decidieron entonces que harían noche allí y, al día siguiente, se desplazarían hasta el enclave sumergido del que les habían hablado Kozaf y Ciera. Estos, por su parte, deseaban vengar a sus amigos caídos del mismo modo que tenían muy pocas ganas de vagar solos por la Ciénaga de Tisthon, de modo que decidieron acompañar al grupo.

Pero ya caía la noche, ahora era tiempo de descansar y prepararse para los desafíos que trajese el siguiente día.

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