Draconis Tempora: Korvosa, al borde de la anarquía (5/6)
Tras las desafortunadas muertes de Riff y Ealar, tanto Gilmarie como Kaylee eran conscientes de que el grupo debía ampliarse. Era difícil que ella dos solas pudiesen seguir solventando los problemas que la mariscal Cressida decidía delegar en ellas. Después de todo, no se trataba del oro, para nada: la ciudad se estaba yendo a la mierda y en ella había mucha gente que no merecía quedar desamparada en mitad de todo aquel caos.
Gilmarie decidió que fueran a una posada llamada “El Halcón Crestado”, un lugar algo turbio en el que se reunía gente de la peor calaña en Korvosa. Gilmarie conocía aquel lugar de la época en que era una niña de la calle bajo el yugo del ya difunto Gaedren Lamm. A Kaylee no le hacía demasiada gracia visitar ese tipo de lugares, pero finalmente accedió a acompañar a la maga semielfa.
La maga y la paladina bebieron cerveza aguada hasta que llegó la persona a la que Gilmarie esperaba: una halfling de aspecto bastante pulcro y vestida con ropas oscuras. Bella, que así se llamaba la halfling, era una ladrona que se había criado con Gilmarie cuando ambas trabajaban para Gaedren Lamm. Bella había escapado del hampón algo antes que Gilmarie, manteniendo un perfil bajo en sus acciones para no llamar la atención de su antiguo amo.
Gilmarie le habló a Bella sobre el estado de las cosas en la ciudad, implorando que se uniese a ella y a la paladina para continuar colaborando con la mariscal Cressida. Como era de suponer, la mera idea de colaborar con la guardia de Korvosa hizo reír a la halfling; que se negó en redondo.
Entonces, Gilmarie le confesó que había dado muerte a Gaedren Lamm. En base al sufrimiento que aquel hombre había infligido también a Bella, la maga opinaba que había una deuda entre ellas, una deuda que reclamó en aquella posada. Con gesto serio, Bella aceptó tanto la deuda como el pago de la misma.
Las tres mujeres brindaron con cerveza mala por aquella sociedad.
Entre jarras de aquella cerveza infame, Bella les comentó que la ciudad parecía estarse calmando, ya que se había capturado a Trinia Sabor, la asesina del Rey Eodred, quien esperaba ejecución. Por descontado, Gilmarie y Kaylee sabían que aquello no era cierto, ya que Trinia se encontraba al cuidado de Vencarlo; lo que pusieron en conocimiento de Bella.
Aquella misma noche, Bella se trasladó a las dependencias que el grupo tenía en “El Cálamo Tembloroso”. Allí pasó la noche con sus nuevas socias.
La
mañana siguiente amaneció con un emisario de Cressida Kroft a las puertas de
sus aposentos. La mariscal las citaba a media mañana en la Ciudadela de Volshyenek.
Cuando las mujeres llegaron a la
Ciudadela, encontraron a los miembros de la guardia bastante nerviosos. Al
parecer, un par de días atrás, una de las turbas descontroladas había apaleado
hasta la muerte a un joven shoanti, lo que había incendiado mucho los ánimos
entre esa comunidad.
Los shoanti eran una etnia de
tribus de las estepas. Si bien la mayoría vivían como bárbaros en las tierras
alrededor de Korvosa, algunos habían abrazado la civilización y habitaban en
los peores barrios de la ciudad. Normalmente, los ciudadanos se mostraban
recelosos ante los shoanti, considerándolos una raza de delincuentes
pendencieros.
Cuando las tres mujeres entraron
en el despacho de la mariscal, encontraron a Cressida Kroft acompañada de dos
hombres: un anciano shoanti y un fornido soldado de la guardia de la ciudad.
Una vez Gilmarie y Kaylee
presentaron a Bella, Cressida hizo el resto de presentaciones.
El guardia era un tal Hamat, uno
de los hombres de confianza de Cressida. Aunque nadie lo hubiese dicho, Hamat llevaba en las venas la sangre shoanti de su madre, por lo que solía encargarse
de mediar en los asuntos que implicaban a la guardia de la ciudad con los
shoanti, quienes aceptaban de buen grado su mediación.
