Veneno en la sangre (T2) - La ciénaga de la muerte (3/8)
Tras sobrevivir a diversos peligros como el ataque de unas anguilas eléctricas, la mordedura de serpientes venenosas o la tóxica Miasma de Tisthon, los compañeros lograron rescatar de manos de los hombres lagarto a una pareja de cazatesoros llamados Kozaf y Ciera. Acompañados de estos y de Lord Orvyn, ahora se encaminaban hacia el norte en busca del enclave sumergido del que les habían hablado los cazatesoros.
El grupo partió poco después de despuntar el alba, con Elatha y Lord Orvyn abriendo camino, seguidos por Valmer, Garrick y Fendrel cerrando la comitiva. Kozaf y Ciera ocupaban los flancos, con sus arcos largos en mano por si se presentaba algún problema.
Caminaron sin incidentes durante más o menos medio día hasta que el enclave apareció ante ellos. No lo vieron en la distancia, sino que pareció materializarse de pronto entre la espesura, como si un momento antes no hubiese estado allí. Los edificios, completamente devorados por la vegetación, parecían parte misma de la naturaleza salvaje y retorcida de la Ciénaga de Tisthon.
En ese momento, tanto Kozaf como Ciera pidieron prudencia a sus compañeros, pues sabían a ciencia cierta que los hombres lagarto habían dispuesto algunas trampas en la zona. Además, probablemente había entre una y dos docenas de sauriales dispersos por aquel enclave.
Los compañeros decidieron avanzar con el mayor sigilo posible, intentando eliminar poco a poco a los sauriales que fuesen encontrando en el enclave hasta llegar al chamán. Decidieron acceder al lugar pasando a través de un estrecho canal que estaba inundado de un agua oscura, pasando bajo un arco de piedra cubierto de lianas y musgo en el que se mostraba una iconografía desconocida para ellos, de otro tiempo.
Garrick iba delante, por si tal y como decían los cazatesoros, los hombres lagarto habían dispuesto trampas en aquel lugar. No estuvo hábil para detectar la primera, haciendo saltar el resorte que disparó una flecha hacia su pecho. Por suerte, el rústico mecanismo lo hizo con poca fuerza y el proyectil quedó clavado en su peto de cuero.
El agua, turbia y oscura, dificultaba en exceso la labor del halfling, que tropezó con una segunda trampa, la cual clavó una pequeña púa en su muslo; produciéndole un feo corte. Garrick se vio obligado a usar el último de sus emplastos curativos antes de continuar. Poco antes de salir del canal, sí detectó una última trampa que parecía activar una especie de campanilla, la cual hubiese alertado a los moradores del enclave de la presencia del grupo.
Cuando salieron del oscuro canal, la satisfacción por encontrar algo de terreno seco chocó con el sentimiento de asco al descubrir que todos tenían el cuerpo completamente cubierto de sanguijuelas. Con cuidado, retiraron las sabandijas de sus cuerpos, pero las mordeduras de Elatha, Fendrel, Kozaf y Ciera no tenían demasiado buen aspecto.
Reanudado el camino, Elatha llamó la atención de Fendrel sobre una pequeña edificación de iconografía ligeramente distinta al resto. Realmente parecía algún tipo de construcción religiosa. El sacerdote no podía asegurar que no se tratase del templo que buscaban, aunque le extrañaba por su reducido tamaño.
Con cuidado, entraron al edificio para encontrar una especie de pequeño altar casi devorado por el musgo. Había símbolos tallados en la piedra que ninguno de los compañeros era capaz de descifrar. De momento, les pareció un lugar seguro, así que decidieron descansar un par de horas allí hasta continuar explorando el enclave en el que, hasta el momento, no habían detectado la presencia de los sauriales.
Durante el par de horas que estuvieron allí, Fendrel se dedicó a inspeccionar el antiguo altar. Para su sorpresa, descubrió en él un pequeño compartimento secreto que, tras ser abierto, reveló un estuche alargado de metal con forma cilíndrica. Emocionado por el hallazgo, el sacerdote abrió el estuche para comprobar que contenía un pergamino con oraciones a algún tipo de deidad benigna. Según explicó al grupo, mediante la magia contenida en ese pergamino, podría traer de vuelta a la vida a alguien que llevase pocas horas muerto. Realmente era una herramienta valiosa en un lugar lleno de peligros como aquel.
