Draconis Tempora: Korvosa, al borde de la anarquía (6/6)

 El grupo despertó al mediodía, en mitad de un silencio raro. Entre aquellas personas que tan poco se conocían había un extraño silencio; aunque no tan incómodo como hubiese cabido esperar. De hecho, había surgido una relación casi materno-filial entre Kaylee y aquellos a los que rescató de esos pozos bajo el cementerio de Korvosa.

Tanto el guerrero elfo Linasaer como el mago gnomo Valmin se sentían raros, como si todo aquel tiempo de cautiverio en esos mugrientos pozos les hubiese arrebatado cierta iniciativa. Sentados en sendos sillones, parecían esperar a que Kaylee, su rescatadora, les diese algún tipo de instrucción. Aún llevaban la harapienta ropa que habían vestido en las Madrigueras Muertas.


Alguien aporreando la puerta de aquellos aposentos de “El Cálamo Tembloroso” les saco de su estupor. Cuando Kaylee abrió la puerta esperando encontrar a un emisario de la mariscal Cressida Kroft, se llevó una gran sorpresa.

Lo que encontró al otro lado de la puerta no fue un guardia de la ciudad, sino a un joven shoanti con aspecto de explorador tribal. El muchacho llevaba las tradicionales vestiduras de piel de su pueblo y numerosos huesecillos animales adornando las trenzas de su pelo. Una extraña marca de nacimiento, similar a una cicatriz, le surcaba el lado izquierdo de la cara de arriba a abajo.

Rostroajado, que así se llamaba el muchacho, era el hermano menor del difunto Gaekhen; aquel cuyo cadáver el grupo había rescatado de las Madrigueras Muertas para evitar una guerra entre las tribus shoanti de las estepas y la ciudad de Korvosa.

El muchacho le aseguró a Kaylee que tenía una deuda con ella, ya que Milhuesos contó a Rostroajado que la paladina había perdido a muchos de sus amigos en aquellos túneles solo para rescatar el cadáver de su hermano.

A partir de entonces, el joven cazador pondría su arco al servicio de Kaylee, para devolver una deuda tan grande que quizá nunca se pudiese dar por pagada.

Aunque Kaylee le aseguró a Rostroajado que nada de eso era necesario, finalmente tuvo que aceptar los servicios del explorador para que este no sintiera insultado su honor.

Solventado ese tema, Kaylee hizo saber al grupo que quedaban unas cuatro horas para la ejecución de la falsa Trinia y quería acercarse a ver de qué narices iba todo aquello.

Por descontado, ni Linasaer ni Valmin podían asistir al acto con ese aspecto de haber vivido en la basura durante una eternidad, así que decidieron ir al barrio de los mercaderes para hacer unas compras. Por suerte, Kaylee y sus antiguos compañeros habían amasado una respetable cantidad de oro gracias a sus pasados trabajos para Cressida Kroft; así que la paladina estaba en condiciones de financiar a sus nuevos compañeros.

Así, Linasaer se hizo con un arco largo, un camisote de mallas y un par de espadas largas. Por su parte, Valmin pudo hacerse con una bolsa de componentes para sus hechizos. Ni que decir tiene, que ambos compraron también algo de ropa limpia.

Una visita a los baños de la ciudad, les dejó listos justo casi a la hora en que debían dirigirse al acto de la ejecución.

La decapitación se llevaría a cabo en la Plaza del Castillo, una amplia explanada a las puertas de la fortaleza que comunicaba esta con el resto de la ciudad y estaba flanqueada por dos riscos de una caída considerable hasta los arrecifes que había abajo.

Lo primero de lo que se percataron al llegar fue de que no había ni un solo guardia de la ciudad en la plaza. Al parecer, la Reina había decidido prescindir de los hombres de la mariscal Cressida Kroft para encargar la seguridad del evento a dos compañías mercenarias: La Compañía del Sable y Los Caballeros Infernales.

Aquello, reconoció Kaylee, era muy inusual.

Tuvieron algún problema a la hora de acceder a la plaza, ya que los mercenarios decidieron importunar un poco a Rostroajado. El desprecio que sentían por los shoanti era evidente. Nada nuevo para el explorador, por otra parte.