El anciano, llamado Milhuesos,
era el abuelo del muchacho que había sido apaleado hasta la muerte por aquella
turba. Les contó su desconsuelo porque, además, la muchedumbre se había llevado
el cadáver de su nieto, por lo que ahora no se podía llevar a cabo el rito que
le permitiría reunirse con sus ancestros y su alma sufriría por toda la
eternidad.
Por si aquello fuese poco, el
hijo del propio Milhuesos y otros jóvenes pretendían partir fuera de la ciudad
en dos días para reunir a las tribus shoanti de las estepas y solicitarlas que
atacasen Korvosa para limpiar aquella afrenta. Si bien aquello hubiese sido
relativamente problemático en cualquier momento, la actual situación de
desborde de la guardia de la ciudad hacía imposible la respuesta ante un ataque
de esas características.
Milhuesos había podido saber que
el cadáver de Gaekhen, su nieto, fue vendido a un mago llamado Rolth; un
criminal buscado también por la justicia de Korvosa. Los espíritus shoanti le
habían susurrado a Milhuesos que el cuerpo estaba oculto bajo el cementerio de
Korvosa; en un lugar llamado “Las Madriguera Muertas”.
Milhuesos había querido mandar a
una fuerza de sus guerreros a recuperar el cadáver, pero Hamat le había
disuadido de ello. La Reina había ordenado a Cressida mantener estrechamente
vigilados a los shoanti para evitar nuevos disturbios, usando la máxima fuerza
si estos hacían cualquier tipo de movimiento extraño.
Cressida ofreció al grupo una
recompensa de 1.600 monedas de oro a cambio de que devolviesen el cadáver de
Gaekhen a la Ciudadela de Volshyenek. La propia mariscal se encargaría de
entregárselo a Milhuesos.
Una vez que Milhuesos abandonó el
despacho, tras proporcionar al grupo una descripción detallada de su nieto a
fin de que pudiesen reconocer su cadáver, Cressida les habló sobre Rolth.
Rolth Lamm era el hijo de Gaedren
Lamm, el anciano señor del hampa recientemente desaparecido. Era un prometedor
mago que estudiaba en el Acadamae de Korvosa hasta que fue descubierto
secuestrando a vagabundos para experimentar con ellos, lo cual resultó en la
muerte de varios mendigos. Con la guardia tras sus pasos, Rolth se había
esfumado. Actualmente, la guardia sabía que se dedicaba a vender sus aptitudes
mágicas a quien quisiera y pudiera pagarlas.
En ese momento, Gilmarie le contó
a la mariscal todo sobre el asalto a la pesquería y cómo ella y todos sus ya
difuntos acompañantes habían dado muerte a Gaedren Lamm, el padre de Rolth.
Cressida no pudo sino agradecerles el servicio a la ciudad de Korvosa por haber
apartado de las calles a un criminal como Gaedren.
Antes de que partieran, la
mariscal insistió en que Hamat, aquel soldado presente en el despacho, les
acompañase en su misión. Era uno de sus hombres de mayor confianza y, dado su
vínculo con los shoanti, su presencia en la operación contribuiría a calmar
momentáneamente los ánimos de la comunidad.
Aunque Bella protestó
airadamente, ya que no quería que un “sucio guardia” las acompañase, finalmente
acabó por acceder. Así, los cuatro salieron de la Ciudadela de Volshyenek rumbo
a las dependencias de “El Cálamo Tembloroso”, donde harían sus planes.
Por el camino, Hamat les contó
que las Madrigueras Muertas eran un complejo de túneles que horadaban todo el
Distrito Gris. En realidad eran los restos de unos antiguos túmulos shoanti que
habían sido soterrados al construir la ciudad.
A esto, Kaylee añadió que la
Iglesia de Lathander solía enviar a sacerdotes y paladines a custodiar algunos
de los accesos a esos túneles para contener los problemas que solían causar los
muertos vivientes que, al parecer, habitaban aquellos antiguos túmulos.
Descansaron aquella tarde ya que,
al no disponer de mucho margen de tiempo para actuar, decidieron que se
internarían en las Madrigueras Muertas aquella misma noche. “Un momento tan
malo como cualquier otro para morir”, dijo Bella.
Caída la noche, el grupo accedió
a los túneles a través de uno de los pasos que custodiaban los sacerdotes de
Lathander. Los clérigos no pusieron problemas a la hora de dejar acceder a
Kaylee y aquellos que acompañaban a la paladina.