Elatha sugirió a sus compañeros que debían intentar capturar al chamán antes de que llegara la noche, pues los hombres lagarto tenían la capacidad de ver en la oscuridad y aquello dejaría al grupo en desventaja si oscurecía.
Así, continuaron caminando por aquellas callejas invadidas por la densa vegetación del pantano, vadeando ocasionalmente tramos completamente inundados por agua turbia. Garrick continuaba al frente, tanteando el terreno en busca de posibles trampas dejadas por los sauriales.
Si bien Garrick no detectó ninguna trampa, si pudo ver un grupo de siluetas moviéndose al otro lado de una de aquellas calles inundadas. Cuatro de los sauriales estaban sentados en las ruinas de una pequeña edificación de la cual solo quedaban un par de paredes. Otro hombre lagarto ejercía de centinela en un edificio de estado similar a pocos metros de sus compañeros.
Los compañeros se desplegaron de modo que Kozaf y Ciera intentarían abatir al centinela con sus arcos, mientras que Valmer emplearía su magia sobre el grupo de sauriales. Después, un contingente formado por Elatha, Fendrel y Lord Orvyn cargaría de frente mientras Garrick intentaba rodear la zona para sorprender por retaguardia.
Valmer, convenientemente oculto tras una tapia semiderruida, hizo una serie de gestos mientras musitaba las arcanas palabras, convocando una nube de gas pestilente que envolvió al grupo de hombres lagarto que descansaban en la ruina situada a pocos metros de él. Los sauriales comenzaron a toser de inmediato, aunque las criaturas parecían más resistentes de lo esperado por Valmer.
Justo cuando el centinela se giraba hacia sus compañeros, la flecha de Kozaf se le clavó en la espalda; aunque el saurial se movió los suficientemente rápido como para esquivar el proyectil de Ciera. Para entonces, el grupo de Elatha, Fendrel y Orvyn ya corría por la calle para entablar batalla.
Elatha no logró ensartar al primer hombre lagarto, que tampoco fue abatido por el proyectil mágico de Valmer, que erró por poco. El saurial hizo retroceder a la guerrera con su lanza, dejando el paso expedito para que sus compañeros se arrojasen sobre Fendrel y Orvyn. El caballero, de hecho, recibió una fea herida de su oponente.
El centinela al que los cazatesoros no habían logrado abatir llegó hasta Valmer, que logró evitar su lanzada con gran habilidad. La bestia rugía furiosa, aunque esa furia se transformó en una risa malévola cuando la criatura observó los refuerzos que llegaban desde una calle anexa: tres hombres lagarto más se unían al combate.
Fendrel y Lord Orvyn derribaron a sendos contendientes, dos de los sauriales visiblemente debilitados por la nube venenosa que Valmer había convocado poco antes. Garrick, que a pesar de surgir desde retaguardia en ese momento no lograba sorprender al enemigo, disparaba su ballesta de mano con bastante poca eficacia antes de volver a ocultarse.
Valmer lanzó un sorprendente (incluso para él) golpe con su bastón que impactó en la sien del saurial, que se desplomó sin vida sobre el suelo lodoso. Kozaf hería a otro oponente mientras la flecha de Ciera volvía a fallar una vez más. Por su parte, Elatha no acababa de poder derribar al saurial medio envenenado con el que combatía.
La guerrera se vio en un momento rodeada por tres rivales, lo que la obligo a emplearse a fondo para mantenerse con vida. En ese momento, Kozaf hería al saurial que se abalanzaba sobre Valmer mientras que Ciera, esta vez sí, abatía a uno de los oponentes de Elatha.
Garrick, oculto entre las ruinas de un edificio desmoronado, disparó su ballesta contra otro hombre lagarto que nunca supo realmente de dónde había venido el virote que acabó con su vida. Al tiempo, Fendrel llegaba para apoyar a Valmer, desnucando de un mazazo al saurial al que acababa de herir Kozaf.
El proyectil mágico de Valmer, que buscaba a uno de los oponentes de Elatha, salió demasiado desviado. Una lástima, porque el mago acababa de extinguir sus últimas reservas arcanas. Sin embargo, la mujer corrigió la situación atravesando al saurial de lado a lado con su lanza. Lamentablemente, la lanza del último hombre lagarto en pie logró herirla: solo un rasguño. Fendrel apareció entonces en escena para terminar con el monstruo.
