Kinefall (T1) - Todas las almas de Ripfort (6/9)
Medio centenar de hombres y mujeres armados habían cruzado los Viejos Túneles bajo el mando de Estella, Gertie, Lafayette y Tillman con el único objetivo de llegar hasta el penal de Ripfort a través del subsuelo y, una vez allí, liberar a los prisioneros. Tras un rápido enfrenamiento con media docena de gendarmes que vigilaban los túneles bajo la prisión, el grupo había logrado abrir una brecha hacia el penal gracias al potente explosivo casero fabricado por Gertie.
Ya no había espacio para la duda: era hora de asaltar Ripfort.
Los compañeros fueron los primeros en penetrar por el enorme orificio en el techo del túnel que, a su vez, era una enorme grieta en el suelo de una de las salas de Ripfort: algún tipo de almacén de trastos. Apenas los compañeros comenzaban a tomar posiciones, el sonido de pasos llegó desde el pasillo. Sin dudarlo, Lafayette se asomó al corredor empuñando su fusil de chispa.
El certero disparo del criminal redujo el cráneo de uno de los tres gendarmes que se acercaban por el pasillo a una explosión de chispas y piezas metálicas. El cuerpo del agente aún no había caído al suelo cuando sus otros dos compañeros ya apuntaban hacia Lafayette. Por suerte, el hombre se agachó justo a tiempo, y los dos proyectiles impactaron contra la pared en una lluvia de escombros.
En ese momento, Gertie surgió del almacén fugazmente, asomándose lo justo para dejar rodar por el pasillo su bomba de pulso electromagnético. El ingenio detonó justo a los pies de uno de los gendarmes, que se desplomó luego de que media docena de pequeños arcos eléctricos recorriesen su cuerpo arrancando humeantes chisporroteos.
Tillman relevó de inmediato a Gertie, haciendo detonar su fusil de chispa para que la bala surcase el pasillo hasta impactar en el cuello del último gendarme, destrozándolo en una lluvia de sangre y piezas mecánicas que finalizó con la cabeza del agente rodando por el pasillo.
Los compañeros salieron rápidamente al pasillo, tomando posiciones defensivas mientras el resto de asaltantes utilizaban el agujero del suelo para acceder a Ripfort. El sonido de una potente sirena indicó al grupo que las defensas del penal estaban siendo activadas: pronto aparecerían muchos más gendarmes.
Corrieron a través del pasillo hasta llegar a una estancia amplia que era, a todas luces, la lavandería. Allí, un par de gendarmes les recibieron a tiro limpio, parapetados tras un par de piletas metálicas. Lafayette disparó sin éxito contra uno de los agentes, abriendo un enorme orificio en la pileta que le servía de cobertura. El resto del grupo logró penetrar en la sala y ubicarse a duras penas, aunque cuatro de los asaltantes del penal cayeron bajo el fuego de la gendarmería.
Estella arrojó su bomba de pulso electromagnético hacia uno de los agentes, pero su lanzamiento quedó demasiado corto y la explosión de arcos eléctricos se disipó inofensivamente sobre el suelo de azulejos. Tillman, que se había tomado un segundo para apuntar, disparó contra el gendarme que acababa de asomarse con la intención de abatir a Estella: el proyectil entró por el ojo biomecánico, haciendo brotar chispas, sangre y fragmentos de circuitería por la parte posterior de la cabeza del agente.
En ese mismo momento, los gritos de los hombres alertaron a los compañeros de que más enemigos llegaban desde retaguardia. Los disparos siguieron pronto a los gritos y un par más de gendarmes irrumpieron en la lavandería desde el pasillo que los asaltantes habían abandonado pocos momentos antes.
Lafayette arrojó la última bomba de pulso que tenían, haciendo que el dispositivo cayera justo en la pileta tras la cual se escondía el último de los gendarmes a vanguardia. La maraña de arcos eléctricos arrancó chispas y humo del cuerpo del agente, haciendo que se desplomase sin vida un segundo después.
Al menos cinco hombres más cayeron bajo el fuego de fusil de los gendarmes que habían irrumpido desde retaguardia. A pesar de su inexperiencia en combate, los asaltantes de Ripfort lograron abatir a uno de los agentes biomecánicos en una lluvia concentrada de disparos que convirtieron la pared de la lavandería en un auténtico mosaico de orificios. Tillman fue quien abatió al último agente con un certero disparo que le arrancó la mitad derecha de la cara.
Lafayette y un grupo de hombres abrieron el camino hacia el siguiente corredor donde, una vez más, fueron recibidos con fuego de fusil por parte de tres gendarmes que allí les aguardaban, rodilla en tierra. Mas de diez hombres cayeron atravesados por las balas antes de que el resto de integrantes de la fuerza asaltante lograsen posicionarse en el pasillo. Por si fuese poco, otro gendarme apareció tras el recodo al fondo del corredor para apoyar a los defensores del penal.
