Strigoi (Parte III): Viena se desangra
Pudiera haber sido una noche como otra cualquiera de 1920 en la ciudad de Viena, pero no fue así. Aquella noche, se darían cita en la Ópera de Viena tres personas bastante dispares: Una joven ladrona de guante blanco llamada Theresa Renner, un veterano de la Gran Guerra llamado Leo Ressel y Daniel Manz, un joven trabajador de la construcción. Todos ellos habían perdido a alguien cercano y querido en extrañas circunstancias, y ahora habían sido convocados en aquel lugar por alguien llamado Amelie Rainer.
La primera en llegar a aquel lugar fue Theresa, una ladrona de guante blanco de elegante vestido y sus tacones percutiendo sobre el suelo de mármol pulido entre ecos que llegaban desde algún lugar. Pasó ante una pequeña sala abierta, donde un violinista ensayaba alguna pieza poco antes de la función de la noche. Llego hasta el empleado que gestionaba el acceso a los palcos, un tipo adusto que se mantenía erguido tras un atril mientras parecía consultar continuamente una tablilla en la que figuraban algunos nombres. Una vez Theresa preguntó por Amelie Rainer, fue inmediatamente dirigida al Palco 13.
Leo no llegó mucho después, embutido en su uniforme militar y fijando su atención en los cuadros que adornaban el hall de entrada. Se veían allí representadas personas con aire imponente, y las pinturas presentaban el inquietante efecto de parecer que le seguían a uno con la mirada. Antes de llegar hasta el empleado que se encargaba del acceso a palcos, casi tropieza con una limpiadora que murmuraba maldiciones en una lengua extranjera. Al igual que su predecesora, se le indicó como llegar al Palco 13.
El último en llegar resultó ser Daniel, un joven obrero de la construcción que había tenido que pedir prestado un traje para asistir a un lugar tan refinado como aquel. Si bien el traje era de buena calidad, estaba algo desgastado y, a todas luces, seguía siendo demasiado modesto para un lugar de tanta ostentación como la Ópera. Además, le quedaba algo grande. Mientras contemplaba maravillado las enormes lámaparas de cristal que pendían del techo, el joven se fijó en que un hombre con una enorme cicatriz en el rostro le seguía con la mirada en su camino hasta el empleado que llevaba los palcos. Al contrario que Theresa y Leo, Daniel tuvo que aguardar a que el empleado confirmase que la señora Rainer le estaba esperando. Luego, fue acompañado por el empleado hasta el mismísimo palco.
Cuando Daniel entró, tanto Theresa como Leo ya se encontraban allí junto a una mujer de avanzada edad y ropas muy elegantes. Amelie Rainer, tras las presentaciones de rigor, aguardó unos minutos a que empezase la función de la noche para dirigirse a sus invitados y revelarles que los cuatro que se encontraban en ese palco tenían mucho en común.
Amelie Rainer había perdido a sus hijos hace años, cuando estos fueron raptados de sus dormitorios. Amelie contrató a varios investigadores a lo largo de los años, aunque ninguno obtuvo demasiado éxito a excepción del último, un tal Joseph Mesmer, que pareció encontrar alguna pista. El problema es que este investigador había desaparecido hacía un par de días sin dejar rastro alguno y, de echo, su misma casa ardió hasta los cimientos. Esto bastaba para que Amelie creyera que el hombre estaba tras las pistas correctas.
Según les confesó, las autoridades no querían saber mucho del asunto, sobre todo acerca de las desapariciones, ya que parecían demasiado interesados en mantener la ilusión de que, bajo el control del Partido Obrero Socialdemócrata, Viena era una ciudad totalmente segura.
Por suerte, no todo se había perdido. Gracias a su dinero, Amelie había logrado que el comisario de policía le proporcionase los restos parcialmente quemados de las anotaciones del investigador, halladas en su vivienda. Era de aquellas notas de donde Amelie ha obtenido los nombres de sus invitados de aquel día, ya que parecía que sus historias personales estaban de algún modo relacionadas con la suya propia.