Las Madrigueras Muertas eran unos
pasillos subterráneos algo claustrofóbicos. Si bien la anchura era suficiente
para que dos personas caminasen en paralelo, el techo apenas llegaba al metro
ochenta de altura, por lo que Hamat y Kaylee no acababan de estar cómodos del
todo. Los túneles estaban tenuemente iluminados por una especie de musgo
iridiscente que arrojaba una luz verdosa y mortecina, pero que permitía ver sin
necesidad de usar las antorchas que en otras circunstancias hubiesen necesitado
Bella, Hamat y Kaylee; así que las apagaron para no llamar la atención de los
posibles moradores de aquellos túneles.
Al cabo de un par de horas
vagando por aquellos túneles, llegaron a una amplia estancia donde quizá
cientos de huesos y calaveras yacían en montículos, semicubiertos por el fango
o incrustados en él. Aquello era claramente un osario, aunque Hamat les dijo
que no era shoanti. Según Kaylee, se trataba de una construcción posterior,
quizá de los primeros años de Korvosa.
Mientras inspeccionaban el lugar,
varios esqueletos se alzaron del fango, prestos a atacarles. Entre ellos
destacaba el de un enorme minotauro que empuñaba una gran hacha bastante
oxidada.
Resultó un combate algo más largo
de lo esperado en el que Bella y Kaylee pasaron bastantes apuros con el
esqueleto del minotauro, que logró herir a ambas; causando alguna herida
importante a la halfling.
Tras este inesperado encuentro
con los no muertos, el grupo continuó su periplo por aquellos angustiosos
túneles.
Tras apenas una hora de camino,
fueron emboscados en un cruce de los túneles por un grupo de cinco enanos
duergar. Los enanos de tez grisácea lanzaron un par de andanadas con sus
ballestas antes de arrojarse cuerpo a cuerpo sobre el grupo.
Aquellos enanos oscuros fueron un
hueso realmente duro de roer. Aunque el grupo terminó por imponerse, todos
recibieron bastantes heridas. A aquellas alturas, tanto Gilmarie como Kaylee
estaban bastante maltrechas y Bella, directamente, estaba al límite de su
resistencia.
Kaylee invocó la ayuda de
Lathander para sanar algunas de sus heridas, así como las de sus compañeros.
Sin embargo, si encontraban muchos más problemas adelante, iba a tener
complicado volver a auxiliarles ya que su poder sagrado estaba en mínimos.
Continuando por los túneles,
comenzaron a percibir el sonido de conversaciones. Se trataba de varios
individuos, unos cinco, hablando en la lengua de los enanos.
El grupo se acercó sigilosamente
y logró sorprender a un grupo de cinco duergar en una estancia que parecía ser
algún tipo de guarida. Se trataba de una caverna enfangada con cuatro sucios
catres de paja y una mesa de madera en torno a la cual los enanos oscuros
jugaban a los dados.
A pesar de tener en contra el
factor sorpresa, los duergar se defendieron con ferocidad. Tras un duro combate
en el que mataron a cuatro de aquellos enanos y capturaron con vida al quinto,
solo Hamat presentaba heridas leves: sus tres compañeras estaban bastante
tocadas.
El duergar al que habían
capturado les contó que los enanos oscuros trabajaban para un tal Vreeg, un
duergar que servía como sacerdote de Cyric (dios de la muerte, las mentiras y
el asesinato). Al parecer, Vreeg tenía algún tipo de sociedad con Rolth, el
mago que había comprado el cadáver de Gaekhen.
Dejaron al duergar amordazado en
aquella estancia, haciendo caso omiso a las peticiones de Bella; quien quería
degollar al enano para evitar dejar enemigos a sus espaldas. Sin embargo,
Kaylee se opuso frontalmente a que se asesinara a sangre fría a nadie, ni
siquiera a un duergar.
Tras otro periplo de un par de
horas, llegarían a una enorme caverna que les puso los pelos de punta. La
estancia, cóncava y llena de un espeso fango, estaba llena de cadáveres
descomponiéndose. Algunos parecían relativamente recientes, así que pensaron
que aquí era donde Rolth arrojaba los restos de sus experimentos con
vagabundos.