La cosa estaba complicándose.
Lafayette abatió a uno de los gendarmes, cuyos compañeros respondieron con una intensa lluvia de disparos que terminaría con otra decena de hombres perdiendo la vida en aquel corredor que, a aquellas alturas, se estaba convirtiendo en una auténtica trampa mortal.
Tillman erró su disparo. Mientras retrocedía maldiciendo, Gertie y Estella le cubrieron disparando sus fusiles, aunque también sin éxito. Un grupo de estibadores de Mermaid Harbor se adelantó entonces, abriendo fuego para acribillar, esta vez sí, a otro de los gendarmes.
Los dos agentes que quedaban comenzaron a retroceder, aunque uno de ellos fue derribado por el disparo de Lafayette cuando apenas había dado un par de pasos. El último gendarme no logró parapetarse tras el recodo del corredor, ya que resultó alcanzado en la frente por el fusil de chispa de Tillman.
El grupo continuó por aquel corredor. Habían sufrido numerosas bajas, y ya solo quince hombres continuaban en pie junto a los compañeros de los sesenta que habían entrado a los Viejos Túneles con ellos. Debían darse prisa, eran conscientes de que los refuerzos de la gendarmería no tardarían en llegar desde el exterior del penal: si cuando eso ocurriese se encontraban allí todavía, estarían probablemente condenados.
El largo pasillo les condujo hasta una puerta que rezaba “Módulo de celdas: Admisión”. Las sonrisas fugaces dieron paso a los gestos de determinación. Sabían que estaban muy cerca de su objetivo, pero igualmente eran conscientes de que la mayor parte de las fuerzas de la gendarmería de Ripfort se encontrarían atrincheradas allí.
Tal como esperaban, al abrir la puerta fueron recibidos por más disparos. Dos gendarmes se encontraban, rodilla en tierra, en sendos puntos de la amplia sala. En el lado este, tras el amplio mostrador ubicado junto a una enorme puerta acorazada, se parapetaba un tercer agente.
Lafayette se apoyó en el marco de la puerta para estabilizar su disparo, el cual arrancó la cabeza del gendarme parapetado tras el mostrador. Rápidamente, los otros dos agentes contestaron al fuego, abatiendo a muchos de los hombres que intentaban entrar en la sala.
Tillman abatió a otro de los gendarmes y, aunque Gertie falló su disparo, Estella sí logró acertar en la cabeza de el último de los agentes con su fusil de chispa. El cuerpo biomecánico se desplomó de espaldas con un surtidor de chispas brotando de su frente.
Tomando aliento, los compañeros entraron en la sala de admisión del módulo de celdas. A aquellas alturas, solo cuatro estibadores de Mermaid continuaban en pie junto a ellos. La situación era desoladora. Además, tenían frente a ellos la enorme puerta acorazada que daba acceso al módulo de celdas en sí. Aunque los compañeros confiaban en que Gertie pudiera abrir esa compuerta, sabían que el tiempo jugaba en su contra.
La mecánica e ingeniera del grupo no defraudó: tras arrancar la tapa del pequeño panel ubicado en el lateral de la puerta, la mujer comenzó a manipular los circuitos con ayuda de una de las pequeñas llaves del cinturón. En menos de un minuto, la enorme puerta se abrió con el estruendoso siseo de los sistemas hidráulicos.
La aterradora visión de un total de seis miembros de la gendarmería ubicados sobre la plataforma elevadora que daba acceso al pozo de celdas les hizo dar un instintivo paso atrás. Por suerte, Lafayette reaccionó a tiempo para acertar con su fusil en el pecho de uno de los agentes, que salió impulsado hacia atrás por el impacto, cayendo desde la plataforma para quedar hecho un amasijo de carne y hierro en el fondo del pozo de celdas, de unos diez pisos de altura.
Tillman rodó por el suelo con una agilidad que parecía impropia de él, evitando los disparos de un par de gendarmes. Gertie logró echar cuerpo a tierra por muy poco. Estella, por su parte, arrugaría el gesto con dolor cuando la bala de un agente le produjo un pequeño corte en el muslo.
El siguiente disparo de Tillman no encontró a su blanco, como tampoco lo hizo el de Gertie. Estella, mientras tanto, arrancaba un trozo de tela de su manga para vendar su muslo herido. El estibador que quedaba con vida tampoco tubo demasiado éxito a la hora de disparar su fusil.
Otro de los agentes fue abatido por Lafayette, que estaba resultando mortífero con su fusil de chispa durante aquel asalto a Ripfort. Los cuatro gendarmes restantes contestaron con una auténtica lluvia de disparos que acabaron con la vida del último estibador. Del mismo modo, Estella se vio obligada a rodar por el suelo, lo que soltó su vendaje e hizo que la herida de su muslo volviese a sangrar abundantemente.