Theresa mostró su comprensión inmediatamente. No en vano, la vida de Theresa había cambiado drásticamente cuando su mentor, el hombre que la había criado y enseñado todo lo que sabía, desapareció en circunstancias oscuras. La mujer había dilapidado enormes cantidades de dinero sin éxito en la búsqueda de aquel hombre.
Daniel también resultó conmovido por aquella historia, ya que él mismo había perdido a su padre en circunstancias misteriosas. Tal y como le había pasado a Amelie, las autoridades no habían querido saber nada de aquella desaparición, abandonando a la familia del muchacho a su suerte.
Leo se mostró menos comunicativo, pero también acabó compartiendo su historia personal con el resto. Su esposa desapareció sin dejar rastro hace años, una desaparición envuelta en un misterio que ni las autoridades pudieron o quisieron resolver.
De ese modo, aquella noche se selló un pacto en ese palco: los tres invitados ayudaría a Amelie Rainer a descubrir qué había ocurrido con los familiares de todos y, del mismo modo, se encargarían de intentar hacer justicia con los responsables. Así, les entregó las notas de Joseph Mesmer: un cuaderno parcialmente quemado en el que había también muchas hojas sueltas.
Tras despedirse de Amelie, quien quiso quedarse disfrutando del resto de la representación, los tres compañeros de ese grupo recién creado se dirigieron a un café cercano donde, tras pedir algunas bebidas, se dedicaron a estudiar las notas de Joseph Mesmer.
Entre aquellas caóticas notas, encontraron una lista con decenas de nombres y fechas, la mayoría antiguas. Los nombres de ellos tres estaban allí. Había un garabato junto a la lista de nombres en el que se leía "¿Desde 1872?". También encontraron dos notas interesantes entre las hojas sueltas, una que rezaba "Catedral de San Esteban, Padre Noah Galishoff" y otra en la que podía leerse "Biblioteca Nacional Austríaca. Archivos del diario Die Presse. 16/1872 y 62/1912".
Con esta información, los compañeros decidieron citarse a la mañana siguiente frente a la Biblioteca Nacional Austríaca a fin de consultar los archivos del periódico Die Presse que se citaban en las notas. Posteriormente, planearon dirigirse a la Catedral de San Esteban, donde indagarían acerca de qué tenía que ver el padre Noah Galishoff en todo aquello.
Y así, a la mañana siguiente, los tres entraron en aquel bello edificio de imponentes estanterías y aroma a papel antiguo en el que la luz se filtraba a través de polvorientas ventanas. Un anciano bibliotecario recorría en silencio los pasillos mientras, desde algún punto, llegaba el sonido del pasar de páginas. En una mesa cercana al pequeño mostrador que servía de recepción, entre mapas antiguos y globos terráqueos, un estudiante dormitaba entre pesadillas.
Cuando el bibliotecario regresó para sentarse tras el mostrador, le preguntaron por la sección donde podrían encontrar los artículos del Die Presse que estaban buscando. Con evidente disgusto por la mera presencia de los compañeros, el empleado público les indico de forma desganada el pasillo en el cual se encontraban los documentos.
De camino a la sección indicada, Leo escuchó unos suaves pasos que les seguían, pero al girarse no pudo ver a nadie. Su instinto militar le llevó a ocultarse unos segundos tras algún estante, con la esperanza de detectar a su posible perseguidor pero, sin embargo, parecía que nadie les seguía y, simplemente, su instinto había fallado esta vez.
Cuando llegaron allí, se dieron cuenta de que aquellas estanterías eran una auténtica pesadilla: nadie parecía haber estado al cargo de recolocar los documentos consultados, garantizando que estos hubieran vuelto a ser depositados en su lugar correspondiente. De tal modo, no parecía haber orden ni concierto en aquella sección.