Con mas asco que otra cosa,
comenzaron a vadear el macabro barrizal. Cuando se dieron cuenta de que muchos
de aquellos cadáveres habían sido parcialmente devorados, ya era tarde: la
pareja de farfulladores surgieron del fango, echándose sobre el grupo en una
amalgama de bocas y ojos hambrientos.
El combate resultó terrible,
exigiendo casi todos los recursos mágicos de Gilmarie para que pudiesen
sobrevivir a la emboscada de aquellas aberraciones. Cuando los monstruos se
hundieron, sin vida, en aquel fango apestoso, Kaylee, Hamat y Bella estaban
casi al borde de la muerte.
Kaylee recurrió una vez más a su
dios, exprimiendo todo lo que quedaba de su vínculo. Aunque logró que tanto
Hamar como ella misma se rehiciesen un poco, el estado de Bella seguía siendo
muy preocupante.
En ese lamentable estado,
continuaron vagando por los túneles casi una hora más. Ya llevarían un total de
seis horas en las Madrigueras Muertas cuando escucharon los ladridos.
Unas decenas de metros por
delante de ellos parecía haber una estancia. En la entrada de la misma, un par
de duergars les señalaban mientras sujetaban las tensas correas de cuatro
perros enormes. En un momento, los perros fueron liberados y corrieron hacia el
grupo, con sus mandíbulas salivando y ansiando desgarrar la carne.
Mientras daban cuenta de los
perros, una lluvia de virotes proveniente de las ballestas duergar caía sobre
el grupo. Bella se desplomó con la garganta atravesada por uno de los
proyectiles. Muertos los canes, el grupo avanzó bajo el fuego enemigo hasta
llegar a la estancia.
Acabaron pronto con aquel par de
duergars, aunque Hamat y Kaylee estaban ya en las últimas: habían perdido
demasiada sangre y no aguantarían mucho más, especialmente ahora que la
paladina había agotado el vínculo con Lathander.
La estancia era una habitación
excavada en la que había tres mesas. El derramamiento de sangre, seguramente
muy habitual, había teñido la madera de un color rojizo. Había sumideros bajo
las mesas, lo que indicaba que aquello era una especie de cámara de sangrado.
En una habitación contigua,
encontraron otra mesa ensangrentada. En un rincón, había bastantes pedazos de
cadáveres apilados (ninguno era el de Gaekhen). También había un enorme carrete
de sedal y algunas agujas ensangrentadas. Allí alguien se había dedicado a
coser cadáveres.
Decidieron tomarse un pequeño
descanso. Aunque no disponían de mucho tiempo, tenían que parar unos momentos a
recuperar el aliento o todos perderían la vida en aquellos subterráneos.
Lamentablemente, el descanso no resultó todo lo fructífero que esperaban;
seguían bastante maltrechos cuando reanudaron la marcha.
Una hora más tarde, continuaron
por los túneles. Apenas un centenar de metros más adelante, llegaron a un
pasillo cuyas paredes y techo estaban completamente incrustados de calaveras.
Antes de que pudieran reaccionar, casi una docena de esqueletos de serpiente
surgieron de las bocas de las calaveras.
Impotentes, Gilmarie y Kaylee solo pudieron contemplar como varios de esos ofidios no muertos acribillaban a mordiscos el cuerpo de Hamat. El soldado se desplomó sin vida en aquel pasillo antes de que las mujeres pudieran acabar con los monstruos que lo estaban matando.
No tuvieron que caminar mucho por aquel pasillo hasta encontrar una puerta. Se trataba de una hoja de madera reforzada con hierro. Además, estaba cerrada con llave.
Con todo el sigilo de que fue capaz, Gilmarie procedió a forzarla empleando sus viejas ganzúas. Por desgracia, sus habilidades de ladrona debían algo oxidadas pues, si bien logro abrir la cerradura, no pudo evitar que saltase la trampa de ácido instalada en ella. El líquido corrosivo la abrasó las manos, haciéndola gritar de dolor. Sus heridas eran terribles.
Cuando entraron en aquella estancia, algún tipo de laboratorio, vieron a un duergar que corría hacia ellas empuñando un hacha. Apenas les duró un par de segundos.