Esta vez, Tillman no falló, destrozando el cráneo biomecánico del agente que tenía en su punto de mira. Y, si bien Gertie erraba su disparo, el de Estella abatía al gendarme que anteriormente la había herido en el muslo: la venganza le supo dulce.
Lafayette derribó a un agente más, quedando ya solo uno para defender la enorme plataforma elevadora. Un hombre normal hubiese huido, pero los compañeros eran conscientes de que la alteración tecnológica sufrida por ese individuo le afectaba la mente, haciendo imposible para él la retirada.
Los compañeros observaron aterrados como el último gendarme disparaba su fusil de chispa. Como si el tiempo se ralentizase, creyeron ver esa bala surcando el aire para impactar el el pecho de Estella Iris, arrojándola a volar de espaldas unos dos metros para que luego resbalase por el suelo, ya sin vida, casi otro metro más.
Mientras Gertie, con los ojos inundados en lágrimas, se desplomaba de rodillas en un alarido desgarrado, Tillman disparaba su fusil para reventar el rostro del último de los gendarmes, cuyo cuerpo cayó desde la pasarela al fondo del pozo.
Los compañeros corrieron entonces a comprobar el estado de Estella. Con pesadumbre, confirmaron que nada podía hacerse ya por la joven y aguerrida maestra de escuela. En silencio, los tres compañeros caminaron hasta la enorme plataforma elevadora.
Detuvieron el elevador en el primero de los diez pisos, cada uno con un enorme corredor semicircular plagado de celdas. A toda prisa los compañeros comenzaron a manipular las palancas de apertura para dejar en libertad a los reos. Gritos de júbilo se comenzaron a escuchar por los corredores mientras los propios presos recién liberados colaboraban para abrir las celdas más deprisa.
Gertie estalló en sollozos mientras se abrazaba a su padre, quien no podía creer que su hija hubiese logrado una hazaña como aquella. Por su parte, Lafayette se fundió en un profundo beso con Sophía; a quien confesó su amor tras varios años.
Pronto, casi trescientos prisioneros fueron liberados de las celdas. Tillman le dio indicaciones a varios de ellos para que llegasen a los Viejos Túneles, desde donde deberían confiar en su audacia y suerte para lograr ponerse a salvo. Luego, el propio Tillman, junto con Gertie, Hennery Catchpole, Lafayette y Sophía corrieron hacia las puertas principales de Ripfort. Al cruzar por la sala de admisión del módulo de celdas, pudieron ver a un muchacho sollozando amargamente, arrodillado junto al cadáver de Estella.
Rápidamente se acercaron hasta él, ayudándole a incorporarse mientras que Tillman, con la fuerza de su brazo biomecánico, alzaba el cuerpo inerte de Estella para cargárselo al hombro. Con este nuevo miembro unido al grupo, continuaron su camino.
No tardaron en darse cuenta de que muchos de los reos liberados habían desechado la opción de los Viejos Túneles y se disponían a usar la puerta principal de Ripfort para salir a las calles. Así, cruzaron las enormes puertas del penal para acabar en la amplia plaza empedrada frente a Ripfort.
La muchedumbre se dispersaba a toda carrera mientras que el sonido de sirenas precedía a los carruajes de vapor de la gendarmería, cuyos faros comenzaron a hacerse visibles un poco después en mitad de la noche. Fue entonces cuando Lafayette alzó la vista al cielo con una sonrisa.
Allí estaba el pequeño dirigible oscuro que Lafayette y Sophía bautizaran un día como Orgulloso Truhán. El ingenio tomó tierra en pocos segundos, abriendo la puerta de la cabina para que surgiese de ella uno de los hombres de Lafayette, que ayudó a todos a subir. La puerta aún no se había cerrado con todos a bordo cuando el dirigible ya se elevaba hacia las alturas.
Escucharon el sonido de los fusiles de chispa detonando, disparando contra la muchedumbre en fuga y contra el pequeño dirigible, aunque el Orgulloso Truhán ya había ascendido demasiado y estaba lejos del alcance de esas armas.
Los compañeros gritaron de júbilo, quizá a excepción de Lonzo Iris, abrazándose y congratulándose por la hazaña conseguida. Fue, sin embargo, Sophía, la que hizo resquebrajarse toda aquella alegría cuando les hizo mirar a todos hacia la retaguardia del Orgulloso Truhán.
Un par de enormes dirigibles oscuros se aproximaban, rasgando el cielo nocturno con sus enormes focos de plasma. En la parte inferior de las cabinas de estas aeronaves militares, podía verse un alargado cañón de plasma emitiendo pulsos regulares de luz azulada. Con el rostro desencajado, Lafayette se volvió para gritarle al piloto.
¡Vámonos de aquí!

Comentarios
Publicar un comentario