Daniel, que se encontraba como pez fuera del agua en un lugar como aquel, decidió dar un paseo por la biblioteca mientras Theresa buscaba los documentos con ayuda de Leo. Tras un par de estresantes horas de exploración, finalmente la mujer encontró los artículos mencionados en las notas de Joseph Mesmer.
El documento 16/1872 presentaba noticia de 1872 sobre un tren que descarriló en los Alpes Austríacos, el expreso Estambul-Berlín de la Bavarian Ludwig Railway. Casi todos los pasajeros habían desaparecido a excepción de algún superviviente que logró llegar hasta un poblado de leñadores. Dicho superviviente, claramente enajenado, había relatado una inverosímil historia acerca de demonios sedientos de sangre que atacaron el tren poco después del descarrilamiento.
Por su parte, el documento 62/1912, mostraba una noticia de 1912 sobre un viandante atacado en un parque de la ciudad. Al parecer, el atacante había sido un sujeto que presentaba un comportamiento casi animal. Unos agentes que se encontraban cerca interrumpieron el asalto y persiguieron al atacante hasta las inmediaciones de La Narrenturm (un antiguo sanatorio mental, ahora en desuso), por lo que se sospechó que se trataba de algún enfermo mental que había escapado de las instalaciones.
Con esta información, y conviniendo que deberían echar un vistazo en La Narrenturm, los compañeros decidieron obviar el almuerzo y dirigirse directamente a la Catedral de San Esteban para entrevistarse con el padre Galishoff.
Apenas media hora después, los tres se hallaban frente a las escalinatas de piedra que daban acceso a la catedral, contemplando las gárgolas de piedra dispuestas junto a las enormes vidrieras que coloreaban la luz en el interior del recinto. Entraron, notando el olor a incienso y fijándose con inquietud en la multitud de lugares de oscuridad que allí había.
Theresa y Daniel estaban santiguándose nada más entrar cuando, de pronto, una paloma cruzó volando ante ellos, obligándoles a dar un respingo. Algunas velas estaban encendidas en los pebeteros y, de algún punto, escucharon llegar el sonido de pasos.
Daniel sospechó que algo no andaba bien en aquel lugar ya que, mientras examinaba con admiración la arquitectura de la catedral, reparó en una imagen de madera de la Virgen María, cuyo rostro parecía haber sido desfigurado con saña utilizando algún tipo de cuchillo o herramienta metálica.
Pero los compañeros no estaban allí para investigar actos vandálicos contra las propiedades de la iglesia, de modo que se encaminaron hacia la sacristía en busca del padre Galishoff.
Lo que encontraron en aquella habitación les heló el corazón, afectando especialmente a Theresa y Leo: quien supusieron que era el hombre al que buscaban, yacía sobre su escritorio en un charco de sangre, degollado. Aún así, la mujer se rehízo pronto y comenzó a registrar la estancia, encontrando un pequeño bloc de notas, así como una cajita con cinco viales que contenían algún tipo de líquido transparente.
Mientras Theresa examinaba la estancia bajo la atenta mirada de Leo, Daniel decidió salir de nuevo a la nave principal de la catedral, quizá a echar un vistazo. Lo que encontró fue a un sujeto escuálido y demacrado que le apuntaba directamente a la cara con un revólver.
Por suerte, aquel sujeto no era demasiado buen tirador, y su bala acabó alojándose en el marco de la puerta de la sacristía. Daniel no esperó a que el tipo tuviera una segunda oportunidad y se abalanzó sobre él para arrebatarle el arma. El empuje del muchacho les hizo chocar violentamente a los dos contra una columna, con lo que el revólver salió despedido, perdiéndose mientras resbalaba sobre el suelo de mármol.
Alertados por el disparo, tanto Leo como Theresa salieron también de la sacristía justo en el momento en que tres hombres más, con el mismo aspecto demacrado de aquel que estaba enzarzado en un forcejeo con Daniel, se acercaban surgiendo de entre las sombras de la nave principal. Dos de ellos llevaban revólveres y el otro empuñaba un cuchillo.