En aquel laboratorio de alquimia, la maga y la paladina encontraron algunos pergaminos arcanos que les serían de utilidad ahora que la magia de Gilmarie estaba agonizando. Además, encontraron varias pociones de curación que les dieron un auténtico respiro dado que ambas se encontraban prácticamente al borde de la muerte.
El laboratorio, a su vez, tenía tres puertas de madera. Esta vez no estaban cerradas con llave, aunque Gilmarie se preocupó de buscar trampas concienzudamente, por si las moscas.
La primera que abrieron daba a un nuevo pasillo, este construido en ladrillo; decidieron explorar las siguientes.
La segunda puerta les dio paso a una biblioteca bastante bien surtida. Mientras Gilmarie examinaba los libros y se hacía con alguno que otro que le parecía interesante, Kaylee aprovechó para descansar un poco y recuperar fuerzas.
La tercera puerta daba a una especie de almacén. Cualquiera hubiera dicho que un ciclón había pasado por allí. Todo el material, principalmente botellas y viales, así como estanterías, había sido destrozado y desparramado. Pronto adivinaron que había ocurrido, como también adivinaron en qué se habían empleado el sedal y las agujas de la macabra sala de costura.
Un horror de podredumbre surgió de las sombras con paso tambaleante. Quizá la amalgama de cadáveres se hubiese descontrolado y el duergar (o el propio Rolth) la hubiesen encerrado aquí.
La hechicería de la semielfa se combinó con la alabarda de la paladina para acabar con el monstruo, si bien ambas resultaron heridas; Kaylee de mayor gravedad, al haber entablado combate cuerpo a cuerpo con la criatura.
Revisado el almacén, decidieron tomar el pasillo de ladrillos. Este se extendía al menos unos cincuenta metros. Cuando llegaron a la puerta que había al final, pudieron escuchar los gritos.
Se escuchaban gritos agónicos de algunas personas, implorando clemencia. A la par, una voz gutural les ordenaba silencio a la vez que vertía crueles amenazas a las demás voces. Seguramente, aquellas voces habían impedido que los que estaban en aquella cámara escuchasen los sonidos del combate de Gilmarie y Kaylee contra el horror de podredumbre.
Tras revisar la puerta en busca de trampas, ambas entraron de súbito en la estancia.
Era una cámara descomunal en la que había al menos una decena de pozos enrejados. En el fondo de aquellos pozos había prisioneros agonizando entre sus propios excrementos, compartiendo espacio también con aquellos que ya no seguían vivos.
En el centro de la estancia se erguía un enorme ogro que sostenía una maza descomunal. Del cuello del ogro pendía un manojo de llaves que, adivinaron, abrían las rejas de los pozos.
El enorme ogro era un contrincante brutal, tanto que con un barrido de su maza acabó esparciendo los pedazos del cráneo de Gilmarie por media caverna. Sin embargo, no reaccionaría lo suficientemente rápido para evitar que Kaylee le empalase con su lanza.
La paladina lloró amargamente la muerte de su compañera caída. Sin embargo, no se tomó más de un par de minutos, ya que debía liberar a aquellos prisioneros. Al menos una decena de ellos seguían con vida.
Kaylee intentó convencerles de que aguardasen en ese lugar hasta que ella regresase, pues tenía algo que hacer. La mayoría se negó, prefiriendo jugársela con los muertos vivientes de los túneles antes que aguardar a que regresase Rolth o alguno de sus duergars.
Sin embargo, tres de aquellos reos decidieron permanecer junto a la paladina.
Chenry, un hombre delgaducho que se encontraba maniatado y amordazado en un pozo, resultó ser un sacerdote de Lathander que había sido capturado por los duergar cerca de uno de los accesos a las Madrigueras Muertas. Seguramente sus compañeros de fe habían pensado que fue arrastrado por algún muerto viviente al interior de los túneles y devorado después. Una vez desatado, el sacerdote sanó por completo las heridas de Kaylee.
Linasaer, un semielfo dorado que había sucumbido al alcohol en una taberna apenas hacía una semana para despertar en aquel inmundo pozo. El semielfo, que solía ganarse la vida como mercenario, regresó al laboratorio siguiendo las indicaciones de Kaylee y se hizo con el hacha de guerra y la ballesta del enano.