Finalizado el combate, los compañeros apenas tuvieron tiempo de recomponerse, pues más gruñidos llegaban desde diversos lugares del enclave. Con la magia de Valmer exhausta y tanto Elatha como Lord Orvyn heridos, consideraron que era una buena idea intentar buscar refugio, al menos de momento.
Lamentablemente, aquello no iba a ser posible. En muy poco tiempo, los compañeros fueron conscientes de que iban a ser rodeados. Dos sauriales se aproximaban por la calle desde el frente, mientras otro par lo hacía desde el flanco izquierdo, por una calle anexa.
La honda de Valmer zumbó en el aire antes de liberar la piedra que impactaría dolorosamente en el pecho de un hombre lagarto del flanco izquierdo, mientras Elatha cargaba al frente para herir a otro saurial. Cuatro enemigos más aparecían a retaguardia, uno de ellos con los típicos atavíos de un chamán saurial.
Valmer retrocedió, herido por la punta de sílex de una de las lanzas para, poco después, contemplar con auténtico terror cómo otro enemigo se le echaba encima. De pronto, algo más sucedió: un gran número de pequeñas criaturas espectrales de aspecto vagamente reptiliano comenzó a revolotear la zona como un enjambre. El contacto con los espíritus guardianes invocados por el chamán produjo algunas quemaduras tanto al mago como a Fendrel, Garrick, Orvyn y Ciera; que se encontraban en el área afectada.
Aterrorizada, Ciera se defendía como podía de un hombre lagarto mientras un pequeño saurial espectral le mordisqueaba el hombro. La mujer, imprudentemente, dio la espalda a uno de sus oponentes para intentar huir, momento que este aprovechó para hendir su lanza de sílex en la espalda de la cazatesoros, que se desplomó sin vida.
Kozaf, que había dejado caer el arco, hería con su espada a otro hombre lagarto mientras, a unos metros, Lord Orvyn salía a trompicones del área donde los espíritus guardianes del chamán campaban a sus anchas. Garrick, al que todo esto le empezaba a recordar a aquella aciaga jornada en las Tierras Altas de Hanlecke donde perdió a su anterior grupo, salió también de la zona de espíritus para disparar su ballesta de mano contra la espalda del oponente de Kozaf, abatiéndolo.
Cuando Fendrel abandonó la zona de espíritus, apretó los dientes al notar la lanza de sílex golpeando su espalda. Por suerte, la armadura le había salvado la vida. Un momento después, canalizaba el poder de su dios para restablecer las heridas de Orvyn y Valmer.
El mago, que acababa de salir de la zona de espíritus, le propinó un fuerte bastonazo a un saurial, que no pareció resultar demasiado afectado. A la vez, Elatha ensartaba a un nuevo oponente antes de correr en auxilio de Lord Orvyn. Cuando lo hacía, un haz de luz verdosa pareció descender del cielo para abrasar caer sobre ella, haciéndola sentir una dolorosa abrasión en todo su cuerpo. Esto la distrajo momentáneamente, lo que un hombre lagarto aprovechó para herirla en el abdomen con su lanza.
Dos sauriales volvieron a rodear a Valmer, hiriéndole uno de ellos de bastante gravedad. Fendrel, por su parte, también veía como el sílex de una lanza enemiga le rasgaba la armadura. Kozaf, por su parte, decapitaba a uno de los hombres lagarto que cercaban al mago. Mientras, Garrick daba un rodeo hasta tener a tiro al chamán saurial, que rugió de furia cuando el virote del halfling rozó su mejilla haciéndola sangrar.
Fendrel, preocupado por Valmer, lanzó un conjuro de Santuario sobre él, lo que evitaría que los enemigos intentasen atacarle. El mago, agradecido, aprovechó la salvaguarda mágica para quitarse de en medio. Su estado era bastante precario como para continuar arriesgándose.
Elatha, que acababa de herir a otro saurial, vio como aquella luz verdosa volvía a descender sobre ella, invocada por el chamán. Volvió a apretar los dientes a causa del dolor. El sacerdote saurial cargó entonces contra ella lanza en mano, lo que les indicó a todos que ya había esquilmado sus reservas mágicas.