Rápidamente, Theresa extrajo la pistola Browning que llevaba en su bolso y disparó contra uno de los hombres que portaban armas de fuego mientras Leo se acercaba a Daniel para, entre los dos, intentar reducir a aquel hombre. Lamentablemente, Theresa disparó precipitadamente, pues su bala erró por mucho. Los dos tipos con revólver abrieron fuego en respuesta sobre la mujer y, aunque uno de ellos falló, el disparo del otro mordió levemente la cadera de Theresa, haciendo que dejase escapar un grito de dolor mientras la sangre se deslizaba por su pierna. El hombre del cuchillo comenzó a correr entre los bancos, en dirección a Daniel y Leo, quienes aún forcejeaban con su compañero.
Aquel tipo escuálido que forcejeaba con los dos compañeros hacía gala de una fuerza descomunal e ilógica para alguien de su complexión. Cuando, en algún momento, logró liberar su brazo del agarre de Daniel, el hombre extrajo un enorme cuchillo de entre sus ropas y trató de apuñalarle, aunque por suerte el muchacho logró sujetarle nuevamente por la muñeca.
Theresa volvió a abrir fuego, acertando de pleno en la frente de uno de los tiradores, que se desplomó en el suelo como un fardo justo al mismo tiempo en el que el tipo que corría entre los bancos llegaba a Leo empuñando su cuchillo. El veterano de guerra logró sujetarle por la muñeca para evitar ser apuñalado y, luego, ambos se enzarzaron en un forcejeo que le dejó claro a Leo que todos aquellos enclenques eran absurdamente fuertes.
Un nuevo disparo de Theresa abatiría al último tirador casi a la vez que Leo efectuaba una maniobra para arrebatarle el cuchillo a su oponente para hendírselo en el pecho. El hombre vomitó un borbotón de sangre antes de caer muerto sobre el suelo de mármol.
El sujeto que se debatía con Daniel debió ver que la cosa se había complicado demasiado, de modo que, tras zafarse del muchacho, comenzó a correr hacia la salida, perseguido de cerca tanto por el propio Daniel como por Leo. No obstante, Theresa no pensaba dejarle escapar: tras tomarse un segundo para apuntar, disparó su pistola. La bala hizo añicos la rodilla del hombre, que cayó al suelo sujetándose la herida entre alaridos de dolor.
Conscientes tanto de que la policía podría personarse en cualquier momento debido al tiroteo, así como de que no podían sacar a aquel hombre con la rodilla reventada por la puerta principal (y querían interrogarle), Theresa y Leo inspeccionaron rápidamente el edificio en busca de otra salida mientras Daniel vigilaba al herido.
Finalmente, pudieron salir de la catedral a través de una puerta que daba a una especie de callejón de servicio. Entre Leo y Daniel transportaron al sujeto hasta una especie de cobertizo de herramientas que encontró Theresa casi al final de la calleja.
En la tranquilidad del cobertizo, Leo echó un vistazo a la herida de la cadera de Theresa, improvisando un vendaje con la tela de su camisa. Daniel se fijó en que el veterano estaba visiblemente alterado: quizá todo lo vivido aquel día estaba removiendo algo en la consciencia de aquel hombre.
Una vez curadas las heridas de Theresa, comenzaron a interrogar a su prisionero. Mientras que la actitud zalamera y manipuladora de la mujer no surtió efecto, las amenazas de Leo si lograron hacer hablar mínimamente al famélico sujeto. Les dijo que servían a La Dama y a sus hijos. Según el propio hombre, La Dama les había dado de beber su sangre y prometido que les hará inmortales cuando se demostrasen dignos.
A parte de aquellas locuras, no pudieron sacar nada más de aquel tipo, de modo que se marcharon, dejando que acabase de desangrarse en aquel sucio cobertizo.