Finalmente, dejaron avanzar al grupo; no sin que uno de ellos escupiese en la espalda de Rostroajado cuando se marchaban. Impertérrito, el shoanti siguió su camino.

Se había montado un cadalso en mitad de la plaza, con un tocón sobre él. Al lado, un verdugo grande y musculoso aguardaba apoyado en su gran hacha mientras se recolocaba la capucha de cuando en cuando.

La Reina Ileosa no tardó en aparecer, entre sonido de fanfarrias y acompañada por toda su corte. Sabina Merrin, su guardaespaldas, caminaba dos pasos tras ella; con la mano en la empuñadura de su espada mientras lo estudiaba todo con esa mirada de depredadora. La pompa del acto era máxima, con lo más selecto de la nobleza de Korvosa ocupando el palco de honor para la ejecución.

Unos minutos después, trajeron a la rea.

Como ya sabía el grupo, no se trataba para nada de Trinia Sabor. Sin embargo, alguien había hecho un gran trabajo: la mujer era bastante parecida y llevaba el mismo color y corte de pelo que la joven pintora.

Dado que la pintora tampoco era una persona excesivamente conocida por el populacho, nadie pareció darse cuenta de la farsa. Y si alguno lo hizo, optó por mantenerse en silencio… quizá para que su cabeza no fuese la siguiente en rodar.

Rostroajado se percató de que la falsa Trinia tenía la mirada perdida, seguramente por efecto de alguna droga o encantamiento. El shoanti se lo hizo saber al grupo.

El sonido de una trompeta acalló al público de golpe. Había llegado el momento en que el verdugo ejecutaría a aquella inocente. El grupo no sabía muy bien cómo reaccionar a aquello.

Sin embargo, cuando el hacha del verdugo se disponía a descender sobre el cuello de aquella mujer arrodillada en el cadalso, una daga salió volando de entre el público para alojarse en el pecho del matarife, quien retrocedió un par de pasos hacia atrás para caer de espaldas, muerto.

Con gran agilidad, un hombre trepó al cadalso. Llevaba el rostro oculto por una máscara negra y vestía las ropas cómodas que hubiese vestido un ladrón. Solo cuando el hombre comenzó a hablar, Kaylee tuvo clara la identidad del enmascarado: se trataba de Vencarlo, el maestro de esgrima y amigo de la mariscal Cressida Kroft.

El hombre, a todo pulmón, acusó a la Reina Ileosa de haber urdido una patraña acusando falsamente a Trinia Sabor del asesinato del Rey Eodred. Del mismo modo, la acusó de haber secuestrado a una inocente para hacerla pasar por Trinia, ya que no había encontrado a la auténtica.

Por último, acusó a Ileosa del asesinato de su marido.

Con el rostro enrojecido por la cólera, la Reina señaló al enmascarado y gritó a los mercenarios que le trajesen su cabeza.

Y… se desató el caos.

De pronto, como impulsado por una especie de voluntad masiva, el pueblo se alzó contra las fuerzas mercenarias. Los aldeanos que habían asistido a la ejecución se enfrentaron con palos y piedras a los hombres armados. Algunos, bastantes a decir verdad, se dirigieron al palco de los nobles con ansia de derramar sangre azul.

Valmin, el gnomo, fue el primero en actuar; corriendo hacia el cadalso para auxiliar a Vencarlo. El resto del grupo corrió tras él.

El enmascarado acababa de cortar las ligaduras de la falsa Trinia y la estaba ayudando a descender del cadalso cuando una docena de mercenarios de la Compañía del Sable se echó sobre ellos.

Por suerte, el grupo acababa de llegar en su ayuda.

Con la ayuda de Vencarlo, pasaron casi por encima de los espadas libres, aunque tanto Valmin como Rostroajado recibieron algunas heridas.

Mientras tanto, aunque las espadas mercenarias hacían un temible trabajo, el pueblo también estaba causando numerosas bajas entre los soldados de fortuna. Además, la muchedumbre había tomado el palco, machacando cráneos nobles a base de palos y piedras; cobrándose en sangre tantos agravios reales o imaginarios.

Sabina Merrin protegía a la Reina en su regreso al Castillo, desplegando su habilidad con la espada con una maestría tan letal que helaba la sangre.