Kozaf evitó el lanzazo de un enemigo, al tiempo en que otro hombre lagarto hería a Fendrel. El cazatesoros reaccionó atravesando el corazón de su enemigo a la vez que Orvyn decapitaba a otro saurial. Garrick, desde la distancia, disparaba un nuevo virote que arañaba el muslo del chamán.
Fendrel propinaba un mazazo a su enemigo, haciéndole tambalearse. Elatha luchaba encarnizadamente con el chamán, sin que ninguno lograra imponerse al otro de una forma clara. No obstante, los dos guerreros sauriales que quedaban en pie debieron pensar que aquello era suficiente y comenzaron a huir. Pero ni Lord Orvyn ni Kozaf tuvieron clemencia, hundiendo sus aceros en las espaldas de los hombres lagarto.
Fendrel apareció entonces junto a Elatha para golpear con su maza el costado del chamán, que maldecía a sus atacantes una y otra vez. Un virote de Garrick se incrustó en la lumbar del sacerdote saurial, haciendo que se arquease de dolor. Entonces, rehaciéndose inesperadamente, el chamán clavó su lanza en el estómago de Elatha, haciéndola caer de rodillas mientras un esputo sanguinolento brotaba de su boca.
Kozaf comenzó a correr espada en mano hacia allí, pero Lord Orvyn llegó antes para cortar en la corva del chamán saurial, haciendo que se desplomase de espaldas entre siseos de dolor. Inmediatamente, el caballero colocó su filo en el cuello del hombre lagarto. Inmediatamente, Fendrel colocó la mano sobre la herida de Elatha, cerrándola parcialmente. La guerrera le sonrió, agradecida, al poco de volver a abrir los ojos.
Lamentando tener que verse obligado a usarlo tan pronto, el sacerdote empleó el pergamino que habían encontrado para resucitar a Ciera. Entre lágrimas, la mujer se lo agradeció con un fuerte abrazo.
Interrogaron al chamán, que dijo llamarse Aruc. El saurial les dijo que conocía un gran templo situado en unas ruinas de una gran urbe que se encontraban en el corazón de la ciénaga, a un par de días de camino hacia el oeste. Según explicó, allí mismo moraba Verrak, el Señor del Pantano: el caudillo que regía los destinos de los hombres lagarto en aquella marisma con la ayuda de un guerrero llamado Jec, su mano derecha.
Aruc se encontraba en aquel enclave sumergido por orden del propio Verrak, encargándose del pequeño contingente que patrullaba la zona más externa del pantano en busca de cazatesoros y otros intrusos que solían adentrarse en la ciénaga. El chamán confesó que podría haber otras patrullas de camino a la ciudad que les había mencionado.
A cambio de que le perdonasen la vida, Aruc prometió entregar al grupo un par de pociones de curación que ocultaba en la construcción que había elegido como enclave en ese lugar. Los compañeros decidieron aceptar el trato, pues sabían que aquellas pociones serían de utilidad.
Así, el chamán les condujo hasta una pequeña construcción de aspecto tan abandonado como las demás, solo que con unas escaleras que parecían descender a alguna especie de sótano. Los peldaños de piedra les llevaron hasta una sala oscura con un agua estancada que cubría hasta las rodillas. Allí, sobre una mesa de piedra, se podían ver varios objetos de diversa utilidad, entre los que destacaba el par de viales con un líquido azulado dentro que Fendrel reconoció como las pociones que buscaban.
Valmer, que se hallaba bastante malherido, se apresuró a agarrar una de ellas, dándose cuenta tarde del sedal que estaba atado al frasco. Por suerte, el mago se movió hacia atrás lo suficientemente rápido como para esquivar el dardo envenenado que surgió de alguna parte para, tras pasarle rozando, perderse en la oscuridad.
Garrick dio por anulado todo acuerdo con el chamán saurial, degollándolo con su daga. Hecho esto, los compañeros tomaron cuidadosamente los dos frascos de poción: uno lo guardó Valmer y otro Garrick.
Luego, tras discutirlo un rato, decidieron pasar la noche en aquel enclave antes de partir al alba rumbo a la misteriosa urbe que les había mencionado el chamán de los hombres lagarto.

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