Tras aquello, los compañeros se trasladaron a la casa de Leo, donde examinaron el contenido del bloc del padre Galishoff. En una hoja suelta encontraron la referencia a un expediente urbanístico sobre La Narrenturm, así como una demencial carta que hablaba de una especie de mujer demonio bebedora de sangre que se había instalado en Viena desde 1872, llamada Lilith. La carta señalaba los objetos sagrados y la plata como armas efectivas contra la propia Lilith y su prole, los strigoi: otros demonios bebedores de sangre pero de menor poder. Además, el sacerdote hablaba de unos colaboradores humanos de esos strigoi, quienes podían ser perfectamente esos sujetos demacrados a los que se habían enfrentado los compañeros.
A aquellas alturas, los compañeros habían visto demasiadas cosas raras en aquel asunto y decidieron no tomarse a la ligera aquella revelación, por mucho que todo pareciese una locura.
Leo, muy afectado psicológicamente por todo aquello, pasó el día siguiente reposando en casa para encontrar la calma. Mientras, Daniel iría a visitar a Amelie Rainer para ponerla al día de los progresos en el caso mientras Theresa ocuparía el tiempo en la Biblioteca Nacional Austríaca intentando hacerse con el informe urbanístico indicado en las notas del difunto sacerdote.
Como era de esperar, Amelie Rainer se mostró bastante escéptica ante aquellas historias de vampiros en Viena. No obstante, recomendó a Daniel que visitase a una amiga suya que ejercía como pitonisa, quien estaba bastante versada en lo sobrenatural. El muchacho visitó a aquella mujer aunque, para su desgracia, solo obtuvo un montón de patrañas y vaguedades propias del folclore que cualquiera ya conocía.
La mañana de Theresa resultó mucho más fructífera, ya que logró dar con el expediente sin demasiados problemas. El documento en cuestión mostraba los planos de una antigua capilla erigida en el espacio ahora ocupado por La Narrenturm. El sótano de la iglesia fue conservado para la torre, aunque se selló el acceso a las antiguas catacumbas. Este plano permitiría encontrar el lugar por el cual acceder a las catacumbas y, de ser necesario, abrirlo. Además, tenía anexo un pequeño esbozo de las catacumbas a modo de mapa en el que podía verse una especie de cripta de mayor tamaño.
Acabando el día, todos volvieron a reunirse en casa de Leo para ponerse al día. Prácticamente sin debate, los compañeros estuvieron de acuerdo en que debían visitar La Narrenturm, donde estaban seguros de que se encontraban aquella Lilith y sus secuaces, los responsables de la desaparición de todos sus seres queridos.
De igual modo, aunque quizá alguno de ellos no acabase de creerse todo aquello de los vampiros, decidieron tomar sus precauciones. Leo encargó balas de plata para su rifle, así como una daga de plata que enfundar en su cinturón. Theresa, por su parte, encargó también balas de plata para su pistola, a la vez que se colgó al cuello un crucifijo que tenía habitualmente en un cajón de su mesilla. Daniel, el que estaba absolutamente convencido de la realidad de aquellos monstruos, encargó balas de plata para un revolver que le entró Theresa, así como un cuchillo de plata. Además, el muchacho preparó su enorme martillo de demolición, al igual que llenó su bolsa con ajos y estacas. Por último, se acercó a la iglesia de su barrio para llenar cinco pequeños frascos con agua bendita, los cuales irían directos a sus bolsillos.
La munición y armas de plata eran encargos raros que, aparte de suscitar alguna pregunta incómoda, requerían algo de tiempo. De ese modo, los compañeros dedicaron los siguientes tres días a descansar.
Al siguiente amanecer después de ese lapso, se encontraron totalmente equipados frente a La Narrenturm. La antigua construcción circular, abandonada desde hacía años, había sido perimetrada con una valla de madera. Los compañeros fueron rodeando el entablado hasta las puertas, donde detectaron que el candado pendía hacia el lado interior de la valla, aunque era accesible sin demasiado esfuerzo a través de la separación existente entre los tablones que hacían de rudimentaria puerta.