Vencarlo insistió en que avanzaran hacia el lado Este de la plaza, hacia la balaustra de piedra que separaba la plaza del vertiginoso acantilado que se desplomaba casi un centenar de metros hasta aquellos arrecifes donde el mar golpeaba en un caos de espuma. El maestro de esgrima guiaba a aquella falsa Trinia que le seguía con pasos torpes, evidentemente bajo el efecto de alguna droga o sedante.

Diez Caballeros Infernales les cortaron el paso, cerrando filas con sus espadas en ristre.

El grupo volvió a imponerse, aunque Valmin se encontraba bastante herido. Los mercenarios habían comprendido pronto la amenaza que representaba ese mago y habían hecho todo lo posible por acabar con el gnomo. Sin embargo, el grupo había sido capaz de proteger la vida de su compañero.

Cuando llegaron a la balaustra, Vencarlo extrajo un par de viales de cristal de su cinto. Bebió uno él mismo y le dio el otro a la falsa Trinia. Les explicó que se trataba de pociones de “Caída de Pluma”.

Tras agradecer su ayuda al grupo y prometerles que seguirían en contacto, Vencarlo saltó al vacío arrastrando a la falsa Trinia con él. Los compañeros contemplaron como ambos flotaban suavemente, desviándose en el último momento del arrecife para posarse suavemente en el agua, lejos de las rocas. El maestro de esgrima nadó hacia la orilla, llevando consigo a la mujer.

Estaban a salvo

Por otra parte, el caos en la plaza era total. La turba había asesinado a numerosos nobles. Muchos mercenarios, de las dos compañías presentes, también habían caído. Igualmente, los cuerpos de muchos ciudadanos se esparcían por la plaza, anegándolo todo de sangre.

En ese momento, la guardia de la ciudad entró en la plaza bajo el mando de la mariscal Cressida Kroft. El grupo decidió que había llegado el momento de esfumarse.

Otro pelotón de la Compañía del Sable se echó sobre el grupo. Los diez soldados parecían furiosos, totalmente determinados a acabar con los compañeros. Quizá de haber sabido lo que les esperaba, hubiesen dejado que esos aventureros se marcharan: los cuerpos de los espadas libres quedaron inertes sobre el empedrado unos segundos después.

A aquellas alturas, Rostroajado estaba tan herido como Valmin. Sin tiempo que perder, el grupo intentó ganar el lado Sur de la plaza, con intención de huir hacia la ciudad.

Fue entonces cuando una veintena de guardias, con Cressida al frente, se interpusieron en su ruta de escape.

El grupo dudó, ya que no deseaban enfrentarse a Cressida, quien siempre les había tratado bien y en quien reconocían a una aliada y amiga.

No hizo falta.

La guardia de la ciudad se hizo a un lado, dejándoles pasar.

Cressida les dijo que no habrían de preocuparse, que tanto ella como su guardia eran conscientes de lo que el grupo estaba haciendo por la ciudad. De ese modo, les dejaría huir… haciéndoles saber que seguirían en contacto.

Los disturbios continuaron toda la noche, mientras el grupo ya se encontraba a salvo en sus dependencias de “El Cálamo Tembloroso”. Linasaer sugirió que, cuando se tranquilizaran las cosas, quizá la Reina Ileosa decidiese mandar a alguien para capturar a aquellos que ayudaron a huir al enmascarado en la plaza; así que sería conveniente cambiar de base de operaciones.

Los demás parecieron estar de acuerdo.

Acabaron encontrando alojamiento en “La Jarra de Jeggare”, un lugar de dudosa reputación regentado por un viejo amigo del propio Linasaer. Allí estarían a salvo, ya que era un lugar donde acostumbraban a refugiar a la gente sobre la que no había que hacer demasiadas preguntas.

Así, transcurrieron un par de semanas de tensa calma; con la guardia patrullando las calles y los disturbios controlados.

Durante ese tiempo, nadie vio a la Reina Ileosa fuera del Castillo de Korvosa, como si quisiera mantenerse a salvo de su propio pueblo; como si le temiera. Estaba claro que, dados los últimos acontecimientos, la monarca había decidió recluirse y no hacer demasiado ruido.

Pero… ¿Hasta cuándo?

 

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