Por último, Valmin, un gnomo de las rocas que decía ser un poderoso mago. Por desgracia, le habían arrebatado su foco arcano, así que no podía disponer de sus poderes mágicos en aquel momento. Valmin le conto a Kaylee que aquel ogro al que la paladina había dado muerte se llamaba Cabeza de Col, y era el guardaespaldas de Rolth.
Según le contaron a Kaylee sus nuevos compañeros, Rolth llevaba varios días sin aparecer por allí. Durante ese tiempo, solo Vreeg (el sacerdote de Cyric) se había pasado por allí para llevarse a algún reo de cuando en cuando y, seguramente, usarlo en sus experimentos.
Más allá de la cámara de los pozos encontraron un pasillo, este también de ladrillo. Unos metros más adelante, el pasadizo se bifurcaba en dos direcciones. Un pasillo parecía conducir a una puerta de madera reforzada, mientras que el otro daba a unas escaleras ascendentes.
Optaron por la puerta de madera, la cual abrió Linasaer a hachazo limpio. Aquella parecía la habitación de Rolth, aunque este no estaba dentro. Allí encontraron varios objetos de valor, así como una daga con la hoja en forma de llave; idéntica a aquella que guardaba la difunta Gilmarie en “El Cálamo Tembloroso” y que decía haber encontrado en la guarida de Gaedren Lamm.
Tras revisar las estancias de Rolth, tomaron el pasillo de las escaleras. Los peldaños ascendían durante un buen trecho, hasta morir en un pequeño descansillo en el que había una puerta reforzada. Desde el interior llegaba una suave letanía que pronto se interrumpió. También escucharon una especie de rugido macabro.
Suponiendo que el sacerdote Vreeg estaba allí dentro, que les había escuchado y, a fin de que no pudiese escapar por otra salida o tuviera tiempo de preparar algún ardid, el grupo entró en tromba a través de la puerta.
La estancia era una especie de capilla a Cyric, aunque en el centro había una mesa sobre la que Kaylee pudo reconocer el cadáver de Gaekhen. Vreeg, ese duergar que vestía una coraza con el símbolo de Cyric, sostenía un látigo en la mano mientras que, a su lado, un necrario enseñaba sus dientes de forma amenazadora.
El combate fue relativamente rápido: aunque el necrario se lanzó sobre el indefenso Valmin, Linasaer respondió rápidamente para enzarzarse con el no muerto hasta reducirle a un amasijo de huesos y piel con su hacha.
Al mismo tiempo, Kaylee se lanzaba al cuerpo a cuerpo contra Vreeg, mientras que el sacerdote Chenry invocaba la magia de Lathander contra el mismo objetivo. Ambos comenzaron un peligroso duelo contra aquel duergar que servía al dios de la muerte, las mentiras y el asesinato.
Si bien el sacerdote duergar acabó por morir decapitado por un certero golpe de la alabarda de la paladina, antes logró emplear su poderosa magia para llevarse por delante la vida de Chenry.
Cargando el cuerpo de Gaekhen, el shoanti asesinado por la turba, el grupo marchó en silencio a través de las Madrigueras Muertas. Cuando por fin vieron el exterior, casi había amanecido.
Los sacerdotes de Lathander, consternados por la noticia de que Chenry había estado vivo todo este tiempo y ahora había fallecido, les proporcionaron unas mantas para que envolviesen el cadáver de Gaekhen y una camilla para que lo transportasen.
Así,
llevaron el cuerpo hasta la Ciudadela
de Volshyenek, donde se lo entregaron a la mariscal Cressida Kroft, para que a
su vez se lo devolviese al anciano Milhuesos.
Consternada por la muerte de los compañeros de Kaylee, Cressida decidió entregar 2.000 monedas de oro a Kaylee, quien las compartió con sus acompañantes… su nuevo grupo.
Además, la mariscal informó a la paladina de que los hombres de la Reina habían informado de que el juicio a la asesina Trinia Sabor había concluido, siendo la misma declarada culpable. La ejecución tendría lugar al anochecer.
Solo que tanto Kaylee como la propia Cressida Kroft sabían que la juzgada (y próximamente ejecutada) Trinia no era en realidad Trinia.
Entonces… ¿Quién era?
Eso era algo que tanto Kaylee como su nuevo grupo tendrían que averiguar asistiendo a la ejecución.

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