Theresa intentó aplicar sus ganzúas sobre la cerradura, pero una de las herramientas se partió, haciendo además que el candado escapase de las manos de la mujer para repiquetear sonoramente al balancearse en la cadena. Mucho menos sutil, Daniel extrajo una palanqueta metálica de su bolsa de herramientas y, con un brusco movimiento, partió la cadena.
Los tres compañeros caminaron con paso resuelto hacia la entrada de La Narrenturm. Todo parecía en calma hasta que, inesperadamente, dos hombres de aspecto escuálido surgieron de entre la vegetación blandiendo cuchillos de caza, uno para abalanzarse sobre Leo y otro sobre Daniel.
Leo logró bloquear la cuchillada, enzarzándose de inmediato en un forcejeo con su agresor. Por su parte, Daniel reaccionó casi por instinto blandiendo su palanqueta metálica contra el otro hombre: la barra de acero golpeo el cuello del tipo, produciendo un sonido escalofriante al destrozar las vértebras de aquel desgraciado que estaba ya muerto antes de tocar el suelo. Sin tiempo que perder, el joven dio una larga zancada para situarse tras el atacante de Leo y, usando de nuevo su palanqueta de acero, reventarle el cráneo.
Con precaución, penetraron en La Narrenturm, con Leo abriendo el paso fusil en mano, seguido de una Theresa que empuñaba su pistola Browning y con Daniel cerrando la comitiva mientras sostenía su enorme martillo de demolición. Caminaron despacio por aquellos pasillos circulares de fría piedra, revisando una a una las escalofriantes celdas de los enajenados, con estrechos ventanucos enjaulados y cadenas en el suelo. Una corriente fría parecía recorrer esos pasillos, mientras el sonido de alguna bisagra metálica mecida por el viento parecía mezclarse con el eco de algo que podían ser (o no) los pasos de alguien moviéndose en la oscuridad.
Tras una breve exploración que pareció ponerle los pelos de punta particularmente a Theresa, los compañeros accedieron al patio interior de las instalaciones, donde encontrarían el acceso al sótano. Viendo que se trataba de una zona particularmente oscura, Daniel rebuscó durante unos minutos por el edificio principal hasta encontrar algo con lo que fabricar una antorcha improvisada que prendió con su encendedor de bolsillo.
Bajaron al sótano, una estancia rectangular de piedra antigua que, en su día, fue igualmente el sótano de la capilla que ocupaba aquellos terrenos. Nada más hubieron avanzado unos pocos pasos, Leo divisó a dos criaturas al final de la estancia, parcialmente ocultas tras sendas columnas. Parecían humanos, pero con la piel pálida como el mármol; una humanidad que se hizo ausente cuando abrieron sus bocas para mostrar la ristra de afilados colmillos que acompañó a una especie de siseo antinatural.
Los dos strigoi comenzaron a correr a toda velocidad hacia el grupo.
Leo, que ya tenía en su mira a una de las criaturas, hizo detonar su rifle para reducir a pulpa el cráneo del monstruo, cuyo cuerpo inerte siguió resbalando por el suelo hasta llegar casi a sus pies. El segundo strigoi tampoco fue capaz de llegar hasta el grupo, ya que Theresa descerrajó otro disparo cuyo proyectil acabó seccionando el cuello de la criatura, la cual pasó aún unos segundos pataleando en el suelo entre horribles chillidos antes de quedar inerte.
A pesar de su resolución en el enfrentamiento, tanto Leo como Theresa estaban visiblemente conmocionados por la constatación de que aquellos seres impíos, los strigoi, eran reales. Por el contrario, Daniel permanecía en calma, quizá porque desde antes de entrar en La Narrenturm, sabía lo que se iba a encontrar.
Tras recomponerse, continuaron hasta el final de la estancia, donde comprobaron que algunas losas del suelo habían sido destrozadas. La apertura que se revelaba bajo todo aquel destrozo parecía conducir a algún tipo de corredor directamente excavado en la roca. Sin duda, se trataba de las catacumbas de la antigua capilla.
Con Leo abriendo el camino, Theresa tras él y Daniel nuevamente cerrando la marcha, antorcha en mano, bajaron a aquel angosto túnel de aire denso y húmedo que resultó desembocar a una auténtica maraña de pasadizos. Vieron inscripciones fúnebres en latín, escritas sobre puntos donde los túneles se habían reforzado con paredes de ladrillo. Desde algún lugar indeterminado, llegaba el sonido de agua al gotear.
Leo ayudó a sus compañeros a sortear algunos obstáculos del terreno, como zonas escalonadas o desniveles pronunciados mientras Daniel les guiaba interpretando el mapa. Theresa, por su parte, mantenía sus sentidos en alerta por si apareciese cualquier peligro inesperado.
En su camino, vieron algunos cráneos colocados en oquedades de las paredes. Había una ligera corriente en la que el olor a humedad dio paso progresivamente a un hedor a descomposición. Para su inquietud, escucharon eco de pisadas en túneles adyacentes e incluso Leo creyó ver alguna figura deslizándose entre las sombras.
Fue Theresa, sin embargo, la primera que detectó a los tres strigoi: dos acercándose por el túnel frontal, mientras que un tercero lo hacía por otro pasadizo a la derecha del grupo. Leo disparó contra una de las criaturas al frente, casi sin apuntar, por lo que su disparo acabó arrancando un buen puñado de escombros del techo. Theresa, mucho más precisa, tumbó de espaldas al ser que se aproximaba por la derecha de un certero disparo en el pecho.
Decidido, Daniel dio un paso adelante para hacer frente común con Leo, ahora que los dos strigoi se abalanzaban sobre él. Los cuatro oponentes pugnaban por matarse entre sí en un espacio demasiado angosto, lo que les dificultaba mucho el combate a todos. Theresa disparó de nuevo sobre uno de los monstruos, pero su exceso de precaución para no herir a ninguno de sus compañeros hizo que la bala se perdiese inofensivamente en la oscuridad.
Daniel retrocedió a trompicones y, tras sacar del bolsillo uno de sus viales de agua bendita, lo arrojó hacia uno de los strigoi. Lamentablemente, quizá los nervios le jugasen una mala pasada y su lanzamiento quedó corto, dejando que el frasco se hiciese añicos contra el suelo casi un metro antes de llegar hasta su objetivo.
Leo, que acababa de asestar una cuchillada en el rostro de un strigoi, dejando su mandíbula colgando de un jirón de piel, retrocedió ante la acometida de su segundo oponente. Con un movimiento entrenado mil veces, el veterano de guerra se hizo a un lado con agilidad y hendió su hoja en la sien del monstruo, que se desplomó de bruces sobre el suelo.
Sin embargo, Leo no logró rehacerse a tiempo de apartarse de las garras del monstruo de la mandíbula destrozada, el cual le propinó un terrible zarpazo en la pierna. Por suerte para él, Daniel apareció desde retaguardia para apuñalar con todas sus fuerzas el pecho del strigoi, que cayó de espaldas sobre el suelo del túnel.
Los compañeros se tomaron un rato para recuperar el aliento. Sospechaban que quedaba poco para que todo aquello acabase de un modo u otro. Finalmente, tras unos pocos minutos, reanudaron la marcha.
No mucho después, llegaron a un punto en el que el túnel se expandía para dar lugar a la amplia estancia que había sido la antigua cripta. Gran parte de la misma estaba inundada a la altura de las rodillas, y podían verse antiguos sarcófagos cubiertos de musgo. El hedor a podredumbre era casi insoportable.
Leo tropezó con algo bajo el agua que, al emerger, se reveló el cadáver de una mujer joven con uniforme de institutriz. El movimiento de varias figuras les anunció que alguien les acechaba desde la oscuridad. Cuando Daniel, que portaba la antorcha, entro en la cripta, la escena se reveló en todo su horror.
Junto a tres strigoi, en una zona algo más elevada de la estancia, se encontraba una bella mujer ataviada con un sudario blanco. La que seguramente era esa tal Lilith, sostenía en brazos a un niño de unos cuatro años que lloraba desconsolado. Al percatarse de la presencia del grupo, la vampiresa arrojó al pequeño por los aires, el cual acabó golpeándose contra una pared para quedar posteriormente inmóvil sobre el suelo.
Sin pensarlo, Theresa disparó su Browning contra Lilith, acertándola en plena frente. Sin embargo, aquello no pareció causar demasiado efecto. Ya que, tras la sacudida por el impacto, la strigoi enderezó el cuello y dejo caer una bala de plata que parecía, aplastada, como si hubiese chocado con una pared.
Leo disparó entonces su rifle, que hizo sacudirse el hombro de Lilith. Esta vez, la vampiresa miró sorprendida la sangre negruzca que brotaba de su carne. El disparo de Daniel, casi inmediato, acertó casi en el mismo lugar que el de Leo, obligando a Lilith a chillar de dolor.
Fue entonces cuando aquella criatura olfateo el aire, fijando sus negros ojos en los de Theresa al tiempo que los tres strigoi que había junto a ella corrían ya hacia los compañeros. La determinación de Theresa zozobró, con su mente a punto de quebrarse. La ladrona supo entonces que estaba casi al límite... pero sabía que debía acabar con aquello... debía hacerlo por su mentor.
La ladrona volvió a disparar, esta vez con las heridas sangrantes de Lilith como objetivo. La sangre negra salpicó hacia el techo mientras la criatura gritaba. Casi a la vez, las garras de un strigoi herían el pecho de Leo. Otro de ellos se abalanzaba sobre Daniel, que le recibía asestándole un corte en el cuello con su daga de plata.
El tercer strigoi hirió a Theresa en un brazo, haciéndola caer de espaldas sobre el agua hedionda. Cuando la criatura surcaba el aire en pleno salto para caer sobre la mujer, esta reaccionó disparando su arma. La bala de plata entró por el paladar de la criatura, reventando la parte superior de su cráneo.
En ese momento, Lilith emitió un chillido de furia. Ante el asombro de los compañeros, su silueta se desdibujó casi en un borrón y la Señora de los strigoi abandonó la estancia a una velocidad imposible, huyendo hacia los túneles. Aunque los amigos sintieron un momento de alivio, rápidamente fueron conscientes de que aún les quedaban dos peligrosos enemigos allí.
De hecho, la carra de una de las criaturas hirió terriblemente a Leo en el cuello, haciendo que el veterano soldado se desplomase inconsciente sobre un montón de escombros que emergían en un punto de la cripta inundada. A la vez que esto ocurría, Daniel extraía otro de los viales de agua bendita de su bolsillo y empleaba la palma de su propia mano para reventarlo contra el rostro del strigoi con el que combatía. Con el rostro deshaciéndose en una nube de humo, la criatura cayó al agua pestilente.
El último strigoi se abalanzó sobre Daniel y ambos rodaron por el agua. En un momento dado, el muchacho introdujo su último vial en la boca del monstruo y, con un puñetazo, lo hizo añicos. La boca de la criatura se abrió en un infierno humeante mientras el strigoi aullaba de dolor. En ese momento, se escuchó un disparo proveniente de la pistola de Theresa, y el cráneo del engendro derramó una lluvia de masa encefálica sobre el rostro de Daniel.
Tras recomponerse, Theresa y Daniel comprobaron que Leo seguía, aunque en muy mal estado, con vida. Luego, tras cerciorarse de que el niño que había sido arrojado por Lilith también estaba bien, abandonaron aquellos túneles.
En días sucesivos, los compañeros examinaron minuciosamente la prensa en busca de noticias de nuevas desapariciones. En vista de que, tras largo tiempo, no fueron capaces de encontrar ningún suceso que pareciese seguir tal patrón, fueron conscientes de que habían logrado expulsar a Lilith de la ciudad y podría, con permiso de las pesadillas que les visitaban cada noche, dormir tranquilos por fin.
Viena ya no se desangraría.

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